Manuel Gragirena
Ya está aquí, en Venezuela. No selló pasaporte al salir, tampoco al entrar, y como usó vías irregulares, el SAIME está obligado a un procedimiento administrativo. Debe pagar 50 dólares estadounidenses, calculados e indexados a la tasa oficial del Banco Central de Venezuela (BCV), para recuperar la normalidad en sus registros migratorios y realizar trámites de cedulación o pasaporte sin inconvenientes. Eso es todo. Es venezolana, no puede ser deportada. Es venezolana, no puede ser detenida, pues la Constitución le garantiza el libre tránsito. Da arrechera.
Lo primero que hizo fue entrar a una iglesia católica, luciendo collares de rosarios y escapularios; por la pinta venía por carretera, entonces debió haber ingresado por Táchira o por Zulia. Bueno, no importa; total, si alguna alcabala la hubiese interceptado, no la iban a tratar como lo hace el ICE; lo más que puede pasar es que le pidan algo «pa’ los refrescos».
Lejos están los guardias nacionales de Venezuela de golpearla, batirla contra el suelo, doblarle los brazos hacia atrás mientras otro grandulón, tamaño American Pie, le monta la rodilla en el cuello para que el otro agente del ICE le amarre las muñecas con una de esas cintas de plástico que, si forcejea contra ella, son capaces de cortar la piel.
Escuálida fue la caravana que la acompañó hasta La Guaira. A pesar de que las camionetas full equipo o de edición especial que servían de guía al pelotón se apropiaron de los dos canales de la autopista, o más modestamente de nuestros pares viales, de manera tal que quien también transitaba por allí se sumaba a la foto o al video lateral —pues a ninguno de ellos se le ocurrió usar un dron para tomas cenitales—, bueno, la cantidad de vehículos, entre propios y obligados, no ameritaba tanto despliegue tecnológico y comunicacional.
Luego fue a La Guaira —necesario es para todo político que se precie de serlo, una foto con las ruinas del terremoto—. Y luego dio una conferencia de prensa… De verdad no la quería escuchar, no porque lo que ella diga no sea importante, así sea una mentira o una frase tipo libro de autoayuda, sino porque lo que diga o lo que le ordenen decir siempre terminará en la malcriadez de pedir elecciones ya… Van 26 años pidiendo lo mismo y, aunque las ha habido, elecciones de todo tipo, lo que en realidad quiere es ser presidenta ya… y no lo será… no.
La retornable afirmó que volvió al país para «cumplir un mandato». Vale la pena preguntar: ¿quién la mandó?, para luego de investigar someramente darse cuenta de que alguno de sus ancestros la mandó a recuperar privilegios, pues desde los tiempos de Guzmán Blanco existen como clan.
Dijo, contradiciendo a su abolengo, que los procesos de cambio no deben darse solo entre cúpulas, sino «a la venezolana», integrando de forma masiva a la ciudadanía en el diseño institucional. Y que yo recuerde, la frase «a la venezolana» fue la etiqueta que utilizó el presidente Chávez para describir la revolución bolivariana. Así que «a la venezolana de antes», la del siglo XIX, la de los caudillos, es la que ella entiende.
Casi casi prometió que no iba a obstaculizar las mesas de diálogo, cosa que no es creíble, pues ella y el otro de ojos saltones fueron quienes destruyeron las mesas de diálogo cuando convocaron a #LaSalida, y luego abortaron el pacto en Santo Domingo y todas las veces. Miren, no obstaculizará si le complacen; si no, seguro que será la obstaculizadora mayor.
Por supuesto que le jalo bolas al anaranjado, al que por cierto ahora le veo más blanco el pelo; debe ser porque el martes habrá cambio de congresistas.
Y por último, ella —sí, ella— dijo que había que desmontar el sesgo centralista y presidencialista de la Constitución actual, promoviendo un sistema federal, cosa que ni ella misma comprende bien, pues hay que recordarle que la comunalización ha sustituido a la prédica de la descentralización, y que la federación —esa que se invoca para la firma de algún documento importante diciendo «Dios y Federación»— fue el logro de quienes guerrearon contra sus ancestros. Le va a salir Nicomedes a medianoche a la sayona…
Bueno, ya basta, creo que ya expliqué el retorno y queda claro que, a pesar del enorme esfuerzo de Televen y a pesar de las historias en TikTok, Instagram y demás redes, no cuaja, no gusta, no inspira, no da nota. Los méritos no son de ella; tal vez la traición y la felonía sí, pero ni mérito ni confianza emana… no.