​¡Reflexiva y al mismo tiempo «enternecedora» la carta de Trump dirigida al pueblo estadounidense pero debió con otros matices promoverla antes!

​Por: Italo Urdaneta

​Sin duda, la carta que el presidente Trump acaba de enviarle al pueblo estadounidense, tras el revés que le produjo el resultado final de las elecciones de término medio que le da el pleno derecho a los demócratas a dirigir el Congreso por amplia mayoría, demuestra, en primer lugar, que el presidente Trump no se humilla, ni deja a un lado su arrogancia. A nuestra manera de ver, ha preferido enumerar los hechos y factores que aparentemente han obligado a su gobierno a tomar las decisiones que ha llevado adelante, dejando a un lado situaciones adversas que en definitiva vienen afectando la vida cotidiana del pueblo norteamericano.

​Trump dice a través de su misiva que no les escribe ni como candidato ni como alguien que busca aplausos, ni siquiera como presidente, sino que lo hace, al menos por esta vez, como un ser humano. De verdad que cuesta creer que Trump haya apelado al derecho que tiene de considerarse ante sus propios gobernados como un ser humano lleno de sentimientos, que está realmente preocupado por el pueblo más vulnerable de la nación que gobierna. Quizás sus coterráneos, viendo a lo largo de su gestión cuál ha sido su desempeño, olvidaron que es de carne y hueso, tal como Dios los formó.

​Aquí nos cuesta mucho creer que el presidente Trump esté hablando estrictamente apegado a la verdad, sobre todo cuando recordamos que sus tristes actuaciones han contribuido muy de cerca a acabar con la vida de cientos de miles de niños y mujeres, lo más sagrado que tiene una sociedad, como ha ocurrido con el genocidio que lleva adelante Israel en contra del pueblo de Gaza, en Palestina. Quizás, si EE.UU. no le ofreciera ayuda económica, armas y tecnología al estado sionista, muchas muertes de esos niños inocentes no se hubiesen producido. El pueblo estadounidense, la gente buena de ese país que es amante de la paz, no está ajena al comportamiento de su presidente, no solo por lo que ha venido apoyando en perjuicio de ese pueblo indefenso del Medio Oriente, sino también por cómo ha cobrado cuantiosas vidas en otros países, como Irán, Yemen, Afganistán, e increíblemente en perjuicio de Venezuela.

​Trump dice que ha dedicado su esfuerzo, tiempo y energía a defender la nación, pero creemos que todos esos electores que votaron esta vez en su contra entienden que a EE.UU. nadie lo está atacando, sino que son sus tropas las que salen de sus cuarteles a agredir a otras naciones sin causa ni razón, solo por someterlas y aprovecharse de sus bienes y riquezas. Esto nos hace ver que los estadounidenses, llamen se republicanos o demócratas, hoy en día están demostrando que si tienen conciencia, pero al mismo tiempo dan a entender que están cansados de ver que su país siempre está señalado de ser un imperio agresor y violento, culpable de tantas calamidades que afectan al mundo. Incluso, lo señalan de ser una de las principales potencias que mayor daño le está causando al planeta solo para imponer su voluntad.

​Pretender culpar al ciudadano común de actuar con «resentimiento» o de dejarse llevar por las emociones del momento al castigar al oficialismo en las urnas es una manera muy cómoda de esquivar responsabilidades históricas. Trump se lamenta de que los votantes hayan olvidado los grandes designios geopolíticos y la seguridad de las fronteras por el simple costo de un galón de combustible. Sin embargo, omite olímpicamente que las razones del pueblo van mucho más allá de la economía doméstica: responden a un profundo cansancio moral.

​Mientras el inquilino de la Casa Blanca justifica sus intervenciones y tragedias internacionales, las calles de las principales ciudades de Estados Unidos cuentan una historia radicalmente distinta. En su propia nación, el Estado se muestra implacable para financiar guerras lejanas, pero alarmantemente indiferente ante los flagelos que devoran a su propia juventud. ¿Cómo se puede hablar de defensa de la patria y bienestar social cuando hay más de cien millones de ciudadanos atrapados en el monstruoso negocio de las drogas y el narcotráfico? Cientos de miles de jóvenes deambulan como sombras en situación de calle, consumidos por los vicios y abandonados a su suerte.

​Y es que ahí radica la gran hipocresía del sistema: nadie toca de frente el narcotráfico porque en las altas esferas del poder financiero hay demasiados intereses creados que se nutren y se enriquecen con los jugosos dividendos de ese negocio ilícito. Es más fácil criminalizar la pobreza o lanzar guerras asimétricas y bloqueos criminales contra naciones soberanas que sanar las profundas heridas que carcomen las entrañas de la sociedad norteamericana.

​Trump, a través de su carta, también trata de desestimar los centavos de más que pagan los contribuyentes para adquirir combustibles, mientras ven que su gobierno gasta millones financiando conflictos armados. No ha querido enfrentar el narcotráfico ni proteger a los jóvenes que viven en calamidad por el consumo de drogas. Y todavía se atreve a decir que su gobierno solo ha salido en defensa de sus aliados y fronteras, por ejemplo, para evitar que Irán use armas nucleares, mientras pretende tener el derecho exclusivo sobre ese poder.

​Los estadounidenses, en masa, están cansados de tanta injusticia. Los resultados de estas elecciones de término medio no son un capricho pasajero; son un claro voto de conciencia ante un imperio que gasta los recursos de los contribuyentes en bombas en lugar de garantizar salud mental, educación y oportunidades reales.

​Trump pide reflexión en su carta, pero el primer llamado a la reflexión debería hacerlo su propio gobierno. Las naciones no se hacen grandes perpetuando la agresión imperial ni dándole la espalda a sus propios hijos caídos en desgracia en las esquinas de sus ciudades. La verdadera grandeza se mide por la justicia social que se imparte en casa y por el respeto a la vida humana, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Y eso, lamentablemente, es una asignatura que esta administración nunca quiso aprobar.

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