Sagita ígnea1

El Reverendo

 Bajábamos de la Facultad en el chevetico. Allá abajo, frente a la entrada de las Residencias Estudiantiles, veía salír un chorro de humo que, luego, el viento esparcía por toda la manzana. Son los estudiantes que están manifestando, faltan quince días para Semana Santa y los ”pobres muchachos quieren irse ya a sus casas”, le dije al profesor. El profesor no respondió. “Las autoridades universitarias deberían tener en cuenta que varios de ellos tienen quince o más años estudiando”. Me impacientó el silencio del profesor que no movía los labios ni para rezar. “Pueden quemar el carro, fíjese que tienen bolsas de basura, troncos de árboles, latones y piedras. Busquemos la otra vía, la de Los Chorros”, sugerí. Siguió avanzando despacio y silencioso cual benedictino. No pasaban de media docena de fogosos estudiantes que tenían el tráfico automotor trancado.

Al acercarnos el profesor bajó los vidrios del chevetico y recortó la velocidad; los miró despacio. Los entusiasmados estudiantes, con piedras y palos en manos, se quedaron paralizados viendo al profesor que esquivaba los troncos, las piedras y el fuego. Pensé en santa Rita, la que sus fieles llaman Abogada de lo imposible, pero estábamos en la boca del lobo y ningún santo nos podría ayudar. El profesor movió la cabeza en señal de saludo y siguió avanzando. Uno de ellos, encapuchado como sus demás compañeros, gritó: “Adelante, Profesor”.  Respiré profundamente y me uní al silencio trapense del Profesor.

Ya fuera del peligro, tal vez una cuadra más abajo, el profesor rompió el silencio y empezó a hablar de otras cosas sin mencionar el anterior episodio.

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Eurípedes era director del semanario El Vigilante, un legendario periódico de la iglesia merideña, no era gran cosa, pero al menos servía para poner en el piso y recoger con la escoba la basura o para limpiar vidrios de ventanas. Tuvo un mal fin. Apenas llegó el obispo Porras (hoy cardenal regalo de su amigo Francisco I) lo vendió, así como vendió todos los bienes que poseía la iglesia merideña, cuyos dineros fueron a parar a su bolsa. Una vez nombrado arzobispo de Mérida, inmediatamente pidió un obispo de su confianza como auxiliar. Este auxiliar lo secundó en sus vivezas y, como no tenía poder tenía que decirle amén al maquiavelismo arzobispal.

Una tarde, yo acompañaba a José por los alrededores de la plaza y al cruzar por una esquina de la catedral, cuando nos encontramos a bocajarro al tal auxiliar e inmediatamente el Profesor lo paró en seco y le dijo tajante: “Ustedes vendieron el periódico que es de la arquidiócesis, de la feligresía, echaron a patadas al director y se embolsaron el dinero”. El obispo auxiliar, a punto de desmayarse, se pegó a la pared como paralizado y boquiabierto. Apenas se repuso, caminó a grandes zancanadas, abrió la puerta del palacio arzobispal y desapareció a pasar el susto en sus aposentos.

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El colmo de los colmos.

Invitaron al profesor a dar una conferencia en la Universidad Politécnica de Barquisimeto. Yo le acompañé. La idea de dicha conferencia fue del Prof. Guillermo Centeno. Los organizadores habían invitado gente de la clase media, profesionales casi todos. Empezaron los rumores de la posibilidad de que la dicha conferencia fuera infiltrada por gente opositora, gente del mundo rancio de la ciudad, gente “peligrosa”, quiero decir. El título de la conferencia era “LA C.I.A en Venezuela”.  El rumor llegó hasta el profesor como una especie de alerta para que tomara sus precauciones y cuidados en el discurso. Yo estaba seguro que cambiaría de contenido, que haría un enfoque suave del tema.

 

Pero el escozor, la piquiña invadió a los asistentes apenas el Profesor empezó la conferencia:

 

“¿Saben ustedes quiénes son los representantes leales y jurados de la C.I.A en Venezuela, que trabajan para ese diabólico cuerpo de inteligencia norteamericano? Les diré sus nombre por si quieren tomar nota: Gabriel Puerta, Ángela Zago, Napoleón Bravo, Carlos Andrés Pérez, Pompeyo Márquez, Oswaldo Álvarez Paz, Rómulo Betancourt, Douglas Bravo, General Raúl Salazar Rodríguez, Rafael Caldera, Américo Martín, Ramón Escobar Salom, Domingo Alberto Rangel, Agustín Blanco Muñoz, Francisco Arias Cárdenas, Pedro León Zapata, Fauto Masó, Nelson Mezerahne, Carlos Ortega, Enrique Mendoza, Teodoro Petkoff, Manuel Coba, el salvaje neoliberal cura Luis Ugalde, Arturo Sosa, el sarrapatoso Andrés Velázquez, Timoteo Zambrano, Alfredo Ramos, Pablo Medina, Armando Díaz, Rafael Poleo y su hija Patricia, Carlos Rangel y Sofía Imber. Miguel Ángel Capriles, así como gente de Globovisión, Venevisión, (la extinta) Radio Caracas Televisión, Televen, El Nacional, Así es la Noticia, El Universal, Tal Cual, Gente del Petróleo, y un largo etcétera.

 

El gran salón de conferencias de la Politécnica estaba lleno, los asistentes sumidos en un profundo silencio, aparte de la voz del Profesor, sólo se oía uno que otro mosquito, todo mundo boquiabierto, aterrorizado ante las denuncias peligrosas. Yo, aferrado al asiento y ni para rezar porque hacía tiempos que se me habían olvidado los rezos.

 

 

Un día, en otra conferencia sobre la Iglesia Católica, comentó que desde niño venía indagando, analizando, escudriñando sobre los obispos venezolanos y latinoamericanos, quiénes eran estos seres escurridizos, escondidos, sagaces, oscuros… y se preguntaba si eran obispos, pero llegó a la inequívoca conclusión de que eran DEMONIOS.

 

Era un riesgo acompañar al profesor en sus conferencias, pero había que correr ese riesgo, porque era ponerse de parte de la verdad, por muy dura y peligrosa que ésta fuera. Nadie, que yo sepa, se ha atrevido a gritar la verdad a los cuatro vientos sin temor a poner en peligro su propia vida, porque no se metía con Petra y sus hijos del barrio, sino con la culta, crema y nata de la poderosa alta sociedad venezolana.

 

***

Pero sus saetas de fuego eran y son lanzadas contra el “vivo” de cuello blanco y elegante, el que carga un diploma y un carnet de profesional en el bolsillo del paltó, el que anda bien peinado y usa ancha corbata y entra a las oficinas sin anunciarse, pero que anda metido en negocios ilícitos, el que solicita dinerales para proyectos inexistentes, los que buscan sus propios provechos utilizando a los incautos, como en el caso de Juan Félix Sánchez.

Esas saetas ígneas han llegado y siguen llegando a los blancos perfectos: presidentes, barraganas, ministros, obispos, profesores, gobernadores, funcionarios públicos, etc., etc… Las ha lanzado y las sigue lanzando solo, personalmente asume su responsabilidad, sin escudarse en terceros ni encapucharse la cara como el antiguo gladiador; sólo que aquel repelía a su contrincante armado de espada y escudo de bronce, éste tiene como arma su computadora; anteriormente escribía sus descargas en máquinas mecánicas de escribir.

No lanza sus mortíferas saetas a la loca, a a ciegas y tientas, aventurando a quien le caiga. No es un francotirador; primero se informa muy minuciosamente para estar seguro y dar en el blanco. Hasta ahora nunca ha fallado ni equivocado la puntería. “No deseo estar en la mira de ese profesor”, me dijo uno. Y es que sus saetas de fuego son casi mortales.

PEDRO PABLO PEREIRA