Paz y amor, ¿cómo y cuándo? No lo permiten, no descansan

Manuel Gragirena

La ley contra el odio está siendo revisada y va a ser modificada; mientras tanto, voy a intentar escribir este artículo sin arrecharme.

Ayer vi Televen. Noticiero y programas: están dedicados casi exclusivamente a sembrar la arrechera en la gente. Hablan de la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción, mientras radian en formato de noticias que el gobierno de Maduro —y hasta el de Chávez— no cumplió con terminar una gran cantidad de obras públicas; noticias que pueden ser ciertas, como también es cierto que sobre nuestro país hubo un acoso, una persecución, un alicate, una maldad, una tortura. Intentaron someternos por hambre. Buscaron desesperadamente que entrásemos en la espiral de una guerra civil.

Hoy le dedicaron el vaciado de bilis a Odebrecht. Hablaron de coimas, y el locutor leyó en la seudonoticia que Venezuela fue la mayor receptora de coimas. Jamás, jamás nadie dirá que la destrucción de Odebrecht y las otras gigantes constructoras de Brasil fue la estrategia para causar el impeachment a Dilma, el ascenso de los Bolsonaro… Pero, ¡qué cosas!, Lula volvió, algo cambiado, pero volvió.

También observo en redes sociales que están apareciendo videos en donde personas dan testimonio de haber sido torturadas. Hay uno por allí que dice o afirma que, estando en una manifestación, un chavista lo golpeó con un ladrillo; y, para no demostrar que ando medio arrecho, voy a mencionar que tal ladrillazo me recordó a La Gata Loca, una comiquita muy vieja en la cual Ignacio, un ratón, le lanzaba ladrillos a la Gata Loca y ella, en lugar de tratar de agredir a Ignacio, decía: «Es un encanto», pues la gata, contranatura, estaba perdidamente enamorada del ratón.

Bueno, lo cierto es que el guion está dado: en Nueva York están creando un nuevo cargo contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y Cilia Flores, ahora por ordenar torturas. Y tal cargo necesita evidencias… bueno, esta nueva narrativa, como lo dijo Lula, es la evidencia. Muy floja evidencia.

Prometo no odiar. Dios me libre, pero me da muchísima molestia, al punto que debo autocontenerme para no maldecir, de tan solo recordar que nos pusieron a pasar hambre, que nos destruyeron la moneda y con ella al salario.

Me contengo mucho, y eso daña, pues he escuchado por allí que cuando uno no exterioriza sentimientos puede sufrir de shock que causa locura; pero lo hago a pesar de ver TikTok y de vez en cuando toparme con videos en donde el alcalde de Cúcuta llora porque los venezolanos no van a comprar a sus gigantescos malls.

El preocupado alcalde pide que el gobierno de allá, el del nuevo presidente medio mari…—perdón, el nuevo presidente no tradicional—, exonere a Cúcuta de algunos impuestos para que así puedan bajar los precios más abajo que los de Venezuela y hacer que el dinero chorree hacia allá.

Tal petición, lógica petición de cualquiera que responsablemente está a cargo de la política regional y su articulación con la nacional, me obliga a recordar vainas y en consecuencia casi exploto… ¡Coño!, ahora sí pides que cambien leyes o reglamentos… ¿Por qué carajo no dijiste ni pío de aquel artículo o convenio número ocho, con el cual surgió el dólar Cúcuta, publicado por Dólar Today? Bueno, ok, tú no eras el alcalde, pero de todas maneras… Por mí, que se jo…da. Los tres puntos para picar la palabra es para evitar que el algoritmo me vete, recordemos que la ley contra el odio venezolana está en revisión y por lo tanto no me la pueden aplicar.

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