La horrenda hipocresía de los católicos…

José Sant Roz

Considero que Leon Bloy[1] fue el más genial de todos los católicos de Europa. Manejando a la vez las palabras como un fulminante cuchillo de claridades. Decía: “Los católicos modernos desfilan sin terminar nunca por el prado que está precisamente delante del cielo. Pero pronto se advierte que los pájaros van cayendo al suelo, que las flores se marchitan, que a su paso todo muere y que queda detrás suyo como un reguero putrefacto, que deja a los que toca, contaminados para siempre como otros filotectes[2]. Semejante abominación es propia del siglo XIX a un pobre. Todo esto, en suma, se hacía con cierta elegancia y se imitaba a Judas con sencillez. Hoy se hacen las cosas de otro modo”.

Debo aclarar que este santo es considerado un demonio para los poderosos de la Iglesia católica. Los obispos y cardenales sienten pánico ante este genio de la pobreza, de la soledad y del amor más puro sincero.

Recalca este santo: “-No he cesado de repetirlo desde hace veinte años. El mundo católico contemporáneo —por lo menos en Francia y en Bélgica— es lo más odioso y execrable que jamás ha existido, y dudo mucho que pueda haber alguna otra cosa que atraiga con más seguridad el Fuego del Cielo… Declaro, en nombre del reducido número de personas que aman a Dios y están prontas, llegado el caso, a morir por Él, que la conducta de los católicos modernos es una tentación que supera nuestras fuerzas. Por lo que toca a las mías, confieso que han disminuido mucho… Yo quisiera que esas… personas fuesen mis hermanos o, por lo menos, mis primos hermanos, pues yo, lo mismo que ellos, soy católico y estoy obligado a obedecer al mismo Pastor que es, sin duda, un HIJO PRÓDIGO; pero ¿qué medio hay para no estallar y lanzar gritos espantosos?”

Estas palabras están estampadas en su obra “La Sangre del pobre”. Pero ¡Dios mío!, son palabras para ser leídas todos los días en medio del los infiernos. Yo llevo 60 años haciéndolo.

Sigue diciendo: “Yo vivo o, por mejor decir, subsisto penosamente y como por milagro aquí, en Dinamarca, sin poder huir, en medio de protestantes ciegos, que no han visto la Luz desde que, hace ya casi cuatrocientos años, su nación, a la voz de un monje deshonesto, se levantó en masa y, sin vacilar, renegó de Jesucristo. El oscurecimiento de la razón, en estas pobres gentes, es uno de los prodigios más terribles de la Justicia. Su ignorancia es increíble. Han llegado al punto de no poder concebir una idea general, y por esto su inteligencia se nutre con lugares comunes que, como si se tratase de ideas originales, legan a sus hijos. Tinieblas sobre sepulcros”.

Y seguidamente: “Pero, ¡y los católicos! ¡Seres que han nacido y se han educado en la Luz! Aunque en todo momento conscientes de su condición privilegiada, son incapaces, por mucho que quieran, aun de caer en la cuenta del error en que están. ¡Hasta tal punto la sociedad en que viven, a pesar de su decadencia, ha podido conservar algo de la unidad divina! Inteligencias semejantes a copas que Dios ha llenado, para que lo beban y se rían sus invitados, con el vino fuerte de la Doctrina sin mezcla, esos seres, con sus atavíos del festín nupcial, han descendido, por su propia voluntad, poniéndose debajo de los herejes e infieles, a Lugares sombríos, para mear allí, con pasión, repugnantes ídolos”.

Sus sentencias son terribles y aplastantes: “Cobardía, Avaricia, Imbecilidad, Crueldad, No amar, no dar, no ver, no querer comprender, y hacer sufrir lo más posible. Exactamente lo contrario del NOLITE CONFORMARI HUIC SAECULO[3]. La conclusión de este Precepto es, sin duda alguna, la obra más funesta y completa que la voluntad humana va realizando, a partir de la predicación del Cristianismo… Nada hay que me repugne tanto como hablar de esos miserables que hacen que los SUFRIMIENTOS del Redentor aparezcan pequeños según es lo que se esfuerzan por SUPERAR a los verdugos de Jerusalén”.

“Muchas de mis páginas y, me atrevería a decir, no las peores, las escribí para desahogarme del horror que me causaba tanta vileza y estupidez. Sobre esta última he insistido muchas veces porque es, en realidad, una especie de monstruo en la historia del espíritu humano, que no puedo comparar con nada mejor que con un chancro sifilítico en un rostro admirable. Por otra parte, todas las figuras, de mil maneras combinadas, que puedan imaginarse como aptas para causar náuseas, resultan de una insignificancia ridícula cuando se piensa, por ejemplo, en la LITERATURA CATÓLICA… Una sociedad, en la cual se ha podido escribir que lo Bello es una cosa obscena, evidentemente en una sociedad que Satanás ha formado poniendo en juego su inteligencia angélica y una experiencia que infunde miedo…”

“¿Vamos, pues a hablar de sus pobres, nada más que de sus pobres, entre los cuales tengo el honor de contarme? Me crucé, un día, en París, con una hermosa jauría, propiedad de algún apóstol traidor que había sabido vender a su Maestro por mucho más de treinta monedas. He hablado ya de este caso, no recuerdo en qué ocasión. Debí decir ya entonces la indignación inmensa que me produjo y el odio infinito que me hizo sentir la vista de aquellos sesenta u ochenta perros que comían, cada día, el pan de sesenta o de ochenta pobres. En esa época lejana, yo era todavía muy joven, pero ya sabía lo que era el hambre; y recuerdo muy bien que fue para mí un enigma la paciencia de los pobres, a los que de tal modo se desafía, y que entré en mi casa rechinándome los dientes”.

“¡Ah! Sé muy bien que la riqueza es el más terrible anatema, y que los malditos que la detentan, en perjuicio de los miembros doloridos de Jesucristo, están destinados a tormentos indecibles, pues se halla preparada para ellos la Mansión de los Alaridos y de los Terrores. ¡Sí, sin duda, esta verdad evangélica es un alivio para los que sufren en este mundo! Pero cuando, al pensar en la reversibilidad de los dolores, se recuerda, por ejemplo, que es NECESARIO que un niñito sea torturado por el hambre, en una pieza helada, para que una linda jovencita cristiana no se vea privada de las delicias de una buena mesa junto al fuego, ¡qué larga se hace la espera! ¡Qué bien me explico, entonces, la justicia de los desesperados!”

“A veces, he pensado que aquella jauría, cuyo recuerdo me persigue, era una de esas imágenes atormentadoras que nunca se borran del fondo del alma; y he creído que ese rebaño feroz estaba destinado en cierto modo —pero con toda propiedad— A LA CAZA DEL POBRE. ¡Obsesión terrible! ¿No oís ese concierto en ese palacio iluminado, esa música, esos instrumentos de alegría y de amor que hacen creer a los hombres que su paraíso no se ha perdido? Pues bien; para mí, será siempre la tocata que azuza a los perros, la señal para el ojeo. ¿Es a mí a quien buscan hoy? ¿Buscan a mi hermano? ¿Qué medios tenemos para defendernos?”

“Y, sin embargo, esos desalmados, cuya alegría llega a oídos del pobre que está sudando de angustia, son católicos, cristianos como él. ¿No es así? Y, entonces, todo lo que en el mundo lleva el sello de Dios, las cruces de los caminos, las imágenes piadosas de otros tiempos, la saeta de una vieja iglesia que se pierde en el horizonte, los muertos que duermen en los cementerios y que, en sus sepulcros, juntan las manos, los animales mismos que, espantados de la maldad de los hombres, miran como si quisiesen ahogar a Caín, en el lago tranquilo de sus ojos… todo intercede por el pobre, pero todo intercede en vano. Los Santos, los Ángeles nada pueden; de la misma Virgen no se hace ningún caso… y el cazador sigue persiguiendo a su presa sin darse cuenta de que el Salvador, ensangrentado, ha acudido allí para interponer su Cuerpo…
EL RICO ES UN SER CEGADO Y EMBRUTECIDO AL QUE NO ES POSIBLE DETENER MÁS QUE CON UNA GUADAÑA O CON UN PUÑADO DE METRALLA ARROJADO A SU VIENTRE…”

“Para la razón humana es intolerable que uno nazca en medio de la abundancia, y otro, en el fondo de un estercolero. Que el Verbo de Dios haya nacido en un establo, por odio al Mundo, lo saben los niños; y todos los sofismas de los demonios no lograrán cambiar nada de este MISTERIO: que la alegría del rico tiene, como ELEMENTO SUBSTANCIAL, el Dolor del pobre. El que no entienda esto es un majadero ahora y siempre, un majadero por toda la eternidad”.

“¡Ah! Si los ricos de nuestros tiempos fuesen auténticos paganos, idólatras declarados, no habría nada que decir. Su primer deber sería, evidentemente, aplastar a los débiles, y el de éstos el vengarse, cuando la ocasión se presentara. Pero, ahora, aun haciendo lo que hacen, quieren ser católicos; pretenden ocultar sus ídolos en las mismas llagas adorables..

Kolding, Dinamarca, enero 1900”.

 

 

 

[1] De la IA: Léon Bloy fue uno de los escritores más extremos, apasionados y trágicos de la literatura francesa del siglo XIX y principios del XX. Su existencia estuvo marcada por una pobreza absoluta, tragedias familiares desgarradoras y una furia religiosa implacable que plasmó en obras maestras de la literatura católica como El desesperado y La mujer pobre

[2] De camino a la guerra de Troya, una serpiente mordió el pie de Filoctetes. La herida se infectó y despedía un olor insoportable, por lo que los líderes griegos lo abandonaron solo en la isla de Lemnos.

[3] «Nolite conformari huic saeculo» significa «No os conforméis a este siglo» o «No os amoldéis a este mundo»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *