Por Ángel González

El gobierno de Estados Unidos, bajo la administración Trump y con Marco Rubio como secretario de Estado, ha desplegado una sofisticada operación de propaganda para construir un pretexto que justifique una escalada agresiva contra Cuba. Detrás de este diseño se encuentran Mauricio Claver-Carone y Jeremy Lewin, los principales artífices de una estrategia que busca introducir en la opinión pública la narrativa de una «amenaza cubana» para allanar el camino a una intervención con el menor costo político posible.

Los arquitectos del discurso

Mauricio Claver-Carone, nombrado por Trump como enviado especial para América Latina, ha sido identificado por el gobierno cubano como el «arquitecto y verdugo» que, junto a Marco Rubio, diseñó y ejecutó más de 200 medidas adicionales al bloqueo entre el verano de 2018 y enero de 2021, con el propósito de lograr que Cuba colapsara. Nacido en Miami y de origen cubano, Claver-Carone construyó una relación de confianza con Trump durante su primer mandato como director de Asuntos para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional. Su hoja de servicios lo exhibe como el ejecutor, junto a Marco Rubio, del endurecimiento del bloqueo contra la isla.

El propio Claver-Carone ha reconocido que su objetivo es implementar «herramientas más modernas y efectivas» para presionar a Cuba, enfocándose en sectores económicos clave del régimen con el objetivo de debilitar su control. No es casual que haya prometido, incluso antes de asumir el cargo, que «el que ríe último ríe mejor» y que preparaba medidas peores para Cuba.

La fábrica de pretextos: el informe de 100 páginas

El 20 de julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un informe de alrededor de cien páginas titulado «Cuba: The Capital of 21st Century Communism«. El documento acusa a Cuba de haber liderado una campaña de «espionaje y subversión» dentro del territorio estadounidense durante casi siete décadas.

Sin embargo, el informe presenta características que revelan su naturaleza fabricada:

1. Ausencia total de pruebas verificables: El texto no cita causas judiciales abiertas, no identifica a agentes cubanos con nombre y apellido, no presenta interceptaciones de comunicaciones ni documentos de inteligencia desclasificados que permitan contrastar sus afirmaciones. Lo que ofrece es una colección de inferencias y una retórica de «culpabilidad por asociación».

2. Uso de Inteligencia Artificial: Diversos medios han señalado que el documento «parece elaborado con Inteligencia Artificial sesgada a la derecha», lo que sugiere una fabricación tecnológica de la narrativa.

3. Tesis imposible de probar: El informe comienza con una conclusión previa —que Cuba ha desarrollado una guerra integral contra Estados Unidos— y luego selecciona hechos que intentan encajar en esa narrativa. La lógica es circular: se parte de un caso aislado, se añaden contactos o afinidades, se integran en una sola red, se atribuye al Estado cubano y el conjunto se presenta como una amenaza actual.

4. Omisión del contexto histórico: El informe no menciona el bloqueo estadounidense a la isla, los múltiples intentos de asesinato contra líderes cubanos, la invasión de Bahía de Cochinos ni los esfuerzos actuales para asfixiar la economía cubana.

La contradicción insalvable

La narrativa de una «Cuba amenaza» para Estados Unidos choca con una realidad ineludible: Washington mantiene un bloqueo económico contra la isla desde hace más de seis décadas. Según datos citados, el bloqueo le cuesta a Cuba más de 5.000 millones de dólares al año solo en daños económicos directos.

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel ha sido contundente: «Si algún país ha espiado y atacado a otro a niveles obscenos, ese ha sido Estados Unidos contra Cuba». Y añadió: «Cuba nunca ha actuado para dañar al pueblo estadounidense ni ha pretendido afectar la seguridad nacional de EE.UU.».

La asimetría de poder es tan evidente que la acusación resulta grotesca: un país del tercer mundo, bloqueado y asediado durante décadas, difícilmente puede constituir una amenaza real para la superpotencia hegemónica. Como ha señalado el gobierno cubano, «Cuba no es ni puede ser una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos».

El espejo de la realidad: las pruebas cubanas

Mientras Washington fabrica acusaciones sin fundamento, Cuba ha documentado durante décadas las agresiones reales de EE.UU. contra su soberanía. El presidente Díaz-Canel ha recordado «los millones de dólares asignados anualmente a programas de cambio de régimen en Cuba» y ha señalado «episodios criminales, incluyendo plagas y enfermedades introducidas en Cuba, el dengue que cobró la vida de 101 niños; el derribo de un avión con 73 personas a bordo; atentados con bombas en hoteles; intentos de asesinato; y guerra psicológica».

Documentos de la CIA desclasificados por el propio gobierno de EE.UU. revelan que esa institución espiaba a compañías cubanas ya en la década de 1960. Cuba ha denunciado también la utilización de avionetas del Departamento de Estado para regar sustancias con la dañina plaga Thrip Palmi sobre plantaciones agrícolas cubanas.

El caso de Los Cinco cubanos —condenados en EE.UU. por espionaje cuando en realidad seguían la pista a grupos terroristas en el sur de Florida para prevenir ataques contra Cuba— es emblemático de cómo Washington invierte la realidad.

Un neo-macartismo transnacional

El presidente Díaz-Canel ha calificado esta ofensiva como parte de un «neo-macartismo transnacional» de «corriente claramente fascista que recurre a la mentira para generar pretextos sobre los cuales sostener agresiones contra Cuba».

El objetivo final de esta fabricación es claro: crear en la opinión pública estadounidense y mundial la percepción de una amenaza que justifique acciones que, de otro modo, tendrían un alto costo político. Como señala un análisis, el informe «es parte de un esfuerzo estadounidense más amplio para establecer una campaña global contra ‘el ala izquierda’, lo que algunos temen podría ser un primer paso para justificar la persecución y hasta detención de opositores progresistas a Donald Trump».


La guerra contra Cuba no es militar —al menos no aún— pero es real. Es una guerra económica, mediática y política diseñada desde los despachos de Washington por figuras como Claver-Carone y Rubio. El arma principal de esta guerra no son los misiles ni los bombardeos, sino la mentira convertida en documento oficial, la ficción presentada como inteligencia, el pretexto fabricado con inteligencia artificial para engañar al mundo y justificar lo injustificable.

FUENTE: RAZONES DE CUBA

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