Manuel Gragirena
En estos días pasados me enteré de que Trump le cambió el nombre al lago Ontario por lago América, para los efectos de los EE. UU., por supuesto.
De verdad no sabía dónde estaba ese lago, pues no tenemos tanto almacenamiento cerebral, así que hoy abrí Google Earth y lo busqué. Me enteré de que el lago Ontario es uno de los cinco Grandes Lagos de Norteamérica; cuatro son compartidos entre EE. UU. y Canadá y solo el lago Míchigan está por completo en territorio de los EE. UU. Los lagos compartidos son Superior, Hurón, Erie y Ontario.
Inmediatamente me pregunté: si son cuatro los compartidos, ¿por qué se empecina en cambiarle el nombre al Ontario? La investigación me ilustró la respuesta. A diferencia de los otros tres lagos, en la orilla canadiense del lago Ontario está la zona metropolitana de Toronto, la ciudad más densamente poblada e importante de Canadá, una zona que los canadienses apodan como la «Herradura de Oro». Además, desde el lago Ontario nace el río San Lorenzo, que fluye en dirección a Montreal y luego a Quebec para desembocar en el Atlántico.
También es famoso el lago Ontario —a pesar de que en lo personal no lo sabía— porque sobre él desemboca el río Niágara, con las famosas cataratas del Niágara; además, hay una importante central hidroeléctrica y un sistema de esclusas que permite la navegación desde puertos fluviales del Estado de Nueva York hasta Montreal, Quebec y el océano Atlántico.
Otra curiosidad es que la voz Ontario proviene de la lengua iroquesa, la población originaria e indígena del este de Norteamérica, y se traduce como «hermoso», «lago hermoso» o «sereno», así que la región de Ontario le debe su nombre al lago y no al revés.
Golpe bajo e innoble por parte de Trump. Es una falta de respeto a todo y van dos, pues ya le cambió el nombre al golfo de México y ahora al lago Ontario, y su estrechez solo le permite usar la palabra América en ambos casos, a lo mejor sin saber que Américo Vespucio fue un cartógrafo italiano que, por una serie de coincidencias del destino y tal vez sin merecerlo, es el epónimo de todo un continente.
Con esta personalísima malcriadez pretende apropiarse de Canadá, y no solo de la otra mitad del lago, pues pretende entrar en la psiquis de la población mediante un anexionismo toponímico.
En esta época de información a granel —pues la investigación que me permite escribir esta nota no me llevó más de una hora— sorprendentemente nos asusta que al común de la gente solo le interese lo comercial; y allá, en Norteamérica, mucho más, pues por si ustedes no se han dado cuenta, los EE. UU. es una nación sin nombre. Sí, así como lo leen: sin nombre, pues «Estados Unidos» es una condición y acuerdo político que dio origen a naciones, así como los Estados Unidos Mexicanos, los Estados Unidos de Venezuela o la República Federativa del Brasil. Pero en el caso de los «americanos», tuvieron que recurrir a la circunstancia que definió al continente con el nombre del cartógrafo, pues jamás a los padres fundadores, por razones muy pero muy anglosajonas y puritanas, se les hubiese ocurrido utilizar una voz indígena originaria, pues bien pudieron haberse unido para independizarse y bautizarse como los «Estados Unidos Iroqueses».