En las calles de Roma se pide libertad por Cilia y Nicolás…

Por Geraldina Colotti


La manifestación «No Kings» que recorrió las calles
de Roma el pasado sábado superó cualquier,
expectativa optimista. Pero reducir esta marea humana
a las lógicas electorales del «campo largo» italiano (la
coalición de centro-izquierda para vencer a la derecha
en las urnas electorales) sería un error político y, sobre
todo, una falsedad interesada. La plaza de Roma fue,
ante todo, una plaza internacionalista: una conexión
vibrante de sujetos que luchan desde Milwaukee hasta
Gaza, en defensa de la soberanía de Teherán, La
Habana y Caracas. Fue la continuación natural de las
movilizaciones por Palestina, que ahora se extiende
hacia el rechazo activo al orden de cosas existente,
portando consigo las exigencias de soberanía de los
pueblos asediados por el imperialismo.


Para comprender lo que sucedió en Roma, debemos
aplicar lo que Mao definía como la confianza en el
porvenir cuando «grande es la confusión». Existe hoy
una «Generación Gaza» que ha decidido habitar las
contradicciones del presente sin dejarse domesticar.
Es una generación radical, consciente y joven que usa
las convocatorias —incluso aquellas con marcos
ambiguos o importados de EE.UU.— como herramientas para expresar un rechazo absoluto al
sistema.


Esta plaza no pertenece a la socialdemocracia europea
ni a los «acuerdos de familia» de la izquierda
institucional. Atribuir la vitalidad de estos
movimientos a figuras como Schlein o Bonelli (vocera
del PD y vocero de AVS) sería como regalar el
movimiento Black Lives Matter a la burocracia del
Partido Demócrata estadounidense. Los movimientos
reales hoy «usan» a las organizaciones sin dejarse usar
por ellas. Es un dato de novedad que debemos
proteger: una unidad que no es un pacto al bajo
precio, sino una necesidad de acción que rompe los
esquemas estancados de la vieja política.


Ciertamente, el regreso de Donald Trump y la
consolidación de los pequeños copiadores de MAGA
en los gobiernos europeos (como el de Meloni en
Italia) justifican alianzas tácticas para frenar tragedias
materiales inmediatas. Sin embargo, no podemos
permitir que la lucha contra la derecha local nuble
nuestra visión de la contradicción principal. El Partido
Democrático italiano sigue siendo el agente más
consumado de la contrarrevolución neoliberal y
europeísta. La verdadera dialéctica consiste en saber
convivir con estas contradicciones inmediatas (la lucha contra el gobierno fascista nacional) sin disipar
la carga revolucionaria internacional.


Esta urgencia se traduce en la defensa de Irán, Cuba y
Venezuela. La guerra contra Irán —instigada por el
genocida Netanyahu para preservar su poder
corrupto— ha arrastrato a una Europa cobeligerante.
Las bases de la OTAN en suelo europeo son hoy
plataformas de agresión contra la soberanía persa,
violando el artículo 51 de la Carta de la ONU. En este
«surrealismo postmoderno», mientras la sociedad civil
europea parece ignorar el abismo, la calle radical de
Roma ha levantado los carteles de apoyo a Teherán y
la Revolución Bolivariana, entendiendo que no hay
libertad en el «frente interno» si se permite el
genocidio y la agresión en el exterior.


En el corazón de la marcha, detrás de las pancartas
más radicales como la que decía “Trump verdugo”, la
presencia de la Brigada internacional Cilia Flores por
la paz, y la exigencia de libertad para Nicolás Maduro
e la primera combatiente no fueron elementos
secundarios. Representan la denuncia del secuestro de
un presidente legitimo, un acto de piratería jurídica
que pretende decapitar la soberanía y la resistencia
chavista. Este ataque, perpetrado bajo la trampa de una falsa negociación y bajo falsas acusaciones de
narcotráfico, se acompaña con unaestrategia de guerra
cognitiva que busca sembrar dudas en el campo
revolucionario.


La respuesta de Maduro desde la cárcel —un preso de
guerra que aboga por la paz pero que prefiere morir de
pie que vivir de rodillas— resuena en la plaza de
Roma. Es la misma pedagogía que Chávez aplicó tras
la cárcel de Yare y después del golpe de 2002: la
retirada estratégica no es rendición, sino acumulación
de fuerzas para preparar una nueva victoria. El paso
del «Patria o Muerte» al «Viviremos y Venceremos» en
2011, por sugerencia de los movimientos populares
internacionalistas, es la clave para entender por qué la
resistencia venezolana no es un acto de inmolación,
sino una construcción de vida frente a la necro-
política del imperio.


Mientras los alcaldes en Italia, también los de centro-
izquierda, gestionan la gentrificación y desalojan
espacios ocupados, en el plano internacional el
imperialismo intenta privatizar PDVSA mediante sus
títeres de la extrema derecha. El petróleo venezolano,
que fluye hacia EE.UU. a niveles récord aun bajo la
bota de la OFAC, es el botín de una guerra que no ha terminado: un botín gigantesco que, sin embargo, no
agota la importancia del proceso bolivariano, el cual
representa un proyecto de transformación general para
las clases populares.


Frente a un capitalismo en crisis estructural, que
necesita canibalizar recursos para sobrevivir, la
diplomacia de los BRICS surge como la única
alternativa racional. Rusia y China deben ser los
garantes de un nuevo orden donde la soberanía de Irán
y Venezuela no sea moneda de cambio. La plaza de
Roma, con su «confusión vital», ha demostrado que
hay una parte de Europa que no acepta ser cómplice.
El desafío es desplazar estas movilizaciones hacia la
verdadera izquierda, rompiendo el riesgo de la
compatibilidad con el sistema. No es fácil; la derrota
es a menudo más probable que el éxito, pero no
intentarlo no es una opción. La Generación Gaza y los
trabajadores que marcharon el sábado nos enseñan
que la política real se hace en la dialéctica entre la
calle y la conciencia internacionalista.


La lucha por la libertad de Nicolás y Cilia es la lucha
por la libertad de todos los oprimidos bajo el cielo de
Schengen. Ante la guerra cognitiva y el asedio
material, nuestra respuesta sigue siendo la organización y la verdad. Porque la historia, como bien sabe el pueblo bolivariano, solo pertenece a quienes tienen la valentía de habitar sus contradicciones sin rendir sus banderas. ¡Viviremos y Venceremos!

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