Víctor Valera Mora visto por Argenis Rodríguez

POR allá, por los años cuarenta y pico o cincuenta llegó a San Juan de los Morros una familia de andinos. Todos eran emprendedores y manejaban unos camiones en los que vendían cerveza. Al poco tiempo, esos andinos de apellido Valera Mora montaron el cine Valera, levantaron un edificio donde pusieron un automercado y el mayor, de nombre Jesús, creó varias fábricas, una de las cuales, la de aparatos de radio, vende en toda la República.

El más joven de los varones, Víctor, era el tarambana. Es de él de quien vamos a hablar.

Víctor Valera Mora se llevaba un libro de poesía para el salón de clases. Víctor no era un buen estudiante y es posible que haya aprobado sus cursos porque siempre ha tenido un algo que lo hace amigo de todo el mundo. Víctor hacía ejercicios físicos, se quitaba la camisa y desafiaba a la gente a echarse unos puños con él.

- No, tú eres muy quilúo - le respondía la gente.

A Víctor le entusiasmaba el poema de un chino que encontró en una Antología de la Poesía Universal. Víctor ese poema lo leía en voz alta en el billar que hacía esquina con las calles Bolívar y Páez.

Un buen día. O un mal día (¿qué sabe uno?) Víctor se fue a Caracas a estudiar en la Universidad. Aquí se inscribió en los cursos de sociología. Yo lo veía de tanto en tanto. Ahora cargaba bajo el brazo el Canto general de Pablo Neruda y le escribía cartas a Luis Camilo Guevara por el estilo de aquella carta que Pablo Neruda le mandó a Miguel Otero Silva.

Víctor, en la clandestinidad contra Pérez Jiménez, se llamaba Pedro Bala y cuando lo hicieron preso, Pedro Estrada le dijo:

- Ahora si te j... Pedro Bala.

A Víctor lo salvó la insurrección del 23 de enero. Víctor cuenta eso en su libro Amanecí de Bala. Un sicólogo o un siquiatra podría buscarle una interpretación a esa preferencia de Víctor por las balas.

Amanecí de Bala es un largo poema sin puntos y apartes. Amanecí de Bala, mejor dicho, es un largo panfleto escrito en versos libres que carecen de puntos, de comas y puntos y comas. Es igual.

Víctor Valera Mora tiene debilidad por insultar a la gente. Cuando escribe, específico. Eso lo aprendió de Neruda, del Canto General. Después Víctor, para no quedarse atrás, atacó a su maestro:

y nos dijo que sin mil

                                                   (dólares su corazón

era una piedra sorda y

                                                               (a nosotros

nos dio mucha pena y

                                                 (no hicimos escándalo.

 

En alguna antología de la poesía amorosa publicada en la Argentina apareció un poema de Víctor Valera Mora. Valera Mora, Angel Eduardo Acevedo, Rafael Requena, Manuel Manrique, Adolfo Rodríguez Rodríguez, Manuelito Rodríguez, Juvenal Urbina, alias El Químico Loco y yo fuimos los primeros en introducir la cultura moderna en el Estado Guárico. Yo me vine una vez de allá acosado por el hambre y regresé cargado con unos cuantos libros de Mallea, de Faulkner, de Dos Passos, de Pablo Neruda, de Albert Camus y de Camilo José Cela. También nos organizamos para crear un movimiento que tumbara al dictador. Rafael Requena, que terminó en abogado, llegó un día con una biografía de Fouché. Y Manrique escribió un poema sobre la paz. Acevedo tocaba el violín por oído y Manuelito cantaba la Serenata de Schubert. Víctor Valera Mora se presentó con un poema para una mujer gorda que lo tenía loco y yo le dije que para conseguir una mujer en San Juan de los Morros lo que necesitaba era plata o un buen carro. Yo lo que tenía era envidia de Víctor porque jamás había escrito nada. Y por emularlo me puse a escribir. Ahora Salvador Garmendia dice de Víctor: "Un hombre cuya condición y oficio se asemejan al de un pequeño vendedor ambulante, ha recorrido la ciudad todo el día".

Y este hombre se ha puesto a cantar con odio y con amor, según y como se vea.

        

 

 

       

Autor: 

Ensartaos

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