En Bolivia, el poder popular no es cuento…

Por Rafael Bautista S.

Sólo una voluntad que no es libre se pregunta ¿después quién?, ¿hay otrolíder?; porque sólo un esclavo busca a quién obedecer nuevamente. El esclavo no es dueño de nada, ni de su tiempo, tampoco de sus decisiones. No es libre quien se cree libre, sino aquél que alcanza la autoconsciencia histórica y la creación de una subjetividad libre en un proceso que encarna su propia liberación. Por eso los momentos críticos son dramáticos: o se reinventa el Pueblo o perece.

Decía Fidel: cuando el Pueblo crea en sí mismo, se hará la Revolución. En ese proceso de maduración histórica y política es que nace, de las entrañas mismas del Pueblo, el líder. Por eso no es nunca primero el líder sino el proceso de organización molecular que ya presenciamos con los “autoconvocados”, el 2019, cuando vencimos al golpe fascista y recuperamos la democracia. Primero es la constitución del pueblo como “pueblo en tanto que pueblo”, como sujeto, como “poder popular”. El líder es ese plus que se produce una vez que “el pueblo en tanto que pueblo”, alcanza el óptimo crítico de horizonte utópico; cuando le nutre, como anticipación, en el presente, la cosecha de su propia semilla. Estamos ante una novedad nunca antes pensada y, por eso, no tematizada en la reflexión estratégica. Zavaleta siempre decía: no es que en Bolivia haya mucha política, Bolivia es la política; lo que en otros lados sucede de modo superficial, en Bolivia sucede de modo esencial. Nuestro país no es sólo laboratorio de nuevas formas de infiltración estratégica de consolidación del poder imperial sino también es laboratorio de nuevos métodos de lucha, resistencia y transformación revolucionaria.

En la actual transición civilizatoria tiene más sentido el hecho de que resistir significa existir. El mundo mismo está atravesando esa experiencia: la lucha se ha hecho decididamente existencial. De ese tamaño es la envergadura del método crítico del principio esperanza: crear un mundo para todos, es un parto que se fecunda en las entrañas mismas de un proceso, que hace comparecer a todos los tiempos en un presente cuyo drama consiste en darle una direccionalidad a su conmoción histórica. El parto es el porvenir que nace en el jadeo mismo del nuevo tiempo que está naciendo.

Por eso la Revolución no trata de otro ciclo sino de una nueva historia, de otro tiempo, donde los excluidos ya no luchan por una inclusión excluyente sino por una transformación del mundo y de la vida. Esa es la apuesta que separa, sin medias tintas, lo verdaderamente humano de lo meramente funcional a la totalidad ontológica del orden vigente. Por eso luchar por los excluidos, negados y oprimidos, por la humanidad del otro (que es la pesadilla del ego liberal, autocentrado en sí mismo y sus intereses particulares), es lo que nos devuelve la humanidad perdida. Es la forma más humana y hermosa de existir. Esa humanidad debe enfrentarse ahora a la forma más despiadada –por cínica y abiertamente genocida– del dominio exponencial desatado desde 1492. Por eso Occidente y su expresión más acabada, la modernidad, se inventa Cruzadas para hacernos creer que el verdugo es siempre inocente, que la culpa es siempre de las víctimas. Por eso los presidentes cipayos del Imperio (en desplome existencial) se ofrendan para seguir ofreciendo la vida de sus pueblos a la gula del capital, al Moloch de este tiempo (el Dios que reclamaba sangre humana y, sobre todo, primogénitos; y es lo que los “archivos Epstein” muestran en la decadencia moral del mundo moderno: el comercio perverso con infantes) 

En ese contexto, el presidente boliviano Rodrigo Paz ha dimitido, a espaldas de su propio país, ante Washington, y dado lugar a un mando de ciberseguridad, militar y financiero. Sus últimas declaraciones son guiones que le han sido impuestos para noresignar las encomiendas imperiales. “No hay diálogo con los violentos”, dice el que promueve la violencia, llamando a la sociedad civil a sumarse al ejército y la policía a enfrentarse con los “violentos”. Ese mensaje se va haciendo más explícito con las últimas detenciones y persecución a dirigentes populares, sin que ya pueda desmentirlo la demagogia jurídica que declara una transición “legal” al literal terrorismo de Estado.

El nuevo eufemismo que se va decolorando en esta operación se llama “acción humanitaria”, e involucra a la sociedad urbana a sumarse a los militares, o sea, a ser cómplices de algo que ya no será sólo atribuible a los aparatos coercitivos del Estado. ¡Que la sangre y la maldición caiga sobre todos! Esel pacto sanguinario que pretenden instalar, mientras los operadores brinden, en la distancia, por otra operación exitosa. Por eso no habrá diálogo, ni salida de la crisis, en esta impostura asimétrica que se cierra aún más en esta apuesta de sangría exponencial.

En palabras de Maquiavelo, al no confiar en su propio Pueblo, se puso a pactar con príncipes de mayor peso y poder, sin saber que éstos le llevarían a su ruina. Ahora ya es tarde, pues tendrá que cargar solo con el muerto, es decir, lo que quede de un Estado quebrado, habiendo cruzado una línea que sólo ahondará el vacío institucional, la fractura nacional y un repuesto orden de acosamiento sistémico continuo contra el Pueblo.

De eso trata la amplificación geopolítica del plan Gaza en Sudamérica: demonizar la humanidad del indio para justificar su aniquilación y provocar la ignición de una guerra civil en nuestros países y la balcanización ya calculada. Ahora se trata de feudalizar a nuestros países, negociando con las elites locales nuestra reducción a protectorados ya no regentados por otro Estado, sino por los fondos de inversión anglosionistas.

Si los imperios hacen algo mejor que nadie, es ocultar sus impotencias. Washington sabe que lo único que le queda (en su lucha existencial contra China, Rusia e Irán) es su backyard. Perdió en Ucrania e Irán; ya no posee a discreción, la base energética global (ni su producción ni su distribución, por eso negociar le resulta insultante a Trump, quien figura en la tapa del libro de Donald Schwartz, The Art of the Deal)). Por eso balcanizar a Sudamérica, mediante conflictos transfronterizos entre Estados fallidos, operados interna y externamente, e invadir Cuba, Venezuela y hasta México (y dejar que hagan su tarea las derechas de Brasil y Colombia), es una apuesta elevada al estilo farol en el poker, contra la iniciativa china de “la Franja y la Ruta”.

En Medio Oriente se pretende reconfigurar la geopolítica global, mediante el asalto a toda una región de activos energéticos y ubicación geoestratégica. El irredentista proyecto del “Gran Israel” es la apuesta del orden unipolar; no sólo para contener la expansión de China sino para socavar la conectividad energética del proyecto de “la Franja y la Ruta”, además de boicotear definitivamente a Rusia y la OPEP y quitarles toda carta disuasiva en la geopolítica del petróleo.

Con el proyecto “Gran Israel” se haría realidad el “Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa” (IMEC), que Netanyahu presentó en la ONU como el “gran acuerdo del progreso y la libertad”; para lo cual deben desaparecer Gaza, Líbano, Siria e Irán.

Con la alternativa del canal Ben Gurion (conexión geoestratégica del IMEC), tanto el estrecho de Ormuz como el estrecho de Bab-al-Mandab y el canal de Suez, quedan anulados en su importancia estratégica. El BRICS mismo se halla comprometido, después de que el grupo indio Adani se consolida como el mayor comprador del puerto israelí de Haifa, en una jugada que pretende minimizar la importancia global del estrecho de Ormuz.

Por ello, los países envueltos en el “Board of Peace” que oferta Trump (que es un menú costoso, donde, o eres comensal o puchero), no sólo financian la guerra, sino que compran un pedazo del pastel que significaría el nuevo y definitivo asalto a las necesidades de energía global, por medio de ese corredor geoestratégico más ventajoso y lucrativo para el anglosionismo.

En esos planes, el decadente orden unipolar que regenta el Imperio en crisis existencial sólo ve, en los pueblos y Estados a exterminar, fichas obsoletas que no le son útiles en el reseteo geopolítico, geoeconómico y geofinancieroglobal que se propone y que, inevitablemente, supone una colisión global que calcula (y mal) con los BRICS.

Ante la conjunción de las potencias emergentes, reunidas en el BRICS, se trata de una lucha existencial para Occidente; por eso el Deep State ve la guerra como un costo necesario y hasta beneficioso (incluso USA e Israel no le interesa como países sino sólo como ejecutores del plan imaginado). Por eso en la guerra contra Irán, Occidente básicamente expone su crisis civilizatoria –la modernidad– como crisis de sentido existencial. El orden unipolar trata de reorganizarse a costa del mundo entero y, en Latinoamérica, a costa de la existencia misma de nuestras naciones; mientras el mundo multipolar debate todavía opciones globales de reconfiguración geopolítica que les permita subsistir.

En ese contexto es que manda a llamar a Paz antes de su asunción a la presidencia, para establecer los términos de su obediencia; que después la rubricó en la “carta de intenciones sobre minerales críticos” (es decir, sobre el litio, las tierras raras y el uranio boliviano). No siendo casual ni meramente formal el respaldo del “Escudo de las Américas” o los gobiernos domados por lo que sea que llama lenguaje Donald Trump. Ya lo señaló Marco Rubio y, recientemente, el secretario de guerra, Pete Hegseth, al rechazar todo intento de derrocar a Rodrigo Paz: “Bolivia no debe permitirse volver al dominio narcoterrorista”. Bolivia está siendo ofertada a los buitres, con cálculo del genocidio ya previsto y hasta auspiciado por el racismo vigente de la clase media urbana, que actúa siempre como el nicho de reclutamiento de la defensa de los valores oligárquico-señorialistas.

Pero, como ya lo expresamos en otro lugar, lo que no entra nunca en el cálculo imperial –porque no es asunto de cálculo– es la incógnita dura de esa ecuación geopolítica: el factor Pueblo. Por eso los políticos son ingenuos, porque creen que son imprescindibles, cuando hasta los servicios de seguridad no están para proteger al presidente sino para decidir cuándo prescindir de él. La historia se repetirá, como dice Marx; lo que primero fue tragedia será después pura farsa.

Y otra vez será nuestro Pueblo el que dirima la trama de este teatro estratégico y ya no algún aventurero inventor de hipótesis sietemesinas que confunda su papel de intelectual orgánico y se instale como el sujeto sustitutivo de un genuino proceso revolucionario que, a nombre de lo indígena-plurinacional, sólo repuso esa cultura política movimientista (MNR-MIR-MAS) que heredó la peor mezcolanza de los advenedizos que, diestros en el llunq’erío (lisonjeros, zalameros y adulones), se colaron desplazando y desprestigiando al factor indígena, siendo éste el imputado de todos los dislates que se cometían en su nombre.

Gracias a estos nunca gobernó el indio sino hasta corrompieron a sus dirigencias, siendo la inventada presencia mesiánica del Evo, la única garantía que buscaban para lucrar política y económicamente del “proceso de cambio”. Se dice y, con razón, que la corrupción se inicia por el desconocimiento del lugar de la soberanía original. Cuando se usurpa el poder popular y se desplaza el origen de toda soberanía, todo se corrompe por inercia; cosa que ya llegó al absurdo en el retorno del MAS con Luis Arce.

Como ya lo señalamos: estaban administrando un cadáver. El Estado que debían transformar sólo les demostró que sus consciencias y apuestas eran presas de ese Estado. De plurinacional sólo tenía la apariencia simbólica. A eso redujeron la lucha indígena popular, a su folklorización. Y siguen usufructuando de algún beneficio que les pueda todavía gotear del liderazgo diluido del Evo.

Entonces la pregunta no es la que redunda el presidente y su gobierno, y la repiten los “pititas”(esa clase media que actúa siempre defendiendo los valores oligárquico-señorialistas): ¿quién está detrás de los movilizados? Eso delata una total ausencia hasta de sentido común. El negacionismo “pitita” imagina que todo movimiento popular actúa como ellos que, en el 2019, bajo protección paramilitar, pervirtieron los métodos populares de lucha y se brindaron, sin que los medios se escandalizaran, a justificar una ruptura del orden democrático y constitucional, tendiendo la alfombra roja para alojar, en la convivencia social, la pura política del odio.

Ahora reactivan su desprecio al Pueblo movilizado y se escandalizan de los excesos, cuando fueron –los “pititas” mismos– los que siempre exhibieron su irracional y creciente carácter fascista. Su incompetencia política fue la que cerró las puertas a la resolución pacífica y abrió las puertas de la intolerancia y la venganza como única moneda de cambio político e ideológico.

La demonización del indio produjo inevitablemente la opción por la violencia antes que el diálogo político. Se inventaron un monstruo para librarse de él, pero esa operación les reinventó. Ahora, acusando al indio de todo, creen estar limpios de toda culpa, pero eso sólo hace que se retraten a sí mismos y eso no los deja en paz.

Por eso la pregunta no es aquella sino: ¿qué intereses están detrás de la tozudez, las amenazas solapadas y desubicación proverbial de Paz y su gobierno? Su legitimidad se desploma no sólo por el incumplimiento de sus promesas electorales sino por su decidida apuesta antinacional y entrega de la soberanía estatal al poder imperial que, para colmo, ya no le interesa mantener gobiernos títeres sino, en su decadencia, está más que dispuesto, por su pura sobrevivencia, a destruir hasta a sus propios socios (como en Europa) y lacayos (como en Latinoamérica).

El poco de dignidad que nos queda, como país, lo encarnaron siempre ese resto que, como nación clandestina, ha logrado sobrevivir hasta ahora, para defender lo que los “pititas” no valoran ni agradecen: la tierra que nos brinda todo para vivir.

La última declaración de la OEA y los países lacayos reunidos en el “Escudo de las Américas” (que se produjo con la comedida petición de un conocido político nacional, agente de la CIA, Tuto Quiroga) y expresidentes alineados a la geoeconomía del dólar (como su Dios sustituto), delata un plan de cerco y estrangulamiento geopolítico a la existencia de nuestro país. De ello tendrán que responder a los cielos y la tierra, los que eligieron ser anti-pueblo y anti-nación y alineados con advenedizos (como la oligarquía croata-cruceña) que sólo por concluir sus negocios, no les importa la balcanización de un país que nunca admitieron como suyo.

La Paz, Chuquiago Marka, 4 de junio de 2026
Rafael Bautista S., autor de:

La Descolonización de la Política.

Introducción a una política comunitaria,

La Paz, 2014.

Dirige “el taller de la descolonización”

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