POLÍTICA PARA LA VANIDAD

VANAGLORIA DE LA PROPIA VALÍAO

OFENSIVO ALARDE

Eduardo Orta Hernández

En los cuatro puntos cardinales, a todo lo largo y ancho de la República Bolivariana de Venezuela, vemos los nombres, las imágenes, los retratos de alcaldes, Gobernadores y hasta de otros funcionarios. 

Las fotos, los nombres y apellidos del electo representante del pueblo, repetido por miles de veces, en vallas, paredes, vehículos, pancartas, en los medios de comunicación, en múltiples redes sociales, faltando poco para que el sonriente rostro de la máxima autoridad, aparezcan en la sopa que nos comemos. Son una especie de sol, donde nos encontramos alumbra, encandila su presencia, nos acompaña como nuestra sombra. 

Es tal el afán de esa desmedida conducta, de esa excesiva necesidad de hacer evidente la presencia, la imagen, *la vanidad de promocionar el nombre que no tiene límites* y convierte a los trabajadores, hombres y mujeres de las dependencia pública, en una especie de valla móvil, anuncio animado, todos uniformados con las impresiones, la estampación textil sobre la ropa, pantalones y camisas del nombre, apellido y hasta la imagen con la cara del señor que gobierna la localidad, del gran elegido y de las consignas que identifica la gestión de gobierno, hasta el punto, que cada obrero y obrera, empleado o empleada, su teléfono particular y personal tiene que estar a la orden y ser *medio para la reproducción y difusión de la gestión del gobierno y del ejecutor de la obra.

El diluvio publicitario no es una cuestión sin relevancia, al contrario constituye, en ocasiones un irrespeto a la persona humana, al convertirla en protagonista involuntario de una campaña publicitaria, mediante la cual deja de ser tratado como sujeto, como ciudadano de una república, para ser convertido en un objeto, en un medio de la publicidad gubernamental, en beneficio de la política y de las consignas de su empleador. De esa manera queda devaluado la civilidad, los derechos a un trato digno, a ser consultado, a ser tratado con respeto, a entender que vivimos en una sociedad que pregona y enaltece la pluralidad y universalidad del pensamiento, la no unilateralidad, ni las imposiciones por vía de hecho de un acto publicitario, que utiliza a un  ser humano -sin consultarle ni obtener su aprobación- en objeto o medio de propaganda. 

Tales extremos, eso de convertir a las personas en vallas publicitarias, se quiere hacer ver como hechos normales, es la consecuencia de la masiva repetición en toda las localidades del país, es tal la masificación -como el abandono a los ancianos, los niños sin hogares y los mendigos en las calles- que pareciera un hecho normal por lo cotidiano, por lo común, adquiriendo la connotación de la indiferencia colectiva, vistiéndose de la aparente falta de relevancia, de las cosas sin importancia, cuando en realidad  no lo es. Son hechos que violentan la privacidad, el derecho de decidir, la libertad de usar ropa sin anuncios, ni publicidad, ni imágenes de la gestión del gobierno ni del funcionario que la ejecuta o lo representa.

Convertir a las personas en vallas publicitaria, funciona como una obligación no decretada, no legalizada, un imperativo impuesto con la ventaja que da la superioridad de mando, la voluntad del jefe político, del elegido sobre la subordinación del trabajador, sobre el hecho real de la dependencia de un salario o sueldo, que se sobrepone y pesa sobre derechos, conceptos e ideas. Constituye una impuesta e insalvable obligación, quien no esté de acuerdo en uniformarse con las distintas estampas de su empleador, quien no acepte las impresiones textiles no encaja en el grupo y lo miran como contrario, al punto que no es un lugar para trabajar, pues el peso social del ambiente laboral es ir uniformado y esa vestimenta es proveída por el empleador, las cuales traen las etiquetas y la publicidad impresa, la impronta y el sello de la propaganda política, de la puesta en práctica del proselitismo, sin considerar el fuero interno, el pensamiento de quien la va a usar, sus diferencias y desacuerdos.

Todos sometidos a una aparente y complaciente uniformidad lineal, queda castrada, mutilada de esa manera la voluntad y personalidad de cada quien. ¿El sacrificio, la indiferencia es una manera para conservar el trabajo?

La inversión en publicidad personal es grandiosa y en cada nueva elección, es doble el gasto, ya que el uniforme de los trabajadores no es útil con la identificación del gobernante desplazado, hay que sustituirlo. 

Las vallas, vehículos y los otros medios de publicidad también ocasionan el duplicado gasto: borrar el preexistente nombre, la imagen, la foto del sustituido «jefe» y estampar el del nuevo gobernante, el recién electo. Ello constituye inversión, despilfarro en recursos económicos (pintura, telas, nueva publicidad, pago de mano de obra y contrataciones empresariales  con sus respectivas utilidades económicas) . ¡¡Qué derroche y falta de sindéresis tan grande!! ¿Qué gran falta de juicio, de racionalidad? Sorprende la normalidad y frecuencia ¿Cuántos analgésicos y suero hidratantes para los hospitales se pudieran comprar, de no hacerse ese fútil y banal gasto publicitario? ¿Cuántos juguetes alegrarán las caras sonrientes de los niños con ese gasto en propaganda? ¿Cuántos comedores escolares se beneficiarán? ¿Cuántas inyectadoras serían destinadas a los hospitales? 

Es evidente que el gasto en publicidad y propaganda es la lógica del capital y el encadenamiento del pueblo a una dependencia simbólica representada en el jefe político de turno, es imposición publicitaria para la adoración, que anula la capacidad crítica y la iniciativa popular, no es el imperio de vivir en democracia social. Imaginemos un segundo a un gobierno que haya democratizando, no solo la vida política  de la comunidad, sino también la ejecución y administración del presupuesto y le consultara al pueblo su preferencia entre hacer un gasto de impresión textil, en vallas publicitarias, en rotulado de vehículos y otros,  para la promoción personal del «jefe» de turno, y la dotación hospitalaria, la creación de una farmacia popular o una funeraria o cremadora municipal, un parque municipal, es obvio el resultado de dicha consulta, se hace evidente lo irrelevante de la primera propuesta ante la ingente importancia social de la segunda, el pueblo mayoritariamente votaría por la no publicidad y eso, sin incluir los gastos de traslados, viáticos y de representación que tampoco es un gasto prudente, ni sensato ni justificado. 

La publicidad de la imagen personal es una válvula de escape para el derroche y una especie de compensación por el privilegio de la representación, con el agravante que, en el imaginario colectivo, en el pensamiento social, desplaza la fuente del poder, no es el pueblo la energía que mueve la máquina del Estado, sino la voluntad de «elegido representante», que está presente en todo momento y lugar y que interviene en todas las cosas, aun en las más minúsculas. Es la propia coreografía teatral del espectáculo.

Todo ello, la irracionalidad y lo injustificable en nombre de una gestión centrada en el sí mismo, que tiene la «necesidad» de repetir millones de veces quién es el alcalde, o la alcaldesa, el gobernador o gobernadora, en una campaña pasajera (perdura el periodo de gobierno), pero muy costosa, onerosa, no duradera, trivial y vacía. Es la presencia que se impone y aparece en todo momento sin pedir permiso ni consultar, cargado de una fuerte imagen «altruista» a quien hay que agradecerle la obligaciones impuestas por el mandato público, el éxito de la obra es el trofeo personal invisibilizando al pueblo.

Verdaderamente es una conducta que riñe con lo comedido, es la vanidad pura y simple. No se trata de planes, metas y proyectos que se deben hacer conocer a la población y a lo cual se está obligado. 

Evidente que todo el pueblo conoce el nombre y apellido del gobernante de turno, cuya elección transitó un período de campaña electoral para darse a conocer, por tanto repetir el nombre y el apellido, del elegido candidato, durante todo el mandato es una futilidad, es una superficialidad, con el propósito de dar una visión inflada del gobernante, dejar asentado su omnipresencia, aparejada al sentimiento de grandeza, de importancia de una gestión centrada en la persona del gobernante, que no pocas veces abunda en narcisismo, se considera el astro que a todos deben alumbrar y la sombra que inevitablemente acompaña.

Es hora que por ley se prohiba a los «gestores» de las instituciones públicas, promocionen sus nombres con recursos del Estado, así como el uso de imágenes y propaganda oficial en los uniformes de los trabajadores, entre otros aspectos que disminuyen y afectan derechos humanos, civiles, legales y sobre el trato de iguales, propio de vivir en República, de la convivencia democrática, dentro de la pluralidad, universalidad y diversidad que lleva al rechazo del proselitismo y la impronta partidista en el ejercicio del poder público, hay que adecentar y democratizar. Ojalá se escuche, se lean estás letras y se modifique o elimine tan perniciosa y degradante conducta política.

Polvorín. Explosión insumisa de ideas. Un combate por la vida. Somos historia y poesía insurgente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *