En el zoológico de Paraguaná, al noroccidente de Venezuela, Gabriel Calderón esperaba en silencio: el guía había pedido a todos que dejaran de hablar. Lanzaron un silbido para llamar a un ave. Él no la pudo ver entre los árboles, pero la escuchó. “Como en el cuento de Blancanieves, el ave acudió al instante”, recuerda. A sus 46 años, Calderón, que es ciego, nunca había pensado que la observación de aves fuera una actividad para él. Fue a través de Ecos Emplumados, uno de los proyectos de la organización conservacionista Veo Aves Falcón, que comenzó a descubrir que también podía participar en el pajareo.
Este año, Calderón, por ejemplo, pudo identificar mediante el tacto la forma y textura de una planta endémica en un paisaje de vegetación xerófila (adaptada a la escasez de agua). En otra, Vanessa Salas, coordinadora de Veo Aves Falcón, tomó sus manos y las llevó hasta un árbol cubierto de termitas para que pudiera experimentar aquello que otros estaban mirando.
“No existe un mundo sin barreras para alguien con discapacidad visual”, dice Calderón. “Es trabajo de la familia, la escuela y la comunidad crear los ajustes razonables que promuevan el pleno disfrute de la naturaleza”, comenta.
Y eso es justamente lo que lleva años haciendo Salas: enseñar sobre aves a pesar de las discapacidades y a todas las edades. Ella es licenciada en Ciencias Ambientales y desde 2018 coordina Veo Aves Falcón, combinando investigación, educación ambiental, ciencia ciudadana e inclusión social. El proyecto comenzó alrededor de 2010 y, en un principio, solo fueron salidas de campo para conocer el bosque xerófilo; luego llegaron las fotografías, las grabaciones, los mapas y las publicaciones para educar y conservar.
“No podemos llegar a una comunidad y decir: ‘Tenemos seis especies en peligro de extinción’, cuando no existe un conocimiento científico que respalde eso”, dice. “Parte de nuestro trabajo consiste en enseñar a otras personas a reconocer las especies de su entorno y, cuando es posible, a registrarlas”, continúa.
Usan plataformas de ciencia ciudadana como eBird, desarrollada por el Cornell Lab of Ornithology, para registrar aves y aportar datos para investigación y conservación. La escala de ese ejercicio puede verse en el Sistema Global de Información sobre Biodiversidad (GBIF, por sus siglas en inglés). En su informe de este 2026, el GBIF registró 4,3 millones de ocurrencias de aves para Venezuela. De ese registro, 4,2 millones provienen de eBird. Pero la relación con Cornell va más allá de una plataforma: el programa Celebra las Aves Urbanas del laboratorio apoyó el proyecto Ecos Emplumados, dedicado a incorporar a personas con discapacidad visual y trastorno del espectro autista a la observación de aves. De ese trabajo nació un manual para educadores sobre observación accesible e inclusiva en 2025, elaborado por Veo Aves Falcón junto con docentes y profesionales de distintas áreas.
También nació una audioguía con los cantos y llamados de 100 aves de Falcón, pensada especialmente para personas con discapacidad visual. Para quienes participan en Ecos Emplumados, la accesibilidad no consiste simplemente en sustituir una imagen: sienten texturas, reconocen olores y cambios de temperatura y utilizan los cantos para identificar especies en las salidas de campo.
Para personas como Calderón, estas experiencias abren nuevas oportunidades: ahora ven el aviturismo como una fuente de empleo alternativa.
El futuro de las aves
Entre 2019 y 2020, Salas y otros investigadores documentaron por primera vez para Venezuela a la gaviota cocinera (Larus dominicanus). Otras especies, como el cardenal enmascarado (Paroaria nigrogenis), la reinita de Luisiana (Parkesia motacilla) y el churí encopetado (Empidonomus aurantioatrocristatus), fueron reportadas como nuevos registros para Falcón. Con el pasar del tiempo, el equipo de Salas ha registrado más de 386 especies en su catálogo digital. Algunos registros ciudadanos de la zona llegan hasta las 600 especies de aves solo en Falcón.
Entre todas esas especies hay una que ha terminado conectando con el trabajo comunitario de Veo Aves Falcón: la polla de Wetmore (Rallus wetmorei), un ave endémica de los manglares que comparten el Parque Nacional Morrocoy y el Refugio de Fauna Silvestre Cuare.
Cuare es uno de los cinco humedales de Venezuela protegidos por la Convención de Ramsar: su importancia ecológica mundial recae en ser un sitio de anidación para cientos de aves migratorias y locales. Cuare es utilizado por aves residentes y migratorias y los estudios sobre sus humedales han documentado una importante presencia de aves playeras, particularmente durante los períodos de migración. Pero ese paisaje no permanece intacto. Una investigación reciente sobre un canal de navegación construido entre el sistema Cuare-Morrocoy documentó una intervención de unos 1.680 metros de longitud y entre 40 y 60 metros de ancho. Los investigadores estimaron que la obra afectó aproximadamente 200.000 metros cuadrados de ecosistemas acuáticos y terrestres y eliminó unos 4.500 metros cuadrados de bosque. También encontraron alteraciones en la circulación del agua, procesos de sedimentación y cambios que pueden afectar hábitats utilizados por especies acuáticas.
Encuentro de pajareo en Curimagua, Sierra de San Luis.Veo Aves Falcón
Mientras los investigadores intentan entender qué ocurre con estos ecosistemas, la polla de Wetmore ya encontró otro espacio para ser estudiada: una pequeña brigada infantil de pajareo en Sanare. Falcón la adoptó como su emblema.
Allí, Guardianes del Vuelo, iniciativa surgida de la propia comunidad y acompañada por Veo Aves Falcón, reúne a unos 20 niños y niñas y cuatro adultos. Carlina Sabariego, docente jubilada, lidera el equipo. Comenzó a registrar aves en eBird hace un año. Ahora, una vez al mes, la brigada se reúne para reconocer las especies de la zona y hablar sobre las amenazas que enfrentan.
“Hace poco recibimos binoculares de colaboradores de Veo Aves Falcón y ahora salimos a buscar más especies”, dice Sabariego. Ella tiene una especie favorita: el atrapamoscas de sangre, un ave de plumaje rojo y negro con un canto suave, repetitivo y quejumbroso que suele aparecer cerca de la comunidad.
Las salidas también sirven para hablar de lo que ocurre alrededor de esas aves. Los niños aprenden sobre la basura, la tala, la quema y la captura de fauna que afectan a la región. Algunos han comenzado a sembrar flores para favorecer la polinización y a denunciar a personas que capturan las aves.
Otros grupos han nacido de esta experiencia: en Taratara funciona la Brigada Titirijí, integrada por unos diez niños y niñas. “Yo, en el futuro, veo una región que ayuda a conservar y en la que los niños sean actores de cambio”, dice Sabariego. “Cuando uno aprende e investiga, se enamora más”.