EL FUTURO MARAVILLOSO QUE LE ESPERABA A MARÍA, HOY EN SU CENTENARIO

Flavia Riggione

No le tocó a ella, que nació en mil novecientos veinticinco, en una familia pobre que ya tenía otros cinco hijos que alimentar. Pero a los diez años, la foto de su vestido de comunión nos muestra lo amada que era, a pesar de los pesares. A pesar de la pobreza, de la torbida situación económica y social que se vivía en Italia en 1935, a punto de entrar en la guerra, bajo Mussolini.

Llegó la guerra también para María bordeando los quince años. Esa edad cuando una mujercita va camino a convertirse en mujer, y seguramente sueña con el príncipe azul, y conocer otros países, sobre todo otra vida, porque su vida, su cuerpo estaba transformándose hacia algo maravilloso, pero el entorno no era así, todo lo contrario. Había escasez, ningún ánimo para cuentos de hadas y, quien sabe, sin torta para quinceañeras para celebrar con sus hermanos con sus amiguitas.

Pero la ilusión, muy terca, estaba ahí, en su corazón, con todas las esperanzas inmensas de un bello futuro. Sentimientos que fueron cayendo como las ruinas derrumbadas por la guerra, incluso allá en su pueblo, día tras día, con miedo eterno, con hambre, con deseos de vivir, ella tan joven, ansiando algo diferente.

No había tiempo para el estudio, ni posibilidad de recorrer el largo camino hacia la escuela, ella que era tan inteligente y a la cual la maestra recomendaba. Tiempo únicamente para ayudar en la casa, para recoger avellanas de aquellos árboles que daban su fruto, para recorrer las vías con un cesto vendiendo aceite, y de esas mismas vías recoger una a una las conchas de balas de muerte que serían usadas para otros propósitos.

Guerra indiferente a su avance fisiológico, a su inexorable metamorfosis, quince, dieciséis, dieciocho, diecinueve años. El período más bello de una flor, cuando se abre a la vida.

Las noticias alentaban a retomar la esperanza, a ella convertida ya en una bella flor. Pero su destino continuó implacable. Un día llegó de otros lares un joven apuesto, y se la desposó ofreciendo una bandeja de zeppole (dulces característicos del día de San José). Pero no era como San José, era un hombre cualquiera, con sus virtudes y grandes defectos, buscando obligatoriamente su virginidad. Al creer que no la hallaba, la expuso ante la familia toda, ante el pueblo entero, y la devolvió a sus padres renegando de ella. María se volvió una viuda blanca, la peor condición de una mujer en el recinto de una comunidad “bigotta”, algo así como fanática (que muestra celo por las prácticas religiosas externas y no por cuestiones del espíritu, observando con extrema miseria el culto religioso).

María, la más bella del pueblo “sedotta e abbandonata”. Repudiada como lo fue Soraya, la princesa de los ojos tristes, que justamente tenía pocos años menos que María.

A mi madre María le tocó crecer en un período donde ser mujer era una condición inferior a los hombres. A las mujeres solo se le inculcaban sus deberes, prácticamente de sometimiento al hombre: se debían casar, servirles como esclava sexual, con deseos o sin deseos, darle hijos, atender la casa, cuidar y servir a los parientes mayores, además del esposo e hijos, ser personas de gran moralidad y nunca “inmorales”. Era una época de la humanidad en que el hombre podía incluso pedir la separación si la esposa no atendía “esos” deberes.

Esta situación, aunada al período de guerra e inmediata posguerra, resultaba un miserable coctel explosivo. La pobreza en grandes zonas de Italia fue particularmente grave en el sur de la península, donde se ubica la región Campania y su capital Napoli. Y esa pobreza meridional llevaba, además asociada, unas costumbres y tradiciones que son mal vistas por los connacionales del norte y del resto de Europa, aun hoy en día. Nos referimos a la mafia, la camorra, la vendetta sarda, etc. Así como subsistía el concepto del honor femenino que obliga a una muchacha que ha sido engañada y seducida, casarse con el responsable que debe reparar el hecho.

Las provincias del sur aun siendo partes de Italia, no les gustaban a los del norte, quienes- todavía hoy en día- se refieren a ellas como el hijo que ha salido torcido. Esta parte de la Italia meridional, el sur, también ha sido definida como la Italia africana por sus tradiciones, su cercanía al continente africano y todas las influencias que han hecho mella en sus pobladores. La diferencian así de la Italia “europea”, desarrollada, la del norte, civilizada.

Las mujeres, particularmente las del sur, en el período que le tocó a mi madre ser joven, no tenían derechos. Y se encontraban en una total indefensión, disminuidas y pisoteadas por los hombres. No era todavía el momento del feminismo, que llegó luego, donde la mujer luchó y protestó para poder ser dueña de ella misma y no sometida al hombre.

Particularmente en Italia ¡no existió el divorcio hasta diciembre de 1970! Recuerdo que vivíamos en Italia en 1969, y yo me sorprendía mucho al saber de tanto retraso en un derecho tan elemental del ser humano, como el de no seguir viviendo al lado de otro si no se desea.

Pero, a pesar de estos avances, hasta tan lejos como el año 1981 existió lo que se conocía como el “código de honor”. El Código Penal Italiano, conocido como el Código Rocco, en recuerdo de Alfredo Rocco, ministro de justicia de Mussolini, establecía que la honorabilidad masculina constituía un atenuante que se aplicaba, por ejemplo, en los homicidios por honor. Y aunque en 1947, tras la caída del régimen fascista y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Italia aprobó una nueva constitución donde se establecía de forma expresa, que el matrimonio está ordenado sobre la igualdad moral y jurídica de los cónyuges (Art. 29) este privilegio de la honorabilidad de los hombres, la causa de honor, perduró inexplicablemente hasta el 5 de marzo de 1981, mediante la Ley 442.

Era tal este privilegio y atenuante para los hombres, que frente a la condena de mínimo de veinte años que se establecía para cualquier otro homicidio, el artículo 587 señalaba que “quien causase la muerte del cónyuge, hija o hermana, en el acto en que se descubre la ilegítima relación carnal y en un estado de ira motivado por la ofensa a su honor o el de su familia, será castigado con la pena de reclusión de tres a siete años”.

Investigo que hubo un intento de eliminar los delitos de honor del Código Penal Italiano en 1966, pero la propuesta fracasó, volviéndose a retomar en 1977 (¡cuando yo me casé!), pero aun así el atenuante del deshonor no acabó desapareciendo hasta el 5 de agosto de 1981, cuando yo ya era madre.

María a la que le tocó someterse al esposo por las condiciones de la época si, pero también por no haber aparecido la deseada mancha de sangre.

Sometida hasta viajar a Venezuela, dejando padres, hermanos, su vida miserable pero conocida, donde se podía sentir protegida por los seres que la querían.

Y María, ella que nunca pudo seguir estudiando, se esmeró para que sus hijos tuvieran ese derecho, alentando a su única hija mujer a hacerlo. Por ella, por lo que no pudo ser, por lo que tanto deseó. Tanto así que su única hija no aprendió a cocinar, ni a ser servicial en casa, ni siquiera a lavar sus pantaletas. Su madre sustituía todas esas ayudas con tal de que estudiase y fuera una mujer mejor que ella.

¿Mejor que ella? Nunca jamás. Cuando las condiciones, el entorno, la vida ayuda, es muy fácil ser “mejor”. Pero no en esos años terribles de carestía, de hambre, de desesperanzas.

Hoy tres de septiembre María estaría cumpliendo cien años. Tenía apenas poco menos de veinte cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Tenía justamente veinte cuando China celebraba la victoria sobre los fascistas y sobre los japoneses. Ella con veinte años apenas, pasó de una condición triste a otra peor: la guerra como mujer sometida al hombre en un país que todavía, hasta mil novecientos ochenta y uno, tenía en sus leyes el “código de honor”.

Luego sola e íngrima en Venezuela. A la que aprendió a amar y donde está enterrada. Un pequeño ramo de margaritas blancas adornan su tumba, simple y puro como fue ella. Una tumba sin nombre, sin señas porque el Cementerio del Este no ha hecho su trabajo de colocar todas las nuevas lápidas, según sus cambios de planos de hace pocos años.

Hasta en eso, María sin poder ser reconocida en su tumba.

Pero aquí estamos dos de sus hijos, quienes reconocen con gratitud todo lo recibido: en primer lugar la vida, la leche materna que nos alimentó mientras éramos frágiles, sobre todo una vida entera de dedicación, a mi padre, a nosotros, a buscar siempre la conciliación, a odiar la guerra, teniendo toda su vida como

estandarte la Paz.

Mamma riposa in pace.

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