El crimen de Carlos ha sido luchar por Palestina…

Por Geraldina Colotti

Hay un tiempo en que los ríos subterráneos de la historia dejan de fluir invisibles bajo la corteza de la tierra y afloran con la violencia de una crecida, rompiendo los diques de los manuales policiales y de las narrativas confeccionadas por el poder. La trayectoria de Ilich Ramírez Sánchez, universalmente conocido en el mundo como el comandante Carlos —nombre de batalla que le atribuyeron sus compañeros palestinos en homenaje a sus raíces latinoamericanas—, pertenece a esta geografía kárstica de la lucha de clases global. Reducirlo a la caricatura cinematográfica del mercenario solitario o al depredador sin patria —etiqueta comercial pegada por la prensa burguesa a partir de una copia de la novela El día del Chacal de Frederick Forsyth encontrada por casualidad sobre una mesa en Londres— es la operación ideológica con la que el sistema ha intentado esterilizar toda una época.

Para la izquierda revolucionaria y para quien no se resigna al “realismo” capitalista, Carlos no es el monstruo que hay que exhibir en los calabozos de máxima seguridad de Poissy, sino el símbolo viviente e incómodo de un internacionalismo militante que eligió desafiar al imperio a cara descubierta, pagando el precio de un encierro que hoy lo mantiene como prisionero político del Estado francés desde hace más de treinta años.

Para comprender las acciones que sacudieron al París de los años setenta, como el célebre ataque al Publicis Drugstore en septiembre de 1974, hay que huir de la moral burguesa del terrorismo ciego y mirar hacia la genealogía política de esa praxis. Aquellas células clandestinas no operaban en el vacío, sino que tomaban directamente prestados el estilo, la compartimentación y la despiadada lucidez de la Batalla de Argel conducida por el FLN. Golpear el corazón logístico y económico de Francia significaba romper el muro de bienestar y quietud neocolonial de la capital, llevando la guerra exactamente allí donde se decidían las estrategias de opresión que ensangrentaban el Sur del mundo.

La parábola del comandante Carlos hunde sus raíces en una densa y solidaria red de retaguardias estatales que, entre los años setenta y ochenta, permitieron a la guerrilla internacional subsistir y coordinarse. En este marco, la Libia de Muamar el Gadafi y la República Democrática Popular de Yemen representaron dos pilares fundamentales del eje antiimperialista. Trípoli proporcionaba coberturas, financiamiento y una base logística transnacional a una galaxia interminable de movimientos revolucionarios, desde Irlanda hasta América Latina, mientras que el Yemen del Sur —el único Estado de tendencia socialista en el mundo árabe— servía de puerto franco y campo de entrenamiento estratégico para los cuadros de la izquierda armada mundial y para las propias organizaciones palestinas. Fue dentro de este densísimo circuito tercermundista donde se consumó la alianza operativa entre los revolucionarios tercermundistas y las organizaciones armadas europeas, como la RAF alemana, creando una hermandad combatiente transnacional que atemorizaba a los gobiernos occidentales precisamente porque rechazaba las fronteras nacionales y erigía el internacionalismo en norma de conducta.

Este entrelazamiento de solidaridad y geopolítica chocó inevitablemente con las contradicciones y las fallas internas del movimiento de liberación palestino. Desde la ruptura disciplinaria y estratégica con el Frente Popular para la Liberación de Palestina —consumada tras la compleja gestión de la operación de la OPEP en Viena en diciembre de 1975, cuando las directrices de la cúpula chocaron contra la decisión autónoma de evitar una masacre indiscriminada— hasta el aislamiento progresivo. Aquel Frente Popular no era un monolito, sino que albergaba en su seno las escisiones teóricas históricas, como el nacimiento en 1969 del Frente Democrático para la Liberación de Palestina de Nayef Hawatmeh, y la tensión irresuelta entre la radicalidad del ala de operaciones especiales de Wadie Haddad y la realpolitik diplomática. Cuando los Estados que servían de retaguardia a aquella temporada —desde la Libia de Gadafi hasta la Siria de Háfez al-Ásad— empezaron a doblegarse ante el nuevo orden unipolar postsusodicho, los revolucionarios profesionales sin un territorio estatal estable fueron cínicamente abandonados, hasta llegar al secuestro ilegal perpetrado en 1994 en Jartum por los servicios franceses en connivencia con Sudán.

Incluso cuando la industria cultural ha intentado representar esta época, como en el monumental biopic Carlos (2010) dirigido por Olivier Assayas y protagonizado por Édgar Ramírez, aun moviéndose dentro de los cánones de los productos para la televisión y el cine, emergió el mérito de devolver al espectador una dimensión histórica muy alejada del monstruo mitológico de los periódicos: un militante lúcido, políglota, plenamente sumergido en las dinámicas de la Guerra Fría, cuya parábola descendente coincide dramáticamente con el colapso del mundo bipolar y el abandono por parte de los Estados protectores.

Desde el fondo de la cárcel de Poissy, donde sobrevive desde hace más de treinta años en condiciones de durísimo aislamiento psicológico y material, la reflexión de Carlos nunca se ha apagado y su fe política no ha registrado ninguna abjuración. En las raras entrevistas concedidas y en el documental estrenado recientemente en las pantallas, titulado The Jackal Speaks, sigue definiéndose con orgullo como un «revolucionario profesional». Desde la prisión ha continuado escribiendo y haciendo circular textos y memorias, entre ellos el libro L’Islam révolutionnaire, en donde analiza la descomposición del antiimperialismo contemporáneo, reivindica la justeza histórica de la lucha del FPLP y establece una continuidad ideal entre la temporada de la resistencia tercermundista y las nuevas luchas del Sur del mundo contra la hegemonía unipolar de los Estados Unidos y de la OTAN.

Esta lectura materialista y desinhibida encuentra hoy un eco formidable en la falla incandescente de la Palestina contemporánea. Frente al fracaso de las jaulas de Oslo y a la bancarrota moral de la Autoridad Palestina, la convergencia objetiva en la lucha armada entre las fuerzas de la resistencia islámica —desde Hamás hasta la Yihad— y las brigadas laicas del Frente Popular demuestra que la línea divisoria histórica no reside en los presupuestos filosóficos, sino en quién combate la ocupación colonial y en quién se somete a ella. Carlos había vislumbrado de antemano esta soldadura, insertándose de pleno derecho en la genealogía de aquel Eje de la Resistencia que tiene en el Irán revolucionario su eje estratégico contra el imperialismo.

Hoy, la figura de Ilich Ramírez Sánchez no pertenece únicamente a los polvorientos archivos de la Guerra Fría, sino que interpela directamente al presente. Si ayer la revolución bolivariana liderada por Hugo Chávez planteó con fuerza la cuestión de su dignidad y de sus derechos pisoteados por París, hoy es el movimiento internacionalista transnacional y el compromiso militante de su familia los que mantienen alta la llama de la petición de extradición y retorno a Venezuela.

No se trata de una instancia humanitaria de retaguardia, sino de un acto político de justicia revolucionaria. Exigir el regreso de Carlos a su patria significa rechazar la amnesia histórica que el imperialismo quiere imponernos, reiterando que los prisioneros políticos de una época en los que los pueblos se atrevieron a tomar el cielo por asalto no se borran con la condena eterna. El río subterráneo sigue fluyendo, y su voz desde la cárcel sigue siendo un recordatorio intransigente: la alternativa al capitalismo y al dominio colonial nunca ha sido la resignación, sino la lucha organizada sin cuartel.

Los artículos publicados en esta sección no necesariamente representan la línea editorial de Resumen Latinoamericano.

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