El día que Connie se acostó con aquel mercachifle

La perra-diosa, para D. H. Lawrence es el “éxito”, el dinero. Connie, la protagonista de “El amante de lady Chatterley” era mujer llamémosla especial, extraordinaria, sensible y culta. Pero era una mujer que estaba sola, y llegó el momento en que sintió la necesidad extrema de una compañía, y creyó en el gringo Michaelis, y acabó cediendo, y conoció entonces otros niveles del engaño y de la desesperación.

Sobre todo porque Michaelis siempre iba tras la diosa-perra, ese amasijo social de canallas ricos que siempre penden de lo que se llama ÉXITO, con todos sus apetitos, halagos, adulaciones, cosquillitas en el trasero, que principalmente suelen prodigar los periodistas o  los intelectuales. Esa diosa-perra que se alimenta de los huesos que tiran los hombres de negocio.

Y el sexo en estos hombres como Michaelis se diluye en la nada, porque lo de ellos es follar descarnadamente, sin que eso implique algo personal. No es otra cosa que un aventura pasajera, un momentico para la aventura sórdida, hundirse en un morbo repentino y ya.

En el encuentro y en la entrega de Connie a Michaelis, la novela es desgarradoramente ilustrativa de la podredumbre que destroza al mundo en estos momentos, en el que no hay amor sino puros goces a la deriva y momentáneos. Y se desarrolla en estos pasajes:

Había algo en Michaelis que le gustaba a Connie. No era presumido; no se hacía ilusiones sobre sí mismo. Hablaba con Clifford (esposo de Connie) de forma sensata, breve y práctica, sobre todas las cosas que Clifford quería saber. Ni más ni menos. Sabía que le habían invitado a Wragby para utilizarle, y como un viejo, astuto y casi indiferente hombre de negocios, o gran hombre de negocios, dejaba que le hicieran preguntas y las contestaba sin dejar lugar a los sentimientos.

-¡Dinero! -decía-. El dinero es una especie de instinto. Hacer dinero es una especie de don natural en un hombre. No es nada premeditado. No se trata de un truco puesto en práctica. Es algo así como un rasgo permanente de la propia naturaleza; se empieza, se comienza a ganar dinero y se sigue; hasta un cierto punto, supongo.

-Pero hay que empezar -dijo Clifford. - ¡Naturalmente! Hay que entrar. No se puede hacer nada si le dejan fuera a uno. Hay que abrirse camino a codazos. Pero una vez hecho eso ya no se puede evitar.

-¿Pero habría usted ganado dinero con algo que no fuese el teatro? -preguntó Clifford.

-Oh, probablemente no. Yo puedo ser buen escritor o puedo ser malo, pero soy escritor y escritor de teatro, eso es lo que soy y lo único que puedo ser. De eso no hay duda. -¿Y piensa que lo que tiene que ser es autor de comedias de éxito? -preguntó Connie.

-¡Ahí está, exactamente! -dijo, volviéndose hacia ella en un arranque repentino-. ¡No hay razón ninguna! No tiene nada que ver con el éxito. No tiene nada que ver con el público, si vamos a eso. No hay nada en mis obras para que tengan éxito. No es eso. Son simplemente como el tiempo...; es el que tiene que hacer... por el momento. Volvió sus ojos lentos y plenos, ahogados en una desilusión sin límites, hacia Connie, y ella tembló ligeramente. Parecía tan viejo... Infinitamente viejo, constituido por capas de desilusión concentradas en él generación tras generación, como estratos geológicos; y al mismo tiempo estaba perdido como un niño. Era un marginado en cierto sentido, pero con la bravura desesperada de su existencia de rata.

-Por lo menos es magnífico lo que ha logrado usted a su edad -dijo Clifford con expresión contemplativa.

 -¡Tengo treinta años... sí, treinta! -dijo Michaelis de manera cortante y repentina, con una extraña risa, vacía, triunfante y amarga.

-¿Y está usted solo? -preguntó Connie.

-¿Qué quiere decir? ¿Que si vivo solo? Tengo mi criado. Es griego, dice, y bastante inútil. Pero lo conservo. Y voy a casarme. Oh, sí, tengo que casarme.

-Suena como tenerse que operar de las anginas -rió Connie-. ¿Será un gran esfuerzo? La miró con admiración.

-Bueno, Lady Chatterley, en un sentido lo será. Creo... perdóneme... creo que no podría casarme con una inglesa, ni siquiera con una irlandesa...

-Pruebe con una americana -dijo Clifford.

-¡Oh, americana! -se reía con una risa hueca-. No. Le he pedido a mi criado que me encuentre una turca o algo así...; algo más cercano a lo oriental.

Connie estaba realmente asombrada ante aquel extraño y melancólico ejemplar de éxito extraordinario; se decía que tenía unos ingresos de cincuenta mil dólares sólo de América. A veces era guapo: a veces, cuando miraba hacia un lado, hacia abajo, y la luz caía sobre él, tenía la belleza silenciosa y estoica de una talla negra en marfil, con sus ojos expresivos y las amplias cejas en un extraño arco, la boca inmóvil y apretada; esa inmovilidad momentánea pero evidente, una inmovilidad, una intemporalidad a la que aspira Buda y que los negros expresan a veces sin siquiera intentarlo; ¡algo antiguo, antiguo y congénito a la raza! Siglos de concordancia con el destino de la raza, en lugar de nuestra resistencia individual. Y luego pasar nadando, como las ratas en un río oscuro. Connie sintió un brote repentino y extraño de simpatía hacia él, un impulso mezcla de compasión con un deje de repulsión que casi llegaba a ser amor. ¡El marginado! ¡El marginado! ¡Y le llamaban ordinario! ¡Cuánto más ordinario y engreído parecía Clifford! ¡Cuánto más estúpido!

Michaelis se dio cuenta enseguida de que la había impresionado. Volvió hacia ella sus ojos expresivos, avellanados y ligeramente saltones con una mirada de pura ausencia. Estaba estudiándola, considerando la impresión que le había producido. Con los ingleses nada podía salvarle de ser el eterno marginado, ni siquiera el amor. Y sin embargo las mujeres se encaprichaban a veces con él... Las inglesas también. Sabía en qué situación estaba frente a Clifford. Eran dos perros que no se conocían y a los que les hubiera gustado enseñarse los dientes, pero que se veían obligados a sonreírse. Pero con la mujer no estaba tan seguro. El desayuno se servía en los dormitorios; Clifford no aparecía nunca antes de la comida y el comedor era un tanto lúgubre. Tras el café, Michaelis, un cuerpo inquieto e impaciente, se preguntaba qué podría hacer. Era un hermoso día de noviembre... Hermoso para Wragby. Contempló la melancolía del parque. ¡Dios! ¡Qué sitio! Envió a un sirviente a preguntar si podía hacer algo por Lady Chatterley: había pensado ir a Sheffield en su coche. Llegó la respuesta diciendo si no le importaría subir al cuarto de estar de Lady Chatterley. Connie tenía un cuarto de estar en el tercer piso, el más alto, de la parte central de la casa. Las habitaciones de Clifford estaban en la planta baja, desde luego.

Para Michaelis era halagador verse invitado a subir al cuarto particular de Lady Chatterley. Siguió ciegamente al criado... Nunca se daba cuenta de las cosas ni tenía contacto con lo que le rodeaba. Ya en la habitación, echó una vaga mirada a las hermosas reproducciones alemanas de Renoir y Cezanne.

-Es una habitación muy agradable -dijo con una sonrisa forzada, como si le doliera sonreír, enseñando los dientes-. Es una buena idea haberse instalado en el último piso.

-Sí, también a mí me lo parece -dijo ella. Su habitación era la única agradable y moderna de la casa, el único lugar de Wragby en que se descubría su personalidad. Clifford no la había visto nunca y ella invitaba a muy poca gente a subir. Ella y Michaelis estaban sentados en ese momento a ambos lados de la chimenea y conversaban. Ella le preguntó por sí mismo, su madre, su padre, sus hermanos:..; los demás siempre le interesaban y cuando se despertaba su simpatía perdía por completo el sentido de clase. Michaelis hablaba con franqueza sobre sí mismo, con toda franqueza, sin afectación, poniendo simplemente al descubierto su alma amarga e indiferente de perro callejero y mostrando luego un reflejo de orgullo vengativo por su éxito.

-Pero ¿por qué es usted un ave tan solitaria? le preguntó Connie; y él volvió a mirarla con su mirada avellana, intensa, interrogante.

-Algunas aves son así -contestó él. Y luego, con un deje de ironía familiar:

-Pero, escuche, ¿y usted misma? ¿No es usted algo así como un ave solitaria también? Connie, algo sorprendida, lo pensó un momento y  luego dijo:

-¡Sólo en parte! ¡No tanto como usted!

-¿Soy yo un ave absolutamente solitaria? -preguntó él con su extraña mueca risueña, como si tuviera dolor de muelas; era tan retorcida, y sus ojos eran tan perennemente melancólicos, o estoicos, o desilusionados, o asustados...

-¿Por qué? -dijo ella, faltándole un tanto el aliento mientras le miraba-. Sí que lo es, ¿no? Se sentía terriblemente atraída hacia él, hasta el punto de casi perder el equilibrio.

-¡Sí, tiene usted razón! -dijo él, volviendo la cabeza y mirando a un lado, hacia abajo, con esa extraña inmovilidad de las viejas razas que apenas se encuentra en nuestros días. Era aquello lo que le hacía a Connie perder su capacidad de verlo como algo ajeno a ella misma. El levantó los ojos hacia ella con aquella mirada intensa que lo veía todo y todo lo registraba. Al mismo tiempo el niño que lloraba en la noche gemía desde su pecho hacia ella, de una forma que producía una atracción en su vientre mismo.

-Es muy amable que se preocupe por mí -dijo él lacónicamente.

-¿Por qué no iba a hacerlo? -dijo ella, faltándole casi el aliento para hablar. El rió con aquella risa torcida, rápida, sibilante.

--Ah, siendo así... ¿Puedo cogerle la mano un segundo? -preguntó él repentinamente, clavando sus ojos en ella con una fuerza casi hipnótica y dejando emanar una atracción que la afectaba directamente en el vientre. Le miró fijamente, deslumbrada y transfigurada, y él se acercó y se arrodilló a su lado, apretó sus dos pies entre las manos y enterró la cabeza en su regazo; así permaneció inmóvil. Ella estaba completamente fascinada y transfigurada, mirando la tierna forma de su nuca con una especie de confusión, sintiendo la presión de su cara contra sus muslos. Dentro de su ardiente abandono no pudo evitar colocar su mano, con ternura y compasión, sobre su nuca indefensa, y él tembló con un profundo estremecimiento. Luego él levantó la mirada hacia ella con aquel terrible atractivo en sus intensos ojos brillantes. Ella era absolutamente incapaz de resistirlo. De su pecho brotó la respuesta de una inmensa ternura hacia él; tenía que darle lo que fuera, lo que fuera. Era un amante curioso y muy delicado, muy delicado con la mujer, con un temblor incontrolable y, al mismo tiempo, distante, consciente, muy consciente de cualquier ruido exterior.

Para ella aquello no significaba nada, excepto que se había entregado a él. Y después él dejó de estremecerse y se quedó quieto, muy quieto. Luego, con dedos suaves y compasivos, le acarició la cabeza reclinada en su pecho. Cuando él se levantó besó sus manos, luego sus pies en las pantuflas de cabritilla y, en silencio, se alejó hacia el extremo de la habitación; allí se detuvo de espaldas a ella. Hubo un silencio de algunos minutos. Luego se volvió y se acercó de nuevo a ella, sentada en el sitio de antes, junto a la chimenea.

-¡Y ahora supongo que me odiará! -dijo él de una forma tranquila e inevitable. Ella alzó rápidamente los ojos hacia él.

- ¿Por qué? preguntó.

-Casi todas lo hacen -dijo; luego se corrigió-. Quiero decir... es lo que pasa con las mujeres.

-Nunca tendría menos motivos que ahora para odiarle -dijo ella recriminándole.

-¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Así debiera ser! Es usted terriblemente buena conmigo... gimió él miserablemente. Ella no entendía por qué se sentía desgraciado.

-¿No quiere sentarse? -dijo. El echó una mirada a la puerta.

-¡Sir Clifford! -dijo-, no... ¿no estará...?

Ella reflexionó un momento.

-¡Quizás! --dijo. Y le miró-. No quiero que Clifford lo sepa..., ni que lo sospeche siquiera. Le haría tanto daño... Pero no pienso que hayamos hecho mal, ¿no cree?

-¡Mal! ¡Por supuesto que no! Es usted tan infinitamente buena conmigo... que casi no puedo soportarlo. Se volvió a un lado y ella se dio cuenta de que un momento más tarde estaría sollozando.

-Pero no hace falta que se lo contemos a Clifford, ¿no? -rogó ella-. Le haría tanto daño. Y si nunca lo sabe, nunca lo sospecha, no se hace daño a nadie.

-¡Yo! -dijo él casi con orgullo-; ¡por mí no sabrá nada! Ya lo verá. ¿Delatarme yo? ¡ja, ja!

Soltó su risa vacía y cínica al considerar la idea. Ella le observaba asombrada. El dijo:

-¿Puedo besarle la mano y retirarme? Iré a Sheffield y creo que me quedaré allí a comer, si puedo, y volveré para el té. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Puedo estar seguro de que no me odia?, ¿y de que no me odiará? -finalizó con una nota desesperada de cinismo.

-No, no le odio -dijo ella-. Me gusta.

-¡Ah! -dijo él orgullosamente-, prefiero que me diga eso a que me diga que me ama. Es mucho más importante... Hasta la tarde, entonces. Tengo mucho en qué pensar hasta luego. Le besó la mano humildemente y se fue.

-Me parece que no aguanto a ese joven - dijo Clifford en la comida.

-¿Por qué? preguntó Connie.

-Es tan vulgar por debajo de esa capa de barniz... Esperando sólo a saltar sobre nosotros.

-Tengo la impresión de que la gente se ha portado muy mal con él -dijo Connie.

-¿Y te asombra? ¿Crees que él pasa el tiempo haciendo obras de caridad?

-Creo que tiene una cierta generosidad.

-¿Hacia quién?

-No lo sé muy bien.

-Claro que no lo sabes. Me temo que confundes la falta de escrúpulos con la generosidad.

Connie no contestó. ¿Era cierto? Era posible. Sin embargo, en la falta de escrúpulos de Michaelis había una cierta fascinación para ella. El avanzaba kilómetros donde Clifford sólo daba unos tímidos pasos. A su manera había conquistado el mundo, que era lo que Clifford quería hacer. ¿El fin y los medios...? ¿Eran los de Michaelis más despreciables que los de Clifford? ¿Era la forma en que el pobre marginado había sabido salir adelante, y por la puerta trasera, peor que la forma en que se vendía Clifford para llegar a la fama? La diosa bastarda, el éxito, eran cortejados por miles de perros jadeantes con la lengua fuera. ¡Y quien lo conseguía era el más perro entre los perros, a juzgar por el éxito! Así que Michaelis podía ir con el rabo alto. Lo extraño era que no lo hacía. Volvió hacia la hora del té con un gran ramo de lirios y violetas y la misma expresión de perro faldero. Connie se preguntaba a veces si no sería una especie de máscara para desarmar a la oposición; era casi demasiado invariable. ¿Era de verdad y hasta tal punto un perro apaleado? Su autonegación de perro triste se mantuvo toda la tarde, aunque a través de ella Clifford se dio cuenta de su insolencia interior. Connie no, quizás porque no estaba dirigida contra las mujeres; sólo contra los hombres y sus presunciones y pretensiones.

Aquella insolencia interna e indestructible del escuálido personaje era lo que hacía que los hombres se volvieran contra Michaelis. Su mera presencia, por mucho que se disfrazara bajo una imitación de buenos modales, era un insulto para un hombre de la buena sociedad. Connie estaba enamorada de él, pero se las arregló para mantenerse al margen con su bordado, para dejar hablar a los hombres y no delatarse.

En cuanto a Michaelis, era perfecto; exactamente el mismo joven melancólico, atento y distante de la tarde anterior; a millones de grados de divergencia de sus anfitriones, reaccionando el mínimo exigido y sin salir a su encuentro ni una sola vez. Connie pensaba que habría olvidado lo sucedido por la mañana. No lo había olvidado. Pero sabía dónde estaba...; en el mismo lugar, a la intemperie, donde permanecen los marginados de nacimiento. No consideraba hacer el amor como algo personal. Sabía que no le llevaría de ser un perro callejero a quien todo el mundo echa en cara su collar dorado- a ser un perro de buena sociedad. En definitiva, en el fondo más remoto de su alma, era un marginado antisocial e interiormente aceptaba su situación, por muy Bond Street que fuera en la superficie. Su aislamiento era para él una necesidad; del mismo modo que la resignación y la compañía de las clases altas eran también una necesidad para él. Pero el amor ocasional, como bálsamo y alivio, era también positivo, y en eso no era ingrato. Al contrario, se mostraba ardiente y angustiosamente agradecido por un rasgo de cariño natural y espontáneo: hasta llegar casi a las lágrimas. Bajo su cara pálida, inmóvil, sin ilusión, su alma de niño gemía de gratitud hacia la mujer y la necesidad imperiosa de volver a estar con ella; al mismo tiempo que su alma de fugitivo se daba cuenta de que realmente no iba a dejarse atrapar. Encontró la oportunidad, mientras encendían las velas del vestíbulo, de decirle:

-¿Puedo subir?

-Yo iré a su habitación -dijo ella.

-¡Muy bien¡ La esperó durante mucho tiempo... y al final llegó.

Era una clase de amante tembloroso y excitado cuya crisis llegaba pronto y terminaba. En su cuerpo desnudo había algo curiosamente infantil e indefenso: como son los niños cuando están desnudos. Todas sus defensas estaban en su ingenio y en su astucia, su profundo instinto para la astucia, y cuando no estaba en guardia parecía doblemente desnudo, como un niño de carnes inacabadas y blandas que forcejea desesperadamente. Despertaba en la mujer una especie de salvaje compasión y nostalgia y un deseo físico desbocado y lleno de ansiedad. Aquel deseo físico no era capaz de satisfacerlo él; él llegaba siempre a su orgasmo y terminaba con rapidez para luego recogerse sobre el pecho de ella y recobrar en cierto modo su insolencia, mientras Connie permanecía confusa, insatisfecha, perdida. Pero pronto aprendió a sujetarle, a mantenerle dentro de ella cuando su crisis había terminado. Y entonces era generoso y curiosamente potente; permanecía erecto dentro de ella, abandonado, mientras ella seguía activa... ferozmente, apasionadamente activa hasta llegar a su propia crisis. Y cuando él sentía el frenesí de ella al llegar a la satisfacción del orgasmo producido por su firme y erecta pasividad, experimentaba un curioso sentimiento de orgullo y satisfacción.

-¡Oh, qué maravilla! -susurraba ella temblorosa, y se quedaba quieta, apretada a él.

El seguía acostado en su propio aislamiento, pero orgulloso de alguna manera. Aquella vez se quedó sólo tres días y con Clifford se portó exactamente lo mismo que la primera tarde; con Connie también. Nada podía alterar su fachada. Escribió a Connie con la misma nota de quejumbrosa melancolía que le era habitual, a veces con ingenio y con un toque de curioso sentimentalismo asexuado. Una especie de desesperada afectividad es lo que parecía sentir por ella, pero el alejamiento esencial seguía siendo el mismo. Era un ser desesperado hasta la médula y parecía querer seguir siéndolo. Odiaba no poco la esperanza. Une inmense espé- rance a traversé la terre, había leído en algún sitio, y su comentario fue: «... y la puñetera ha ahogado todo lo que merecía la pena». Connie no llegó nunca a entenderle realmente, pero a su manera le amaba. Y siempre sentía en sí misma el reflejo de su desesperanza.

Ella no podía amar del todo, no del todo, en la desesperación, y él, un desesperado, no podía amar de ninguna manera. Así siguieron durante algún tiempo, escribiéndose y encontrándose ocasionalmente en Londres. Ella seguía añorando la emoción física, sexual, que podía sacar de él por su propia actividad una vez que él había llegado a su pequeño orgasmo. Y él seguía queriendo proporcionársela. Aquello era suficiente para mantenerles en contacto. Y suficiente para darle a ella una forma sutil de autoafirmación, algo ciego y no exento de arrogancia. Era una confianza casi mecánica en su propia fuerza y estaba acompañada de un gran optimismo. Estaba terriblemente contenta en Wragby. Y utilizaba todo el despertar de su alegría y satisfacción para estimular a Clifford; de tal modo que escribió sus mejores cosas en aquella época y era casi feliz en su extraña ceguera. Era él realmente quien recogía el fruto de la satisfacción sensual producida por la erecta pasividad masculina de Michaelis en el interior de ella. ¡Pero él nunca lo supo, naturalmente, y si lo hubiera sabido, nunca habría dado las gracias! ¡Sin embargo, cuando aquellos días de su enorme optimismo pleno de alegría y de iniciativas se hubieron ido -ido por completo- y ella se volvió irritable y estaba deprimida, cómo los echaba Clifford de menos! Quizás, de haberlo sabido todo, hasta hubiera deseado volver a unirla con Michaelis.

 

Autor: 

María Teresa Arguedas