El amigo Juan Veroes, arrecho, me escribe: “Que me llamen cobarde… pero no quiero que nos bombardeen como a los palestinos…”

José Sant Roz
Mi amigo y hermano del alma Juan Veroes tiene 87, ha luchado mucho en la vida, pues como en general le ha tocado y le toca a todo negro en este mundo, como en este momento nos está tocando a millones en esta América Latina tan esclavizada por los malditos gringos. Juan Veroes proviene de una familia muy pobre, nacido en una barriada de Caracas (Petare), a quien le correspondió tener que ser hombre desde carajito, con todas las consecuencias del caso, teniendo mujeres y demás yerbas. El otro día, cuando lo visitaba en el tonel donde vive (como Diógenes) me mostró unas mil fotografías de su larga trayectoria, y pude enterarme que tuvo algo así como 83 novias, casi una por cada año de vida. Quizás fuese esa su actividad… una manera de vengarse de este inmundo mundo…
Vive alquilado en un tabernáculo que él ha arreglado con grandes esfuerzos. Debo decir que es un hombre muy metódico, organizado, pulcro y jovial. Juan jamás en su vida se ha arrechado con nadie ni siquiera con él mismo. En esa covacha, él ha hecho con mucho ingenio un baño, ha acondicionado una cocinita, una mesita en el pasillo con múltiples utensilios, de todo tipo, encontrándose uno por doquier rumas y más rumas de libro. Al fondo de este tabuco, muy aseado, está el refugio del tálamo nupcial (porque hace poco se casó), donde convive con la doctora Ana, ocasionalmente. Digo ocasionalmente, porque la doctora Ana tiene su propia casa en una de las urbanizaciones más exclusivas y caras de la ciudad, la Santa María, lugar en el que Juan nunca quiso vivir (por razones muy personales). El mundo como sabemos es complicado.
Ya lo he dicho en otros artículos, el amigo Juan no puede hablar porque le fue extirpado un cáncer que tenía en la laringe, y de esto ya han pasado siete años. Pero Juan jamás se da por vencido. En esencia puede decirse que vive solo, aunque muy adorado por la doctora Ana quien le visita cuando puede. Juan recorre la ciudad a pie, asiste a reuniones culturales o políticas, sus intervenciones las hace a través de escritos que son leídas por algún camarada. Y de vez en cuando, si se presenta algún guateque o sarao, hace gala de sus artes danzarinas que dejan boquiabierto al más rumbero.
El negro Juan Veroes ha luchado a brazo partido toda su vida, para jamás quedarse rezagado, como un pendejo. Tuvo siempre sus artes para salir de abajo, y aunque nunca dijo que se iba a vender caro, en su juventud terminó militando en las filas del partido COPEI, sabiendo que ese no era su lugar y teniendo en cuenta que ya conocía lo de aquel verso de Andrés Eloy Blanco: «Cosas que no son de ley siempre resultan un fiasco Mujer orinando en frasco Y negro inscrito en Copei…”.
Para mí resulta reconfortante, de un gran placer, cada vez que me encuentro con Juan. Departimos durante horas, aunque como ya he dicho, él no puede hablar por lo del fulano tumor cancerígeno que le extrajeron de la laringe. A él nada lo detiene, es admirable y un gran ejemplo para los eternos quejones que por cualquier pendejada se echan a llorar y a creer que son unos desgraciados: hace lo posible por comunicarse ya sea con gestos o procurando articular frases, haciendo verdaderos milagros con la tráquea.
He compartido con Juan Veroes más de un cuarto de siglo de luchas, viajando por pueblos, trasladándonos por este mundo con lo poco que Dios nos ha dado. Nunca hemos sido bien visto por esa mierda que llaman oficialismo. Nunca tuvimos el coraje de hacernos los vivos o pendejos según el caso. Juan nunca se disfrazó de rojo rojito, pero qué inmensa capacidad para producir ideas y proyectos grandiosos, pocos atendidos y escuchados, que los vivarachos se robaban y salían a decir que eran suyos… Ha sido Juan siempre un gran Empecinado, creador de centros comunales y culturales, y lográndolo con las uñas, a veces teniendo que ir a la capital ya sea en actividades políticas o de carácter pedagógico-educativo, con profundo sentido humano. Pero para los gobierneros y falsos chavistas, Juan (como uno mismo) siempre fue un pobre diablo, un pelabolas, un miserable o desahuciado. Juan en medio de esos avatares del desprecio oficial, jamás se ha dado por aludido, jamás ha dejado de sonreír en medio de las terribles miserias de tantos coños de madre y en medio de los fracasos o frustrados emprendimientos.
Con Juan llegué a dirigir programas de radio, fundamos periódicos y hasta fuimos pregoneros todos los fines de semana en la Plaza Bolívar de Mérida de toda clase de luchas y resistencias. Siempre vistos, insisto, por los jeques del oficialismo como tipos auténticamente peligrosos. Éramos y los seguimos siendo del perraje del chavismo, esos que para conseguir una resma de papel teníamos que hacer antesala dos días ante un burócrata de mierda, que por obra y gracia del despelote popular había sido convertido en un magnate estelar rojo rojito pero que de hecho provenía de las cloacas de lo más nauseabundo de AD-Copei.
En relación con los últimos hechos que están ocurriendo en el país, el día 9 de octubre, a las 4:24 p.m. Juan me escribe: “…hermano ese artículo suyo tiene toda mi admiración y respeto, pero los tiempos han cambiado tan aceleradamente, que no nos hemos dado cuenta que la realidad de hoy es tan diferente a la que vivieron nuestros libertadores. Por lo que te digo que no ayuda en nada hacer comparaciones. Figúrate que yo pienso que los dirigentes del gobierno no tienen más alternativas que hacer lo que están haciendo, pues si yo estuviera en sus zapatos haría lo mismo. Yo no quiero ver a mi país bombardeado por misiles y a mis hijos y nietos destrozados por bombas como están sufriendo hoy los palestinos. Mira, y a mí que me llamen cobarde, me importa un carajo, pues yo no tengo que estar demostrándole valentía a los que están seguros y resguardados y que de hecho no van a sufrir las consecuencias. Pues, basta ver todo lo que el imperio gringo ha hecho en el mundo durante los últimos 50 años. Y sino te parece suficiente, entonces yo mando al carajo a esos imbéciles que mandan a los demás a pelear mientras ellos se sienten seguros y cómodos en sus casas…”.
Así es y escribe con dolor este admirable hermano del alma…

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