Manuel Gragirena
Llego a mi casa a las cuatro de la tarde y me siento en el trono. Antes llevaba revistas o el periódico; hoy me acompaña mi teléfono móvil (o celular). Ya sentado y dispuesto me entero del Premio Nobel para María Corina Machado. Ya venía con pocas ganas, ya que es costumbre sana llegar a mi espacio intimo para propiciar que fluya, pero al ver la noticia, indignante, pero para nada sorpresiva, decidí dejar a un lado el celular y dedicarme a lo que me senté.
Después de la debida tranquilidad corporal, me dediqué a indagar las consideraciones para otorgarle a esta señora un premio internacional, pues hay muchos otros premios prestigiosos además del que otorga el Reino de Noruega.
Al consultar en diversos sitios web, resumo aquí las consideraciones del comité para decidir el ganador. Resumo en frases, para evitar una nueva llenura. Veamos: «incansable labor en la promoción de los derechos democráticos para el pueblo de Venezuela», lucha para lograr una «transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia», «defensa pacífica de los valores democráticos» y «resistencia cívica».
También se argumenta que la señora María ha mostrado «determinación y valentía», usando «las herramientas de la democracia» que son también las «herramientas de la paz».
También hay elogios, pues se la califica como una «figura clave y unificadora en una oposición política que en su día estuvo profundamente dividida» y que «nunca ha flaqueado en su resistencia a la militarización de la sociedad venezolana», y, lapidariamente se le adjudica haber abogado por una «transición pacífica a la democracia».
Bueno, vayamos por partes.
No voy a descalificar el «Premio Nobel de la Paz», pues quienes han otorgado tal premio ya lo han hecho, cuando han entregado este renglón de los Nobel a personajes algo menos pacíficos que la premiada de este año. Así que voy a centrarme en criticar las consideraciones y los elogios para con la señora galardonada.
Justo hoy se ha reunido el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas debido a la amenaza real y directa de una invasión militar de los EE. UU. contra Venezuela, patria donde nació la galardonada. En consecuencia, somos testigos del otorgamiento de un Premio Nobel de la Paz para un personaje que ha llevado, y sigue empujando, a lo antónimo: la guerra contra su propia patria.
Sí, lo reconozco: la galardonada ha mostrado «determinación y valentía», pero orientadas a la provocación de la guerra contra su propio país. Ella ha solicitado la invasión militar en múltiples ocasiones a lo largo de su vida pública. Entre sus acciones más recientes, hace poco advirtió al actual primer ministro de Israel sobre la fabricación de drones iraníes en Venezuela, un claro mensaje a la acción militar de Israel contra los amigos de su enemigo. Hace una década, acudió a la OEA como invitada de la delegación de Panamá (siendo diputada de la Asamblea Nacional de Venezuela) para solicitar la aplicación del TIAR y promover sanciones económicas contra el país.
Su historial de apoyo a la intervención se remonta aún más: hace veinte años se reunió con el presidente de los EE. UU. que ya había consumado la invasión militar de un país basándose en una mentira. Irak fue invadida y destruida en 2003, con un saldo de un millón de muertos, bajo el pretexto de que poseía «armas de destrucción masiva», un eufemismo que infiere la posesión de armas atómicas que jamás existieron. En resumen, su trayectoria en favor de la guerra se extiende por más de veinte años.
Parece que los otorgantes del premio no saben que la señora no es una «figura clave y unificadora en una oposición política» y que, por el contrario, ella ha sido la causante de la profunda división de la oposición política al gobierno de Venezuela. Si no me lo creen, pregúntenle a la madre de ella, o pregúntenselo a la conserje del edificio donde dice esta escondida.
El Comité de este Premio Nobel de la Paz argumenta que «nunca ha flaqueado en su resistencia a la militarización de la sociedad venezolana» sin entender que la nación venezolana «nació en un vivac», frase se le atribuye a Simón Bolívar, sin muchas evidencias, por cierto, así que para mantener lo más exacto y evitar hermeneútica histórica, voy a citar una frase de Uslar Pietri, un muy connotado crítico de Venezuela. Uslar escribió en uno de sus artículos del otrora prestigioso periódico El Nacional: «En Venezuela es más fácil militarizar a los civiles que civilizar a los militares.» Así que la militarización de la sociedad venezolana es una característica intrínseca de la nación. Una digresión, aprovechando lo del Nobel y el extinto periódico que me acompañaba al trono en mi juventud; Miguel Otero Silva, siendo dueño de El Nacional, fue galardonado con Premio Lenin de la Paz (1979) considerado el equivalente soviético del Premio Nobel de la Paz.
Bueno, volvamos a lo que vinimos. Lo cierto es que la sayona, perdón, perdón, la señora galardonada aboga por una transición que para nada será pacífica si los buques de guerra estadounidenses superan la línea imaginaria que delimita la frontera marítima venezolana.
Para finalizar, aclaro que el Premio Nobel tiene seis rubros: Física, Química, Medicina, Literatura, Paz y Ciencias Económicas. Los tres primeros requieren de evidencias concretas, bien sea mediante ecuaciones, experimentos, demostraciones o inventos. Venero a los galardonados en estos rubros, a pesar de que hay uno que otro caso raro por allí.
También tengo muy buena estima por algunos ganadores de los tres últimos rubros, pues de todo hay en la viña del Señor. No obstante, debo recordar que, por ser más sociales que exactos, los tres últimos enumerados tienen una connotación absolutamente hermenéutica. Y, a juzgar por este año 2025, habrá que averiguar cuál es el costo de esa interpretación… ¡Interpreten!

















