Tragedia de Vargas…perdón de la Guaira Decolonialidad del Cuerpo y Planificación Territorial para la Vida…

Por: Pedro Alcalá Afanador
Hace cerca de 27 años, las parteras y parteros de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) fueron las intensas lluvias en todo el territorio nacional de noviembre de 1999, que culminaron con el mayor desastre natural y antrópico del estado Vargas la noche del 15 de diciembre de ese mismo año y días sucesivos. “… generaron erosión, desprendimiento de capa vegetal, arrastre de sedimentos y flujos de lodo de alta densidad que desplazaron rocas de gran magnitud, destruyeron edificaciones e infraestructura, alteraron historias locales, modificaron el frente costero, con el depósito de unos 20 millones de m3 de sedimentos, lo que produjo severos daños en asentamientos urbanos, muerte y desolación en Vargas y un gran pesar en el país. Algunos especialistas estiman que el período de retorno para lluvias similares en Vargas, es de 500 años, un evento excepcional”. (Carlos Genatios, 2010).

Fue el latido inevitable de un planeta vivo, la modernidad occidental se ha construido sobre una narrativa peligrosa: la creencia del capitaloceno de tener el control absoluto sobre la naturaleza. Bajo el paradigma del desarrollo capitalista, la Tierra ha sido tratada como un objeto estático, una despensa inagotable de recursos sin límites y creer que todo espacio geográfico es habitable y urbanizable mediante el cemento y el acero. Sin embargo, cada cierto tiempo, el planeta sacude sus cimientos, recordándonos que somos huéspedes de una galaxia dinámica, nacida del caos cósmico del Big Bang.

Los sismos, terremotos y tsunamis no son castigos divinos, ni fallas del sistema; son las funciones vitales de un planeta en constante evolución. La ciencia y la tecnología contemporáneas han avanzado a pasos agigantados, permitiéndonos predecir con mayor precisión meteorológica y geológica el comportamiento de estos fenómenos.

Somos capaces de saber dónde se acumula la tensión y qué fallas están listas para fracturarse. Sin embargo, la ciencia no puede evitarlos. La energía interna de la Tierra debe liberarse. El desastre económico y humanitario no ocurre por el movimiento de las placas tectónicas en sí, sino por la vulnerabilidad estructural e institucional en la que el modelo económico global expone a los pueblos del mundo.

Este artículo propone una lectura transdisciplinaria, que cruza la astrofísica, la filosofía política decolonial y el ordenamiento territorial. El propósito es: demostrar que la reconstrucción de los hábitats destruidos, exige abandonar la lógica del lucro y el individualismo para transitar hacia una planificación urbana y rural que comprenda al territorio no como una mercancía, sino como una extensión de nuestro propio cuerpo y del cosmos.

Para entender la dinámica de los llamados «desastres naturales», es imperativo remontarse al origen planetario de la tierra, no fue diseñada como un espacio armónico y simétrico para el asentamiento humano; es el resultado de procesos astrofísicos masivos derivados del Big Bang y la posterior creación planetaria hace unos 4.500 millones de años. En su proceso de enfriamiento, la corteza terrestre se fragmentó en bloques colosales que conocemos como placas tectónicas.

Estas plataformas terrestres desacopladas flotan sobre el manto superior de la Tierra, impulsadas por corrientes térmica que emanan del núcleo incandescente del planeta. El movimiento es constante, lento y silencioso, pero no es perfectamente lineal. A lo largo de milenios, las zonas de contacto entre placas acumulan una cantidad descomunal de energía potencial debido a la fricción.

Cuando la resistencia de las rocas se supera en las zonas de falla, esa energía se libera de forma abrupta e instantánea. Las vibraciones resultantes viajan a través de la litosfera provocando: a) Terremotos y sismos: Rupturas en la corteza continental que sacuden los asentamientos; b) Maremotos y tsunamis: desplazamientos verticales del fondo marino que generan olas gigantescas con un potencial destructivo masivo sobre las franjas costeras.

La ciencia y la tecnología cartografían el riesgo con precisión matemática, pero la ingeniería civil de estructuras no puede detener el movimiento de las placas tectónicas. El error histórico y político ha sido construir ciudades bajo criterios de especulación inmobiliaria, ignorando las líneas de fractura de la Tierra e interpretando la catástrofe como un evento fortuito y no como una constante geológica implacable, potenciada por la “torpeza lucrativa” de los seres humanos alienados por el capital y el mercado.

La Fragmentación del Territorio: El Cuerpo de la Modernidad vs. la Integración Originaria

El modelo de desarrollo que hoy domina el mundo hunde sus raíces en la herida colonial y en la revolución científica del siglo XVII. Fue René Descartes quien formalizó la separación radical entre la mente res cogitans, temperamento y el cuerpo res extensa. Esta fragmentación cartesiana redujo el cuerpo humano a una máquina biológica desprovista de carácter, emocionalidad, senti-pensamiento, razón y espiritualidad, lo epigenético, el aporte de la convivencia humana y la cultura, redujo a la naturaleza a una materia inerte, lista para ser explotada, no como naturaleza viva, la Pacha Mama de nuestros pueblos originarios.

Bajo esta mirada antropocéntrica y dualista, el cuerpo es el primer territorio colonizado. Se le separa de su entorno, se le singulariza y se les somete a los ritmos del capital. La salud se convierte en un negocio, una mercancía que se repara y recupera mecánicamente en clínicas y hospitales, desvinculada de las condiciones ambientales, del aire que se respira o de la tierra que se habita.

En abierto contraste, las cosmovisiones de nuestros pueblos originarios: las tradiciones andinas, amazónicas, caribeñas, guaraní y mesoamericanas, proponen una ontología de la relacionalidad. Para el pensamiento de los pueblos originarios, el cuerpo humano no termina en la piel. El cuerpo es el microcosmos que integra armónicamente la carne con la comunidad, la Pacha Mama, la Madre Tierra concebida como un ser vivo que siente, sufre y el tejido cósmico a través de una profunda espiritualidad comunitaria como voluntad de vida sostenía Dussel.

Esta espiritualidad no debe confundirse con las religiones institucionales desarrolladas por Occidente, que operan como una superestructura dogmática de control moral, culpa y justificación del orden jerárquico terrenal, la espiritualidad originaria es una práctica ecológica y existencial. Es la consciencia de que el agua que corre por los ríos es la misma sangre que corre por nuestras venas, y que herir a la Tierra, es herir el cuerpo social. No hay separación entre humanidad y naturaleza; la salud del ser humano, es la salud de la Pacha Mama.

Planificación Territorial Biocéntrica: La Reconstrucción para la Vida

Cuando un terremoto o un tsunami arrasa una ciudad, la narrativa hegemónica habla de «reconstrucción» en términos estrictamente económicos: reactivar el comercio, levantar edificios más altos, recuperar los niveles de producción y restaurar el mercado del suelo. Esta lógica del lucro y el egoísmo individualista vuelve a colocar a las poblaciones en el mismo ciclo de vulnerabilidad que causó la tragedia original.

Si asumimos de forma transdisciplinaria que la Tierra es un organismo vivo que experimenta cataclismos inevitables y que el cuerpo humano está intrínsecamente ligado a ella, la reconstrucción de ciudades y pueblos destruidos debe transformarse por completo. Debemos transitar de un urbanismo antropocéntrico y mercantil a una planificación urbana y rural biocéntrica que privilegie la vida bajo todas sus formas.

Para materializar esta transición, el ordenamiento territorial debe articularse bajo tres ejes fundamentales: a) La Geofísica y el Respeto al Territorio Vivo: Las ciudades no pueden volver a erigirse sobre rellenos sedimentarios inestables, llanuras de inundación recurrentes o zonas de falla activa sin memoria histórica. La planificación debe cederle espacios de amortiguamiento a la naturaleza: parques inundables, humedales regenerados, cinturones verdes. Si la ciencia nos dice dónde se liberará la energía del planeta, la Política Pública de Estados y Gobierno debe prohibir la urbanización especulativa en esos espacios; b) El Hábitat Ecológico y Comunitario: Las nuevas estructuras habitacionales deben dejar de concebirse como «celdas de productividad» singulares y aisladas. El diseño debe recuperar la arquitectura vernácula flexible y sismorresistente, utilizando materiales locales que dialoguen armónicamente con el clima y el suelo. Las viviendas deben tejer vecindarios comunitarios que fortalezcan el tejido social, pues la primera línea de defensa ante cualquier desastre es la solidaridad comunal y el apoyo mutuo, no el sálvese quien pueda del mercado; c) La Vida, la Salud y su Calidad como Derechos Humanos fundamentales: En la ciudad biocéntrica, el acceso al agua limpia para consumo humano, al aire puro, a la soberanía alimentaria y a espacios de recreación espiritual y cultural no son servicios públicos que se compran; son derechos humanos inalienables. La salud comunal implica sanar el metabolismo social: reducir a cero la contaminación industrial, fomentar la movilidad activa y colectiva y garantizar que cada habitante reconozca su entorno como un espacio seguro y saludable.

La reconstrucción no puede ser un acto de arrogancia arquitectónica; debe ser un acto de humildad cosmológica. Planificar para la vida significa diseñar asentamientos humanos capaces de asimilar los impactos inevitables de una Tierra viva, protegiendo la integridad física y espiritual de la comunidad por encima de cualquier tasa de ganancia financiera.

Hace casi 27 años se produjo lo conocido como el deslave de Vargas como se llamaba el estado la Guaira hoy, en homenaje al Primer Presidente Civil de Venezuela, además de médico humanista José María Vargas, las consecuencias del mismo fueron consignadas en el Informe Científico Técnico y Humanista del Ingeniero Carlos Genatios (2010), Autoridad Única de Área del Estado Vargas (AUAEV) y el equipo de científicos y estudiosos nacionales e internacionales que lo acompañaron señalaron: Consecuencias del deslave. 70% de la población afectada (240.000 personas) y 100.000 evacuadas.10% de viviendas destruidas (8.000). 5 hospitales y ambulatorios dañados. Sistemas de aguas servidas y para consumo humano colapsados. 85% vialidad troncal destruida. Paralización del puerto, aeropuerto y actividad recreacional. 30% infraestructura educativa afectada. 5.000 MM$ en daños materiales. Víctimas entre 10.000 y 15.000. La tragedia obligó a entender, de una manera brutal, que un desastre no es sólo el producto de un fenómeno natural, sino, sobre todo de la intervención humana, del bajo nivel de desarrollo social, de la falta de planificación y de la debilidad institucional”.

Reflexiones finales

El Giro Decolonial del Ordenamiento Territorial

Los desastres no son solos naturales; son sociales y políticos. La sacudida de las placas tectónicas es un fenómeno biofísico planetario tan natural como la lluvia o la rotación de la Tierra. La catástrofe se produce cuando el egoísmo estructural de un sistema socioeconómico, amontona a los desposeídos y condenados de la tierra, en las laderas más frágiles o permite que las corporaciones inmobiliarias se lucren con suelos inseguros.

Frente a la crisis civilizatoria actual, el retorno a los saberes de nuestros pueblos originarios no es una mirada nostálgica hacia el pasado, sino una brújula científica, política y ética indispensable para el futuro.

Al integrar la precisión de la ciencia moderna con la sabiduría relacional de la Pacha Mama, podemos fundar una nueva praxis urbana.

Reconstruir los pueblos destruidos es la oportunidad histórica de sanar la fractura cartesiana: volver a unir el cuerpo con el territorio, el territorio con la naturaleza, y la naturaleza con el orden del cosmos.

Solo priorizando la vida, la salud comunal y la solidaridad humana sobre las ruinas del capital, seremos capaces de habitar este planeta vivo con la dignidad y la resiliencia que el nuevo tiempo nos exige.

Venezuela posee el talento humano, la ciencia y la tecnología para una reconstrucción biocéntrica, bioética decolonial, cónsona con nuestra identidad territorial, histórica y cultural. Sin desechar otros conocimientos que debidamente estudiados, se complementen con nuestros saberes y realidades

Con mucho respeto, afecto y humildad, le manifestamos al Gobierno encargado, que como pueblo, donde reside intransferiblemente la soberanía popular por mandato constitucional, vemos con mucha preocupación y dolor patriótico y revolucionario, que a tan solo 15 días de los sismos dobles, ya se ha reunido con a) gemelos sionistas genocidas: estadunidenses que bombardearon la República y secuestraron al Presidente y su esposa diputada, asesinando en su exitosa extracción quirúrgica, más de 500 compatriotas venezolanos y cubanos; b) sus gemelos sionistas genocidas israelitas, responsables del asesinato masivo e inmisericorde actuales de los pueblo de Gaza y Palestina, ¿Extraña casualidad simbólica?

Desconocemos, si antes de reunirse la Presidenta encargada, con tan siniestros personajes, señalados en el párrafo anterior, a discutido con su equipo de expertos el Informe Genatios sobre el Deslave de Vargas de 1999, o llamado a Palacio al Ingeniero Carlos Genatios y el grupo de estudiosos y expertos nacionales que lo acompañaron en tan alta responsabilidad, para conocer el avance, desarrollo de lo que fue su propuesta y conocer su opinión científico técnica, ante esta nueva situación

¡Ni un paso atrás, ante el sionismo genocida, titubear es entregar la Patria!

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