Días de julio

El fin de semana empezó el viernes 14 de julio para nosotros. Día de cumples de amigas, de exmaridos y de Revoluciones francesas. Dejamos la capital de la República Bolivariana de Venezuela con la ansiedad que provoca un domingo de un dudoso (como todo) plebiscito y de simulacro, de gente que ve el mundo con cristales claritos y empañados. Altagracia de Orituco nos recibió como siempre y una señorial lluvia se convirtió en tormenta eléctrica que nos mantuvo esa noche pendientes, al fragor de una uva pasita obligante por la crisis. Sarna con gusto no pica.

Ya el sábado tocaba prepararse para la tarde. La cita en la misa de papá y Pedro que nos reunió comenzó a las seis pos meridiem del día 15. El cura de la iglesia Nuestra Señora de Altagracia del pueblo del mismo nombre, que no se caracteriza por homilías políticas según se dijo, sorprendió con un sermón que inició con animalitos y terminó con llamados a no tener miedo porque “la Iglesia siempre ha sido perseguida”. Todo eso con una bandera de Venezuela de fondo, guindando arruchada al guayuco de Cristo, lo cual impidió que algunos mortales presentes pudiéramos contar sus estrellas.

Rigoberto y Pedro Chacín debieron confundirse un poco en algún lugar del universo. Sobre todo porque no se supo si quien no debía tener miedo era el Papa Francisco, que ha dicho valientemente que quiere la paz para Venezuela, contraviniendo la opinión del imperio gringo pregonada sin rubor por el impresentable Luis Almagro. La metáfora usada por el cura solo se entendía si las estrellas de la bandera podían contarse. Así pues salimos de aquel recinto “sagrado” con la duda. Y dudar es signo de humildad.

La noche previa al día del Carmen (y aniversario cuatro de la muerte de papá) transcurrió en casa de mamá por obra y gracia de la tranquilidad de quienes se saben puestos allí por el libre albedrío de querer andar juntos y manifestarse cariño. Por eso, aunque la mayor parte de la conversa rememoró muertes, persecuciones y feos recuerdos de El Caracazo, la parrilla y dos botellas más de uva pasita hicieron su trabajo, y el “nosotros que nos queremos tanto” perduró toda la velada.

Ya el domingo 16, una llamada de un entrañable amigo nos llevó a la casa de un coronel, donde la política fluyó con cierta petulancia inconveniente de mostrar por unos recién llegados (nosotros) y recién presentados y casi que nos ganamos un “se reserva el derecho de admisión” merecido. Y menos mal, porque esa tarde recibimos un baño de cultura popular de Los Hermanos Landaeta, que llegaron con la Guaraña y la Marisela y sus ropajes y sus instrumentos y sus versos y fuimos tan felices que no queríamos volver para Caracas.

A todas estas supimos que la realidad de Venezuela, la que nos provoca ansiedad, se trasmitió por televisión y a estas horas que esto escribo aun continúa. Pero esa es otra historia. Sigamos.

Autor: 

Mercedes Chacín