José Sant Roz
Frente al CC Milenio tomo la buseta que se dirige a Ejido. Llego a la plaza Bolívar, de allí me dirijo al sector Bella Vista. Voy recordando por donde vive el poeta, me adentro por una estrecha vereda y me consigo con la casita más humilde jamás vista, cuya puerta es una corroída y ennegrecida lámina de zinc. El piso de esa casita es de tierra apisonada. Doy unos golpes a la lámina los cuales causan un ruido tremendo, por lo que sale de la casa de al lado un señor sosteniéndose con un bastón. Es el poeta Pedro Pablo Pereira:
- Hola Pedro Pablo. Ah, no estaba usted en su casa.
- Cómo está usted. Yo me la paso aquí, al lado, casi todo el tiempo, para entretenerme un poco. Yo no salgo a ninguna parte –responde.
- Usted sabe quién soy.
- No señor. No lo recuerdo. Hay muchas cosas que ya no recuerdo.
- Soy un viejo amigo suyo (me reservo el nombre).
- Qué bueno. Mire, yo ya tengo 67 años.
- ¿Seguro, Pedro Pablo que usted tiene 67?
Se mete la mano en el bolsillo:
- Por aquí tengo la cédula. Bueno no la consigo, pero esa es mi edad. Sí señor.
- ¿Entonces usted ya no sale a ningún lado?
- No. Hace mucho tiempo que no salgo. Tengo problemas en la rodilla y en la espalda, del lado derecho de la espalda, por andar apoyándome en este bastón. ¿Y para dónde voy? Salir para qué.
- ¿Te acuerdas de Arístides?
- Sí, claro, el profesor de matemáticas, allá en la Facultad de Ciencias.
- ¿Te acuerdas de Sant Roz?
- Claro, él fue como un hermano. Fuimos grandes amigos. No sé de él.
- ¿Y qué haces ahora, Pedro?
- Estoy escribiendo mi vida.
- ¿Estás usando la computadora?
- No, la estoy escribiendo a mano. No tengo nada de aparatos.
- ¿Y los libros, tú que fuiste librero y tenías una gran biblioteca?
- Nada. No tengo libros. Vivo aquí solo.
- ¿Y sus hermanos?
- Ellos en sus cosas. Mejor que no se molesten en venir a verme, y si yo no los veo ni los ocupo me siento en paz y tranquilo.
- Y es que tú Pedro, tampoco respondes al teléfono.
- Hace mucho tiempo que dejé de tener teléfono.
- ¿Cómo haces para comer?
- Algunas personas me dan de comer, aunque le confieso que no me gusta molestar a nadie. Como cuando se puede. Ya he vivido lo suficiente, y aquí estoy esperando el final.
Con el corazón contrito, voy y le extiendo la mano para despedirme:
- Bueno, poeta, encantado de haberlo visto y saludado.
- Y yo le agradezco altamente que me haya visitado. Que tenga usted un buen día.