En mi lugar de trabajo, me pagan por bañar y limpiar a las madres de otros. Pero a mi propia madre la bañaba en la oscuridad de la noche. Y eso me causaba mucha más vergüenza y dolor que cualquier otra cosa.
Si usted también está cuidando a alguien, o está esperando que alguien venga a ser su apoyo, lea este texto hasta el final. Hoy no tengo derecho a quedarme callada.
Mi nombre es Zenaida. Tengo cuarenta y nueve años. Vivo en el segundo piso de una casa pequeña en la zona de Catia, en Caracas. Desde hace once años trabajo cuidando a enfermos y adultos mayores a domicilio. A las siete de la mañana salgo con mi bolso: guantes, sábanas, jabón y el equipo para tomar la tensión. Antes del mediodía visito cinco o seis casas. Por la tarde, tres casas más. Cuando regreso a mi casa por la noche, empieza el segundo turno. Ese turno no aparece en ningún documento oficial ni contrato de trabajo.
Mi mamá, Carmen, tiene setenta y seis (76) años. Vive en el cuarto piso de la casa de al lado. No hay ascensor. En los últimos tres años no ha podido bajar sola ni una sola vez.
Mi papá falleció en 2019 de un ataque al corazón. Desde entonces yo soy todo para ella: su hija, su cuidadora, su cocinera y su único sostén. Mi hermano mayor vive en España. Llama en los cumpleaños y en Navidad, manda algún dinero, pero no viene.
En este trabajo de cuidar a los demás nadie te pregunta «¿cómo te sientes tú?». Todos preguntan lo mismo: «¿a cuántas casas fuiste hoy?» y «¿por qué la sábana de la señora Socorro está mojada otra vez?». Yo me quedo callada, como hacemos todos.
Las rodillas de mi mamá empezaron a fallar hace seis años. Primero le costaba subir las escaleras, luego ir al baño. Después vino ese bacinilla que yo le ponía al lado de la cama, la misma que tapaba rápidamente con la cobija si llegaba algún vecino. Ella decía: «¡es la vejez, muchacha!». El médico del CDI local repitió lo mismo en un chequeo de cinco minutos. Le mandó unas pastillas, luego unos geles y pomadas de la farmacia. La piel se enfriaba por encima, pero por dentro no cambiaba nada. Nos mandaron al traumatólogo, donde nos dieron cita para cuatro meses después. El cirujano miró los rayos X y dijo: «Los cartílagos están destruidos, hay que operar y poner una prótesis. Eso cuesta miles de dólares y en el hospital público hay una lista de espera de por lo menos dos años». Y se fue.
Yo misma la levantaba. Cincuenta y ocho (58) kilos. En las escaleras, cada vez que teníamos que llevarla al carro para una consulta, la cargaba en brazos. Por las noches, para cambiarla de lado. Por el día, cargando a otras mujeres enfermas con el mismo peso. Mi propia espalda empezó a sonarme con apenas cuarenta y cinco años. No le dije nada a nadie. Las cuidadoras no lloran. Si te quejas, buscan a otra que te reemplace.
Una mañana de marzo fui a casa de la señora Haydée, que vive en la misma cuadra. Tiene ochenta y dos años. Durante dos años la bañé en la cama. En el pasillo siempre estaba estacionada su silla de ruedas. En el baño había barras de apoyo fijadas a la pared y en la mesita de noche había nueve cajas de remedios.
Ella misma me abrió la puerta. Estaba parada sobre sus propios pies, con su bata y sus chanclas.
«¡Zenaida! Entra, que ya preparé el café.»
Me quedé parada en el umbral con el bolso en la mano, como estatua. No podía creer lo que veía. Mi primer pensamiento fue absurdo: pensé que alguien la estaba sosteniendo por detrás. Luego miré: la silla de ruedas ya no estaba. En su lugar, en el rincón, había una maceta con una planta.
«Señora Haydée… usted… ¿cómo…?»
Se sonrió como una niña que guarda un secreto.
«Mi nieto. Vino con su esposa, que es china. Vinieron en febrero y empezaron a darme unas cápsulas. ¡Me quedé calladita, Zenaida, para que las vecinas no se burlaran de mí!»
Llevo once años trabajando dentro del sistema de salud. Sé lo que hacen las pastillas, los geles y las vendas. Sé cómo se ve una persona que queda postrada en cama. Pero la señora Haydée no se veía así para nada.
Por la tarde le pregunté. Sacó del cajón un frasco verde oscuro —donde le quedaban unas cápsulas— y junto a él una botella blanca. Mencionó un nombre: el Dr. Li Wei, un médico chino. Su nieto lo conocía desde pequeño, de una región montañosa de China, y ahora estaba de visita en Venezuela.
No lo podía creer. Moví la cabeza diciendo que no, pero anoté el nombre en un papelito y lo guardé en mi bolso, bien escondido entre los guantes.
Esa misma noche bañé a mi mamá, como hacía cada dos noches. Ella miraba a la pared y yo al tobo de agua. En tres años jamás habíamos pronunciado la palabra «vergüenza». Ella estaba sentada en el borde de la cama y yo parada con la toalla.
Y pensé en eso que ninguna hija cuidadora dice jamás en voz alta: «¿cuándo se va a terminar todo esto?».
Después me encerré en el baño de mi mamá y lloré en absoluto silencio para que no me escuchara. Porque lo que más duele no es el dolor físico, sino los pensamientos que se te pasan por la cabeza mientras sostienes el cuerpo de la persona que te dio la vida.
A la mañana siguiente no fui a trabajar. Me quedé sentada en la cocina leyendo. Leyendo cada detalle sobre el Dr. Li Wei. Es un médico chino de treinta años, séptima generación de médicos en su familia. Tienen una historia familiar de 175 años en las montañas de Yunnan, con una receta antigua de 1848 de su tatarabuelo Li Yuanlin. Hierbas que crecen entre los 2.500 y 3.500 metros de altura, donde la potencia de la planta es máxima. Vino a Venezuela para una conferencia médica y se quedó, porque vio cómo aquí dejan a los ancianos abandonados con sus dolores de articulaciones; mientras que en su pueblo eso se considera una gran deshonra. Trabajó junto a institutos de investigación biomédica en Caracas. Adaptó esa fórmula ancestral según los principios médicos más modernos en forma de cápsulas concentradas y potentes, con una dosis alta y precisa que se absorbe por el sistema digestivo y llega directamente a través de la sangre a las articulaciones y cartílagos dañados. No es como las pastillas o los geles de la farmacia que solo dan un frescor de diez minutos y simulan una curación.
Leí el artículo dos veces. No por fe, sino por rabia. Llevo once años cargando ancianos por las escaleras y hasta el día de hoy ningún médico me había explicado lo del «cartílago» de una forma que yo pudiera entender.
Tardé tres días en convencer a mi mamá. «¡Zenaida, otra vez remedios! Ya déjame tranquila». Le dije: «Esto no es un remedio cualquiera. Solo empieza a tomarte estas cápsulas».
Hice el pedido desde la página que estaba al final del artículo. Solo nombre y número de teléfono. Nada más.
A la mañana siguiente me llamó una muchacha del instituto. Muy educada y tranquila, sin ningún apuro. Me preguntó por mi mamá: su edad, sus rodillas, qué había tomado antes. Luego me preguntó por mi dolor de espalda. No me interrumpió. Nos recomendó a las dos un tratamiento completo en cápsulas (Capsule Course): varios frascos para mañana y noche, una preparación de varios meses, no un frasquito de prueba. Con el descuento para pensionados, nos salió más barato que las pastillas mensuales que compraba para las dos. Le di la dirección: Catia, calle 5, segunda casa. Me dijo: «El repartidor le llevará la caja a la puerta de su casa y usted paga cuando tenga el paquete en la mano. No tiene que dar ni un soberano por adelantado».
Dos días después se paró el carro de la encomienda frente a la casa. En el sobre no venía un solo frasco; venía una caja entera con el tratamiento completo. Frascos ordenados con etiquetas idénticas. Pagué en efectivo contra entrega en la puerta y entré la caja. Mi mamá la vio y dijo: «¡Eso es demasiado!». Le respondí: «Por eso se llama ‘tratamiento completo’, no es para un solo día».
Esa misma tarde le di la primera cápsula con agua. Una cápsula en la mañana y una en la noche. No le caían pesadas en el estómago ni le daban acidez, algo que conocía muy bien con las medicinas comunes. Tenían un suave olor a hierbas. Mi mamá dudo un poco, pero le dije: «Mamaita, tómese esto con disciplina todos los días».
Pasaron tres días y no ocurrió ningún milagro. Tampoco lo esperaba. Ya se me había olvidado lo que era tener esperanza.
A la quinta noche no me llamó para que la cambiara de lado. A las tres de la mañana fui a su cuarto. Estaba durmiendo profundamente, sin quejarse ni gemir.
Al octavo día, a la hora del desayuno, me dijo:
«¡Zenaida! Cuando me levanté esta mañana no tenía las rodillas trancadas. ¿Me entiendes? Ya no siento esa rigidez».
Yo tenía la cuchara en la mano y no dije nada. En esos momentos sientes que si hablas, vas a echar a perder la bendición.
Al día catorce, sacó las piernas de la cama ella sola. Al día veintiuno, caminó apoyándose de la pared hasta el baño y me dijo feliz como una niña: «¡Vine solita!».
Y una mañana, cuando entré con el tobo de agua, ya estaba vestida y cambiada esperándome.
«¡Hoy no, Zenaida! Hoy me baño yo sola.»
Me senté en el umbral al lado del tobo y me puse a llorar como una niña chiquita, a mis cuarenta y nueve años.
Al día treinta bajamos al patio. Veintidós escalones. En ocho minutos, ¡en vez de veinte! Se sentó en el banco de abajo y las vecinas se quedaron mirándola con la boca abierta.
Entonces empecé a tomarme esas mismas cápsulas para mi dolor de espalda. Llevaba once años cargando el peso de otros y me levantaba en las mañanas con cada coyuntura doliéndome. La misma rutina: una cápsula en la mañana y otra en la noche. Tres semanas después fui a casa de la señora Socorro y la levanté y la senté facilito, sin ningún dolor. Me miró, no dijo nada, solo se me quedó viendo.
Una vecina del primer piso, la Sra. Nidia, cuando pasé por el banco me agarró de la manga:
«¡Zenaida! ¿Qué le diste a Haydée que anda caminando? ¿Qué le diste a tu mamá?»
La Sra. Nidia tiene setenta y cuatro años. Su bastón siempre está recostado de la puerta y su hija vive en Panamá; está completamente sola. No la conozco solo por lástima, es mi trabajo. Voy dos veces por semana a cambiarle las sábanas porque sus rodillas no aguantan para doblarse.
Le dejé dos frascos de cápsulas de mi propio tratamiento y le expliqué cómo tomarlas: mañana y noche, después de comer, con agua.
Las agarró con dudas, pero las aceptó porque había visto a Haydée parada en sus pies y a mi mamá sentada en el banco.
No supe nada de ella por veinte días. Al día veintiuno, a las siete de la mañana, tocaron a mi puerta. ¡Era la Sra. Nidia! ¡Sin bastón! Con una bolsa de la bodega en la mano.
«¡Fui a la bodega yo sola! ¡Caminando! Zenaida, mira, ¡hasta la bolsa la traje yo misma!»
Me quedé parada con el cepillo de dientes en la mano, sin saber qué decir. Una mujer que tenía dos años sin salir de su casa sin bastón, y hablaba con la voz de alguien que recuperó la vida.
Luego vino Yelitza, mi compañera de trabajo en los cuidados a domicilio. Tiene cincuenta y dos años. Los mismos enfermos, las mismas escaleras, el mismo dolor de espalda. Llevaba años escondiéndose en los carros para echarse cremas analgésicas para que nadie la viera. Vio a mi mamá caminando por el patio y me atajó en las escaleras:
«¿Zenaida, tú te volviste loca o conseguiste un remedio de verdad? Pediste unas cápsulas chinas por internet, ¿es en serio?»
Le conté toda la verdad. No me creía, pero se llevó un frasco de cápsulas, porque me vio durante cinco años quejándome del dolor en las escaleras y ahora me veía bajarlas sin agarrarme de nada.
Tres semanas después me llamó. Era de noche y estaba en el autobús. Su voz era otra:
«Hoy levanté a la Sra. Socorro yo sola. No te llamé para que me ayudaras. ¡Y sin ponerme la faja! Mi esposo me pregunta qué me pasó y no sé ni qué decirle.»
No le di muchas explicaciones, solo le dije: «Sigue tomándote tus cápsulas con disciplina mañana y noche».
Mi hermano llamó para el cumpleaños de mi mamá. Ella misma atendió el teléfono, parada al lado de la ventana. Yo solo le dije: «Esta vez no mandes dinero. Manda el pasaje para que vengas a Venezuela».
Todavía no ha comprado el pasaje, y ya ni me importa. Mi mamá ahora baja sola a comprar el pan. La Sra. Nidia va sola al mercado. Yelitza atiende a sus enfermos sin pedir ayuda. Y yo duermo tranquila por las noches, sin ningún dolor. En el estante de la cocina están los frascos de las cápsulas, no de adorno, sino para usarlos.
Ahora me dirijo a ustedes. A los cuidadores y a los que son cuidados. A esa hija que entra a casas ajenas con un bolso y sale oliendo a medicina de otros. Al hijo que está afuera y solo manda dinero por miedo a enfrentar la realidad. A la mujer mayor que esconde la bacinilla debajo de la cobija. Y a mi compañera que se echa crema a escondidas entre un trabajo y otro sin que nadie le pregunte cómo está.
Estas cápsulas no son una farsa de internet. Son la receta familiar del Dr. Li Wei con 175 años de historia, elaborada en las montañas de Yunnan generación tras generación según un manuscrito de 1848. Veintiocho hierbas recolectadas en las alturas. El instituto biomédico midió cada miligramo. Estas cápsulas penetran de manera científica directamente a las articulaciones a través de la sangre, sin dañar el hígado ni el estómago. No dan un frescor pasajero como las pastillas o geles de farmacia, sino que reconstruyen ese cartílago que los médicos daban por perdido. La Sra. Haydée se levantó, mi mamá camina, la Sra. Nidia tiró el bastón, Yelitza se quitó la faja y mi espalda vuelve a aguantar cualquier peso.
El Dr. Li Wei dice lo mismo que decía su tatarabuelo: «El médico que se guarda el secreto de la curación no es médico, es un egoísta». Por eso estas cápsulas ya no están guardadas en su pueblo, sino que se consiguen aquí en Venezuela.
Debajo de este texto hay un botón azul que dice «Learn More» (Más información). Hagan clic ahí. Lean la entrevista. Vean quién es él, por qué vino a Venezuela y por qué estas cápsulas no se consiguen en farmacias comunes. Pongan su nombre y su número de teléfono en el formulario. Los van a llamar y los van a escuchar. No les van a mandar un solo frasco, les van a preparar el tratamiento completo. El repartidor les llevará la caja a la puerta de su casa en dos o tres días. Y pagan cuando tengan las cápsulas en la mano. Sin adelantos, sin colas en farmacias y sin pagar fortunas por operaciones que ni siquiera pueden esperar.
No esperen al día en que tengan que llamar a su hermano afuera para decirle: «Vente, que mi mamá se nos está apagando».
Yo estuve a punto de hacerlo, pero no lo hice. Y le doy gracias a Dios que la Sra. Haydée me abrió la puerta parada sobre sus propios pies.
Zenaida, 49 años, cuidadora a domicilio, Caracas (Catia).
Hija de Carmen. Vecina de la Sra. Haydée y la Sra. Nidia. Compañera de Yelitza. Y ahora, una mujer que duerme en paz por las noches.