Por Rafael Méndez*
«Yo le voy a demostrar a usted lo que es morir con dignidad». Con esa energía patria se pronunció el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó ante la prepotencia del embajador de Estados Unidos durante la Guerra de Abril de 1965 en la República Dominicana, cuando el diplomático imperial lo emplazó a terminar el «desorden», porque su país, dijo, no podía permitirlo.
Durante meses guardé silencio ante las imágenes de Nicolás Maduro esposado y trasladado a Nueva York, y ese silencio, como el de tantos, parecía señal de aprobación, hasta que el escritor José Sant Roz, en un artículo publicado en Aporrea, formuló la pregunta que muchos callábamos: «Mataron a Allende, ¿por qué dejaron vivo a Maduro?», con lo que me obligó a retomar este trabajo y a decir lo que la conciencia no permite seguir guardando.
Hubiera preferido ver a Maduro en un cortejo fúnebre, y no reducido en manos de la DEA, levantando desde una cárcel de Nueva York una V de la victoria mientras en Venezuela quedaba el reguero de compatriotas y combatientes cubanos caídos, porque no se trata de desear la muerte de un hombre, sino de exigir a quien encabeza una revolución el mismo destino que asumieron Salvador Allende, fusil en mano en La Moneda, o Inti Peredo, el hombre de confianza del Che, que ante el cerco gritó: «¡No me agarrarán vivo!».
Antes que Caamaño, otro dominicano había sellado con su vida el valor de la palabra empeñada, porque el doctor Manuel Aurelio Tavárez Justo, líder del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, había proclamado que si la derecha derrocaba el gobierno constitucional de Juan Bosch, el pueblo tomaría las escarpadas montañas de Quisqueya, y cuando el golpe se consumó, aunque las condiciones objetivas no estaban dadas para la insurrección, subió a la cordillera en noviembre de 1963 al frente de los focos guerrilleros, consciente de que marchaba hacia la muerte.
En diciembre, rodeado en Las Manaclas y con compañeros heridos, Manolo aceptó una rendición que no fue cobardía sino lealtad, porque no podía abandonarlos, y antes de entregarse escribió en un caracol un mensaje de despedida para su hija Minou y lo confió a uno de los guerrilleros que se negó a rendirse, poco antes de que las tropas, violando las garantías ofrecidas, lo fusilaran junto a sus compañeros el 21 de diciembre de 1963.
La dignidad frente al despacho imperial
El 27 de abril de 1965, Santo Domingo ardía bajo los bombardeos, mientras militares constitucionalistas y civiles armados resistían en las calles la ofensiva de las fuerzas que pretendían aplastar la Revolución de Abril, y fue entonces cuando el coronel Caamaño, citado por el embajador William Tapley Bennett a la sede diplomática, no encontró un mediador, sino al representante de una potencia acostumbrada a ordenar el destino político del Caribe y del mundo.
El embajador pretendió tratar la insurrección constitucionalista como un simple «desorden» callejero, cuando en realidad era una rebelión nacional contra el golpe de Estado que había derrocado al profesor Juan Bosch el 25 de septiembre de 1963, con lo que Caamaño, indignado ante la humillación, respondió con la frase que lo colocó para siempre ante la historia: «Yo le voy a demostrar a usted lo que es morir con dignidad».
No fue un arrebato, sino una definición moral, porque Caamaño pudo escoger el refugio, la prudencia personal o el cálculo de supervivencia, pero eligió el camino más arduo: salir de la embajada, asumir que la suerte estaba echada y marchar hacia donde la muerte no era posibilidad remota, sino presencia inmediata, porque en el puente Duarte se libraba la batalla decisiva entre el pueblo armado y las fuerzas que buscaban retomar Santo Domingo.
Ya en el escenario de combate, le dijo al coronel Jorge Gerardo Marte Hernández, conocido como Bollo: «Bollo, ¿yo no te he dicho que somos hombres muertos? Pues date por muerto, coño, y vamos para el puente a pelear», sentencia que revela que Caamaño ya no actuaba como un oficial sorprendido por los acontecimientos, sino como un jefe militar y político que había asumido su destino.
Del puente Duarte a la inmortalidad
En el puente Duarte se libró la batalla sangrienta que definió el curso de la Revolución de Abril, porque allí las tropas que avanzaban desde San Isidro, apoyadas por tanques y por una aviación que bombardeaba sin piedad el puente y Radio Televisión Dominicana, encontraron la resistencia de militares constitucionalistas, comandos civiles, hombres del pueblo y madres que reclamaban a los pilotos que no masacraran a su propia gente.
La llegada de Caamaño cambió el ánimo de los combatientes, porque no llegó un jefe a dar órdenes desde lejos, sino un hombre que venía de desafiar al representante imperial y se colocaba en la línea de fuego, con lo que el pueblo en armas derrotó la ofensiva de las fuerzas de Elías Wessin y Wessin, y esa victoria militar, política y moral explica la intervención de los marines el 28 de abril, cuando la llamada «mediación» se reveló como lo que era: una operación para impedir el triunfo de la Revolución de Abril.
Hay muertes de muertes
Esa es la diferencia que duele, porque Caamaño salió de la Embajada de Estados Unidos convertido en el Coronel de Abril, mientras Maduro salió de Venezuela convertido en prisionero de la DEA, y como advierte Sant Roz, «uno en la vida también debe tener una razón para morir y no debe ser cualquier muerte», porque hay muertes de muertes, y el final de un dirigente tiene que estar a la altura de lo que ese dirigente dijo representar.
Caamaño cumplió su palabra hasta el final, porque en febrero de 1973 regresó con las armas por playa Caracoles y, tras días de combate en las montañas, cayó herido en Nizaíto, en San José de Ocoa, donde fue capturado y ejecutado por quienes temían más al Caamaño vivo que al mito que nacería de su muerte, con lo que aquella frase ante Bennett dejó de ser retórica para convertirse en un compromiso que honró con su propia sangre, y por eso su figura cruzó la frontera de los acontecimientos militares para entrar en la memoria de los pueblos que no se arrodillan.
Esa es la escena que hoy interpela a Venezuela y a América Latina, porque la dignidad nacional no se negocia en el despacho de ningún embajador ni se entrega en una pista de aterrizaje, y quien conduce a un pueblo tiene la obligación de correr su misma suerte, con lo que hubiera preferido ver a Maduro camino al cementerio, como Allende, como Inti, como Manolo, como Caamaño, y no esposado rumbo a la DEA, porque los pueblos perdonan la derrota, pero no perdonan la entrega.
*Ex diputado de la República Dominicana