José Sant Roz
Llevamos casi dos siglos buscando un Hombre, así como andaba Diógenes con su fulana linterna. Un Hombre que nos saque del horror desatado por EE UU y Europa contra nuestro pueblo. Primero fue la guerra de Independencia, pero el odio de ese Occidente derrotado nunca fue superado. Venezuela le dio la Independencia a toda Latinoamérica y eso quedó como una condena y una culpa inextinguible.
Un Hombre tuvimos hace dos siglos: Simón Bolívar, pero desde que murió quedamos dando tumbos como un dios ciego, con los brazos y los pies amputados, con los pensamientos ateridos de dolor, matándonos unos con otros: sin poder consolidar un proyecto de Nación. No le convenía a Occidente después de ver el inmenso proyecto liberador en las ideas y pensamiento de Bolívar. Desde entonces cada gobernante que tuvimos fue impuesto por Occidente. Páez fue hechura de los ingleses quienes le buscaron una amante: Barbarita Nieves.
Traicionada Venezuela por Páez se nos vino encima la guerra federal que era una guerra civil, y con esa guerra civil apareció un petulante imitador de los europeos (Antonio Guzmán Blanco) quien quiso hacer de Caracas una pequeña Versalles. Creyó que eso era lo que queríamos, que eso era lo que buscábamos para civilizarnos, para ser decentes y admitidos como país alejados de indios y negros: ser Le petit París de América Latina.
Vivíamos en medio de un pavoroso desorden y en permanente guerra con nosotros mismos. No había respeto por eso que llaman instituciones y Guzmán Blanco asqueados de negros indios y mulatos, se fue a París con su familia, colocando títeres que fungieran como mandatarios en Caracas. La Justicia se volvió un burdel (léase “Memorias“ de don Pedro Núñez de Cáceres). Asesinaron a Zamora, y todo empeoró. Los tribunales funcionaban desde lupanares, garitos y casinos. En esos prostíbulos hacían vida ministros, magistrados, policías y generales, y muchos morían de sífilis. Por esta razón Rómulo Betancourt llegaría a decir que nuestros militares eran muy fáciles de comprar, que bastaba con buscarles un bisté y una puta.
A finales del siglo XIX nos encontramos con un país exhausto, sin tesoro público, sin renta, sin producción, sin orden ni moral, y fue en ese estado cuando los ingleses se aprovecharon de nosotros y se apropiaron de El Esequibo. Fueron largos años de horror en los que no aparecía un Hombre.
Aquello era el sumun de la miseria humana.
A principios del siglo XX surgió un Hombre corajudo, con ideas bolivarianas, decidido a imponer un cambio, enfrentando de nuevo a la pervertida Europa y al imponente imperio capitalista gringo. Fracasó ese Hombre llamado Cipriano Castro, traicionado por su compadre Juan Vicente Gómez. Siempre cunden los traidores cerca de los grandes Hombres.
Luego vino el Comandante Hugo Chávez quien comenzó a levantar la Patria desde cero pero prestos andaban los gringos para eliminarlo hasta que lograron envenenarlo y eliminarlo en 2013.
Decía Neruda que Bolívar despertaba cada cien años cuando despiertan los pueblos. No puede ser que tengamos que esperar otros cien años más, con el peligro siempre presente y poderoso de que a ese grande Hombre lo vuelvan asesinar.
Y luego vino el largo período de horror de una Venezuela asediada y criminalmente odiada por los gringos. Nunca hubo un país más ardorosa, aviesa, patológica y patéticamente odiada por los gringos que Venezuela. Estos enfermos también odiaban a Cuba y a Nicaragua, odiaron por muy poco tiempo a Chile, pero el odio hacia Venezuela ha sido monstruosamente demencial.
Habíamos resistido con Chávez, y los gringos durante el tiempo que estuvo vivo nuestro Comandante se cuidaron de atacarnos. Ellos saben ser pacientes y sobre la marcha no dejan de hacer su trabajo. A raíz de la muerte de Chávez, nos fueron sancionando y cercando, nos fueron ahogando poco a poco con ayuda de los europeos. Ambos, gringos y europeos, cual zopilotes, buscaban nuestra muerte para luego caer sobre nosotros y descuartizarnos. Ellos son pacientes, insistimos, y nunca dejan de hacer su trabajo.
El Presidente Maduro había resistido, había luchado a brazo partido sin dejarse amilanar, y los que le rodeaban no tenían ni su temple ni su liderazgo. Maduro había aguantado muchos grandes embates. Derrotó el horror que trataron de imponer declarándonos una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior estadounidense. Derrotó las guarimbas. Derrotó la Guerra Económica que duró ocho largos años. Derrotó el asedio financiero internacional que gringos y europeos implementaron desde la banca mundial, impidiéndonos comprar alimentos y medicina. Derrotó los actos terroristas que los gringos implementaron con apoyo del llamado Grupo de Lima en el cual participaban activamente la OEA junto con todos los gobiernos de Colombia, Brasil, Ecuador, Chile, Argentina, Panamá, gran parte del Caribe y Centroamérica, Uruguay y Paraguay.
Se creía que ante un ataque gringos lucharíamos y resistiríamos. Estábamos preparados para hacerlo. Teníamos armas modernas y radares con que vigilar y responder en caso de un ataque. Nuestros militares se fogueaban en ejercicios conjuntos con Rusia y Cuba. Estados Unidos movía su flota asesina y comenzó a volar lanchitas pulsando su poder, y colocándose cada vez más cerca de nosotros. Plantaron su portaaviones Gerald Ford frente a nuestras costas. Conocíamos todos movimientos, y las incursiones aéreas que hacia sobre nuestro territorio. Fueron largos meses de este asedio al tiempo que nosotros manteníamos movilizados al poder popular permanentemente en las calles. Llego diciembre, llegaron las hallacas y las misas decembrinas. Llegó el 1º de enero, y ahí, frente a nuestras costas estaban los gringos. Nosotros celebrábamos, nosotros cantábamos aguinaldos y quemábamos pólvora con luces de artificio. Y nosotros estábamos completamente confiados en el Alto Mando Militar, los hijos de Bolívar y Chávez. Y el 2 de enero nos fuimos a acostar, serenos y seguros de la victoria, y a las 2 de la madrugada comenzó a ocurrir lo impensable: INVADÍAN A CARACAS. Nadie lo podía creer. Todas las mentes estaban en Maduro, en el pueblo en armas, en las poderosas Fuerzas Armadas Bolivarianas. Veíamos los fogonazos, y sentíamos que ya estábamos en una guerra, y se fue acercando el amanecer, y todo lo impensable, insólito e increíble se fue haciendo realidad. Coño, ¡no puede ser!, se habían llevado a Maduro y a Cilia. ¡Que nos mataron a unos 120 compatriotas! ¡Qué carajo de país es este! ¡Ni un tirito! ¡No puede ser! ¡Cómo pudo suceder! Después se nos dijo que no tenemos miedo pero que estamos amenazados, y seguidamente se reestablecieron las relaciones diplomáticas con el Norte, y que luego nos volvimos felices, que todo se había arreglado económicamente y fluían desde nuestros los super tanqueros petroleros por el mundo, y como otro castigo divino viene y ocurren dos terremotos de un solo trancazo, y hasta los humanitarios israelíes han llegado para ayudarnos. Y esto último ha sido EL MÁS GRANDE MILAGRO JAMÁS IMAGINADO.