- Por Carlos Aznárez Exclusivo para Al Mayadeen Español
Ratcliffe, que tuvo que sufrir el bochorno de una negativa tajante por parte de los rusos, es quien ahora tendrá que encargarse de convencer a sus jefes que es cierto que la era de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente ha terminado.
Cada día que pasa queda más claro que la estrategia combinada de contestar a la guerra con guerra, y en todo momento no descuidar la diplomacia, le ha dado un excelente resultado a la República Islámica de Irán. Desde hace décadas, Washington y “Tel Aviv”, vienen tratando de derrocar, o por lo menos disciplinar al gobierno iraní, primero con la excusa de grandes mentiras, como fue el presunto desarrollo nuclear con fines bélicos, y ahora contra la prohibición iraní de utilizar el estrecho de Ormuz si no se avienen a las normas impuestas por Teherán. Ese deseo no realizado, lleva a que Donald Trump y a todo su séquito occidental, se vean por estas horas en un atolladero del que no saben cómo salir «salvando la ropa».
Se equivocó totalmente el criminal imperio estadounidense y su socio genocida Netanyahu, en creer que todo constaría en utilizar un altísimo nivel de fuego y las obligadas consecuencias de miles de mártires y la destrucción masiva de infraestructura y residencias, hospitales y escuelas. Irán, país agredido, que jamás invadió a nadie durante el gobierno revolucionario, contestó con altura y sorprendió a sus enemigos, no solo enviando una buena descarga de misiles sobre “Tel Aviv” y parte de las bases militares enemigas en territorios palestinos ocupados, sino que con la misma pericia, y el mismo arrojo, supo y pudo destruir los principales enclaves bélicos y de Inteligencia montados por EE. UU. en varios países del Golfo, entre ellos edificios y equipos tecnológicos utilizados tanto por la CIA como por otras entidades de espionaje.
Llegado a este momento, siendo consciente el pedófilo Trump de la imposibilidad de «ablandar» a las fuerzas armadas iraníes con amenazas de más guerra, o subiéndole el precio a las sanciones y al brutal bloqueo, sobre todo porque se sabe que volverían a sufrir una derrota más humillante que la anterior, es que han puesto en marcha una iniciativa que habla del estado de desesperación en que se encuentran por la urgencia de recuperar la navegabilidad en el estrecho de Ormuz.
Así se explica el sorpresivo y reciente viaje del director de la CIA, John Ratcliffe, nada menos que a Moscú, para rogarle a sus adversarios históricos que intercedan ante el gobierno iraní, a fin de que recapaciten en su decisión de cerrar a cal y canto el citado Estrecho. Como no podía ser de otra manera, los funcionarios rusos -Ratcliffe no vio a Putin- le dejaron bien en claro que no podían hacer nada en ese sentido, y como buenos aliados de Teherán, inmediatamente transmitieron al gobierno iraní, que las amenazas de Estados Unidos son de «alcance limitado».
Es de lógica pura que Rusia, que sigue librando una guerra, aún inacabada, de desnazificación contra Ucrania y la OTAN, donde EE. UU. no las tiene todas consigo para disciplinar al sionista Zelenski ni a sus aliados de la Unón Europea, disfruta en parte, al ver como el imperio se sigue desgastando.
Es cierto, que a falta de Ormuz, Trump sigue apretando las clavijas para que los yacimientos petrolíferos que controla en Venezuela aumenten la extracción de crudo, pero en su avidez no deja de pensar en las ganancias millonarias que se le van de la mano si no logra doblar el brazo a la nación iraní. De allí, que el propio Ratcliffe, que tuvo que sufrir el bochorno de una negativa tajante por parte de los rusos, es quien ahora tendrá que encargarse de convencer a sus jefes que es cierto que la era de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente ha terminado. Y es tan así, que los propios aliados históricos de Washington, hoy se acercan a Teherán para enlazar acuerdos de todo tipo.
Irán es aquí y ahora una potencia mundial, y para llegar a serlo, supo anudar a la perfección y con una voluntad política y diplomática de acero, las relaciones con esos millones de ciudadanos iraníes, civiles y militares, que todo el mundo pudo visibilizar, jugándose la vida en las calles para apoyar a su gobierno, durante las peores horas de la agresión yanqui-sionista. Son esas multitudes esclarecidas ideológicamente, que abrevan en un islam revolucionario y en los principios impartidos por su Líder Supremo, que demuestran a propios y extraños que el imperialismo no es invencible, y que las victorias estratégicas solo se obtienen luchando.