Por Geraldina Colotti
¿A qué nos convoca hoy el Moncada cuando el
imperialismo pretende cerrar de golpe las alternativas
de liberación? En la presente coyuntura
—caracterizada por la crisis estructural del capital, el
avance del fascismo, el genocidio televisado contra el
pueblo palestino y el asedio permanente a los procesos
soberanos de América Latina —, lejos de ser un
recuerdo ritual o un dato inmóvil en los manuales de
historia, el 26 de julio irrumpe en el presente como
una lección viva de praxis revolucionaria.
Hablar del Moncada hoy exige rescatar una categoría
central del materialismo dialéctico: la ocasión
histórica. En la concepción marxista, la crisis
revolucionaria no es un evento místico ni el desenlace
automecánico de las contradicciones económicas; es
el encuentro cualitativo entre las condiciones objetivas
y la intervención decisiva del elemento subjetivo.
Las condiciones objetivas —la miseria estructural, la
descomposición del Estado burgués, los fraudes
electorales y la opresión de clase— están a la vista de
todos. La clase dominante ya no puede gobernar como
antes y los pueblos rechazan seguir viviendo bajo la
dictadura del capital. Sin embargo, la historia
demuestra que la crisis objetiva por sí sola no conduce
al socialismo; desprovista de una vanguardia
consciente y de una clase organizada, la
descomposición del sistema degenera
indefectiblemente en fascismo, guerra o barbarie.
Lenin formuló con precisión la ciencia del momento
oportuno: “Ayer era demasiado temprano, mañana
será demasiado tarde”. En 1953, frente al parálisis de
la política burguesa y al dogmatismo de quienes
aguardaban pacientemente unas condiciones
«perfectas» que jamás llegarían, Fidel Castro y la
Generación del Centenario asumieron la
responsabilidad histórica de romper el consenso de la
impotencia.
Para calibrar la dimensión teórica y política del 26 de
julio de 1953, es imprescindible ubicar contra qué
tendencias se levantó la Generación del Centenario.
Tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista en marzo
de 1952, la oposición cubana se hallaba paralizada por
dos desviaciones complementarias: por un lado, la
impotencia de la política burguesa tradicional; por el
otro, el dogmatismo determinista de la ortodoxia
comunista de la época.
Las fuerzas del reformismo y de la burguesía
opositora (encarnadas en el Partido Auténtico y los
sectores oficialistas del Partido Ortodoxo) apostaban a
la parálisis institucional. Pretendían combatir una
dictadura militar proimperialista mediante recursos de
inconstitucionalidad ante un Tribunal Supremo
cooptado, o aguardando negociaciones de pasillo y
falsas promesas electorales del régimen. Preferían la
garantía de la propiedad privada bajo la bota de
Batista antes que armar al pueblo o desencadenar un
proceso revolucionario de clase.
Al mismo tiempo, la dirección del Partido Socialista
Popular (PSP) leía la coyuntura desde un esquema
mecanicista y etapista. Sostenían que Cuba no estaba
«objetivamente madura» para la insurrección porque
no se cumplían los manuales teoricistas de la
acumulación de fuerzas en los sindicatos urbanos o
porque la correlación internacional no lo aconsejaba.
Aguardaban pasivamente a que las contradicciones del
capitalismo maduraran «por sí solas», tildando
inicialmente la acción del Moncada como un
«aventurerismo putschista».
Fidel Castro y los jóvenes trabajadores, campesinos y
estudiantes que asaltaron el Moncada rompieron
radicalmente con ambos callejones sin salida.
Demostraron que a las dictaduras del capital no se las
vence con las leyes redactadas por la propia burguesía,
y que la vanguardia no debe esperar pacientemente a
que las frutas caigan del árbol. El Moncada fue la
demostración práctica de cómo la acción audaz de la
vanguardia política —el motor pequeño— puede y
debe actuar como catalizador dialéctico para encender
la conciencia y la movilización de las masas: el motor
grande de la historia.
Aquella mañana de 1953, los jóvenes revolucionarios
no salieron a asaltar un cuartel militar buscando una
victoria táctica inmediata o un cálculo utilitario de
daños. Salieron a subvertir la lógica de la resignación.
Militarmente fue un revés sangriento, pero
políticamente constituyó el motor ineludible de la
victoria estratégica. De los calabozos y las torturas de
la dictadura proimperialista de Fulgencio Batista no
brotó el desánimo, sino La historia me absolverá: un
programa de transformación social, justicia de clase y
soberanía nacional.
Ese hilo rojo de la historia fue reasumido con lucidez
por el Comandante Hugo Chávez. Cuando la
oligarquía pretendió encarcelar la dignidad popular
tras el alzamiento militar de 1992, Chávez transformó
la derrota táctica en victoria política. Años más tarde,
al parafrasear el alegato fidelista expresando que «la
historia me absorberá», sintetizó la fusión dialéctica
de la memoria combativa: la certeza de que el sujeto
pueblo no solo es absuelto por la historia, sino que se
diluye y se expande en ella como una fuerza colectiva
e invencible.
En el tablero geopolítico actual, los centros de poder
imperialista —encabezados por voceros del
halconismo estadounidense como Marco Rubio— han
reactivado la retórica de la Guerra Fría bajo un nuevo
ropaje: la invención de una supuesta «internacional
terrorista» de izquierda. Todo movimiento, gobierno
soberano o pueblo que desafíe la hegemonía del dólar
y el saqueo de los recursos naturales es clasificado
bajo la etiqueta del «terrorismo» o la «delincuencia
organizada transnacional».
Este relato no es casual. El concepto global de
«seguridad» es la herramienta ideológica que utiliza la
clase dominante para tildar de ilegítima cualquier
expresión de soberanía popular. Es la trampa del
legalismo burgués: cuando los pueblos se expresan
mediante el voto y desafían el poder de las
oligarquías, las élites recurren a la guerra judicial
(lawfare), al fraude institucional —como el impuesto
en Honduras, Ecuador, Perú, Colombia — o a la
agresión armada directa. Y cuando la vía electoral
resulta incontrolable para sus intereses, no dudan en
apelar al secuestro de líderes soberanos, sequestrando
al presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro,
y a la primera combatiente Cilia Flores, para doblegar
la voluntad popular.
Frente a la consolidación de un orden global que
pretende penalizar la resistencia, el imperialismo
busca convencer a las fuerzas populares de que la
derrota es inevitable y de que la única opción es
aceptar la versión «amable» del modelo neoliberal.
Recordar el Moncada hoy significa afirmar que, donde
el enemigo decreta un punto final, la militancia
organizada construye un nuevo comienzo. Asumir la
lección del 26 de julio exige rechazar el posibilismo,
el electoralismo sin horizonte de clase y el derrotismo
ideológico.
Coger la ocasión histórica en el presente implica
transformar cada ataque del enemigo —desde la
criminalización de la protesta hasta el encarcelamiento
arbitrario de los dirigentes populares— en una
trinchera de organización de masas e
internacionalismo combativo. La dignidad de los
pueblos no se negocia en los despachos del gran
capital ni se rinde ante el chantaje del imperio. La
libertad de las y los presos políticos del pasado y del
presente, así como la restitución de la soberanía
usurpada, no vendrán como una concesión de las
instituciones burguesas, sino como resultado directo
de la lucha de clases.
La historia no espera a los indecisos ni perdona a los
vacilantes. Como nos enseñó la Generación del
Centenario, la historia se conquista luchando.