José Sant Roz
En nombre de la pistola en la cabeza todo va a ir funcionando a la perfección. Yo siento la que me toca en la nunca. Ya me estoy cuidando de hablar y de escribir lo que pienso porque también existe una censura que nace del temor de los que me rodean: “-Ya está bueno, ya lo dijiste todo, no sigas escribiendo más que eso te perjudica a ti a tus amigos y familiares…”.
El nuevo René Descartes sostiene: “Pienso, luego me joden”.
Inmovilidad total.
Entonces procuro escabullirme de este presente leyendo a Aristófanes porque en su obra veo todo lo que nosotros estamos sufriendo en este momento. Aunque tampoco nos está permitido pensar, es decir manifestarnos, hago lo posible por sugerir más bien estas ideas. “Hay que ser prudente porque se puede activar el percutor”, me aconsejan.
Es decir, hay que ejercitar el arte del disimulo al máximo, practicar la sonrisa falsa, la alegría de tísico (moribundo en sus ideas), y decirle a todo “claro, como no…”.
Las acciones populares deben restringirse, medirse o prohibirse. Por ejemplo, queda prohibido gritar esas consignas tan trilladas durante un cuarto de siglo: “YANQUIS GO HOME” o “YANQUIS DE MIERDA”. En este momento nuestro gran amigo, protector y socio es Estados Unidos, y gracias a él vamos a salir de abajo. Gracias a él vendrá la General Electric y se resolverá el problema eléctrico, por ejemplo, esos largos y odiosos apagones que llevan décadas; gracias a este socio nos aumentarán los sueldos, y los ataques terroristas de los opositores serán controlados. Los opositores en este momento no cuentan para nada en estas negociaciones y ellos lo saben. Los gringos le tienen prohibido salir a poner la cómica, así dicen. Mejor dicho, tirios y troyanos nos pareceremos tanto a los opositores que no tendría sentido el que nos ataquemos unos a otros, cuando en el fondo ya estamos tenemos al mismo amo. Y todo esto a la vez forma parte de la nueva doctrina revolucionaria de la Dirección Nacional del PSUV. Esto es así en este momento, pero es una política que podría extenderse por años o décadas.
¡Olvídense de Bolívar y Chávez, camaradas!
El pueblo está, pues, más que inmovilizado ANONADADAMENTE ESTUPEFACTO. No entiende nada. No sabe nada, el tiempo que en su vientre reserva todos los misterios lo dirá en su momento…
De las cosas de segundo año de bachillerato que me quedaron más o menos grabadas fue aquello de La guerra del Peloponeso (431 a. C.-404 a. C.) que se me parece tanto a los que estamos viviendo. De esta guerra entendíamos sobre todo de su sonoridad, guerra tan antigua y tan lejana de la cual en mi caso sólo ahora vengo a entender algo, 65 años después. Porque resulta que aquí nosotros tuvimos nuestra guerra del Peloponeso, lo que pasa es que los libros de historia no la recogerán para el estudio universal porque el imperio prohibirá su difusión (la versión verdadera será la que presente esa mierda de WIKIPEDIA). Tomando en cuenta además esa la ley de que el PODER DOMINANTE ES EL PENSAMIENTO DOMINANTE.
La Guerra del Peloponeso fue un conflicto militar de la antigua Grecia que enfrentó a las ciudades formadas por la Liga de Delos (encabezada por Atenas) y la Liga del Peloponeso (encabezada por Esparta). Parecida a esa GUERRA CONTRA EL CHAVISMO (que llegó a hacerse mundial) y que incluía asedio por parte de la OEA, la CDIH, el Grupo de Lima,… la propia Unión Europea, los yanquis apoyando a la oposición con lo del Paro Petrolero, se recuerdan de la Declaración de aquella «zona liberada» de la Plaza de Altamira tomada por una horda de generales…, a las huelgas universitarias, atentados y quemas de hospitales y universidades todo ellos compendiado en las acciones de las GUARIMBAS. La Guerra del Peloponeso duró 27 años y la nuestra casi lo mismo, y OJO no ha terminado. Hemos firmado multitud de tratados y todos ellos han terminado, por ejemplo, con el desastre del pasado 3 de enero mediante el cual todos los venezolanos hemos sido reducidos a la esclavitud, parecido estos hechos a la expedición ateniense, que se prolongó del 415 al 413 a. C., y que concluyó con la destrucción de gran parte del ejército y la reducción a la esclavitud de miles de soldados atenienses y aliados.
La estrategia del imperio para aplastarnos no acababa por darles resultados, fundada en el hecho de aumentar a extremos demenciales la escasez de alimentos y de medicinas. Lo que sí produjo fue la hecatombe de la migración. Millones salieron despavoridos hacia otros mundos desconocidos, sólo para ser luego emboscados. Hace falta otro Aristófanes que nos la narre y la lleve al teatro.
Vivimos nosotros entre 2017 hasta 2021, los que nos quedamos, refugiados en nuestra propia tierra… faltos de aire y de luz, sujetos a todo género de privaciones y miserias, y expuestos más tarde al furor de la espantosa epidemia de Covid, en medio de todo el decurso de la Guerra DE OCCIDENTE CONTRA EL CHAVISMO.
Los gringos sin cesar introducían perturbaciones en el orden político y social. María Corina Machado no dejaba de atizar la Discordia la cual tiranizaba las grandes ciudades: Caracas, Valencia, Barquisimeto, Mérida, San Cristóban,…; todo se traducía en disensiones y atroces venganza.
Retratando Aristófanes aquella época de la Guerra del Peloponeso nos habla de que las ambiciones más bajas y viles tenían espacio abierto donde tender las alas; la codicia era causa y ocasión de enriquecerse lo cual hacían los que se iban a Washington para robarse nuestros activos, gentuza como Leopoldo López, Guaidó, Del Vecio, Smolanky, Julios Borges,… ; la calumnia y el engaño era el arte de la politica de partidos entonces, y los opositores estabas seguros de ser oídos y aceptados en el mundo. Sus seguidores vivían en medio de la ignorancia y la audacia irreflexiva o criminal, siempre contando con el favor del desenfrenado antichavismo. Aquí apelo a Aristófanes cuando dice: “…a tal extremo llegaron el desorden y la perversión, que se cambió arbitrariamente la acepción de las cosas y palabras. «La inconsiderada temeridad se tuvo por valor a toda prueba; la calma prudente, por hipócrita cobardía; la moderación, por pretexto de timidez, y una inteligencia poco común, por una grande inercia. El ciego arrojo fué el distintivo del valiente; la circunspección, un especioso subterfugio. Al hombre violento se le consideraba como el más seguro, y al que se le oponía, como sospechoso. El colmo de la habilidad era tender asechanzas a sus enemigos, y sobre todo «el eludirlas, y, en cambio, al que rehuía tan bajos medios se le acusaba de traidor y pusilánime”.
“Los vínculos de la sangre eran más débiles que el espíritu de partido; éste, en efecto, ligaba más fuertemente a los hombres, por lo mismo que sus asociaciones no se pactaban bajo el amparo de la ley, sino con miras culpables, y en vez de estar sancionadas por el santo temor de los dioses, tenían su sola salvaguardia en la participación del crimen. Se estimaba en más negar una ofensa que el no haberla recibido. Los juramentos de paz sólo tenía una fuerza transitoria que duraba lo que la necesidad que los había arrancado; en cuanto se ofrecía ocasión, no había reparo en atacar al enemigo indefenso, prefiriéndose la vil traición al noble y descubierto combate. Manantial de todos estos males fué el afán de dominar, instigado por la codicia y la ambición, envenenado después por las pasiones, despertadas al grito de la rivalidad. Los jefes de partido ostentaban en sus banderas, unos, la igualdad de derechos; otros, una aristocracia moderada; pero, bajo la máscara del bien general, sólo trataban de suplantarse mutuamente. Daban rienda suelta a sus deseos y rencores, y sin más ley que el propio arbitrio, menospreciaban la justicia y el bien común”.
El fin de estos canallas eran tomar al poder para satisfacer sus odios personales a fuerza de sentencias inicuas y descaradas violencias. En esto trances nadie de la oposisición estaba dispuesto a respetar la buena fe: el dios éxito era el único en cuyos altares se sacrificaba, y el perpetrador de algún negro delito, como supiera encubrirlo con el apoyo de EE UU y las fulanas apariencias de honradez.
Para el estudio y la reflexión, algo que casi nadie ahora practica…