Miguel Tinker Salas y Victor Silverman*
En noviembre de 2025, el gobierno de Donald Trump publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional planteando la adopción de una doctrina llamada Donroe, nueva versión de la vieja doctrina Monroe (1823), en la que Estados Unidos asumía el papel de policía del continente americano. Mientras la doctrina Monroe excluía a Europa de América Latina, la Donroe planteaba excluir a China y declaraba que el Medio Oriente dejaría de ser el epicentro de la política exterior de Estados Unidos.
Las acciones del régimen de Trump en el otoño de 2025 parecían confirmar la doctrina. Bajo el pretexto de la guerra contra el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos desplegó la armada más grande que se ha visto en el Caribe, interceptaba tanqueros que partían de Venezuela, destruyó docenas de lanchas y asesinó a sus tripulantes sin ofrecer evidencias de algún tipo.
Trump también amenazó con tomar acciones contra Brasil, Colombia, México, indicando que Cuba sería “liberada” prohibiendo la venta de petróleo a la isla.
La doctrina Donroe tuvo su expresión máxima en la invasión de Venezuela y el secuestro de su presidente y su pareja.
Pero como todo lo que transcurre en el gobierno de Trump, la doctrina Donroe es otro espejismo que se desvanece ante la realidad de los hechos. Estados Unidos nunca pretendía reducir su presencia mundial como planteaba la doctrina Donroe y lamentaban algunos comentaristas. En ningún momento Trump ordenó el cierre de una de las 800 bases que Estados Unidos tiene en 80 países. En ningún momento propuso reducir el presupuesto militar, más de 830 mil millones de dólares, o el tamaño de su armada y sus múltiples portaviones o de las 20 divisiones militares que mantiene o su inmensa fuerza área de más de 5 mil aeronaves.
La guerra contra Irán demuestra que Estados Unidos es y seguirá siendo un imperio que no tolera desafíos a su poder global. Los dos negociadores por parte de Estados Unidos con Irán son Steve Witkoff, viejo amigo de Trump, y su yerno Jared Kushner, ambos especuladores de bienes raíces con poco conocimiento sobre la región, su cultura ni mucho menos sobre el uranio o su enriquecimiento. Estados Unidos e Israel manipularon el proceso de negociación para iniciar su guerra contra Irán asegurando que el país estaba al punto de crear una bomba nuclear. La realidad era otra.
Irán había acordado no enriquecer uranio, abrir el país a inspecciones e invitar a compañías petroleras estadunidenses a invertir. No obstante, a finales de febrero, Estados Unidos e Israel, animados por Arabia Saudita, iniciaron una guerra contra Irán bombardeando indiscriminadamente al país. Dado que Trump había criticado a la OTAN y exigido que Dinamarca le cediera Groenlandia, los europeos, incluso los británicos, han permanecido al margen del conflicto.
Lo que ha cambiado con la supuesta doctrina Donroe es la forma en que Trump, su círculo familiar y sus socios lucran abiertamente con la guerra.
Mientras Israel cometía un genocidio en Gaza, Kushner y Trump planteaban la creación de un resort de lujo en territorio palestino. Aun cuando negociaba con Irán, Kushner solicitaba 5 mil millones de dólares de países en el Medio Oriente para impulsar sus proyectos inmobiliarios. El lunes, 15 minutos antes de que Trump extendiera su amenaza contra Irán sobre la apertura del estrecho de Ormuz, inversionistas, con información previa, apostaron mil 500 millones de dólares a que el precio del petróleo bajaría, lo cual ocurrió, enriqueciéndolos aún más. Más allá de beneficiar el tradicional complejo militar industrial de Estados Unidos (RTX, Lockheed Martin, Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics), la guerra contra Irán también está siendo manipulada para enriquecer a sectores aliados con Trump.
Sin embargo, las ganancias obtenidas por medio de la corrupción son insignificantes cuando se comparan con la verdadera riqueza de la región. A pesar del incremento en fuentes de energía alterna, la economía mundial sigue dependiendo del petróleo, el gas natural y sus derivados. Por más de un siglo, el petróleo ha sido la sangre del capitalismo, y el Golfo Pérsico, su corazón palpitante.
Desde la Segunda Guerra Mundial, el Golfo ha sido el centro de la estrategia estadunidense para dominar el sistema global. Estados Unidos –y antes el Reino Unido– obstruyeron la unificación de los pueblos de la región y el control democrático de sus recursos. Ambos imperios dominaron la región mediante una alianza entre los poderes europeos y sus clientes: familias reales, dictadores militares e israelíes. Como dijo un diplomático inglés en 1939, “llevaron una bolsa de dinero en vez de un gran garrote”. Pero, al igual que en América Latina, el garrote siempre estaba al alcance.
El imperialismo no es una calle de un solo sentido, y sus clientes pueden manipular el hegemón. Los israelíes y los sauditas entienden bien que Trump detesta gente pobre de color tanto como ama al oro. La guerra contra Irán satisface ambos impulsos, la codicia y la crueldad.
Sin las alianzas europeas que sostuvieron el llamado Siglo Americano y con su disminución como potencia económica, Estados Unidos no tiene la capacidad de dominar el Golfo como ha controlado el Caribe. “Esta guerra ha sido ganada”, declaró Trump; los iraníes tienen otra postura y aceleran una crisis mundial si no logran concesiones. El deseo de Trump de dominar el mundo como un gánster podría ser una gran ilusión.
La guerra no es sólo un ejercicio de estrategia y mucho menos de doctrinas. Más de 2 mil 500 civiles han muerto y millones han sido desplazados por la guerra. Sin considerar el resultado, el futuro del Golfo y del capitalismo gánster será pagado con la sangre de las poblaciones del Líbano e Irán, como en América: es sangre real, no metafórica.
* Profesores eméritos, Departamento de Historia, Pomona College
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