Una mirada de Adolfo Rodríguez a la obra de Sant Roz, «La cultura como sepultura»…

ETNOTRASCENDENCIA ANDINA

Por Adolfo Rodríguez

Inmemorial han permanecido estas inmensidades que se alzan o hunden más allá de la simple vista; torrenteras o ventiscas que entumecen pieles y espíritus; rigores bajo los pies, el paso de las mulas, árboles pétreos, laderas como muros. Convocan y resuenan. Acuden sus prosélitos. Les rinden veneración, comulgan con ellas, comparten sus hostias, se suman a su misterio. Desde un tiempo sin confines los diversos reinos del lugar y el brumoso entorno para el abanico de sutilezas como un oleaje.

Juan Félix Sánchez Sánchez atiende el llamado y se adosa a ese albergue, cómodo para quien nunca fue extraño a su armonía.

Lo advierte “ensimismado”, “testigo de la eternidad del Universo…reflejo de su propia alma”, partícipe del “silencio interior” de aquella  catedral a la que se inclina devoto (p. 36).    

Nace en casa de los abuelos maternos, comenzando el XX, en San Rafael de Mucuchíes o de Los Páramos, uno de los más altos sitios de los Andes de Venezuela.  Esa territorialidad anterior que lo asiste durante la centuria que atraviesa como misionero de la creatividad y misticismo (1900-1997). Asiste a la escuela, pero a los 14 se suma a esas labores que configuran buena parte de su andinidad. Viaja hacia a ciertas porciones del país de maromero y payaso, esparciendo un humanismo, propio o heredado, que lo anima. Retorna y cumple tareas comunitarias.

 “Cuando yo trabajaba, arrancando raíces, desyerbando, echando escardilla y abriendo surcos, había un alma que pensaba y me susurraba cosas. Yo trabajaba y esa alma pensaba por mí. Yo no conocía la fatiga porque esa alma me entretenía. Era mi mejor murmullo y a veces cuando abría los ojos era ya de noche. Mi labor había sido grande y me iba con esa alma a casa a recogerme en el sueño… Hasta la mañana siguiente, cuando la música me despertaba para que fuera el primero en ver la tierra labrantía y el cielo despejado, en beber el aliento de los campos. Y yo era el primero en…” (Pp. 24-25).

Insistente el llamado. Apertrechado de sus arreos místicos, rumbo a El Tisure, donde dicen El Potrero, atraído quizá por esas formas que lo retan como a un juego de innovaciones y surge el arquitecto, el tejedor, el tallista, sin que deje el sembrado ni esa disposición benefactora que sus principios y tal orografía suscitan.        

Un día él convoca:

“Váyase a El Tisure y quédese allá y a lo mejor aprende algo-

.¿Y qué puedo…?-

-Eso es cosa suya- (p. 66).

El lugar “elegido por Juan Félix para colocar una turbina que construiría el tecnólogo artesano Luis Zambrano. “Claro, el viejo aquí lo tenía todo, qué carajo le iba a importar la ciudad y lo que la gente común admira y desea poseer. Aquí no hace falta nada. Descubrirlo para el gran público fue destruirlo y la burocracia de la cultura acabó siendo su sepultura” (p. 77).

“Sin esta soledad y este silencio el viejo no hubiese podido sentir a Dios ni hacer algo que valiera la pena” (p. 77).

Sant Roz recuerda “miles de reflejos, la capilla entre la gasa de una leve neblina. Más allá el Cielo (p. 78).

La capilla como “la proa de un barco misterioso, flotando en medio de la niebla. Con precisión matemática enclavada en un punto donde el brillo de su cresta emerge del confín de la tierra y de la nada” (p.101).

Una vez “Miguel apareció con unas banquetas confeccionadas por el propio artista y nos reacomodamos como pudimos; Juan Félix me extendió sus manos pulidas como lajas de río; las manos milagrosas que trocaban en arte los  retorcidos cínaros, los palos de cedro, el barro, la lana. Su alma que podía apreciarse en las manos, como digo: sencillas, francas, amables. Una vez que las dejaba posar en uno se olvidaba de ellas. Poderosamente inofensivas, que uno presiente que en ellas está el secreto de su alma,

cuando se hace el primer café” (p. 24).

“—¿Cuáles son los quehaceres diarios de este hombre? – .

—Lo normal de la gente del páramo. Ya él está muy viejo y se dedica a tejer principalmente, pero no para ganar porque parece que desdeña el dinero. Parece un niño. Nadie se explica cómo puede hacer esas construcciones de pura piedra en la que no usa para nada el cemento”.

SU LABOR

El III Curso de Gerencia de Proyectos de Artes Visuales se informa que “Su obra ha quedado plasmada por siempre en el páramo merideño, en donde desarrolló todo su trabajo textil con importantes aportes al diseño, gracias al uso de una tercera viadera en su telar horizontal y, a través de la madera y su talla, toda la geografía que pertenece a su cosmogonía particular, lo cual demuestra su gran sensibilidad y una clara filosofía para asumir la vida como obra de arte”.

Y Sant Roz anota que dicha labor “reúne, entre otras cosas, esculturas en arcilla (que fueron expuestas en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber), tallas, sillas, cobijas. Muchos de estos objetos se encuentran en museos del exterior, que fueron vendidos por cantidades fabulosas por expertos en arte popular. Es el caso, por ejemplo, de que Juan Félix, cuando hacía una cobija cobraba únicamente el importe de la lana, y hoy estas cobijas se encuentran en museos de Nueva York, al costo de miles de dólares. Algunas de sus sillas sustraídas de El Potrero por “amigos” suyos, han ido a parar a París. Las películas hechas sobre su vida y su obra han logrado importantes premios internacionales” (p. 181).

“Cuanto toca Juan Félix, lo vuelve arte. La madera de este bastón se llama yaque, “lo encontré por allá por donde yo vivo, es un palo duro, bueno, es una raíz. Estaba sembrando papa y me la conseguí. La saqué con cuidado. Estaba torciona, le quité la concha pasándola por la candela; había quedado rosaíto. Ahora es que se está poniendo como de color negro” (p. 172).

Esa manera de enfrentar las intrigas de sus creencias, sentimientos, identidad:

“hay inventos que me he impuesto para probar mi propia palabra” (p. 58).

Sant Roz detalla el escrito para la construcción de la capilla de la Virgen de Coromoto en Mucuchíes: “bien especificado, como se vaya presentando al respecto las cosas, grandes o pequeñas, buenas o malas, bonito o feo, mucho o poco, respectivamente. Amén (p. 78).

El famoso semiólogo y escritor italiano Umberto Eco, que lo visita en 1994 considera que “No logran enmarcar a este genio natural, se dan cuentan que representa un fenómeno de espiritualidad que trasciende las categorías de la estética y de la etnología” y remata: “No es un artesano, no es un artista, no es un aficionado al bricolaje; es un asceta de la montaña” (citado por Sant Roz, op. cit., pp 243-244).

LA GENEROSIDAD QUE LA TIERRA TRASMITE.

“Cuando al viejo, ciertas personas le han reclamado que se deja estafar, contesta con cierta indiferencia: “Que se lo lleven todo…” (P.181).

“que se lleven lo que quieran” (p. 99).

“El sentimiento de amor entre la gente pobre que únicamente quiere dar. ¿De dónde sacan tanto los pobres para dar? Los pobres: los verdaderos ricos. Los ricos: únicos pobres”.

“Sólo lo llena de alegría la amistad, el cariño”  (p. 99).

“cuya única riqueza era la alegría de haberlo dado todo” (p. 245). 

“la solidaridad  del espíritu antiguo de nuestros pueblos” (p. 176).

De allí que advierta contra “el pecado de superioridad”  (p. 74).

“siempre ha vivido con poca cosa”  (p. 99).

“pulcritud moral y religión de los padres” (p 198).

ADSCRITOS, ADSCRIBIBLES, SEUDOADSCRITOS:

Una vez que el cultor étnico gesta sus proezas aguarda una comprensión mínima, si es posible equitativa, inter-étnicas, como es dable esperar. No inter-clasismos que arrebatan y desmerecen:

Pero esa cultura de carencias cunde por allí como mala hierba. Una voracidad que aguarda el “maná”, no importa de donde venga. Un supuesto “secreto de algún poder para hacer fortuna de la nada” (Sant Roz, ib., p 31).

Este privilegiado interlocutor de Juan Félix percibió  esa atmósfera de minusvalía que acosó al ejemplar andino durante tanto tiempo: “A lo mejor, algunos de los que han querido robarse a Juan Félix, acapararlo, lo hacen también porque sienten la dulzura y la honda sensación de la ausencia sublime del mundo teniéndolo a el” (P.191.

Como si le arrancaran los pelos declara el mismo afectado.

Sant Roz habla de “merodeadores de su fama” ( p. 186). Esa danza de los ansiosos de reliquias, amuletos y souvenires con qué suplir imaginarias desnudeces:

“—Si quieren piedras cojan por el monte. Un día voy hacer una capilla para que la desgranen toda. Voy hacer una por año”, como rabioso, sin que le falte el esallido de su buen humor o mordacidad:

– ¿Por qué en lugar de piedras no me llevan a mí?, Jee, je, jeee. No me hagan caso; llévense…”  (p. 31).

Reflexivo:

 “Hay muchas cosas sin lugar y el hombre está para darles uno. Cada asunto en su lugar”

O, fraternalmente, regañón:

-“Búsquese su lugar, caramba”.

Sant Roz recuerda aquel 14 de junio de 1985 en que inicia esa “gran aventura” hacia una de las más descollantes muestrarios de  etnicida contemporaneidad andina: “un viaje espiritual”.

La noche anterior a una de sus despedidas, Juan Félix a modo de revelación:

“El saber llega con el trabajo, no lo busque. Siembre papa, siembre zanahoria y ajo, si eso es lo que quiere y verá cómo encontrará cosas que no aparecen en ningún libro”.

-Pero, viejo, tanta gente que hace eso y no llega a ninguna parte.

—Es mentira. Esa gente no hace las cosas bien” (p. 67)

De allí una espera para que los otros valorasen aquel escenario al que se debe, orden,  lógica, que por legítima juzga merecedora de perdurabilidad y respeto:

“Una de las condiciones puestas por Juan Félix para donar ese terreno fue que allí se hiciera una casita de piedra algo similar a la de la capilla, y cuya forma y estructura no desentonara con las construcciones de los pueblos parameros. Pues, el hombre de El Tisure, luego que entregó legalmente su terreno al gobierno jamás fue escuchado”.

“Esa biblioteca…no son más que puras columnas. Tiene una pieza entejada sumamente alta; cinco metros de alta, ¿y para qué, en un lugar que ya de por sí es alto y donde corre la brisa con fuerza?” (p. 147).

Escribe Sant Roz “que me parece del todo intolerable que al pobre Juan Félix Sánchez lo torturen con tantas firmas de papeles, con adoraciones insulsas y falsas, con súplicas de todo tipo y con actividades que no son propias de su estilo de vida, de su generosidad de santo y de su infinita nobleza” (P. 141).

La interacción fallida:

“No quiero más reconocimientos, ni homenajes, ni festivales ni bienales a mi nombre; olvídense de eso” (p. 241).

“me pesa la fama”, añora “vivir medianamente”  (p. 106).

“no desea mas trato con gobierno alguno” (p. 187).

Umberto Eco (1994) al volver a la ciudad luego de visitarlo en Mucuchíes, escribe:

“Nos montamos en el carro y regresamos a la barbarie” (Sant Roz, ib.).   

AL NATURAL

Refiriéndose a los audífonos que Sant Roz le sugiere:

“—Si vamos a conversar no me los pongo, porque le oigo como siestuviera hablando dentro de un taparo. Prefiero escucharlo legal.

En otra ocasión:

“—A veces se habla pero no se escucha. Más importante es ver lo bueno que se hace que lo bueno que se dice” (Pp. 146-147).

“—No me tira la afición de salir a la ciudad. La gente por pendeja deja el campo y se va a la ciudad, después quiere volver pero están entonces amarrados porque tienen sus compromisos y la propia vida complicada por el lujo y el exceso de comodidad” (p. 150)

—¿Le importaría si lo llamamos de ahora en adelante el “Artista ecológico de los Andes venezolanos”?.

—Claro que me importaría porque mi nombre es Juan Félix.

Cuando le anuncian un doctorado HC:

“¿Es que voy a ser doctor? Buena vaina” (p. 199).

“Yo no quiero ser grande” (p. 203).

Anhela vivir “en paz con los pájaros y las estrellas” (p. 232).

Observa Sant Roz que “Juan Félix desempeñaba el papel de un gran abuelo protector, lleno de bondad y cariño, con sus manos fraternas y generosas. Sus anchos bigotes, sus ojos tibios, su cara arcillosa: amplia, serena, curtida por los vientos y el frío de los páramos. Sus manos se apoderan de su presencia; son su mayor presencia. Su corpulenta figura, sencillota y solitaria como sus capillas; su reír cascajoso, su voz de peñascales y su silencio de riscos, de cuestas o abismos” (P 27).

Agrega:

“este artista popular está fundado sobre una gran fe, sobre una sublime y candorosa paciencia. El arco de la entrada se levanta con menudas piedras blancas. Una amorosa selección de ellas en los ventanales sostenidas por largas y fuertes lajas negras. La claridad natural que llega al altar mayor es de un amarillo intenso en los días claros. Sobra la luz, concentrada por los haces que se filtran por los muy bien ubicados ventanales y que opaca o disimula la de una lámpara eléctrica. El piso es de enormes lajas negras, bastante parejo” (P 30).

“El hombre de El Tisure, tiene un sentido natural de la unidad de las cosas: Él observa

que tomo nota de lo que vamos conversando y no le gusta que saltemos de un tema a otro; en esos momentos me dice: ¡Espérese ahí!, que eso no va con lo que hablamos” (P. 104).

—No, yo no soy viejo; soy Juan Félix -contesta sin dejar de sonreír-

Verdades simples, propias de sabiduría de los antiguos griegos.

Recuperar su mundo:

“volver a El Tisure cuando me mejore, porque allá me amaño muchísimo (P. 161).

Al otro lado del Páramo de las Ventanas y en vía hacia Barinas (p. 197).

“Mejor es tener la libertad de decidir” piensa JF (p. 56).

Un día da al traste don una de esas expresiones máximas de lo que es el etnocidio: “¿Para qué Gobierno?” Y responde: “Yo tengo un gobierno muy bueno, y eso es suficiente

Esas energías indestructibles:

—Así y todo -contesta Juan Félix- soy duro y no me queman con chamiza. Hace falta leña bien brava 177.

CONFRATERNIDAD Y CONVIVENCIA

“—Uno debe atender a todo el mundo aunque digan que fulano de tal dijo esto y esto en contra mía. A mí me importa lo mismo: Venga pa ’ca y yo lo atiendo como si nada supiera. ¿Qué más quiere que le diga, pues? Uno debe ser tratable así sea con el enemigo; sea como sea” (p.160).

“—Cuando hay que ver uno mira aunque esté ciego -responde, con su amable sonrisa. Yo prefiero dejarme llevar por el cariño de la gente. Lo hermoso se siente y se presiente” (P. 176).

Epifania dice: “uno sentía a la gente juera quien juera” (p. 38).

“Vivir mutuamente y remediarse…uno al otro” ” sueña Juan Félix  …(p. 56)

Igualitario, pero diferencialista: “los dedos…no son iguales” (p. 57)

EPIFANIA

“cuartucho oscuro de donde sale el agradable olor a leña quemada. Es Epifania…siempre labrando, desyerbando, o encerrada en una cocina tragando

humo de leña. Nadie se atreve a llamarla anciana por la voluntad de vida que se le ve en los ajetreos diarios; va, se acuclilla y se coloca entre otras dos señoras de bastante edad que parecen hermanas suyas. Lleva un trapo viejo en la cabeza. Allí se queda silenciosa y neutra, escarmenando un ovillo de lana”.

“Estamos en la cocina. Las cocinas son el motor, el alma de las antiguas casas. Allí están las sillas, las mesas y la despensa con arepas de trigo; la jarra con el agua de panela, la tetera de barro para el café; el frasco de canelita ardiente; el litro de miche para el frío. La gente no ofrece sino que entrega lo que tiene: pasan el ponche, el queso, la arepa, el calentao… Sin que uno pida van llegando. 68.

Una funcionaria dice a Juan Félix: “¿Y usted no le había dicho a Epifania que había reunión? Cómo no se cambió ni nada”.

Pero Epifania advierte al Juan Félix: “Váyase al carajo. ¿Qué tiene que ver con yo; yo puedo estar como me dé la gana. Y no me cambié de apostas. Al otro día cuando dentró y dijo: que no se le vuelva acontecer otra vez, cuando vuelva a venir y esté así, la voy a jalar y la voy a bañar y yo no sé qué. Y dije: Mi mamá hace mucho que se murió. Salí y me fui y no le hice caso” (P. 114).

EL IDIOMA COMO CONTRAFUERTE Y SOPORTE DE IDENTIDAD.

Uno de los valores de este ensayo de Sant Roz es su  apego a las evidencias, esfuerzo de constatación que no repara ni se cuida de riesgos, la feria de opciones hasta una realidad, usualmente, esquiva. Entre los indicios hallados ese código inherente al grupo y que vale tanto para comunicar como para revelar verdades ocultas, resguardarlas e insurgir con toda su armazón trascendente.  

A veces diminutivos indicadores de la aquiescencia ante los dones recibidos (vivir con poca cosa, p. 99), insignificancias que no lo son, libres del peso de extralimitaciones que más bien aprisionan: “harticas cosas”, generito, anchitos, marranito, ovejito, vaquita, “la agüita de panela”, sabanita, marusita, bolsico, aritico, chirilitos.  

El desparpajo honroso: “el puro pie al aire”, a uña de mula, la digna pobrería.

Los enseres simples: fique, cotiza de tres puntos,      telas de a real, de a medio la vara; la música de cuerdas,

Los vocablos transidos de fuertes vivencias: inciniestar, engurruñar, adéntrese, pendejeras, malucadas, pacientero. jornaliando, cojones, chiriles. apendejear

“¿Ay, nojoda: yo no supe más de yo” (p. 210). 

Resguardan la realidad tal como ellos la ha vivido o viven: “esa cuesta  debe llamarse Palo Quemao”.

O bautizan con los nombres más asequibles con qué  definir algunos microcosmos: Filo de Santa Bárbara

El intruso no se escapa de su demoledora maquinaria crítica: “Lo que tiene ese hombre es muchos términos. No, no, no me cayó.

-Y él habla de arte popular-

-No le digo-bromea-tan cabezón” (p. 170). 

Aunque también atemperan: “ese es el trinque que él tiene” (p. 57). “no me la manguaree” (p. 70),

“cuantas cosas no sabe usted”

Sus cosmovisiones sobre la vida, las cosas, el arte, con vocablos que contrastan con el convencionalismo turístico. Ante la simulación de  linduras y posibles encantos, insinuando lo contrario. Insiste que son feos, No obstante esa vida entregada a embellecer, abrigar “objetos desdeñados por feos” (p. 81), “no quitarle el mérito a lo feo” (91),

¿HUMOR ANDINO?

El buen humor es universal. También resguarda y tiende hacia los demás sus tentáculos fraternos. Conforma parte de ese paquete que la armonía natural pone a disposición de los hombres de cualquier etnia o lugar. A disposición de los demás seres quizá: árboles, animales, cosas.  Vemos a Juan Félix, según estos testimonios de Sant Roz  dotado de tan preciosa virtuosidad. Una carga que iba dejando quizá cuando ejercía de maromero o clown. Y no lo desampara bajo la arremetida urbana frente a sus artes ni cuando ya no logra desasirse de la silla de ruedas.       

Refiere anécdotas como la del general Gómez temiendo que el alambre de púas rompa los telegramas. O la Magdalena exclamando “qué mamones” viendo que San Juan pierde los calzones al subir por tales frutos para agasajarla.  (p. 54).

La libertad que le permitió desplazarse, airosamente, profesando y poniendo en práctica, a su modo, el culto religioso que lo atraía.

“A lo que los curas sobra el diablo lo recoge” (p. 73).

 Otras son filosofías:

“el loco por la pena es cuerdo”

“no se asomaba ni por candela”

Las disputas y contrariedades generadas por la índole de sus famosas obras, parecen entretenerle. Y disfruta con los escritos de Sant Roz.  

“Así pues que se pusieron a escribir y yo qué iba a saber” (p. 150)

Inocencia o picardía:

“Raro es a quien le digo la verdad” (p. 266).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

ECO, Umberto. “De los Apeninos a los Andes: como en una película de Sergio Leone”,30 de julio de 1994, L´Espresso, Italia, reproducido por El Nacional, Caracas y Sant Roz, José (2002, pp 243-244). 

RODRÍGUEZ, Adolfo. ¿Qué es la etnotrascendencia? (libro en preparación).

SANT ROZ, José. La Cultura como Sepultura: Juan Félix Sánchez-Epifania Gil.Sus obras, filosofía. Odisea de sus secuestros. Mérida (Venezuela): Instituto Mrideño de Cultura-CONAC-Fundación Solar (Clección Ensayo), Impresión: Editorial Casa Blanca, 2002.

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