Por: Eduardo Orta Hernández
Soy de Cagua, soy Caribe, soy Meregoto.
Escrito con amor y franqueza al servicio del pueblo
Hay muertos que respiran.
Dedico estas líneas al filósofo, historiador, hermano Jesús Manuel Vivas Pineda
Cagua, desde la primeras comunidades Caribes y Meregoto, desde tiempo ancestrales, fue un espacio aprovechado por sus potencialidades agrícolas, fértiles su suelo aluvional, clasificado como A1, condición indispensable para producir más de cuarenta renglones agrícolas destinados a la alimentación de la población, bien aprovechado por las comunidades indígenas, en una armónica relación hombre y naturaleza.
Su importancia como productora agrícola se mantuvo durante y después de la conquista y de la colonia, también ha funcionado como puerta comunicativa hacia los llanos de Guárico y Apure y como encrucijada comercial de trueque, ventas y del intercambio de los productos con otras localidades y con el exterior, con las islas, ciudades y pueblos del mar Caribe. La presencia de su cerro (indebidamente llamado con el epónimo de “El Empalao”) hipotéticamente usado ante de la llegada del invasor europeo como punto de observación astronómica y geográfica, desde donde se mira todo el Valle de los Tacarigua, “usado como un excelente punto de seguridad, control y visualización de cualquier movilización o presencia humana”, conforme a la apreciación de nuestro muy querido, admirado y respetado filósofo, verdadero y auténtico historiador Jesús Manuel Vivas Pinedas, a quien visite este domingo, junto a mi hija Laura y mi nieta Laureny, en su acogedora vivienda, rodeada de árboles, vida, sabiduría y honradez.
Dan rastro de su actividad agrícola privilegiada, del permanente asiento de la comunidad aborigen, de su estrecho y profundo vínculo con la tierra y de su organización territorial, la construcción de un cementerio, cuyos rastros existe, presente los restos de nuestros ascendientes (aún ante la indiferencia y dejadez de los gobiernos municipales), al punto que permitieron la construcción de una urbanización, al pie del cerro, sitio donde se encontraron restos humanos precolombinos, que lamentablemente no fue causa (como debió ser) para paralizar la obra urbanista y convocar a los antropólogos, arqueólogos y afines para iniciar el debido estudio de nuestros antepasados. Como especie de un sainete caótico mal montado, denominaron al urbanismo “Tierra Santa”, lo cual no bastó para preservar este monumento histórico, esa reserva cultural, ese tesoro de nuestra identidad, de nuestro origen y de nuestra historia, pues, el rastro de nuestra población indígena sucumbió, debajo de los cimientos de los edificios construidos a la falda del cerro y que fue tasajeado como carne de ternera, deforestado parte del mismo, removido su relieve. Cerro siempre amenazado por la voracidad de constructores e inversionistas urbanísticos y la invasión de ranchos, de una población excluida de viviendas. Pensamos y sostenemos que la manera de protegerlo es declararlo PARQUE MUNICIPAL MEREGOTO.
Una larga continuidad histórica, el aprovechamiento en Cagua como espacio agrícola, así trascendió a la milenaria comunidad originaria y permanece trescientos años bajo el dominio y yugo colonial español, también su papel como proveedor agrícola estuvo presente después de la guerra de independencia, lo revelan las hacienda Sabana Larga, Casupito, la Segundera, el Carmen, Aguirre, entre otras. Su espacio estaba destinado en principio a la producción de alimentos de consumo directo, sin procesamiento industrial, posteriormente la introducción de la Caña de azúcar, el millo y otros rubros obedecieron al requerimiento del comercio y de la industria, esto se mantuvo hasta que la dependencia de la renta petrolera impuso un modelo económico invasivo para el irracional aprovechamiento del espacio agrícola de Cagua.
Comienza a finales de la década de 1950 a verse a Cagua, ya no como productora agrícola, sino como un asiento de industrias, como un enclave de intereses extranjeros , del capitalismo transnacionales y se inicia el modelo de “sustitución de importaciones” de una falsa industrialización, fuertemente intervenida por el capital extranjero, dependiente del insumo foráneo, instaladas sobre un reducido espacio agrícola -en un país con solo el 2% del territorio con tierras como las del Municipio Sucre del Estado Aragua, que deberían preservarse eternamente para tal fin o uso- aprovechándose (los inversionistas) de las áreas planas que reducen los costos de inversión, la cercanía de los puertos de la Guaira y Puerto Cabello, y la garantía del mayor mercado de consumo nacional (alrededor del 50 por ciento de la población se encuentra asentada en menos del 4% del territorio nacional), constituido por cuatro Estado del país, en la llamada media luna, La Guaira-Puerto Cabello.
Todo un desastre organizativo, un modelo económico impuesto, una nueva actividad que irrespeta y agrede a la naturaleza, que no se sujeta a las condiciones y vocación de uso del suelo, que condena a la dependencia y a la importación de alimentos del extranjero y que anárquica y desordenadamente, con voracidad de satanás, sobre tierras agrícolas construye especulativos urbanismos, fragmentos la tradicional y solidaria vivienda horizontal cambiada por la vida residencial vertical, son ahora los apartamentos y edificios que le cierran las puertas a los vecinos, que antes vivían a pie de calle, se reunían y compartían gustos, alegrías y penas, la cebolla o la cabeza de ajo, el sancocho entre familia y comunidad llegó a su fin, hipoteca de veinte y treinta años, medio respirar en los asfixiantes cajones de concreto, hacen olvidar la brisa y las frutas de los árboles, así como sus sombras, es la organización económica de un espacio -no es planificación- para la acumulación, la vanidad y el mal vivir, ayudado por el hacha del del sacrosanto leñador, por los privilegios y exoneraciones de impuestos de todo tipo.
Dentro de todo ese gran desastre organizado y pensado, crecen cinturones de miseria, el desplazamiento poblacional, presencia de barrios pobres, familias desempleadas, sin asistencia a la salud, en deplorables condiciones de vida, subpagados, sobreexplotados, se evidencia por doquier el deterioro general del ambiente, la contaminación y degradación de fuentes de agua, talas masivas de árboles y desaparición forzosa de la fauna y de específicas especies, de bosques y también de originarios animales.
Cagua era asiento del originario Araguato Rojo o Mono Aullador, sus potentes aullidos se escuchaban, aún a finales de los años 70 del pasado siglo, claros y nítidos en la Avenida Sabana Larga, en pleno centro de la ciudad, a cuatro cuadra de la Alcaldía o de la plaza Sucre (que es la principal del pueblo).
Una originaria especie de color rojizo brillante o caoba, de pelo hirsuto, rígido, áspero y barba grande, con una estatura de 70 u 80 centímetros, su cola colorada que usaba como otra de sus extremidades. Una especie endémica, que pertenece solo al lugar donde reside.
En nuestros paseos “selváticos”, convertido en novatos exploradores, los compinches nos adentrabamos en los espacios, en el hábitat de los Araguatos, muy cerca del pueblo, veíamos sus cara sería y preventiva ante nuestra presencia, eran manadas, 10 o 15 por lotes, que utilizaban el dosel (las altas y entrecruzadas copas de los árboles) para desplazarse, así vivían en grandes árboles de Samán, Ceiba, Mijao, Caro Caro, Mata Palo o Higuerote, Jabillo y Jobos, dispensadores de semillas y tiernas hojas, flores y frutos base de su alimentación folivora, muy rara veces podíamos verlos en el suelo, así evitaban a los depredadores. Sus aullidos eran al amanecer o al atardecer o para alertar nuestra presencia o cualquier otro peligro, así como marca de territorialidad, antes otros grupos o manadas, mecanismo que evitaba entre ellos, agresiones físicas.
En esos espacios, en esos territorios de grandes grupos de Araguatos, acompañados por una gran variedad de aves, entre ellas, loros, cardenalito, turpial, pico e plata, arrendajos, canarios, azulejos, cristofué, incluyendo un cerro (no recuerdo su altura) que llamábamos el cerrito -hoy no existe-, se alternaba con los caballos, las vacas, el toro, las burras y en determinados espacios las siembras de papá, cebolla, zanahoria, cambures, caraotas, tabaco, caña de azúcar entre otros.
Esas especies complementarias de la vida humana, del compartir de forma armónica entre el ser humano y la naturaleza, la experiencia de vivir y de ver la existencia de los grandes árboles, del bosque, de comer en un arroyo o manantial, sentados en el suelo un pedazo de panal de miel, respirar el aire puro, de bañarse en los canales de riego, o entre las gotas de lluvias, al ser sorprendido en pleno bosque, por el desprendimiento de esas oraciones ancestrales, de vivir todas las correrías y aventuras, bien que valían la pena de “jubilarse” de la escuela y exponerse al severo regaño y a las acciones de la correa.
Todo ese escenario, ese paisaje de gratitud y vida divina lo arrasó el modelo económico y político, el sistema de vida capitalista, rentista petrolero, dependiente e intervenido por el gran capital trasnacional, nos impusieron en modo de vida fundamentado en el gran mito del “desarrollo y progreso”, sobre la base de una cultura depredadora, egoísta, individualista, competidora, miserable, cruel, destructora del hombre y la naturaleza.
Hasta hace poco existían muestra de esos grandes árboles, que bajo sus frondosas sombras estudiamos, bellos y elegantes Jobos, Jabillos, ceiba, a todo el largo camino centro de Cagua la segundera, hoy día tristemente y lamentablemente desaparecidos, aún quedan sus destrozados troncos, a la vista de los parroquianos y transeúntes, inmensas masa de madera con diámetro de dos metros a la orilla de la carretera, que son testigo de una pasado de vida y hoy, en el 2026, de muerte. Que tristeza tan grande es ver, presenciar la tala, la destrucción de verde y grandiosos árboles y la extinción de los Monos Araguato o aulladores y otras faunas incluyendo las perezosas.
Cagua, 24/ agosto de 2026
Polvorín. Explosión insumisa de ideas.
Un combate por la vida.
Soy de Cagua, soy Caribe, soy Meregoto.