Rebelión de cotorras, buitres encopetados en sus agüeros… – Ascuas III –

José Sant Roz

Novela o cuento, historieta o fábula, leyenda, mito o relato. Usted escogerá el género, pero lo que sí le puedo asegurar es que es algo real, neto y formal. Así lo viví, tal cual como aquí lo expongo: 

En el patio se dibujaban las sombras tristes de los fatuos aleteos, y poco a poco se iba apreciando el planeo, en porfías circulares, de aquellos amigos del condumio frío y apestoso. De zancada en zancada unos y otros se saludaban con golpes de alas mientras el rey Zope, con andar cabizbajo y cambembo, ordenaba la mascada con su vidriosa mirada. Danza alborotada de picotazos con aquellas patas largas de pisadas firmes, en el preámbulo del festín mañanero. Aunque ahora, solían estar prudentemente apartados del poder, los hermanos zamuros, era innegable, tenían mejor memoria que la mayoría de sus alados congéneres, los gavilanes, palomas y pericos, los patos y pavorreales, gallinas, polluelos y gallos. No está demás, recordar, que los Romanos hacían gran uso del buitre en sus agüeros; y algunos “daban por buena señal –escribe Plutarco-, al entrar en alguna empresa, la aparición de un buitre, porque de todos los animales es el menos dañino, no tocando a nada de lo que los hombres siembran, plantan o apacientan, y alimentándose sólo de cuerpos muertos, porque se dice que no mata ni aun ofende a nada que tiene aliento, y a las aves, por la conformidad, ni aun estando muertas se acercan”.

¡Ah, antiquísimo corral, plagado de pulgosos recuerdos con ristras de nombres y dueños, que durante milenios fue feria de difuntos, bajo la férula de aves carroñeras!

Recalca Plutarco: las águilas, las lechuzas, y los gavilanes acometen y matan a las aves de su propia especie, a pesar de lo que dice Esquilo: ¿Cómo puede ser pura un ave que de otra ave se alimenta? Fuera de esto, las demás se revuelven continuamente a nuestra vista, por decirlo así, y se nos hacen sentir; pero el buitre es un espectáculo desusado, y muy raro será el que haya dado con los polluelos de un buitre, y aun ha habido a quien lo raro e insólito de su aparición le ha dado la extraña idea de que por mar vienen de tierras lejanas, como opinan los adivinos que ha de ser lo que no se aparece naturalmente y por sí, sino por disposición y operación divina”.

La historia de aquellos celestes camaradas acabó por hacerse vaga y difusa. Se difuminó saber si alguna vez tuvieron algo parecido a la felicidad, si hubo cuantas cruentas luchas por la subsistencia; si aquel ambiente fue presa de conflictos, inseguridad, inestabilidad. Si lo que ahora estaban viendo era reflejo de la realidad o acaso deformaciones producto de una extraña tumoración que afectaba el tálamo de las molleras.

Ocurría, que si las parcelas estaban hermosamente aradas, listas para la siembra, muchas aves las observaban como cubiertas de espesos y enmarañados chaparros en los cuales era imposible escarbar. Si veían pequeñas alimañas otrora deliciosas, ahora las apreciaban enormes y además intragables. Cuando llegaba la noche, se aturdían revoloteando como aturdidas, presintiendo focos hirientes que las perseguían y atormentaban.

Este mal fue lentamente propagándose hasta provocar en ocasiones verdaderos estragos en varias especies.

El espacio de aquel corral lo componían varias parcelas y estanques, un arroyo, zanjas pobladas de cayenas, una barraca, un camellón en el que echaban los animales muertos y al que acudían los zamuros para sus yantares; también comprendía la gallera, el gallinero y varias estacas sobre las cuales descansaba el palo mayor, sitio preferido de los líderes en sus debates públicos. Además, resaltaba el recinto sagrado denominado La Pajarera, residencia del guardián de turno que por mucho tiempo fue sólo sede de buitres. De resto, el corral contenía algunas empalizadas y alambradas, que iban cambiando de lugar según los humores de quienes lo regentaban. Aquel universo sólo poblado por aves se llamaba Las Siderias, quizá por lo de sideral, o porque algunos relumbrones se creían astros o porque otros por relumbrados imaginaban tener luz propia. En verdad, todos en Las Siderias recibían notable concentración de luces, ya de astros malignos o superiores según las zonas donde se ubicaran, porque sólo había dos bandos.

En el siglo MM, se distinguió en Las Siderias un gallo pataruco, de nombre Agallup, quien estaba entregado obsesivamente a apoderarse de La Pajarera. Había hecho este gallo muchos intentos para imponer su mando, abatiendo sus alas cansinas, subiéndose a elevados árboles, apoyándose sobre tirantes sujetados por buitres y halcones, o cavando cuevas con sus garras y su pico de garfio y de este modo filtrarse por terrenos inesperados; igualmente podía vérsele con frecuencia haciendo puentes con bejucos o aplicando sus mejores técnicas de terror, que consistían en insertarse plumas artificiales de astutas águilas calvas de regiones muy lejanas para que le temieran. Era un conspicuo conspirador insomne de retórica bufonesca y fracasada, que en definitiva era su sino.

Había sido Agallup un relumbrón empollado entre guiños voltaicos desde crío que aún- entre pelusas de pollos recién nacidos- se deleitaba con los vítores y aletazos de los más encopetados del gallinero. De sus padres recibió un grueso anaquel de pepas de zamuro con las cuales procuraba leer el futuro y complacerse en sus impaciencias palaciegas. Su raza era controversial y controvertida, y tenía que creer en conjuros, malos augurios, sapiencia de zopencos y en videntes invidentes. Se había ganado el sobrenombre de “Agitativo Conquistador” por obra y gracia de su padre Guatire-Transfer, y ahora, a avanzada edad, aspiraba coronar con heroicos desplantes sus más caros sueños; así, convertido en pataruco, con su cuello sanguinolento y su pico torcido y envejecido, pretendía desafiar a los más presumidos contendientes del corral en esa, su obcecación por incrustarse en La Pajarera.

No le iba a ser nada fácil, pero estaba poseído por los dones de su raza, por la fuerza cogollérica de su raigambre nada criolla, por lo mismo que deslumbraba a tantas gallinas y también debido a la dote recibida de sus encumbrados atávicos poderes. Todo eso le mareaba oyéndose llamar Pico de Oro, y porque además al aletear no había otro gallo que le picara adelante.

Su altanera presencia, pecho enhiesto y desplumado, iba seguido por una escolta formada por dos patos, tres gallinas y varios estrábicos zamuros. Por donde discurría Agallup dejaba un escalofrío de graznares que subían como heladas lagartijas por los estragados tálamos de las molleras. Era un rugir de albures de cataclismos que cada cual interpretaba a su manera.

A lao 475 del trigésimo meridiano del siglo MMI, Agallup, harto de sus frustradas acometidas por llegar a La Pajarera, decidió dar la pelea frontalmente a ras de tierra. Fue ésta una fecha muy especial y, en los preparativos para su acción como un gladiador, recubrió su cuerpo con cera de abeja, erizó sus guerreras plumas, y procuró mostrar a sus seguidores unas condiciones físicas que sorprendieran; de este modo dando saltitos de macho desafiante, se colocó en la explanada central del corral y echó a todo fuelle un estertórico kirikiri.

En sus merodeos de gladiador, imaginaba encontrarse a un tris del salto mortal al palo mayor. Primero para convencer a su público, y de allí planificar el paso final. El sagrado reducto La Pajarera, de manera insólita había sido “usurpada” por un supuesto Cuervo Rojo al que él debía desalojar a como diera lugar y en la forma que fuera. Alzaba Agallup el rapaz pico, en acto desesperado, mirando por encima de sus compañeros, con ese agite del que no sabe qué hacer con sus viejas argucias, cuando ya se encontraba horadada su virilidad por la decadencia.

Con un ronqueto llamado insistía:

“-Atención pues, en pocos minutos me dirigiré al universo de la parvada; por favor que cada cual vaya cogiendo su puesto, y para que se preparen a oír verdades sulfúricas y acojonantes, nunca antes dichas. No me iré por las ramas, me concentraré en el grano, iré al meollo, al mojito. Ojo de garza, pues”.

Las gallinas eran mayoría, y las más gordas trepaban como podían por entre una madeja de arbustos, ansiosas por ubicarse cerca del legendario gallo pataruco. En una segunda fila se colocaron con alborozo, pollos y polluelos, al lado de sombríos querrequerres; luego estaban los gavilanes, capciosos y escépticos, sobrevolando en círculo para cerciorarse del número de asistentes y pasar sus reportajes. Más allá del camellón venía una bandada de cisnes y garzas, con sus cuellos culebréricos y altivos, girando en círculos. Después venían las guacharacas, pericos, urracas y loros; la parte central del camellón fue tomada por patos, gansos, pavorreales, palomas y guineos. El gallo pataruco Agallup -nervioso y gentil- golpeaba con fuerza sus alas haciendo un último marcial llamado.

Los nervios acosaban a los querrequerres quienes vitoreaban sin cesar a un extraño pato de nombre Boqueta: “¡Se oye, se siente, el cambio está caliente!”.

Una gallina, adrede, derribó uno de los tablones que conducía al palo mayor, se estremecieron las ramas y una lluvia de capullos amarillos cubrió a los asistentes. Todas las aves aleteaban, y fue el momento propicio para que Agallup se hiciera notar paseándose por lo alto del estrado, dando vueltas y más vueltas, martillando el aire con su cabeza y mostrando en sus plumas y en sus colgantes barbillas, ya ciertos estragos de la vejez. No obstante, pisaba con dureza y giraba el cuello, algo melodramático, levantando el pico carroñíl, haciendo resaltar las carnosidades corrugadas y amoratadas.

Fue cuando la gallinita Inés exclamó:

Se avecinaba una rara atmósfera de tempestades y las barracas sacudidas mostraban troneras en el techo, en los que el viento ululaba. Repentinamente algunas gallinas fueron presa del pánico y volaron hacia unas raquíticas vigas desencajadas que pusieron a temblar el cobertizo. Agallup gorjeaba:

“-Calma, serenidad, cordura y porte calculador; estética, compañeros, sobre todo copete en alto. Please!”

Recortado contra unos terraplenes, el fulgor de los relámpagos daba a Agallup un aspecto fantasmagórico. Parecía una serpiente emplumada, feroz, con fornidas crestas y fauces. Varios patos se sintieron desubicados, presintiendo lo peor, saltaron aleteando hacia los árboles y otros se colocaron a la orilla del estanque, por si acaso: Cuá-cuá-cuá-cuaaaa.

El viento rizaba el agua y era porque ya los zamuros se acercaban con sus brinquitos azarosos hacia lo más elevado del camellón.

“-Bienvenidos, bienvenidas – decía con su hablar chillón y carrasposo-,… pronto empezará el acto. Se agradece guardar silencio”, al tiempo que el jefe de protocolo, el rey zamuro Zavinillo, ponía orden en los colocados sobre los travesaños del corral.

Al fondo del tranquero cantaba una guacaba:

Vuelven con los mismos trinos

los hijos de aquel pato socarrón,

que si el pato, que si la guacharaca,

que si los cuentos del galló pelón

Por doquier se veían cruzar palomas, pericos, golondrinas, perdices y aguiluchos revoloteando de un lado a otro, elevándose y luego dejándose ir en caída libre, fugazmente, buscando los frondosos ramajes. Un piar de codornices brotaba entre la grama alta y silvestre, cerca del estanque. Súbitos aleteos anunciaron los últimos reacomodos de los escoltas zamuros que tomaban el palo mayor. El gallo pataruco Agallup reuniendo a sus seguidores, gargareó un poco de agua para luego ubicarse con el mejor tono posible, y gargarear lo siguiente:

“-Hermanos y hermanas de plumas y de garras, de alturas y de sueños, de hermosos copetes y crestas, qué mayor alegría encontrarme de nuevo con ustedes en este amplio espectro de gloria sin par”.

Sacudió el cuello como una jirafa, buscó el remoto infinito de sus luces interiores, y recalcó:

“-El deber nos llama. Otras mil contiendas hemos dado en el pasado, pero ya basta, la próxima será la última, lo digo como que me llamo Agallup. Muramos todos y todas por la libertad. En puertas está tener que decidir si seguimos siendo la peonada de este maldito cuervo rojo o por el contrario rompemos definitivamente con su maleficio con el que nos  ha mantenido humillados, con el que ha destruido este corral, otrora tan unido, otrora tan feliz y pacífico. Ustedes han sido testigos de los grandes esfuerzos que hemos hecho por volver a tener la libertad de otros tiempos. Muchos de nuestros hermanos han podido vencer esa perversa locura que les mantenía enfermos y sometidos a errores atávicos, y a creer en pajaritos en el aire, mientras que ellos, los cuervos rojos, se suben a La Pajarera para cagarnos de lo lindo. ¡Basta! En el aire, hermanos, no deben estar si no las aves libres y reputadas, con derechos ultramontanos. Nos han acusado de querer traer pestes y venenos, insultándonos, llamándonos zancudas, trepadoras y periclitadas. Diciéndonos: Águila no caza moscas, ¡ellos que no son sino cuervos disfrazados de cotorras! Sólo reclamamos nuestros derechos y por eso nos acusan de terroristas y estar empeñados en derribar el palacio La Pajarera, como si no fuese de justicia procurar la paz y el orden; nada de eso compañeras y compañeros, de que estemos empeñados en convertir en cenizas nuestros gallineros y en envenenar con moquillos estanques y lagunas. El pasado, tal como nos lo han pintado, no existe, patos y pavorreales. El pasado no es sino cagarrutada de ratas. Todo lo que se busca imponer es la anulación de nuestro antepasado, de nuestra insigne obra. El pretérito apesta para ellos, es simplemente un muladar, con el perdón de los muladares. Por el contrario, el presente es de los valientes, de los aguerridos, de los vitales y vitalicios en el combate. Ya nada nos amilana; ya vemos recular al enemigo, replegándose en los últimos reductos que les quedan. He aquí en esta feroz batalla que daremos todo lo que hemos venido conquistando desde hace CCC siglos. Necesitamos estar unidos como nunca, en medio de las vicisitudes que nos rodean, ahora cuando se avecina otra elección en la que debemos sellar para siempre nuestro destino. Una batalla más, un esfuerzo más que nos ahorrará degüellos, aspavientos y fritangas. A la vuelta de la esquina ya se asoma esa nueva era de equilibrio y estabilidad para todos: para los patos en sus estanques, para los pavos en sus pavadas, para las gallinas y sus polluelos en sus cagados palos, para los gallos en sus cantos madrugadores y en dulces pisadas (risas), para los gansos en sus ñoñadas, para las garzas en sus esteros… Con esta feliz esperanza que ustedes culminarán votando, cerraremos un largo período de irradiaciones polarizantes, para que la paz esté asegurada. Que la dulce paz sea con vosotros, hermanos y hermanas, y que ya nadie se desmadre en su cloqueada… al votar”.

Después del discurso, corrió un sentimiento de seguridad y esperanza entre las gallináceas; unas cogieron hacia los pedregales a buscar alimañas, otras al maizal para picotear mazorcas recién desencajadas. Los gallos patarucos tomaron las empalizadas y se colocaron al lado de los zamuros, en franco diálogo sobre los fines de los muladares, cuando la muerte se encuentre en todas partes. Las frases entre los zamuros y los gallos eran cortas y cortantes:

“-Ya nada es como antes”.

“-Para nosotros lo mejor  -sentenció el rey Zope- sería tener un matadero cerca…”.

“- Aquí las que salimos perdiendo con la fumigadera de los cuervos, somos las gallinas –dijo la matrona del lugar-”.

“-Todo está feo. Siento muchísima pusilanimidad entre nosotras. Cómo hace falta un gallo joven y alebrestado, que cante lo que se debe, y levantar los ánimos”.

“-Este es el peor corral de Las Siderias, el más violento, el más horrible, el más inseguro de todos”.

“-Antes los patos se diferenciaban de los gansos o de los reyes zamuros; eran diferentes, se enfrentaba, constituían grupos y partidos distintos, ahora sólo los cuervos son la calamidad y el peligro de nuestro reino avícola”.

“-Esto no lo arregla nadie”.

“-Culpa de los pingos loros que hablan en demasía”.

“- Mejor sería volar para otros lares”.

“-Migrar”.

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