Irán acabó redactando todos los términos de la rendición de EEUU, en una guerra que éste empezó…

EEUU fracasó en alcanzar todos sus objetivos de guerra contra Irán

La agresión estadounidense-israelí contra Irán no alcanzó sus objetivos declarados y la nación iraní emergió fortalecida en los ámbitos político, militar y regional.

La reciente guerra impuesta a la República Islámica de Irán por Estados Unidos y su aliado sionista estuvo articulada en torno a numerosos objetivos amplios y ambiciosos, entre ellos el “cambio de régimen”, el desmantelamiento del programa nuclear iraní, la destrucción de sus capacidades misilísticas y la contención de su influencia regional.

Sin embargo, Irán no solo sobrevivió a la ofensiva militar más intensa y sin restricciones de su historia moderna, sino que emergió de ella más fuerte, más cohesionado y más influyente que nunca.

El Memorando de Entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) firmado digitalmente entre los presidentes de Irán y Estados Unidos la semana pasada constituye un testimonio de la victoria estratégica iraní. Cada cláusula reflejaría los logros de Teherán en el campo de batalla y el fracaso de Washington en ese mismo escenario.

Objetivo 1: “Cambio de régimen” – Una fantasía que murió en el campo de batalla

Estados Unidos inició la guerra, que Irán califica de no provocada e ilegal, con el objetivo declarado públicamente de derrocar a la República Islámica. Durante décadas, Washington había aspirado a un Irán que fuera obediente, flexible y desprovisto de la independencia ideológica y estratégica que ha definido al país desde la Revolución Islámica de 1979, liderada por el Imam Jomeini.

La guerra fue presentada como el momento en que ese objetivo finalmente se haría realidad.

La estrategia seguía la doctrina clásica estadounidense de “cambio de régimen”: bombardeos aéreos a gran escala, estrangulamiento económico, guerra psicológica y la creación de una quinta columna dentro de la sociedad iraní. La premisa era que una presión sostenida quebraría el sistema y desencadenaría un levantamiento popular contra el gobierno.

Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.

El liderazgo iraní permaneció intacto y unido. El asesinato del Líder de la Revolución Islámica no fracturó el sistema, sino que lo cohesionó.

El pueblo iraní, al que los estrategas occidentales suponían dispuesto a levantarse contra su gobierno bajo la presión de la guerra, salió en cambio masivamente a las calles.

Noche tras noche, durante más de 110 días consecutivos, millones de iraníes han manifestado su apoyo al liderazgo del país y a sus fuerzas armadas. La campaña “Yanfeda” (Sacrificio de la vida) se convirtió en un fenómeno nacional, con ciudadanos comunes expresando su compromiso inquebrantable con el sistema político de la República Islámica y con las fuerzas armadas.

La fantasía del ·cambio de régimen· murió no por maniobras diplomáticas, sino porque nunca estuvo basada en la realidad. El sistema iraní demostró capacidad de resistencia. Sus instituciones funcionaron bajo una presión extrema. Sus fuerzas armadas combatieron con cohesión y valentía, manteniendo su eficacia operativa pese a la pérdida de altos mandos.

Y, sobre todo, su población se negó a traicionar a su nación. La comunidad de inteligencia estadounidense realizó un cálculo erróneo de enormes proporciones. Había supuesto que la presión económica se traduciría en descontento político, pero se convirtió en desafío. Había supuesto que los ataques militares quebrarían la voluntad popular, pero la fortalecieron.

El MoU no contiene ninguna disposición sobre “cambio de régimen” porque Estados Unidos simplemente no pudo lograrlo. Constituye, según el análisis, una admisión de Washington de que su proyecto fracasó. El sueño estadounidense de un Irán posterior a la República Islámica está, en esta visión, prácticamente muerto, y la guerra lo habría demostrado más allá de toda duda.

Objetivo 2: Destrucción del programa nuclear iraní – Un fracaso absoluto

El programa nuclear fue una de las principales justificaciones de la guerra no provocada. Washington y Tel Aviv afirmaban que Irán avanzaba hacia la obtención de un arma nuclear y que una acción militar era necesaria para impedirlo.

Los ataques contra las instalaciones nucleares iraníes —primero en junio del año pasado y posteriormente durante la llamada Guerra de Ramadán— tenían como objetivo retrasar el programa durante años, si no destruirlo completamente. La meta era el “enriquecimiento cero”: el cese total de las actividades iraníes de enriquecimiento de uranio, el desmantelamiento de sus centrifugadoras y la retirada de todo el uranio enriquecido del territorio iraní.

Sin embargo, la infraestructura nuclear iraní permanece intacta. Las instalaciones de enriquecimiento continúan funcionando. Las centrifugadoras siguen operativas. El objetivo del “enriquecimiento cero”, defendido por Israel y sus aliados estadounidenses, habría sido abandonado.

Los científicos nucleares iraníes, pese a haber sido durante años objetivos de campañas de asesinato, continuaron su trabajo incluso durante la guerra. Las instalaciones nucleares subterráneas sobrevivieron a los bombardeos y el programa nuclear del país demostró su capacidad de resistencia.

El MoU reflejaría esta realidad. No existe ningún compromiso iraní para desmantelar su programa nuclear. No hay suspensión del enriquecimiento. No existe transferencia de uranio enriquecido. El único compromiso relacionado con el ámbito nuclear en el acuerdo sería la reafirmación por parte de Irán de su compromiso con el Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear de no fabricar armas nucleares, una posición que Teherán siempre ha mantenido y que considera compatible con su programa nuclear pacífico.

Estados Unidos se habría visto obligado a aceptar que los derechos nucleares de Irán no son negociables.

Esto representaría una inversión completa de los objetivos estadounidenses. Washington inició la guerra con la intención de poner fin al programa nuclear iraní y terminó el conflicto aceptando que dicho programa es permanente.

Objetivo 3: Debilitar el poder defensivo misilístico iraní – Fortalecido en cambio

El programa de misiles de la República Islámica fue otro de los principales objetivos. Los estrategas estadounidenses e israelíes creían que un bombardeo constante paralizaría las capacidades de producción iraníes, destruiría sus arsenales y reduciría su capacidad de proyectar poder.

El objetivo era dejar a Irán indefenso e incapaz de responder. Se lanzaron miles de ataques aéreos contra instalaciones de producción de misiles, depósitos y plataformas de lanzamiento. La meta era destruir la capacidad iraní de amenazar a sus adversarios o defenderse.

En cambio, según el texto, la industria misilística iraní se fortaleció. La guerra proporcionó un escenario real de prueba para la tecnología iraní. El uso de municiones y equipos antiguos habría permitido avanzar hacia sistemas más nuevos y sofisticados.

Las ciudades misilísticas subterráneas de Irán —excavadas en lo profundo de las montañas— demostraron resistencia frente a bombas diseñadas para penetrar búnkeres. Las líneas de producción nunca se detuvieron; de hecho, se aceleraron.

El cálculo estratégico de los planificadores iraníes habría demostrado ser acertado. Al distribuir las instalaciones de producción por todo el país, ubicarlas bajo tierra y mantener cadenas de suministro redundantes, Irán garantizó que ninguna campaña de bombardeos pudiera paralizar su industria misilística. Estados Unidos podía destruir objetivos en superficie, pero no alcanzar el núcleo de la producción iraní.

El MoU no menciona el programa de misiles iraní. No fue discutido ni negociado. Ni siquiera formó parte de la agenda. Incluso el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, reconoció el martes que no estuvo incluido en las conversaciones mediadas por Islamabad.

Estados Unidos se habría visto obligado a aceptar que las capacidades misilísticas iraníes son una realidad con la que debe convivir. El programa que supuestamente debía ser destruido es ahora más fuerte que nunca, y Washington ha firmado un acuerdo que ni siquiera lo menciona.

Objetivo 4: Contención de la influencia regional iraní – Ampliada en cambio

Washington y Tel Aviv esperaban utilizar la guerra para revertir la influencia regional de Irán. Buscaban debilitar el Eje de la Resistencia, aislar a Teherán y redibujar el mapa regional a su favor. La estrategia consistía en separar a Irán de sus aliados en Líbano, Palestina, Siria y Yemen, y crear un nuevo orden regional sin la participación iraní.

Sin embargo, la influencia de Irán se expandió significativamente. El Frente de la Resistencia es ahora más cohesionado y poderoso que antes. La guerra habría demostrado que Irán no puede ser aislado, que sus aliados son socios estratégicos y que cualquier solución de seguridad regional debe incluir a Teherán.

Hezbolá, Ansarolá, HAMAS y grupos de Resistencia iraquíes combatieron junto a las fuerzas armadas iraníes, coordinando sus esfuerzos y demostrando la profundidad de sus relaciones estratégicas. Este eje habría demostrado ser una alianza real, no una agrupación de actores dependientes.

La guerra también habría expuesto la debilidad del sistema de alianzas regional estadounidense. Los países del Golfo Pérsico, que durante décadas dependieron del paraguas de seguridad estadounidense, observaron cómo las bases estadounidenses eran atacadas sistemáticamente y cómo la disuasión de Washington se debilitaba.

La metáfora del “tigre de papel” adquirió un nuevo significado cuando los misiles iraníes alcanzaron el corazón de la infraestructura militar estadounidense en la región. Las monarquías del Golfo Pérsico, enfrentadas a la realidad del poder militar iraní, se vieron obligadas a recalcular sus estrategias regionales.

Por ello, el MoU exige explícitamente el cese de la agresión del adversario en todos los frentes, incluido el Líbano. Irán no solo se habría protegido a sí mismo, sino que también habría protegido a todo el Eje de la Resistencia. La inclusión del Líbano en el acuerdo sería un reconocimiento claro de que el papel regional de Irán constituye ahora una realidad permanente e innegociable.

Estados Unidos habría reconocido, en la práctica, que no puede eliminar la influencia iraní; debe adaptarse a ella.

La reciente guerra contra Irán estaba destinada a ser, según el artículo, el comienzo del fin de la República Islámica. En cambio, habría sido el comienzo del fin de la hegemonía estadounidense en la región.

EEUU impuso la guerra, pero Irán redactó los términos de su rendición

El memorando de entendimiento entre Irán y EE.UU. evidencia el fracaso de la “presión máxima” y la fortaleza estratégica iraní.

El reciente memorando de entendimiento entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra ilegal e impuesta contra la República Islámica marca un momento crucial en las relaciones internacionales contemporáneas, uno que desafía de manera fundamental las suposiciones convencionales sobre la eficacia de la presión militar y la diplomacia coercitiva.

Durante décadas, Washington operó bajo la premisa de que la “presión máxima” —sanciones económicas, agresión militar y aislamiento diplomático— podía obligar a Irán a capitular ante sus demandas maximalistas e irrazonables.

Los acontecimientos que se desarrollaron tras la Guerra del Ramadán han refutado de manera decisiva esta tesis. Lo ocurrido no ha sido la rendición de Irán ante la presión externa, sino el colapso de dicha presión frente a una resiliencia nacional extraordinaria, una adaptación estratégica y una concepción del Estado basada en el principio de que “lejos de nosotros está la humillación”.

El entendimiento alcanzado por Irán no le fue impuesto, sino que fue configurado por realidades creadas por el propio Irán mediante su resistencia indomable, su poder de disuasión y su capacidad de transformar la firmeza militar en victoria política.

El principio de Ashura como doctrina estratégica

Para comprender la postura de Irán, es necesario entender el marco cultural e ideológico que guía su enfoque frente a la presión occidental. El principio de Ashura —derivado del martirio del Imam Husein (P) y sus compañeros en las llanuras desérticas de Karbala— ofrece más que una inspiración religiosa; constituye una doctrina estratégica de resistencia digna y necesaria frente a probabilidades abrumadoras.

Como articuló el portavoz del Cuerpo de Guardianes de la Revolución (CGRI), el general de brigada Hossein Mohabi, las fuerzas iraníes combaten “con la cultura de Ashura y consideran la rendición una deshonra para sí mismas”, reconociendo que en esta batalla desigual “nuestro combatiente o vence o es mártir”.

Esto refleja un cálculo fundamental sobre la naturaleza del poder y los límites de la coerción material dentro de la escuela de pensamiento de Karbala, que se encuentra en el corazón de la República Islámica.

A partir de las enseñanzas de Ashura, la nación iraní nunca se rendirá ante las potencias hegemónicas del mundo, porque ha adoptado el lema de “nunca a la humillación” como principio rector. Este marco religioso y cultural transforma la resistencia de una opción táctica en un imperativo existencial. Cuando los iraníes dicen “nunca a la humillación”, no se trata de una fanfarronada, sino de la expresión de un compromiso civilizacional probado a lo largo de siglos.

De manera crucial, este principio ha demostrado su relevancia operativa. Frente a un adversario con recursos y experiencia militar superiores, Irán ha recurrido al diseño estratégico y a la preparación para hacer retroceder al enemigo. Como afirmó recientemente Mohammad Bager Qalibaf, presidente del Parlamento iraní y jefe del equipo negociador, Irán no es militarmente más fuerte que Estados Unidos, pero ha combatido en una guerra asimétrica y ha hecho retroceder al enemigo.

El adversario, por el contrario, poseía recursos pero carecía de coherencia estratégica.

El fracaso abrumador de la “presión máxima”

El pilar central de la estrategia estadounidense hacia Irán ha sido la denominada campaña de “presión máxima”, una política basada en la premisa de que el estrangulamiento económico provocaría el colapso interno o la capitulación política.

Esta suposición ha demostrado ser catastróficamente errónea. La estrategia se sustentaba en tres pilares: sanciones económicas paralizantes, aislamiento diplomático y agresión militar. Sin embargo, casi un año después de la reinstauración de este enfoque, ninguno de sus objetivos se ha cumplido.

El sector petrolero iraní, principal objetivo de estas sanciones ilegales, sigue operativo. A pesar de la expansión agresiva de las sanciones, la producción de crudo iraní se ha estabilizado en aproximadamente 3,2 a 3,4 millones de barriles diarios en 2026. Esta cifra supera los niveles de producción del primer mandato de Trump, cuando la producción cayó por debajo de los 2 millones de barriles diarios.

Las razones de esta resiliencia son estructurales: el exceso de oferta global de petróleo ha limitado el impacto en el mercado, China ha absorbido más del 80 % de las exportaciones marítimas de crudo iraní, y la infraestructura de evasión de sanciones de Irán ha evolucionado de tácticas improvisadas a redes sistemáticas.

Quizás lo más revelador ha sido el reconocimiento de funcionarios estadounidenses sobre la ineficacia de las sanciones. Tras la firma del memorando, el vicepresidente J. D. Vance se vio obligado a admitir que las disposiciones del acuerdo sobre las exportaciones petroleras iraníes no constituían una concesión significativa, ya que lo que había impedido sus ventas de petróleo no eran las sanciones, pues estas habían perdido en gran medida su eficacia.

Esto representa una retirada notable respecto al objetivo declarado por Trump de reducir las exportaciones de petróleo iraní a cero, un objetivo que, según el ministro de Petróleo iraní Mohsen Pakneyad, “nunca lograrán”.

El fracaso de la presión máxima se extiende más allá del ámbito económico. Irán ha demostrado que las amenazas externas y la coerción no generan fragmentación, sino cohesión. El manual de desestabilización —guerra económica, intimidación militar, operaciones encubiertas y manipulación informativa— ha “llegado a sus límites”.

En lugar de aislar a Irán, esta estrategia ha desestabilizado regiones enteras y ha consolidado ciclos de conflicto, al tiempo que ha reforzado la firmeza iraní. Estados Unidos, tras agotar sus herramientas tradicionales, se encuentra en una fase peligrosa en la que la retórica se ha vuelto más imprudente, con un respaldo abierto a la inestabilidad, amenazas públicas de uso de la fuerza y el abandono de la moderación diplomática.

Una diplomacia de la fuerza

La diferencia crítica entre las negociaciones actuales y los esfuerzos diplomáticos previos radica en el contexto estratégico. Como subrayó el principal negociador Qalibaf, las negociaciones se llevan a cabo ahora desde una “posición de fuerza”, con el “estandarte de la victoria en el campo de batalla” como respaldo de la diplomacia.

Esto representa una inversión fundamental del paradigma tradicional, en el que la diplomacia a menudo se desarrollaba desde una posición de debilidad o desesperación. Irán ha trascendido el modelo lineal que separa guerra y diplomacia, abordando ambos simultáneamente.

Este enfoque de doble vía ha resultado decisivo. Mientras los canales diplomáticos permanecían abiertos, las fuerzas armadas iraníes demostraron que cualquier intento de aprovechar la calma para obtener ventaja militar recibiría una respuesta firme e inmediata.

El valor estratégico del estrecho de Ormuz —donde Irán mantiene un control efectivo— ha funcionado como palanca, seguro y recordatorio constante de los límites de la coerción militar. Como señaló un análisis, Irán ha utilizado el estrecho no solo como un activo militar, sino como un medio para “convertir la resiliencia en el campo de batalla en influencia diplomática”.

Las propias negociaciones han funcionado como un método de lucha, no como señal de retirada, sin dejar espacio ni para la rendición ni para consignas vacías. Este enfoque se basa en el reconocimiento, articulado por el general del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica Yadolá Yavani, de que “el adversario debe asumir el costo de sus acciones y comprender que no puede imponer sus exigencias mediante presión y amenazas”.

La experiencia de Irán ha demostrado que el adversario debe asumir el costo de sus acciones imprudentes y comprender que no puede imponer sus demandas mediante la coerción. Este entendimiento implica reconocer que la agresión militar ilegal no provocada no logró los resultados deseados.

De forma crucial, este enfoque ha generado un amplio consenso interno. La idea de que la diplomacia debe ser la expresión articulada de la fuerza en el campo de batalla se ha convertido en un principio unificador. Este consenso refleja la comprensión de que los logros militares deben traducirse en beneficios políticos y jurídicos.

Como señaló Qalibaf, toda guerra que termina en victoria, si no se traduce finalmente en un documento legal y político, y esas victorias no se registran, no aporta beneficio alguno.

Implicaciones para la región y más allá

La experiencia iraní tiene profundas implicaciones para los países de la región y para el orden internacional en general. Demuestra que la premisa de que una potencia dominante puede imponer su voluntad mediante sanciones y amenazas militares ha sido fundamentalmente cuestionada.

En un mundo multipolar caracterizado por potencias emergentes y nuevos marcos multilaterales de cooperación, la coerción unilateral puede profundizar la resistencia en lugar de imponer la sumisión.

El memorando de entendimiento representa el reconocimiento de que los objetivos estratégicos no pueden lograrse únicamente mediante la fuerza o la presión. Lo ocurrido es la aceptación por parte del adversario de unas condiciones hechas posibles por la firmeza y fortaleza de Irán. La lección es que las naciones que mantienen su determinación pueden obligar a sus adversarios a aceptar nuevas realidades.

Este es el mensaje perdurable de Ashura y del levantamiento del imán Husein contra el corrupto despotismo omeya, adaptado a las complejidades de la gobernanza moderna.

La resistencia firme, combinada con adaptación estratégica y poder demostrado, puede transformar la presión militar y política en victoria estratégica. El entendimiento alcanzado por Irán no es un punto final, sino un hito en una lucha más larga, en la que la dignidad, la soberanía y el rechazo a la humillación siguen siendo principios fundamentales de la política nacional.

A medida que el orden global continúa evolucionando, la experiencia iraní ofrece un caso de estudio significativo sobre cómo los Estados pueden enfrentar confrontaciones asimétricas y convertir la resistencia en resultados políticos tangibles.

FUENTE: HISPANTV

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