Por Geraldina Colotti
Existen momentos en los que el tiempo parece replegarse sobre sí mismo, como el Uroboro que se muerde la cola: el abril de 2026, en Venezuela, no es una simple recurrencia del golpe contra Chávez, sino el eco de aquel trauma que se transforma en choque presente. Ayer como hoy, el imperialismo intenta decapitar la esperanza secuestrando el cuerpo físico y político de la revolución. Si en 2002 lo hizo por interpuesta oligarquía, hoy lo hace quitándose la máscara y mostrando con arrogancia el rostro del depredador, golpeando directamente al Presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores, su esposa.
Es el paso del sabotaje quirúrgico al secuestro de Estado, el intento extremo de romper el vínculo entre el líder y su base. Sin embargo, precisamente en esta escalada de tecnologías bélicas nunca experimentadas y de mentiras globales, surge una lección antigua: mientras Washington intenta gestionar una «transición» que existe solo en sus laboratorios de propaganda, el chavismo responde con la ciencia de la retirada estratégica. No una rendición o una traición, sino el compactarse de la materia política para proteger la «siembra nueva» de Chávez, porque ningún secuestro puede durar contra una conciencia colectiva que ya ha tomado el gusto a la libertad.
El secuestro de Chávez en el palacio de Miraflores había llegado al culmen de una sucesión de tensiones determinadas tras la muestra de independencia manifestada por el presidente, que no había suscrito el programa de gobierno confeccionado por Washington para el país. Testimonios de generales que permanecieron fieles al incipiente proceso bolivariano, cuentan que el golpe estaba en el aire y que, en los días previos, un crucero estadounidense ya estaba listo para entrar en acción. ¿Por qué no se actuó a tiempo? preguntaron muchos.
Porque Chávez tenía el pulso del país y buscaba hasta el último momento evitar un conflicto fratricida. Y cuando estaba prisionero de los golpistas, que amenazaban con bombardear Miraflores, había seguido el consejo de Fidel Castro que le había telefoneado, pidiéndole no inmolarse como Allende, sino organizarse para preparar una segunda oportunidad. Y cuando, finalmente, el pueblo lo devolvió a su puesto, el 13 de abril, regresó mostrando la cruz en una mano y la constitución en la otra: sin venganza, renunciando a profundizar con la fuerza aquella revolución.
También el secuestro de la pareja presidencial ha llegado al culmen de una escalada de agresiones multiformes, de amenazas, alarmas y mentiras, la última de las cuales proferida durante la llamada telefónica de Trump a Maduro, en la cual el magnate había “ordenado” al presidente venezolano abandonar el país, de lo contrario lo invadiría. Y Maduro había rechazado la “propuesta”, denunciándola públicamente, tal como hizo inmediatamente después de su primera elección. Entonces, la oposición encabezada por Capriles, que había perdido por pocos votos, le había propuesto repartirse el poder, como durante la IV República. Y Maduro se negó, reiterando que respondía al pueblo y no a la oligarquía.
Desde entonces, ha sido una sucesión de ataques en aumento contra el “laboratorio bolivariano” y su presidente obrero, insoportable para el gran capital internacional. Un crescendo de agresiones cristalizado en las presidenciales de julio de 2024, cuando la extrema derecha intentó hacer creer al mundo que el chavismo había robado la victoria a su candidato de fachada, Edmundo González Urrutia.
En realidad, se había organizado un gigantesco sabotaje contra la plataforma informática del CNE. Un sabotaje proveniente del exterior, que contribuyó a colapsar toda la infraestructura tecnológica del país. Una operación de cirugía informática transnacional que, a través del uso de nodos satelitales y servidores situados fuera de las fronteras venezolanas, interrumpió el flujo de datos en el momento del pico de la totalización: creando aquel «agujero negro» informativo necesario para permitir a Machado publicar sus actas falsas y posicionar el relato del fraude electoral a nivel mundial.
Un ataque cibernético similar, pero de proporciones amplificadas mediante el uso de tecnologías bélicas nunca experimentadas antes – como ha declarado el propio Trump – permitió luego la entrada de las tropas especiales estadounidenses y la masacre cometida el 3 de enero de 2026, que doblegó la heroica resistencia de soldados y soldadas cubanos y venezolanos. Forzando la intervención de los Estados Unidos y convenciendo a Washington de tener una «mayoría» existente en cambio solo en los laboratorios de propaganda de María Corina Machado, las derechas intentaron el golpe final.
Pero la historia, como saben los pueblos del mundo mayoritario (que no se considera ya desde hace tiempo Tercer mundo) no se decide en las oficinas del Departamento de Estado. El fracaso de la «revolución colorada» esperada tras el secuestro – un fracaso admitido incluso por Donald Trump en su brutalidad pragmática -, demuestra que el chavismo no es un hombre solo (una mujer sola) al mando, sino una osamenta social. Sin el pueblo en la calle pidiendo el retorno al pasado, el secuestro se ha transformado en un bumerán: el imperialismo ha tomado dos cuerpos, pero ha perdido la narración. Y el chavismo, con la gestión de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha mantenido el control político del país. No se ha tratado de una rendición o de traición, sino de una retirada estratégica para traer de vuelta a casa a los dos dirigentes secuestrados por un enemigo potente y feroz.
Ocurrió así también durante el asedio de Miraflores, el 11 de abril de 2002. Se dijo que Chávez había renunciado, allanando el camino a los representantes de la patronal, de la jerarquía eclesiástica, de los medios privados y de los sindicatos vendidos y a la derogación de la constitución bolivariana, que inmediatamente se dio. También en las horas dramáticas y confusas seguidas al rapto de Nicolás y Cilia, se ha hablado de «traición» y de rendición, y se habla todavía, desplazando las sospechas de uno a otro de los dirigentes bolivarianos, sobre la onda potente de la guerra cognitiva.
Es un sentimiento humano, visceral, que debe ser respetado, pero que no debe suplantar la reflexión política, también legítima. No es fácil, ni dentro ni fuera del país, no recibir mensajes claros que permitan a los militantes reconocerse y marchar tras la misma bandera: como la de Cuba, como la de Irán. Desde los tiempos de Lenin en adelante, la retirada estratégica es el momento más difícil para un cuadro político. Significa aceptar la aparente derrota para preservar la fuerza material del pueblo, para evitar la masacre indiscriminada que los «comanditos» y el paramilitarismo estaban listos para desatar.
Quien conoce la historia de las revoluciones sabe que la lucha de liberación de los pueblos no es una carga heroica suicida hacia el precipicio, sino una sucesión de oleadas dialécticas, de avances y de repliegues. No es traición proteger la integridad de las comunas y de las organizaciones populares, proteger la paz que permite a las fuerzas socialistas retomar impulso. Cuando se tiene una pistola apuntando a la sien, no es traición negociar para garantizar que la «siembra nueva» de Chávez no sea pisoteada, no sea sofocada la promesa de otro “por ahora”: siempre que se continúe luchando por el socialismo y la justicia social.
La revolución a veces debe replegarse sobre sí misma para regenerarse y, aun cuando parece volver al punto de partida, en el plano materialista nunca es el mismo punto. Es una circunferencia que se cierra solo en apariencia: en realidad, el movimiento ha acumulado experiencia y conciencia. El capital, como el Uroboro, para sobrevivir a las crisis de sobreproducción, debe destruir con las guerras imperialistas parte de la riqueza que él mismo ha creado basándose en la explotación del trabajo, para poder reiniciar el ciclo de acumulación. Debe destruir su propia base material con tal de nutrir su propio crecimiento financiero. Pero también la revolución debe devorar sus propias viejas estructuras para poder avanzar.
Así, también en esta fase complicada, en esta fase de democracia participativa pero lamentablemente también “tutelada”, en la que el riesgo de poner a cero el camino recorrido no puede ser excluido, el movimiento revolucionario se repliega sobre sí mismo no para suicidarse, sino para proteger el núcleo vital durante un ataque continuado. Es la materia política que se compacta para no dejarse dispersar por las agresiones externas. Y sirven unidad y confianza en el cuadro dirigente, aunque sin emitir un cheque en blanco. Y sirven confianza en la historia y en la madurez adquirida por el pueblo que formó Chávez: el pueblo del “por ahora”.
¿Por qué no ha habido una revolución colorada después del 3 de enero? Porque el pueblo venezolano, el mismo que ha sufrido el linchamiento de sus lideresas como Isabel Cirila Gil, asesinada durante las violencias fascistas post-electorales, ha entendido el juego. La calma vigilante de los barrios populares, seguida a la agresión y al secuestro del 3 de enero, no ha sido indiferencia: ha sido una forma de resistencia pasiva que ha quitado el oxígeno a la puesta en escena de Machado y compinches, cuya amenaza, sin embargo, acecha.
Aquel 13 de abril de ayer no indica solo una fecha grabada en el pasado, sino una posibilidad abierta sobre un futuro incierto. Es el momento en el que la retirada termina y la ofensiva recomienza: “viviremos y venceremos”, a cada 3 seguirá su 13, porque ningún secuestro puede durar contra una conciencia colectiva que ha tomado el gusto a la libertad.