El infame poder de los imbéciles

Ayer por la tarde, una turba de unas trescientas personas pasó agitando una enorme bandera de Venezuela. Yo la vi desde el balcón con la serenidad estoica que he estado practicando desde hace 17 años. Los manifestantes iban rabiosamente eufóricos (muy bien papeados) y detrás de ellos la jarana de unos carros de lujo atestados de muchachas que gritaban: “El pueblo unido jamás será vencido”. Iban a celebrar “La noche de las antorchas”, que había sido convocada través de unos mensajes de voz por Freddy Güevara.

Los eufóricos manifestantes se concentraron en una redoma a rezar y a pedir por la muerte de los chavistas. La noche pasó en calma, sentí el incienso de los cauchos quemados, luego en la madrugada cayó una suave lluvia, todo se había serenado, pero por la avenida no subía un carro. He observado que a medida que les pasa el tiempo y se van aburriendo aflora en ellos criminales pensamientos: quizá quemar el carro o el apartamento de algún maldito chavista. El paso, pues, de la avenidad estaba totalmente cortado. Yo, hoy, a las 9:20 de la mañana, salí al Banco de Venezuela porque debía buscar un efectivo. Cuando salí de las residencias me encontré la vía totalmente trancada por unos hermosos árboles que los malandros habían troceado. Ni las motos podían transitar y yo para pasar tuve que hacerlo saltando por encima de unos troncos. No había allí más de treinta personas. Vi algunos conocidos de mi residencia que tuvieron la decencia de no saludarme. Unas muchachas sentadas en las aceras manipulaban morteros. Vi un montón de morteros de color rojo en una caja. Vi también a unos niños de unos ocho o nueve años, encapuchados, en plena vía, agitando una bandera. Una ambulancia que trató de buscar un enfermo fue retenida y tuvo que devolverse. Vi ancianos, mujeres de cincuenta o sesenta años echadas en unos montículos, departiendo jocosamente con sus vecinas. Una señora con un bebe en brazos arrastrando a un niño de unos tres años, muy humilde y boba, iba repitiendo monocordemente: “Yo sí apoyo para que tumben este gobierno”. Un poco más adelante me encontré con una enorme cola de carros que se dirigía hacia la avenida Andrés Bello. La idiotez iba trajeada de felicidad con letreros que pedían la libertad de un tal Pancho. Llegué al Banco de Venezuela y me di cuenta de que no llevaba la libreta por lo que no pude sacar todo el dinero que necesitaba. Parte de ese dinero debía prestárselo a una vecina. Hecha la operación, hice el mismo camino de regreso: me metí en una frutería, compré naranjas, un aguacate y una lechosa. Pasé otra vez por el punto de la tranca y leí un enorme letrero en letras rojas que decía: “Tu indiferencia nos está matando”.

Ninguna de esa gente tiene idea de por qué quiere que el gobierno de Maduro termine. Se han dedicado a la política de partido por los mensajes que reciben en sus celulares. Algunos muchachos y muchachas quieren ser héroes. Hablan algunas mujeres, muy vulgares, que han recibido balazos, y de que la guardia nacional cada día está asesinando jóvenes a mansalva. Esta gente nunca se hubiera dedicado a estos menesteres de no haber tenido un celular, insisto. Pero bueno, me puse a recordar, ya en la soledad de mi apartamento, que cuando Francisco de Paula Santander se encontraba en Europa “exiliado”, le escribía a sus amigos en Bogotá y les decía que una vez que Bolívar muriera, ellos (los “liberales”) iban a demostrarle al mundo lo bien que iban a gobernarse. Que ya los libertadores no hacían falta, que éstos resultaban para la libertad un verdadero estorbo. Y efectivamente, al regreso de Santander de su exilio dorado, fue elegido presidente y comenzó la espantosa guerra civil en la Nueva Granada de entonces (que fue el nuevo nombre que adoptó después de la desintegración de la Gran Colombia), guerra que ha durado hasta nuestros días.

Estos santanderitos venezolanos, estúpidos y miserables, están deseando que Maduro se vaya, para que vengan a gobernarnos los Güevaritas, los Julitos Borges y los Henry Ramos Allup, y entonces entremos en una espantosa desintegración de la patria. Hay que ver, nojoda, el inmenso daño que pueden hacer unos malvados mensajitos por unos celulares, y que son recibidos por una piara de imbéciles. La realidad.

 

 

Autor: 

José Sant Roz