Por Geraldina Colotti
Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela.
Si la historia es maestra de vida, la historia entendida
como lucha de clases es la única verdadera maestra de
revoluciones. Esto vale también para el análisis actual
sobre el proceso bolivariano, tras el secuestro del
presidente legítimo, Nicolás Maduro, y de la diputada
Cilia Flores, su esposa. La agresión multidimensional
contra Venezuela y su Presidenta encargada, Delcy
Rodríguez, impone, por tanto, no detenerse en las
cifras, ni siquiera en el solo análisis económico, sino
comprender la naturaleza del poder político y el papel
del Estado en las condiciones concretas y en el marco
de las relaciones de fuerza internacionales.
No existe avance que no prevea un retroceso, ni
victoria que no haya sido precedida por una
corrección de rumbo, explicaba ya Marx en El 18
Brumario, recordando que las revoluciones proletarias
se critican continuamente, regresan sobre lo que
parecía cumplido para comenzarlo de nuevo. Esta es
la dialéctica de la derrota: el movimiento que vuelve
sobre sus pasos porque la caída ha revelado que la
base aún no era lo suficientemente sólida. La derrota
no es el acto final, sino una “estasis mesiánica” –
según Walter Benjamin – una fase de repliegue
necesaria en la que el movimiento revolucionario se
ve obligado a mirar de frente la cruda realidad de las
relaciones de fuerza.
Y si Benjamin nos invita a “cepillar la historia a
contrapelo”, transformando la memoria de los
vencidos en energía explosiva, Antonio Gramsci nos
enseña que de la derrota nace la necesidad de la
hegemonía y de la teoría superior. Rosa Luxemburg
nos recuerda que la revolución mañana se erguirá de
nuevo: “¡fui, soy, seré!”. Frantz Fanon nos explica que
la derrota del reformismo es el parto de la necesidad
de la lucha radical. Y Lenin, quien dirigió la
revolución bolchevique en los momentos difíciles y
cruciales de la NEP y del Tratado de Brest-Litovsk,
nos enseña que el balance de las propias fuerzas y de
los errores no es un acto de debilidad, sino la
precondición para un salto cualitativo posterior. Y
luego, Fidel, que supo transformar cada derrota en
victoria…
El desafío de 2026 no se juega en las hojas de cálculo
de Washington, sino en la capacidad de hacerse fénix.
Y hay cosas que se deben hacer en silencio, escribía
José Martí. Este silencio no es ausencia de lucha, sino
protección táctica de un objetivo superior. El capital
busca siempre reducir la política a pura
administración contable. Las leyes económicas
promulgadas para gestionar la emergencia, aun
prestándose a críticas dada su flexibilidad, no son una
rendición, sino que deben entenderse como los muros
de una trinchera que estamos invitados a reforzar.
Tras la reciente sentencia del Tribunal Supremo de
Justicia, el campo de batalla ha sido delimitado con
precisión quirúrgica: no puede haber una discusión
electoral seria mientras no se levanten las “sanciones”.
Este es el verdadero pulso institucional. La derecha
pide elecciones bajo chantaje; el Estado bolivariano
responde que la democracia no existe bajo secuestro
financiero. El mensaje es claro: quiten las sanciones y
luego hablemos de elecciones. Esta sentencia no es
solo un acto jurídico, sino una barrera política contra
los intentos de forzar los tiempos electorales a través
de la presión internacional.
El regreso de la representación de Venezuela ante el
Fondo Monetario Internacional, tras siete años de
exclusión, marca un punto de inflexión geopolítico.
Ser expulsados de los circuitos del Fondo en 2019
significó la imposibilidad de acceder a los Derechos
Especiales de Giro (DEG), activos de reserva que
corresponden a cada Estado miembro y que ascienden
a unos 5.000 millones de dólares. Este congelamiento
no fue una elección burocrática, sino una sanción
política que privó al Estado de liquidez inmediata para
la defensa del salario y de la producción nacional.
La exclusión de Venezuela del sistema SWIFT
representó una suerte de proscripción digital. Estar
desconectados significó que los bancos venezolanos
ya no podían enviar ni recibir mensajes seguros para
transacciones internacionales, alimentando
artificialmente la escasez de bienes y obligando al
Estado a operar en una clandestinidad financiera
forzada. Es lo que ocurre desde hace más de sesenta
años en Cuba, sometida a un bloqueo que se recrudece
adecuándose al desarrollo del sistema capitalista.
La reanudación de las relaciones con el Banco
Mundial puede cambiar las perspectivas, permitiendo
negociar préstamos a tasas preferenciales para la
reconstrucción del Sistema Eléctrico Nacional y de los
servicios públicos, sectores golpeados por años de
sabotaje. Esta normalización desmonta el castillo de
naipes de la presidencia paralela y reconoce que el
único interlocutor real es el Gobierno Bolivariano. No
obstante, la emisión de las licencias 56 y 57 por parte
de la OFAC sigue siendo un instrumento de
flexibilidad condicionada y reversible: una concesión
parcial que busca facilitar las inversiones
occidentales, manteniendo el control del Tesoro
estadounidense sobre los recursos soberanos
venezolanos.
En este contexto, el papel del sindicalismo de clase es
fundamental para no perder el alma del proceso.
Carlos López y la Central Bolivariana Socialista de
Trabajadores y Trabajadoras (CBST) aclaran que la
clase obrera no acepta una normalización a costa de
los trabajadores. La propuesta de una fórmula del
salario que ancle el poder adquisitivo a la producción
y a la riqueza real del país es la respuesta obrera a la
crisis. La presidenta encargada ha anunciado un
aumento del salario para el 1° de mayo. López aclara
que la recuperación económica debe traducirse
inmediatamente en una redistribución que proteja el
trabajo. El pragmatismo de la NEP bolivariana debe
servir para reactivar el aparato productivo sin borrar
los derechos conquistados.
¿Un desafío ya ganado? En absoluto. Pero, mientras
tanto, mientras la derecha ladra y ciertos “ultra-
chavistas” se unen al coro sin proponer alternativas, es
necesario partir de los datos para plantear el debate
(legítimo) basado en la verdad histórica y política.
Para empezar, no hay ningún regreso al FMI porque
Chávez nunca completó la salida formal; lo que hay es
la recuperación diplomática de un derecho soberano
sobre 5.000 millones de dólares que pertenecen al
pueblo y que -según ha anunciado el gobierno
encargado – se utilizarán para escuelas, hospitales y
salarios, sin recetas neoliberales ni deudas tóxicas.
Quien evoca el Caracazo miente sabiendo que miente:
el Caracazo fue una revuelta popular hija del paquete
de Carlos Andrés Pérez, mientras que hoy estamos
ante la defensa extrema de una dignidad que el
enemigo querría canjear por licencias a término.
El regreso anunciado por Delcy Rodríguez no es una
sumisión, sino un primer paso hacia la superación de
un asedio que implica también ganar tiempo. Significa
haber roto el bloqueo que, durante la pandemia, negó
al pueblo venezolano el acceso a fondos de
emergencia para vacunas y medicinas. Es el
reconocimiento, obtorto collo, por parte de las
instituciones de Bretton Woods, de la realidad
material del Gobierno Bolivariano como único
interlocutor legítimo.
Volver a tener acceso al Banco Mundial y al FMI es
una señal para los inversores, pero para Caracas es
sobre todo un acto de reapropiación de recursos
soberanos necesarios para la reconstrucción del
sistema eléctrico y los servicios públicos, martirizados
por años de sabotaje.
En el plano económico, la cuestión es, no obstante,
compleja y no exenta de trampas que conviene tener
presentes. El nodo central del debate reside en la
insostenibilidad de la deuda externa venezolana.
Algunos sectores de la ultraizquierda y académicos
críticos señalan que el solo alivio de las sanciones no
puede resolver una distorsión estructural: la deuda
externa representa hoy el 309% del Producto Interno
Bruto (PIB), una de las proporciones más altas a nivel
global.
Las acusaciones dirigidas a Delcy Rodríguez se
articulan en tres niveles críticos. En primer lugar, el
riesgo de la renegociación subordinada: la
ultraizquierda teme que la reapertura de canales con el
FMI no sea una victoria diplomática, sino el inicio de
una renegociación de la deuda que acepte los tiempos
y modalidades dictados por el capital internacional. El
temor es que, para “estabilizar” la economía y
satisfacer a los acreedores, se termine sacrificando el
gasto social en favor del servicio de la deuda.
Dondequiera que impera el FMI, esta es la receta.
¿Puede ser distinto? Dependerá de la lucha de clases y
del compromiso que mantenga con esta lucha el
gobierno bolivariano.
Estudiosos y analistas advierten, además, que el
reingreso al sistema financiero internacional (SWIFT,
bancos corresponsales) requerirá tiempo e inversiones
masivas en tecnología. La crítica desde la izquierda
sugiere que este proceso de “adecuación tecnológica”
es en realidad una forma de realinear forzosamente la
economía venezolana a los paradigmas de la finanzas
digitales globales, perdiendo esa autonomía que el
país había intentado construir durante los años del
bloqueo más duro.
Está, además, el fantasma del condicionamiento: a
pesar de que la presidenta encargada declare que los
5.100 millones de dólares en Derechos Especiales de
Giro (DEG) son “recursos propios” sin condiciones, la
izquierda crítica teme que el acceso a futuros “créditos
de emergencia” o “programas de facilidad ampliada”
(mencionados por economistas liberales) traiga
inevitablemente consigo la asistencia técnica del FMI.
Esta última es vista históricamente como un caballo
de Troya para imponer políticas de austeridad. Y con
razón.
El debate, en fin, se divide entre quienes ven en este
movimiento un soplo de aire fresco y quienes ven un
peligro inminente. Economistas como Óscar Doval, ex
CEO del banco privado Banesco, ven positivamente el
reingreso, sosteniendo que los DEG deben usarse para
estabilizar el tipo de cambio y frenar la inflación,
mejorando así el poder adquisitivo. La idea —que
prescinde de la voracidad patronal— es que una
moneda estable atraiga inversiones extranjeras y
permita finalmente aumentos salariales sostenibles.
Para los sectores más radicales, el hecho de que un
hombre como Doval —quien ve en la NEP
bolivariana una oportunidad de negocios y de
estabilización capitalista, y que se posiciona como
puente pragmático entre el chavismo y los privados—
apruebe los movimientos de Delcy Rodríguez es la
confirmación de que el gobierno se está desplazando
hacia posiciones demasiado favorables al capital
privado y lejos del alma popular de la revolución: más
aún en un proceso bolivariano que defiende la
propiedad privada por constitución, aunque promete
debilitarla desde adentro construyendo las comunas y
fortaleciendo el poder popular. ¿Puede la retirada
estratégica transformarse en una restauración liberal?
La “peregrinación” organizada por el gobierno contra
las “sanziones” promete marchar en sentido contrario,
esquivando las trampas y las sirenas del gran capital
internacional.
Las opiniones entusiastas hacia la “reapertura de
canales globales” —no solo al FMI, sino también al
Banco Mundial, a la banca privada internacional y a
otros organismos (CAF, BID)— por parte de
economistas como Leonardo Buniak suenan como
campanas de alarma. Si Óscar Doval representa el
pragmatismo del banquero local que quiere hacer girar
la economía, Buniak representa el ojo del supervisor
financiero global. Es la voz que dice: si quieren volver
al mundo, deben aceptar las reglas y los controles de
los organismos internacionales.
Su visión de un programa de facilidad ampliada con el
FMI es exactamente lo que los revolucionarios llaman
venta de la soberanía. Es el hombre que ve en
Venezuela una balanza de pagos por equilibrar,
mientras el proceso bolivariano ve a un pueblo por
rescatar. Es la personificación del riesgo de que la
normalización técnica traiga consigo el regreso de los
viejos dueños de la deuda.
En la discusión en los medios internacionales
interviene también Tomás Martínez, un analista que se
mueve en el campo de las negociaciones globales. Su
perfil no es el del banquero de inversión, sino el del
técnico que mira la estructura: se ocupa de cómo los
países en desarrollo pueden (o no) reinsertarse en las
dinámicas de la globalización tras periodos de
aislamiento. En este caso, representa el alma más
académica y cauta en el debate: invita a la prudencia,
subrayando que el retorno efectivo de capitales
dependerá de la implementación de las licencias
estadounidenses (OFAC) y de la capacidad de
Venezuela para actualizar sus plataformas financieras,
aisladas desde 2019.
Para Martínez, no hay varitas mágicas. El reingreso al
FMI no es un interruptor que se enciende, sino un
proceso largo e incierto. A diferencia de Doval, que
habla de “buenas noticias” para los bolsillos, o de
Buniak, que ve la apertura de canales crediticios
inmediatos, Martínez es el teórico de la complejidad.
Su orientación, basada en el realismo institucional,
recuerda que hay una soberanía tecnológica y de
negociación que no se recupera en pocas horas. Y a su
manera termina advirtiendo e invitando a la cautela,
avalando las preocupaciones de quienes ven acercarse
el espectro del neoliberalismo.
Hay quienes temen la llegada de la “motosierra
argentina” modelo venezolano, y quienes regresan al
momento de la elección de Maduro, cuando él
denunció desde Miraflores que el representante de la
oligarquía, derrotado por un estrecho margen de votos,
lo había llamado para proponerle repartirse el poder,
so pena de desatar la violencia: cosa que ocurrió
puntualmente tras el rechazo del presidente obrero.
¿Se volverá a una versión soft del capitalismo adeco,
o europeo?, se preguntan algunos.
Para complicar el cuadro geopolítico y alimentar las
sospechas de la parte más crítica, está el
nombramiento, en abril de 2026, de John M. Barrett
como nuevo encargado de negocios de los Estados
Unidos en Caracas. Barrett no es solo un diplomático
experimentado (con pasado en Panamá, Guatemala y
Brasil), sino que posee un MBA de la Wharton School
y un pasado en multinacionales como PepsiCo y
Disney. Su gestión se anuncia enfocada en la
diplomacia económica y en la estabilización de los
flujos energéticos.
Para los críticos de izquierda, el envío de un
diplomático con este perfil “corporativo” confirma
que el interés de Washington es supervisar una
transición económica que garantice los intereses de
sus propias multinacionales en el sector minero y
petrolero, utilizando al FMI como instrumento de
monitoreo. Una vez más, que su camino sea cuesta
abajo o todo cuesta arriba dependerá de la conciencia
y la determinación del pueblo bolivariano: el pueblo
de Chávez, de Maduro, y también de Delcy y Jorge
Rodríguez y de Diosdado Cabello. Y dependerá del
desarrollo de las organizaciones proletarias en el
llamado “primer mundo” y de su victoria en los países
donde se decide el costo del trabajo a nivel global y se
deciden las agresiones al “mundo mayoritario”.
En resumen, mientras Delcy Rodríguez presenta el
reingreso en los organismos internacionales como una
victoria de la diplomacia soberana para recuperar
fondos destinados a salud y electricidad, la
ultraizquierda y los economistas críticos lanzan la
alarma: la deuda al 309% del PIB es un lazo al cuello
que requiere una renegociación política, no solo
técnica; la integración en las nuevas tecnologías
financieras globales podría erosionar la soberanía
monetaria construida con esfuerzo; la presencia de
figuras como Barrett sugiere que la “normalización”
económica es un proceso guiado por las necesidades
energéticas de los EE. UU. que se impondrán sobre las
necesidades reales del pueblo venezolano.
En definitiva, el problema no es solo el acceso a los
fondos, sino a qué precio político y social Venezuela
está renegociando su lugar en el sistema mundo en
medio de una transición aún incierta. Y con una
pistola en la sien, teniendo a dos máximos dirigentes
como rehenes del imperialismo.
Pero, mientras tanto, la extrema derecha alimentada
por los halcones de Miami presiona para “dar el golpe
definitivo al régimen”, después de haberlo “derrotado
económicamente con las sanciones, y vencido
militarmente con el asalto de las tropas
estadounidenses”. Así lo declaró textualmente desde
España la “premio Nobel de la paz” María Corina
Machado, recibida con los brazos abiertos por el
partido xenófobo Abascal: ese mismo que organizó la
fundación de la internacional de las derechas extremas
en 2020, bajo la égida del primer gobierno Trump,
formalizada mediante la Carta de Madrid, de la cual
Machado y la actual primera ministra italiana Giorgia
Meloni fueron fundadoras.
Ante una claque neofascista de Vox que gritaba
“Mona, mona, vete” dirigida a Delcy Rodríguez,
Machado reivindicó así como su éxito personal la
agresión de EE. UU. contra sus conciudadanos y el
secuestro del presidente: confesando así abiertamente
delitos que nadie podrá ignorar.
La extrema derecha venezolana ha sustituido la
argumentación por el glamour de la mentira. No se
limita a distorsionar la realidad, la clona. El uso
descarado de sitios espejo que imitan cabeceras
históricas y populares, quizá modificando ligeramente
el nombre como con Ciudad Caracas, sirve para
contaminar la fuente original, saturando el espacio
digital con toxinas informativas para desorientar a la
base y proporcionar pretextos a la agresión externa.
Los laboratorios de guerra psicológica crean sitios que
copian exactamente la gráfica, las fuentes y el estilo
de los medios revolucionarios o institucionales. El
lector, al ver la estética familiar —por ejemplo, de
Con el Mazo Dando o de Sin truco ni maña—, baja las
defensas. En ese momento se inyecta la “toxina
informativa” (una noticia de fracturas internas, de
traiciones o de colapsos económicos). Una vez
publicada en el sitio espejo, la noticia es retomada por
las grandes agencias internacionales como si fuera una
fuente interna venezolana, cerrando el círculo de la
desinformación global.
Las fake news no pasan solo por los textos, sino por la
simbología de los videos, por la falsa ostentación de
poder y de aprobación internacional. Recientemente,
por ejemplo, circula un montaje en el que Machado
recibe como regalo un vestido deslumbrante de la
primera ministra italiana Meloni. No existe ningún
encuentro documentado en el que Meloni regale un
vestido a la golpista venezolana. La imagen original
utilizada para el fotomontaje retrata en realidad el
encuentro entre Meloni y la primera dama ucraniana,
Olena Zelenska, ocurrido en el Palacio Chigi.
La propaganda de la extrema derecha venezolana (y
sus partidarios en Europa) usa a menudo estos
“deepfakes” para acreditar un reconocimiento
internacional que Machado busca desesperadamente,
especialmente tras la entrega de las llaves de Madrid.
Es un ejemplo perfecto de esa “fábrica de lo falso”
que sirve para sostener la contrarrevolución
preventiva a nivel mediático. Mostrar de manera
maníaca a los agentes del Departamento de Estado
protegiendo a Machado sirve para crear una “verdad
perceptiva”: ella es la elegida por el poder global. Es
un mensaje subliminal que dice: “la fuerza está de este
lado”.
El video de la multitud insultando a Delcy Rodríguez
en Madrid se usa para dar la idea de un “consenso
popular” contra el gobierno bolivariano, cuando en
realidad se trata de una claque neofascista de Vox
organizada para producir ese contenido viral racista.
Por un lado, la ostentación fetichista de la escolta del
Departamento de Estado norteamericano —un
símbolo de vasallaje exhibido como un trofeo— y, por
otro, el abismo del racismo colonial. Es aquí donde el
glamour cae: tras la máscara democrática de la
derecha tutelada emerge el odio visceral del opresor
hacia la mujer afrodescendiente que ha osado hacerse
Estado y soberanía.
La función no es convencer al militante convencido,
sino: desorientar a la base, creando la duda de que
“algo no está funcionando”; justificar la agresión,
proporcionando a la opinión pública occidental un
castillo de naipes que justifique el mantenimiento de
las sanciones o el secuestro de los líderes; borrar la
complejidad, reduciendo el pulso soberano que está
conduciendo la presidenta encargada a una narración
banal de “rendición” o “traición”.
Contra el glamour de la mentira, la respuesta no es
solo el desmentido, y mucho menos la carrera por ver
quién la suelta más grande en las redes sociales, sino
el análisis de la lucha de clases y de los escollos que
presenta, y de los proyectos para salir de ellos.
Un comentario
Y ESTA IUSTRE DESCONOCIDA CUANDO Y DONDE ESTUVO AL LADO DEL CMDT, CHAVEZ, POR MAS QUE SE TONGONEE SE LE VEE, EL BOJOTE NEOLIBERAR PITIYANKEE, ANTICOMUNISTA DE IZQUIERDA PRODUCTO DE ESA IZQUIERDA CREADA POR LA CIA, PARA LOS GOLPES SUABES, Y QUE SE SABE ADORNAR CON volibarianismo, el pueblo e chavez, de maduro, de los rodriguez de diosdado Y QUE PÁRA NADA RECUERDA LA TRAICION DEL 3-E D E TRAIDORES Y COBARDES QUE TIENEN NOMBRE Y APELLIDOS Y PUDIERAN SER PARTE DE ESTE GOBIERNO, TUTELADO, DE ESTE PROTECTORADO QUE NO PERMITE QUE LOS VENEZOLANOS PUEDAN DECIDIR QUE ES LO BUENO O LO MALO PARA NUESTRO PAIS. ASI LAS COSA YA ESTAMOS VIENDO QUE ALGUIEN ESTA TRATANDO QUE DEFINIR NO SE SI A LO INTERNO O A LO EXTERNO QUE ES O NO LO ESTRATEGICO DE LA REPUBLICA AL TRATARSE DE RECURSOS AGRICOLAS Y QUE PUDIERA EXTENDERSE A QUE ES ESTRATEGICO PARA LA DEFENSA DELPAIS. EN MATERIA MILITAR…OJO PELAO CON ESTOS .CABALLOS DE TROYA, QUE SABEN DECIR LO QUE LOS PENDEJOS QUIEREN OIR, ALGUIEN LOS FINANCIA.