La actitud criminal de eliminar la competencia para no competir

Manuel Gragirena

Es imposible escribir algún razonamiento sobre lo que está ocurriendo en el planeta sin sentir indignación, molestarse o pensar cómo carajo joder a los gringos.

El 31 de diciembre de 2025, Nicolás Maduro, el presidente constitucional de Venezuela, ofreció una entrevista a Ignacio Ramonet. Una entrevista en la cual Maduro conducía un vehículo por Caracas; salió desde el Palacio de Miraflores y terminaron en el Paseo Los Próceres, en Fuerte Tiuna, apreciando los monolitos y las estatuas de nuestros Libertadores.

En esa entrevista, que recomiendo ver varias veces, Ramonet —luego de señalarle que no lo ve en un búnker, sino recorriendo el país y visitando comunidades, pues en Navidad comió y bailó en San Agustín— le pregunta a Maduro si no tiene temor, pues los gringos están allí, en el Caribe, amenazantes y dispuestos a ingresar a Venezuela. Maduro responde rápido: primero recordó que el pueblo es el escudo, recordó que él está comprometido con el desarrollo y prosperidad del país y que él es solo parte de un proyecto. Maduro no titubeó, no mostró temor; por el contrario, tomó la pregunta con una naturalidad increíble, pues hoy todos sabemos que él sabía que vendrían por él en pocos días.

El 3 de enero entraron las fuerzas especiales de los EE. UU., destruyeron selectivamente instalaciones militares y de comunicaciones, llegaron con helicópteros a Fuerte Tiuna y raptaron a la pareja presidencial. Sí hubo resistencia, pues el parte de la acción militar se resume en 32 muertes de guardias del primer anillo de seguridad, cerca de 40 muertos en las instalaciones militares bombardeadas y un herido por parte del ejército invasor secuestrador. Sin embargo, queda el mal olor de saber que la FANB no salió a cumplir con su deber. Definitivamente, y da dolor escribirlo, la primera conclusión irrefutable —y me limito hasta aquí— es que fue inútil.

Hoy, a 100 días de tal suceso, vemos a los EE. UU. entrampados en una guerra misilística y teledirigida con Irán, lo cual ya es una diferencia notable con respecto a lo ocurrido aquí; pero lo más notable es que allá, en Teherán, no hubo secuestro o extracción; no entraron a secuestrar o raptar, allá hubo asesinatos inmisericordes y teledirigidos contra el líder iraní, su familia y sus más cercanos colaboradores. Y amplío el comentario así: sin amenazar, sin avisar, con premeditación y alevosía, sin piedad, asesinaron a un obispo musulmán, con rango de papa y de 80 años de edad, con varios misiles lanzados desde miles de kilómetros de distancia.

Matan por petróleo. No les importa nada. Aquí alegaron que nuestro gobierno era el promotor, propietario o perpetrador de un cartel de narcotraficantes denominado «Cartel de los Soles», para encochinar a los generales venezolanos; y allá, en Irán, los acusan de estar construyendo un «arma nuclear», que es la misma vaina que un «arma de destrucción masiva», eufemismo que ya no usan dado que le recuerda al mundo entero la mentira. Tampoco usan el sujeto «bomba atómica», pues le recuerda al mundo que ellos usaron dos para destruir ciudades indefensas.

Definitivamente son gente peligrosa. No son de fiar. Tal vez alguien, algún sociólogo, psicólogo o alguien que tenga conocimiento de la conducta y mentalidad de los criminales pueda refutarme o aceptar el comentario de que existe una actitud gangsteril en todo esto; pues no es posible que se recurra a tales niveles de violencia anticipatoria para evitar que merme la hegemonía del petrodólar. Todo se resume a una actitud criminal de eliminar la competencia para no competir.

A esos nos enfrentamos. Por si alguien no se ha dado cuenta.

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