El Dorado, William Shakespeare, hasta hoy

 

 

En la cabeza de Walter Raleigh, a quien podemos imaginar mirando desde su nave el enorme río y el enorme paisaje, está naciendo una pulsión que marcará con tinta de vidas humanas a Suramérica.

Creará política secreta, traiciones de cancillería, por igual en Inglaterra que en Francia, y en países que aún no existen como Venezuela, Colombia o los Estados Unidos.

Raleigh no subió al Perú ni llegó al Esequibo, tal vez tampoco vio el Dorado y regresa a su isla natal con las manos vacías: o no del todo. Enrique Bernardo Núñez ha descrito la muy teatral presentación que hizo Raleigh ante la reina Isabel II:

“Ante ella desfilan caciques con brillantes plumajes, guerreros indios con ramos, flechas y escudos de oro y plata y portadores de aves de raros colores, piedras tersas de diferente color y guirnaldas de flores, simbolizando todas las riquezas de Guayana. Se escuchaba una música invisible y deliciosa. Y avanzaba hacia él (el indio Topiawari) una mujer pálida como la estrella de la tarde, con una media luna en la cabeza, le tocaba con una vara en la frente. Tenía los ojos azules como las montañas lejanas. Y el río era él, Topiawari, y tenía sus mismos deseos y pensamientos”.

También trae el aventurero la garganta llena de palabras, y la pluma, pues escribe su libro The Discovery of the Large, Rich and Beautiful Empire of Guiana, pretendiendo entusiasmar la ambición británica. El libro grita:

“¡Oro, hay mucho oro en la Guayana, tanto que los habitantes de aquella ciudad cubren a su rey con polvo de oro soplado por delgadísimos tubos vegetales. Hay más oro que en el Perú. Vamos para allá!”

Probablemente, lo que el libro postula es la posibilidad de alianza con los descendientes de Huáscar, que como rama de los incas eran poseedores de derechos de reclamo al trono inca y lógicos aliados de Inglaterra para un virtual ataque al Perú. Un dicho popular rezaba: “Vale un Perú” para ponderar riqueza infinita, conquistar el Perú era garantizar eso para Inglaterra, también privar a España de esa enorme caja de caudales, también, de paso, matar al partido español que actuaba dentro de Inglaterra.

Es casi imposible que un político no haya pensado en esto último, pero lo que trascendió fue el mero anhelo de saqueo.

CAPÍTULO 14 EL DORADO EN OTELO 

La cosa pasa al teatro. Ahí reinaba Shakespeare. En realidad, reinaban tres dramaturgos: Marlowe, algo anterior y el más centrado en el imperialismo –porque Shakespeare tiene temas de amor, de filosofía, tiene humorismo– y Ben Johnson, que ha llegado menos a nosotros, porque resulta como bufonesco para el paladar de hoy. Shakespeare toma las narraciones de Raleigh y las pone en boca de Otelo, protagonista de una de sus obras inmortales, de tema de amor, historia de un hombre ingenuo en el fondo, aunque sea un general, envenenado en sus pensamientos por Yago, intrigante que le cuenta historias falsas para llenarlo de celos, llevándolo a asesinar a Desdémona, amantísima esposa.

La obra empieza cuando Otelo está explicando cómo enamoró a Desdémona, responde acusaciones del padre de ésta de que la embrujó, de que usó pócimas y filtros para eso. Los espectadores del teatro El Globo de Londres escuchan a Otelo narrar su manera: “Yo narraba los recios golpes que marchitaron mi juventud”. Entre esas aventuras de juventud está una donde vio al rey al que sus súbditos cubren de polvo de oro soplado por unos delgados tubos vegetales. También habla de los Iwapanomes, los hombres sin cabeza que tienen los ojos en el pecho, vecinos de las amazonas y del lago de Parima. Por voz de la geografía imprecisa, a la vez rey e Iwapanomes viven en Arabia.

El resultado es el enamoramiento de la dama. Shakespeare lo declara con su palabra sublime: “Ella me amó por lo que había sufrido, y yo la amé porque ella me compadeció”. Tras esto se inicia la trama amorosa de la obra.

Antes de continuar hay que acotar que siempre se rumoró, y todavía se rumora en círculos eruditos ocupados en eso, que Walter Raleigh, poeta de altos vuelos, sería el autor de algunas de las obras de Shakespeare. También Francis Bacon y otros son señalados a partir de la abierta incongruencia existente entre la altísima erudición presente en varias obras shakespereanas y la persona de Shakespeare, actor del teatro El Globo, hombre sobre todo de oficio.

Pero no hay teatro ni erudición que valga, el partido español neutraliza a Raleigh. Después es más derrotado, se le enjuicia y condena a muchos años de reclusión en la Torre de Londres.

En 1616, Raleigh es liberado dentro de una ola antiespañola. Es momentánea porque ya está mandando en Inglaterra el rey Estuardo, cabeza del partido pro español. Raleigh organiza una nueva invasión a la tierra del Orinoco, trata de convertir la ola favorable en maremoto. Imposible le resultó la conquista, los españoles han artillado a América con cañones poderosos y conventos a granel.

Regresa a Londres flaco, enfermo, habiendo perdido un hijo en Venezuela. No trae los oros con que iba a apasionar a la corte para que declarara la guerra a España. Entonces juzgan al aventurero de la armadura de plata por violentar la paz firmada con aquella potencia. Ante los jueces, el aventurero habla de moral, enumera los crímenes de los españoles. No dice “derechos humanos”, pero esa es exactamente su prédica: los atropellos de los españoles contra los dueños originales de aquellas tierras justifican filosóficamente la intervención británica. Se debe “salvar” a aquellos aborígenes. Si de paso se conquista algún territorio y se hace uno que otro buen negocio, ello no será sino premio de Dios, siempre amable con los buenos. Inútil es esta elocuencia, el partido español juzga a Raleigh, lo condena, y fragmenta su cuello con el hacha del verdugo. Pero lejos, en un punto situado al otro lado del inmenso océano Atlántico, queda sembrada una pulsión que estructurará la historia suramericana, la norteamericana y la británica hasta el siglo XXI y quizá más.

 

Autor: 

Gerónimo Pérez Rescaniere

Hisoriador, autor de la obra: "De Cristóbal Colón a Hugo Chávez Frías".

Gerónimo Pérez Rescaniere