LA MUCUY: Carpeta, Leprosos, Alacena, Alcayata y Aldaba

CARPETA

            Las carpetas eran ruanas gruesas usadas por aldeanos escondidos. Iban protegidos con vestidos que espantaban a largos y prolongados días de fríos dejados caer por sobre páramos ardientes. Aquellas ruanas fueron confeccionadas por los miembros de las familias quienes, dedicados a la labor de estirar y apretar hilos de lanas, comenzaban con el cepillado de ovejas escandalosas.

            Estos animales reclamaban entre gruñidos que sus estambres debían ser sacados para dar elegancia a sus nuevos vestidos. Unos atuendos les vendrían armados para recibir mensajes vividos a diario sobre purezas de montañas fatigosas. Allá en lo alto habitaban momoyes que los arreaban sobre caminos para encontrar los pastizales que les sembraron cuando dieron una vuelta de un día para otro.

            Aquellos hilos pasaban a transmitir paciencia y experiencia a quienes los usaban porque siempre los ovejos estuvieron unidos a las experiencias de los hombres y eran capaces de escalar sobre rocas desprendidas pero que sus pezuñas no lograban despedregar. Entonces para conocer el aplomo y traspasar las experiencias, debían utilizarse carpetas de varios colores, según las edades más las responsabilidades de quienes habían armado en sus hogares la posibilidad de poder sustituir las despedidas inesperadas de algunos viejos que de tanto resistir en sus oficios se habían olvidado que debieron haber partido cuando aquellas lanas llegaron hasta los colores de los huesos.     

            Pero tras unas reuniones inesperadas de los tiempos, estos se reunieron y rompieron las contratas de sus abrigos prefiriendo llamarlas con el nombre de acuerdos firmados y ocupados en los espacios contentivos de las carpetas, pues estas debían ser guardadas en los juegos de los equinoccios y, una vez agendados sus compromisos, aquellos pactos no debían desaparecer.

            Pero nadie alcanzó a saber de aquellos arreglos desaparecidos luego de un mediodía extraviado cuando en la carpeta entregada a los más viejos de aquellas franjas borroneadas, se llevaron tras de sí, los íntimos secretos de las crecidas, siembras y sorpresas por un período de cien años y el cual está por finalizar antes de esta década.

 

LEPROSOS

Eran los tiempos de la Colonia cuando en uno de esos pasos un caserío fue fundado y colocado el nombre de La Mucuy. Esta acción se hizo para que unos caminantes poseídos tras sus pasos, y que no les daban para más sus pies, no fueran capaces de transitar dos leguas para poder llegar hasta la capital y se quedaran separados tras el horror de sus rostros.

Aquellos eran días en que los aires fueron contaminados por la lepra. Enfermedad traída por unos viajeros muy violentos venidos desde España. Todos   comentaban   que   aquella   cosa   era   la   enfermedad   de   los   impulsivos   no aguantada por la tranquilidad de unos esclavos traídos por las fuerzas de montes cubiertos entre montañas que habían estado inundadas por unos enanos aparecidos de vez en cuando y que a su pueblo se lo convirtieron en un sitio de leprosos.

Vivieron escondidos pues los rostros deformes advertían que aquellas presencias no quedarían muy bien entre los otros. Pasadizos y caminos quedaron inundados de unos

rostros penosos e insoportables ante la sorpresa de otros lugareños que prefirieron alejarse unas cuantas montañas.

Cansados de huir y de esconderse, una noche prefirieron partir entre la nocturnidad, eran setenta y ocho de ellos y por un camino cubierto por sus sufrimientos caminaron

durante varias noches y llegaron a lo más frío de las montañas.

En esos gélidos sitios y ya sin poder salir se quedaron dormidos para siempre y cuando el tiempo enterró sus cuerpos se formaron el mismo número de variedad de frailejones existentes hasta ahora.

Por   eso   las   cuerdas   de   un   cuatro   triste   suenan   como   las   hojas   de   tranquilos frailejones   y   aquellas   tonadas   de   hilos   separados  rugen   tan  igual   como  sus   números compartidos por los esquineros de unos grandes muñecos petrificados.

Alguien puede ir corriendo y advertirles que los peligros ya pasaron pero preferirán vivir alrededor de montañas ajenas. Todos andarán con miedo a perder sus flores de los

meses de septiembre a diciembre y que sus colores amarillos dejen de producir flores amarillas tras un Gabo muy ausente.

 

ALACENA

            Una alacena pobre daba fe a las familias esmeradas. Por eso aquellas gentes eran como los esquiadores de otras antiguas travesías quienes a pesar de los dolores engalanaban todos los caminos perdidos. Pero poco después de un día diferente, la aldea se descubría sola, apenas con dos perros y las mujeres de dos familias con sus ocho hijos. Y ellos se atrevieron a reconstruir un tiempo perdido.

Por eso aquellos días eran tan dispersos y en ellos sentían la crueldad de las nostalgias; pero dio tiempo de guardar un libro que aún está escondido y todos leyeron. Era un Cervantes más antiguo que todos juntos.

Nunca se imaginaron que el contenido de aquel vademécum tan solitario estaba por finalizar. Fueron llevados a recordar los mismos países que esa historia visitaba y les hacía ilusión desde los años en que comenzaron a recorrerlos junto a sus familiares.

El primer viaje fue hasta una isla. En esa época zozobraban los buenos deseos, pero gozaban de buen trabajo; por lo tanto, recorrieron la mayoría de esos sitios donde se cuenta que el espíritu de algunos vendedores deambulaba día y noche, aparecía por todos los exquisitos sitios donde se encontraban ingredientes de mojitos, llegando a bebérselos en los mismos mercados; era un lugar del cual nunca más se supo.

Lo mismo pasó con Floridita, una vieja escandalosa como una lora que tenía colgada en el hombro y la cual la enseñó a hablar. Allí servían deliciosas recetas de los productos de la alacena mayor. Fueron recetas sacadas y encontradas en los magníficos libros de colección.

Eran corredores de algueros, sitios surtidos sobre mercados inundados de prendas que no servían para lucrarse. Ante esos panoramas quienes podrían molestarse, quizás los más torpes, son quienes aman solas pues el devenir de los de abajo es mucho para poder empinarse.

Esos eran los tiempos de alacenas vacías pero en realidad estaban inundadas de secretos que muy pocos podían ver y muchos de los cuales preferían permanecer escondidos, pero en ese cuarto oscuro preferirían luchar. 

 

ALCAYATA

            En La Mucuy algunos clavos estaban más adosados que en otras paredes de tapiales muy inmortales. Perpetuos recuerdos espantados y mudados más allá. Pero al final de algunos viajes aparecían tiempos desusados llevados entre alas asemejados a recreos inoportunos; eran los pasajeros de algunos filos escalados por quienes iban a buscar semillas esparcidas por pájaros que no lograban cruzar aquellos riscos. Quedaban  sofocados y con los tiempos petrificados como las alcayatas sostenedoras de hamacas hechas con minutos inmensos.

            Un ave hace las diligencias de pasar rozando las inmensas lagunas de aquellas montañas solo transitadas por otros atrevidos que viéndolas sienten la compasión de algunas aletas perdidas.

            Unas campanas titilarán y anunciarán el tiempo de las camas colgantes y hasta las cunas se dejarán sostener desde ventanas y techos. Aparecerán cosas mágicas debajo de un cielo que anduvo olvidado pero que ahora no nos es inoportuno. Pues debajo de él estará una caída libre y se podrá descender de vez en cuando sobre solo por buscar una espuma de un aparecido caballo azul que será el de los pobres.

            Ellos invocaban que nadie se sofocara y sobre una zanja medio pálida van. Danzaban unos ritos de milenios puros de quienes desde el infinito pueden ver los alaridos de las espaldas de muchos caídos sobre una era de aullidos donde los voladores no eran mascotas.

            Pero la fe cubre las aguas de los ríos que al abrirlas no existirá disposición ninguna para dejar el entusiasmo, después que un sol amañado dejó de ser ley y la resignación de la separación observó que las cosas colgadas por los aires concentran las fuerzas de los saltamontes que siempre se han dedicado a brincar y andar colgados de paredes, cristales y de las ropas con las cuales están vestidas las plantas.

            Nadie entre los audaces se atrevió a colgarlas desde los pisos pues estaban dedicadas a las paredes de los cielos y los burbujeos de aquellos andenes desplantaron los corazones de hojalatas y de aquello quedaron flotando los colores del arco iris.

 

ALDABA

Un murmullo de voces hizo que Isidora levantase la vista hacía una vereda infinita de montañas y sintió cómo se aproximaba todo un contingente espectacular de caminantes quienes a toda prueba venían a reclamar, y no era para menos el escándalo. Perfectamente alineados y en forma de abanico abierto, comparecían hacia el frente de una zona donde quedaban tres capillas alrededor de dieciocho recuerdos. Todos menos uno estaban esparcidos en diferentes colores. Daba la impresión de parecerse a polillas gigantes de esas a las que Hinojosa se enfrentó un día. La competencia iba a empezar. El viento estaba a su favor.

            Inmediatamente y sin perder una palabra más de aquella espectacular obra, entra Isidora y sus acompañantes fueron y cerraron el libro, quedándose a contemplarlo tras una enorme hermosa exhibición de aquellas cofradías organizadas de tantos colores. Decían que si Dios las habría visto primero el arco iris no llevaría tan suaves anchas.

            Pero entre algunas cruces más sus inciensos todos comenzarían a oler a la mirra sacada desde los secretos de un sepulcro; aparecía combinada con estoraque más un sin fin de muchas ramas secas. Eran las épocas de procesiones pero estaban en los tiempos de otras realidades cuando los bólidos caían solo de pensarlos. Pero aquel espectáculo religioso dirigido sin iglesias les hizo a muchos recordar otro; cuando un grupo de sus antepasados encaminados por sus creencias jalaron una aldaba que sostenían los secretos de una caja olvidada, casi inundada de polillas y encontraron una carta casi desasida. Eran  claras las letras de una promesa de 1789 con la cual todos debían cumplir en una fiel procesión la cual partió desde Filo del Loro hasta más allá de las montañas de La Isla.

            Así lo hicieron, era ir y venir, fueron con pocos abrigos y alimentos, pero una enorme ventisca traedora de una tormenta del mes de agosto los envolvió. Algunos afirmaron, entre años y décadas, que aquello quedó como un cementerio de manos abiertas, alzadas. Pidieron auxilios pero nadie se atrevió a ir. Luego encontraron tras la luz de una vela que la carta decía por detrás que el mes indicado era noviembre y que la ruta se hacía en varios días, pero esas eran las trampas de las aldabas.

 

Dr. Miguel A. Jaimes N.

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Premio Mejor Columnista Diario Frontera Mérida 2011

Premio estadal Gabinete cultura Mérida Gran Explosión Bicentenaria MPPC 2012

Segundo premio nacional mención periodismo Ministerio poder popular para Cultura 2013

Condecoración Comandante Hugo Chávez Única Clase Alcaldía Santos Marquina 2015

10mo Edición del Foro Permanente MPPC 2015

Para: Diario Frontera

Marzo 1 del 2017

 

Autor: 

MIGUEL A. JAIMES N.

Nace en  Tariba edo Táchira el 20 de Julio e 1970, es Politólogo, Magister Scientae  en Ciencias Politicas, Candidato a Doctor en Gerencia, Columnista del Diario Frontera donde ganó el Premio al mejor Columnista 2011, Profesor invitado en la Maestría en Ciencias Politicas en materias de su creación: La Actual Politica Petrolera y Los Conflictos Petroleros Globales, Articulista, Conferencista, ha escrito en diversos medios digitales sobre el...

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