El discurso crítico de Marx cuatro décadas después…

JAIME ORTEGA

Este año se cumplen 40 años de que el libro de Bolívar Echeverría irrumpiera en el debate marxista, que en la década de 1980 se encontraba aún animado. La compilación de textos contenido en el volumen titulado El discurso crítico de Marx, daba cuenta de una perspectivas novedosa y potente para actualizar lo que el filósofo de origen ecuatoriano, pero avecindado en México desde 1968, entendía como el núcleo del marxismo: la crítica de la economía política.

La perspectiva de Echeverría se distanciaba de otras, que también se encontraban vigentes en aquellos momentos de tránsito al modelo neoliberal, que no había dejado totalmente atrás el modelo autoritario, pero con una cierta excepcionalidad política frente a las continuas interrupciones institucionales que solían ocurrir en una buena porción del continente. En la academia nacional se había logrado desarrollar la conceptualización de la filosofía de la praxis, encabezada por Adolfo Sánchez Vázquez y que tenía en la revista Dialéctica un punto de resonancia significativo. También estaba la mirada “levinasiana” de Enrique Dussel que de manera coetánea a Echeverría publicaba sus volúmenes de lectura de los Grundrisse y manuscritos posteriores. La perspectiva althusseriana de Carlos Pereyra centraba su objetivo en la crítica de la política y en la concepción específica de la temporalidad a partir de la noción de coyuntura.

Fue Pereyra quien asumió una mirada abiertamente crítica de la de Echeverría, cuando en una elegante y portentosa reseña publicada en La Jornada, realizó un recuento de lo que consideró una perspectiva unilateral en El discurso crítico de Marx. Pereyra señaló que la vida social no podía ser reducida a la dinámica mercantil-capitalista y que, coetánea a ella, existían otras formas de socialización, como lo era la que se aglutinaban en torno a la acción política y el Estado, que no podían ser comprendidas bajo las categorías de El Capital.

El revuelo de aquella crítica se extendió hasta el IV Congreso que reunía a los practicantes de la disciplina filosófica, celebrado en Toluca. En aquella reunión académica, Pereyra siguió la ruta crítica iniciada en su juicio al texto de Echeverría, señalando que el marxismo era algo más que la palabra sagrada de Marx y definió a este como un “espacio teórico” a partir del cual pensar la realidad, alejándose de cualquier lectura religiosa (palabra por palabra, párrafo por párrafo); además, señaló que el marxismo era una de las corrientes críticas del capitalismo, pero que de ninguna manera era monopólica. También aducía que el marxismo dominante no configuraba una interpretación correcta de las clases sociales, pues las pensaba aún como portadoras de un proyecto histórico asignado, algo que no se verificaba en la realidad. En resumidas cuentas, Pereyra asumió las consecuencias de la “crisis del marxismo” y las colocó en diálogo con el caso mexicano.

Echeverría respondió aquella crítica en un texto paradójico titulado Todos somos marxistas, pues aunque tensionaba con su propuesta la obra de Marx, afirmaba la noción sartreana de que el marxismo “era el horizonte insuperable de la época”. Lo que quería decir que todas las corrientes del pensamiento social, independientemente de su objetivo o método, tenían que vérselas con la obra del alemán, si algo querían decir sobre la realidad. Paradójico resultaba, pues en el prólogo a su libro, presentado bajo el título En la hora de la barbie, asumió elementos de la “crisis del marxismo” como algo a partir de lo cual se debía pensar el desarrollo teórico.

Este debate resulta muy importante cuatro décadas después en medio de la gran crisis del neoliberalismo y del ejercicio del poder imperial por parte de algunos estados. Pues, aunque la perspectiva de Echeverría era muy original y venía bien en tiempos de predominio de lo mercantil como era la coyuntura neoliberal, hoy parece que deberíamos también atender los llamados críticos de Pereyra. Y es que, no hay horizonte de futuro para las izquierdas, sin una adecuada configuración del Estado, la política y los sujetos del cambio. Frente a la noción de Echeverría de que la nación era “nación del capital”, adecuada para los tiempos neoliberales, hoy podríamos mirar a la nación desde el eje sugerido en la obra de Pereyra, quien la problematizó como una construcción posible de ser configurada desde la lucha política. Abandonando toda teleología, para Pereyra el Estado y la nación eran el resultado de contradicciones y conflictos y no entes cargados de un proyecto histórico asignado exteriormente.

Ello no significa que El discurso crítico de Marx no guarde algún tipo de vitalidad o sus tesis sean prescindibles. Pese a la crisis neoliberal, el eje que constituye el paso de lo mercantil a lo capitalista no sólo no ha disminuido como mecanismos de socialización, sino que se encuentra más presente en la vida de todas y todos los seres humanos. La diferencia, quizá, es que el tiempo actual con su despotismo imperial desenfrenado y salvaje, nos recuerda que para las clases populares la política es la única acción común posible y vigente y que ésta, tarde o temprano, debe osificar en figuras institucionales, estatales y nacionales.

*Investigador UAM, autor de Ternura y tempestad. El centenario del Fidel y el horizonte de la liberación nacional (FRSL, 2026)

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