La lucha no es contra las clases, sino contra los gángsters en la Casa Blanca

Manuel Gragirena

Vi La Hojilla desde su nacimiento hasta su segunda salida de VTV. Le agradezco muchísimo a Mario por su extenso trabajo. Puedo decir, sin ruborizarme, que La Hojilla me formó en lo comunicacional y en lo político. Aprendí mucho y me hizo investigar muchísimo.

Sin embargo, debo decir que Mario, víctima de sí mismo, dos veces me ha puesto en la contradicción de criticarlo y hasta oponerme. La primera fue cuando Maduro asume formalmente el gobierno tras la muerte del inolvidable Chávez; y la segunda está en pleno desarrollo, después de que Delcy Rodríguez debe asumir el poder tras el secuestro de los héroes —pues eso son— Nicolás y Cilia.

Mario anda diciendo que la madrugada del 3 de enero tomó su fusil dispuesto a todo, esperó en vano la activación del plan de seguridad integral de la nación y califica de «retiro cobarde» a los líderes de la FANB.

Hay cobardía y hay sensatez. Sabíamos todos que a las orillas de nuestro mar territorial, por meses, estuvo preparándose una enorme flota bélica gringa. La entrevista que Maduro da a Ramonet el 31 de diciembre anuncia que en cualquier momento entrarían; Maduro lo dijo cuando expresó que en una primera llamada Trump fue cordial y días después sus voceros fueron menos cordiales. Así que ya no quedaba más que repensar la estrategia ante lo inminente del ataque, pues resistir militarmente significaba la muerte de todos: todos los dirigentes del chavismo y muchos, tal vez miles de Marios Silvas. Incluyéndome.

Veamos el caso de Irán, siguiente objetivo militar. Hoy hay una guerra asimétrica, desigual, y ninguno de los dos bandos está «ganando» en términos absolutos: EE. UU. e Israel han logrado desmantelar parte importante de la infraestructura nuclear y militar iraní, han asesinado a gran parte de sus líderes —incluyendo al ayatolá— y han impuesto sanciones y bloqueo naval. El pueblo iraní está sufriendo en solitario, resistiendo un embate que los gringos mantendrán por años; pues aunque hoy la prensa gringa ataque a Trump y diga que ha caído en un conflicto prolongado, lo realmente cierto es que ellos, los gringos, viven de la guerra, así que de la boca para afuera critican mientras se frotan las manos.

Mario hace explícito lo que todos vemos: la pérdida de la soberanía. Pero no dice lo que también es absolutamente cierto: la subordinación es consecuencia directa de una invasión.

Para simplificar, recurro al ejemplo del malandro que de repente se acerca hasta ti, pistola en mano apuntando a tu cabeza, y te pide las llaves del carro. Y para ponerlo más dramático, supongamos que estamos en una calle en la madrugada del 3 de enero y tu familia está dentro del carro… ¿Entregas la llave y le pides a tu familia que se baje, o te pones a pelear contra el asaltante?

La situación no está sencilla para Venezuela; desde hace rato no lo está. Cinco presidentes de los EE. UU. en 7 períodos de gobierno han arremetido ferozmente contra la economía de Venezuela desde 1998 hasta hoy. Y en particular, los últimos tres presidentes han sido inmisericordes. Crearon todas las condiciones para que entre venezolanos cayéramos en una guerra civil y no lo lograron; así que, a pesar de la conseja que está grabada en nuestra mente de hablar de «burocracia corrupta» y cúpulas económicas, no tuvimos ni tenemos la intención de destruirnos entre nosotros. Al contrario, luego de cada escaramuza, comparando lo aquí ocurrido contra otros ejemplos del globo que desgastaron el apoyo popular, la opción ha sido llamar al diálogo, y eso significa buscar conciliaciones entre el Gobierno y los sectores de poder económico: eso no es traición.

Al igual que a Mario, me toca saborear la amargura de ver a Jorge Rodríguez y a Dinorah Figuera firmando un acuerdo para que los británicos desbloqueen nuestras cuentas bancarias —en donde no solo hay dólares sino también lingotes de oro— bajo la excusa de atender la emergencia generada por los terremotos de junio en el país.

Lo amargo es saber que la Dra. (médico) Figuera hoy es la vocera de la administración Trump, debería estar en la cárcel por usurpación de funciones y por daños patrimoniales contra Venezuela, y que los terremotos cuasi simultáneos no pueden ser utilizados para ocultar un robo.

Lo amargo es saber que se acuerda la creación de un fondo administrado con la participación de agencias multilaterales de Naciones Unidas, como si fuésemos un país en guerra civil o una cuerda de salvajes.

Mario tiene razón para andar arrecho, todos lo estamos. Todos sabemos que nuestro problema interno —pues no se trata de María Corina, Dinorah o la cuerda de maricorinistas—, el problema nuestro y de todo el mundo, es el actual menjurje económico mundial (no quiero llamarlo sistema) dominado por los capos de Washington.

El problema ya no es de ricos y pobres, no es un peo de lucha de clases entre marginales y sifrinos. El problema es que el mundo fue dolarizado temporalmente hace 80 años y el dolarizador no acepta que ya las condiciones para esa temporalidad fueron superadas, pues su modo de vida está atado a esa «ventaja exorbitante».

No estamos derrotados, no estamos en guerra civil, el mundo sabe que Nicolás es inocente. Los pueblos del mundo han visto cómo el gobierno de los EE. UU. se comporta como un gángster. A pesar de este revés, no pudieron exterminarnos porque no les dimos la excusa.

La lucha sigue. Observa a Rusia, India y China: están facturando en rublos, rupias y yuanes. Pueden hacerlo porque tienen grandísimas industrias propias y porque tienen bombas atómicas; no las compran, las fabrican.

Aunque la agresión contra Irán es posterior al 3 de enero, haber pretendido una actitud igual tiene dos enormes diferencias. Primero, Irán fabrica sus armas, no las compra. Y segundo, Irán puede resistir (por un tiempo no infinito) porque por el Golfo Pérsico, rematado en el Estrecho de Ormuz, no menos de 20 gigantescas compañías petroleras deben sacar no menos de 20 millones de barriles de petróleo todos los días. Nosotros, abiertos al Caribe, sacamos un buque que los gringos asaltan y secuestran.

Las luchas de clases que sabiamente Marx y Engels expusieron se referían a la lucha entre personas, gente de carne y hueso, entre los burgueses emergentes y los aristócratas instalados. Los burgueses y los aristócratas encontraron una simbiosis en las llamadas monarquías parlamentarias, pero todo eso fue antes de la Primera y Segunda Guerra Mundial, cuando la moneda tenía valor intrínseco (había morocotas de oro y fuertes de plata), el combustible era carbón para locomotoras y la electricidad no pasaba de ser un fenómeno casi mágico.

Hoy, esa lucha de clases es entre países, entre naciones, entre los que se creen elegidos por Dios o por un destino manifiesto y los que, como nosotros, anhelan una soberanía independiente para establecer alianzas y comercio con cualquier nación del mundo.

No es un problema de luchas de clases. El verdadero problema es que hay gángsters en la Casa Blanca y no hay fuerza policial que pueda hacer valer alguna decisión judicial. No hay nadie que pueda estar a salvo al llevarles la contraria, no hay —por ahora— nación capaz de hacerles contrapeso sin exponer a sus pueblos a una guerra asesina. Ellos, los gángsters, no están dispuestos a perder comodidad y confort. Necesitan del petróleo ajeno, la sustancia más importante para sostener ese modo de vida. Aquí hay mucho y vinieron por él apuntando sus enormes cañones a la cabeza de nuestros dirigentes, mientras todos, la familia venezolana que estábamos dentro del carro, y Mario en el asiento de adelante, pudimos bajar y ver el secuestro por CNN.

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