UN TAL SANT… «Cuando ya había soltado su sulfurosa defensa y no teniendo aire con que seguir …»

AUTOR Y COMPILADOR: Pedro Pablo Pereira

12 -12 -94: Por la huelga que realizaron hace poco los empleados y obreros, el Consejo Universitario (CU) de la ULA decidió descontar 11 días a los huelgueros, pero ellos los del CU más vagos que todos no se tocan ni medio de su sueldo.

Por lo cual, desde entonces, hemos observado que estos trabajadores huelgueros no han asistido a sus labores cada día miércoles en plan de protesta.

Me acaban de informar, que los sindicatos tomaron la decisión de no trabajar 11 días, para así «recuperar» lo que se les han descontando. Estos compatriotas bien defensores de sus reivindicaciones, representan el bello sindicalerismo nacional que causa estragos en Venezuela. Por cierto, asistí a una asamblea para discutir este tema el cual se hizo en el auditorio de la Facultad de Medicina. Aproveché para llamar sinvergüenzas a todos estos infames huelgueros y me repicaron llamándome “terrorista”, “estafador”, “aprovechado de las reivindicaciones que ellos logran”, “declarado enemigo de la autonomía universitaria”. Uno de los dirigentes sindicaleros propuso solicitar ante el CU, que me abrieran una averiguación penal por mi posición terrorista y anti-universitaria.

Lo más grave es que el CU persiste en seguir estudiando una fórmula «digna» para reintegrarle los 11 días que les han sido descontados a los fulanos protestadores.

Hace una semana me topé en la sede de APULA, con varios presidentes de una multitud de sindicatos que hay en la ULA, y les dije que ellos habían casado mal su pelea conmigo, porque debían enfrentar más bien a los corruptos, a esos señores del equipo rectoral que detentaban extraordinarios privilegios. Les advertí que era un error hacer una huelga solicitando beneficios tan chocantes como los de pretender que sus hijos puedan ingresar a la ULA sin ninguna clase de previo examen, cuando al hijo de la barrendera, la del pobre, la del vigilante, a esos sí los joden y no pueden ingresar a la universidad con ninguna clase de privilegios. Que no es ninguna reivindicación exigir privilegios como los que se arrogan los burguesitos del medio profesoral.

15 -12 -94: Hoy cuando voy saliendo de la librería del peruano Santos, me encuentro con el Fiscal del Ministerio Público, doctor Evelio Quintero, quien tiene el caso de una serie de denuncias que yo he presentado contra la ULA. Le pregunto cómo va el caso, y de inmediato comienza a decir que el día que me presenté en su oficina con el doctor González, éste lo había ofendido, y otra cantidad de cosas absurdas y sin sentido; hablaba sin parar, para luego agregar que él era un hombre que se reunía únicamente con personas altruistas y respetables de Mérida, de mucho mérito, que él no anda en pendejadas leguléyicas y que es un honorable profesional con más de veinte años en el ejercicio de bufetes y asuntos jurisprudentes. Toda una ristra de consideraciones y excusas para sacarle el cuerpo a su deber que es el investigar las sinvergüenzuras que se cuecen en la ULA. Al intentar yo hacerle un comentario sobre el libro de las Memorias de don Pedro Núñez de Cáceres me respondió que no lo llamara ignorante y que él sólo leía los libros que consideraba convenientes para su formación. Que yo le estaba faltando el respeto. La verdad era que no me dejaba hablar. Cuando traté de mencionarle un artículo de prensa sobre las estafas en la ULA, remató que él no leía periódicos. Estaba sumamente alterado y a la caza de lo que dijera para rebatírmelo… La situación se estaba poniendo complicada y le dije que se calmara, pero me cortó agregando que detrás de cada cargo había un hombre y que yo tenía la fama en la ciudad de andar provocando a todo el mundo y que él no lo iba a permitir… Cuando ya había soltado su sulfurosa defensa y no teniendo aire con que seguir su perorata le dije: » – Doctor Quintero, no veo por qué usted debe ponerse tan nervioso, ya veo que usted es un honorable funcionario que cumple con su trabajo. Mire, lo invito a un café». Entonces, helado de ira, me dio la espalda y se retiró bufando y subiendo las escaleras de la oficina que están a dos cuadras de la Plaza Bolívar. Sentí pena por el agite emocional de este señor, y entonces me fui hasta el Edificio Administrativo a revisar periódicos viejos que era parte de lo que tenía que hacer hoy…

19 -12 -94: El doctor Rafael Caldera anda recorriendo las guarniciones del país, diciendo que Bolívar no es exclusividad de ninguna secta; qué farsante. Le preocupa sobre manera la actividad del Comandante Hugo Chávez y le quiere salir al frente. Nada perturba más a un jefe de Estado que le ladren en la cueva de los cuarteles. No olvidemos que Caldera ganó las elecciones con la horrible llorona que formó en el Congreso de la República, cuando aquí se produjo la rebelión del 4-F, ahora no encuentra qué hacer con aquellos militares insurrectos. Me pregunto: ¿Por qué no anduvo hace un año en esta prédica? Claro, le convenía mentir sencillamente porque Chávez entonces tenía una altísima popularidad. Lo que observo es que Chávez no tiene pizca de tonto y no va a permitir que Caldera de la manera más impune cabalgue sobre algo que él gestó: un gran movimiento bolivariano.

23 -12 -94: Hace dos días visité al padre Santiago junto con el poeta Pedro Pablo: lo encontramos con una barba blanquísima, acostado en el jardín, recibiendo un poco de sol; sin moverse de su posición y mirando fijamente una bella mata de bay-run, me preguntó por Zavrostky y por el doctor Carlos Chalbaud. Al contarle que Carlos había publicado un nuevo libro, «La Sierra Nevada de Mérida» (voluminosa obra, con centenares de ilustraciones, en un doceavo y con más de quinientas páginas) y al decirle que el doctor Carlos le había enviado saludos, me contestó: «-Dígale a Carlos que no me mande saludos, que me mande el libro».

Por la tarde fui a ver al doctor Carlos Chalbaud y le di el recado que le mandaba el padre; de inmediato fue a la biblioteca y le dedicó un ejemplar.

24-12-94: he pasado el día leyendo, y organizando una serie de cartas que tiene el libro de Juan Bautista Pérez sobre el asesinato de Sucre. Por la noche me he puesto una camisa que me ha regalado mi esposa, y nos servimos una copita de un vino que nos obsequió el doctor Carlos Chalbaud. Hemos brindado por la felicidad de la familia y del país. No comimos unas hallacas, pero castigamos con mucho fervor un trozo de cochino y una moderada porción de ensalada de gallina que durante el día estuvo preparando mi esposa.

25 -12 -94: Mientras la ciudad duerme con indoblegable horizontalidad la comida y los tragos de anoche, me entrego con mucha decisión a darle otra lectura al libro sobre la vida de José María Obando. Lo tengo casi listo. Sobre la marcha, he estado leyendo «La Sierra Nevada de Mérida» de Carlos, «Los Testamentos Traicionados» de Kundera y «El autor y la escritura» de Ernst Jünger. En la lista también espera su turno «Summerhill» de A. S. Neil.

28 -12 -94: Visito a Amable Fernández y conozco al cineasta cubano Rogelio París. Allí me encuentro con Alberto Rodríguez Carucci, a quien saludo a lo lejos; observo que responde educadamente a mi gesto. No obstante, la situación se torna embarazosa hasta que él poniéndose de pie, se disculpa y se retira. En realidad, tuve un pleito innecesario y hasta estúpido con este señor Alberto. Ya yo lo he olvidado todo, y espero que de ahora en adelante nos llevemos bien, y realmente lamento lo que sucedió.

30 -12 -94: He visitado al padre Santiago, en medio de su espantosa enfermedad, y él casi ha terminado de leer el voluminoso libro de Carlos Chalbaud sobre la Sierra Nevada. Me hizo algunos comentarios, entre ellos el que Carlos era inteligentemente atrevido en sus juicios sobre ciertos personajes que nos han gobernado. Yo pienso que aún después de muerto el padre Santiago seguirá leyendo, y quizás más que nunca. El libro del doctor Chalbaud me gustó bastante y me ha animado para ver si un día de estos me decidido a hacer con él una excursión al pico Bolívar.

31 -12 -94: Ayer por la tarde visité junto con María y las niñas a la familia del profesor Francisco Rivero. Pasamos una tarde muy agradable; quedó Francisco en venir a pasar el año nuevo con nosotros.

He pasado estas vacaciones, enteramente dedicado a terminar el libro de Obando, El Jackson Granadino. Un libro que me ha estado ocupando los últimos quince años. De modo que este año, como el anterior, no nos movimos; a veces para vencer el mal de las mamparas, salgo con María y llevamos a nuestras niñas a alguna plaza o parque.

El único mal que padezco es el de la alta tensión ocular, glaucoma. Como el producto que me calmaba, se agotó y no lo consigo desde hace un mes en ninguna farmacia, he pasado trabajo, teniendo que correr de vez en cuando al lavabo para colocarme agua fría en los párpados, lo que me calma un poco el dolor.

Anoche estuvieron cenando en nuestro apartamento, Alirio Pérez Lopresti y Jesús Alberto López.

Sigo leyendo lo siguientes libros: las memorias de Louis Althuser Largo es el porvenir, Los Testamentos Traicionados de Kundera, La historia Criminal del Cristianismo de Karlheinz Deschner y El autor y la escritura de Ernst Jünger. Tengo de momento una reserva enorme de cosas por leer, porque compré en la Librería Universitaria unos diez libros más, afortunadamente.

7 -1 -95: El año 1994 terminó como todos los años en Venezuela: dispepsias, cogorzas, ruinas y ruindades, deudas y despilfarros y centenares de muertos en las carreteras; hoy aparecen muchas esquelas mortuorias por la prensa, las calles curtidas de residuos de bastante cohetes quemados y luego la rutinaria campaña incesante del gobiernos de que este año sí se van a arreglar nuestros males (sin necesidad de trabajar, de pensar ni de sacrificarse absolutamente por nada). Que algo va a caer del cielo. Que viene un maná estupendo que nos sacará de abajo. Que volverán aquellas vacas gordas y milagrosas que poblaron de quesos importados, de paté de foi, de whiskies caro y de tantas ricas exquisiteces las despensas de la clase media criolla y viajera, gozona y vivaracha. Habrá que prepararse para estos chaparrones de buenos augurios, de salidas de túneles, de elevación de la autoestima del venezolano que cada vez va más palo abajo.

He ido en dos ocasiones con Pedro Pablo, a visitar al padre Santiago López-Palacios. Aún en medio de la más profunda ausencia de su ser que se va extinguiendo lentamente, estar a su lado nos da fuerza y esperanza: el sabio que gozaba de la dignidad de los gatos y de los pájaros, de las dimensiones solitarias de sus dolores, de las conexiones profundas y amplias de sus libros. A Pedro Pablo le pidió que le quitara la batería a un pequeño y viejo carro que se encuentra estacionado en su jardín. También nos pidió que le ayudáramos a descopar unos árboles, y finalmente que preparáramos un té de limoncillo. Qué días más brillantes y hermosos, con un calor llevadero de día y con mucho frío por las noches.

8 -1 -95: Con mi familia hacemos una visita a Gisela Barrios y a Jean Marc de Civrieux, para darnos los abrazos de feliz año nuevo, y compartir un almuerzo con algunas hallacas rezagadas del año pasado. Oímos los cohetes de las celebraciones de las Paraduras, que con tantas jaranas se realizan por este lugar. Nos dedicamos a dar una larga caminata por este sector de la Mucuy Baja: vamos a la quebrada La Leona y mis niñas se dan allí unos buenos chapuzones. Me encuentro a Valentín, el ucraniano dueño de la librería «Ataraxia», quien viendo también a sus hijos retozar en el agua y entusiasmándose saca cuanto lleva en los bolsillos y con pantalones, y así vestido se hunde en un pozo. Al fin hago un poco de ejercicios en el campo. Allí encuentro a Héctor Mancera a quien le pregunto por Juan Félix Sánchez, y me cuenta que el viejo quiere vernos, que se pasa días enteros contemplando la desolación del paisaje paramero, allí frente a la casa de su compañera Epifania. Le digo que haré todo lo posible por ir el viernes 13 a San Rafael y visitar al noble viejo de San Rafael de Mucuchíes.

9 -1 -95: Se inician las clases en medio de un espléndido día, que anuncia sequías y grandes quemas: pero aún no calientan del todo los motores de la universidad. En uno de los pasillos encuentro a la hermana de Asdrúbal Baptista, quien me saluda con gran aprecio. Me dice que Caldera le ofreció a su hermano el Ministerio de Hacienda, pero que Asdrúbal ya no quiere saber más de gobiernos (sobre todo estando allí un individuo tan mediocre como Matos Azocar). Me cuenta que su hermano se ha dedicado a seguir dictando clases en el IESA, y a cantar en un coro.

La gente anda medio sonámbula como viviendo todavía con la trona del 31 de diciembre que debió haber sido bien fuerte.

13 -1 -95: Hace más o menos un mes que recibí en mi casillero un documento que me enviaba el Secretario de la ULA, Prof. Enrique Corao. Venía en un sobre manila de lo más grandes y voluminoso. Lo reviso y encuentro que es referente a la denuncia de los fraudes arqueológicos que yo había venido ventilando a través del diario El Vigilante. Resulta que Leonel Vivas le solicita un informe a la señora Jacqueline Clarac de Briceño sobre lo que yo catalogo «descubrimientos del palito mantequillero». El señor Leonel se ve obligado a hacerlo, porque un día tuve un fuerte encontronazo con el profesor Corao, a quien le reclamé respuestas serias a mis denuncias sobre grandes fraudes en la ULA. Por cierto, que en Secretaría se encuentran como siete cartas mías las cuales no me han contestado, y creo que nunca contestarán.

En un informe la profesora Jacqueline Clarac de Briceño se auto-cataloga de etnosiquiatra. La conclusión, y no me queda otra palabra para definirla, una vez que termina uno de leer su defensa, es que estamos en presencia de una arpía terrible; llama “sucio” a J. E. Ruiz Guevara, de chantajista al joven José Luis Moreno Quintero; y dice que yo soy un amargado porque no he recibido reconocimientos y así por el estilo se desfoga en contra también de un hermano del conocido botánico Luis Ruiz Terán y de otro grupo de personas que le han solicitado explicaciones por las barbaridades que ha dicho ella, son descubrimiento arqueológicos en Mérida.

Esta señora, que se pasea pidiéndole plata a todo el mundo para su Museo Arqueológico, supe por labios de la propia esposa de Jean Marc de Civrieux (Gisela), que una ayuda financiera que estaba a punto de concedérsele (por una empresa petrolera) a Jean Marc para su biblioteca y sus estudios etnológicos, vino a parar a manos de la susodicha; ella se presentó a la empresa diciendo que era lo mismo, pues ella estaba trabajando con Jean Marc en el mismo proyecto.

Hace como un mes y medio, envié una comunicación al Consejo de la Facultad de Ciencias, solicitándole que hiciéramos una Asamblea donde se discutiera el penoso estado moral y académico de nuestra universidad, porque no se debían seguir tolerando estas vagabunderías. El Consejo aprobó mi petición por unanimidad, pero situó el día de la discusión para un sábado (21 -1 -95), con la esperanza de que nadie se apareciera. Me encontré con el decano Spirydom Rassias, y le planteé el asunto. Lo noté algo encarado y serio y me dijo de manera tajante que él no podía modificar la decisión que había tomado el Consejo.

14 -1 -95: Cumpliendo con una invitación de nuestro amigo Héctor Mancera (y para hacer a la vez una visita a Juan Félix), hoy hemos ido a su albergue de Chachopito, llamado Las Calas; es también posada para turistas, y se encuentra a 3.380 metros de altura.

A las 12:00, día viernes, llegamos (mi mujer y mis dos pequeñas hijas) a San Rafael, y la Hermana Ana María Beckers, de origen belga (voluntaria social pastoral con residencia en Venezuela desde hace veinte años), muy amiga de Héctor, nos informó que éste aún no había llegado de Mérida; allí, en su casa, nos quedamos un rato conversando, tomando té y de vez en cuando echando una mirada hacia las busetas que vienen de Mérida. La hermana Ana María nos causó una excelente impresión por su bondad y por esa extraordinaria entrega al trabajo social en estos pueblos del páramo; qué parecido tanto en lo espiritual como en lo físico con mi madre. No dejaba de mirarla frecuentemente con el rabillo del ojo. Nos invitó a ver su biblioteca y algunas fotografías, y nos llamó la atención la cantidad de libros católicos revolucionarios que tiene. Le ha repartido dulces a mis niñas, y nos trajo una tarjeta telefónica para que fuéramos a llamar a Mancera. Cuando se la quise pagar no aceptó. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, nos anduvo rondando una señora, una tal Matilde, que luego supe es dueña de la casita que ocupa la hermana Ana María, dueña también de otras casas de San Rafael. Frecuentemente decía: » -Ni lo esperen, que Mancera no viene hoy. Qué va».

Bueno, decidimos irnos un rato a la plaza Bolívar, y tratamos de llamar a Héctor desde una cabina telefónica; lo llamamos a casa de Gisela Barrios y nada. Cuando volvimos donde la hermana Ana María, nos contó por qué se vino a Venezuela, a qué congregación pertenece y cómo lleva la vida por estos lugares; fue a uno de los cuartos y trajo varias estampillas de su país, Bélgica y nos las ofreció, por si nosotros las coleccionábamos. Había una paz total, el páramo ardía en una transparencia de celofán en toda su inmensa extensión. Parecía de momento que no había nadie en este mundo, y me quedé abstraído serenamente en la nada. Luego salí a un camino muy hermoso, que se dirige hacia un arroyo y sin un rumbo claro comencé a subir. Me eché debajo de un arbolito y me puse a leer unos poemas de Rainer María Rilke. Tendría media hora embebido donde “reposan las montañas, de astros suntuosas/ pero también en ellas vibra el tiempo/ sin techo en mi salvaje corazón,/ lo imperecedero, ¡ay!, pasa la mañana”. A lo lejos vi que venía Pedro Pablo, allá lejos, diminuto entre la floresta y las rocas grises. Llegó y se echó sobre un colchón de ramas y habló de la hermana Ana María, me fue contando historias que le había referido ella: que había trabajado un tiempo en Petare, en Valle de la Pascua, Chaguaramas y Ocumare del Tuy. Que lleva siete años sirviendo a Dios en San Rafael. Y nos quedamos otro rato en silencio, y decidimos hacer ejerció duro, y nos fuimos por unas cuestas hacia la casa paterna del viejo Juan Félix Sánchez, a quien encontramos sentado en su silla de ruedas, con un paño rojo sobre las piernas. Lo saludamos y pronto nos dimos cuenta de algunos cambios, pues en la pared izquierda levantaron un promontorio de piedras, junto con figuras de mar como caracoles, conchas de ostras, y en el centro una imagen muy formal de la Virgen de Coromoto, hecha en barro. A esto lo llaman la «Gruta de Virgen de Coromoto».

No vimos, por fortuna, turistas por los alrededores. El viejo mandó a pedir una silla y me saludó con mucha deferencia y cariño, con su sonrisota de oreja a oreja, “pues ha llegado el gran echador de vainas de Mérida». De inmediato me dijo » -Que mala visita, siga de largo, señor…». » -Aguante, aguante…» Me acomodé en una silla de metal, y comenzó nuestra conversación. Le pregunté que cómo había pasado las navidades y me contestó que igual que todos los días, eso sí con mucha gente «alabanciosa», que le daba muchos besos y abrazos, que tampoco estaban demás y que los gozaba hasta donde podía, y lo decía con picardía y risas.

Conversábamos con Juan Félix en su casa paterna, muy animadamente, entre aquella marejada de turistas que se detenían para saludarlo y para ver su obra de la Capilla de piedra. Entonces el viejo nos comentaba:

 – Pero fíjese cómo van cambiando las costumbres, una cosa que nosotros nunca vimos por aquí, que ahora las mujeres llegan y te dan besitos. Eso no es de aquí.

– No sólo eso Juan Félix, en España te dan dos besitos. Nosotros deberíamos superarlo y dar tres, uno en cada cachete y el del medio.

– Nos la pasaríamos en eso todo el día.

 -¿Y le parece a usted mala costumbre, Juan Félix, siendo usted tan pícaro?

 – Sí señor, muy inconveniente porque es poquito – replicó el maula sonreído -. No me parece buena costumbre porque deja entender varias cosas. Bueno, dejémonos de bromas, algunas lo hacen de buena fe o con verdadero cariño; pero bueno, asumamos en verdad que es por un cumplimiento.

– ¿Tú sabes Juan Félix lo que sí es malo: el beso de Judas?

– Cuántos besos de Judas no dará la gente.

– Pero si te lo dan mujeres bienvenidos aunque sean fallos y aunque sean de Judas.

Como María, mi mujer, filmaba algunas escenas del lugar, Juan Félix de inmediato dijo, que ahora todo el mundo anda con esas máquinas filmadoras. Al viejo no se le escapaba nada. «Andan con esas cargas», dijo.

 – A mí no me gusta mucho  – añadió  -. Me enfocan demasiado y como que no es muy legal.

– Mira Juan Félix –le dije-, hay que irse también acostumbrando a las filmaderas. Tú eres un hombre famoso aunque no lo quieras, y te andarán ametrallando con esas cámaras por todas partes.

Recordé la película del gringo Dennis con la que éste se ganó un premio, y el pleito que se entabló por el asunto de los derechos de autor, y miré hacia la cocina, desde nos observaba Teresa, la sobrina del Viejo. Poco antes había ido yo al urinario y había encontrado, escarmenando lana a Cruz Sánchez, sobrino de Juan Félix (quien con su numerosa prole, unos diez hijos, venía también a hacerle compañía al Viejo a la casa paterna rescatada). A «protegerlo», a «ayudarlo»; me saludó con cierta displicencia, haciendo un raro mohín. Me incomodó el aspecto inmundo como encontré el baño, con barro, promontorios de papel sucio y bolsas de plástico por todas partes. Este joven Cruz, a quien calculo tiene unos treinta y tres años, anduvo algún tiempo trabajando como guardabosque por los lados de Mucurubá, pero ahora, con aquel caserón tan acogedor, seguramente no necesita trabajo, sino pegarse aquí con el Viejo, tal vez a dominar mejor la técnica del tejido con tres marcos, único en el mundo. En el patio estaban dos niñitos de Cruz jugando con unas cucharas, y con frecuencia entraba y salía un mozo de unos veinte años, hijo suyo también. El ambiente estaba bastante cambiado, y la impresión que me produjo era que Juan Félix estaba arrimado a su familia y no ellos a él, aunque viviera en «su casa». Sentí algún desagrado, un embarazo que nunca me había dominado en otro momento. Por allí apareció la eterna compañera del Viejo, Epifania, a quien saludamos, pero luego desapareció y no la volvimos a ver.

Seguí conversando con el Viejo, y le dije, para picarlo:

 – Lo malo de la fotografía, es que nos retraten estando uno viejo y feo, ¿no te parece?

 -Eso es lo malo. No es tan necesario. ¿Para qué le interesa uno que lo esté viendo todo el mundo? Lo mismo es lo de la preguntadera: ¿Cuánto tiempo tardó en hacer esta capilla?, ¿Cómo la hizo? ¿Quién lo mandó? Pero dígame, si eso no les da ningún resultado ni a ellos ni mucho menos a uno. Y raro a es al que le digo la verdad, por qué, Señor, esa preguntadera… Si nada van a suplir con eso. Así andan los turistas: averiguando cosas tontas que ni les va ni les viene: ¿cuántos años tiene usted, Juan Félix, cuando a los viejos no se les debería preguntar la edad?

 – Y con lo viejo que estás, qué vergüenza- y la risa se generalizaba.

 -Lo me que me da rabia es que me pregunten cuantos años tengo si deben saber que estoy requeté viejo, ¿para qué lo querrán saber? No porque me dé pena decirlo, porque cómo hago ¿pero para qué?

 -Pues coloca un aviso: «Señor turista, para su información anoten: tengo cien años», » –Que si yo hice la capilla y si me tardé veinte años en levantarla», «Que si tuve una fractura y por qué me repuse tan rápido»… Tendré que poner en la entrada un largo cuestionario con sus respuestas y así ahorrarme tener que contestar tantas idioteces.

 -No lo creas, vendrán con más veras a preguntarte los detalles. Le colocarían al cuestionario cien preguntas más, como: “¿Usa usted plancha, marcapasos, prótesis?” Verían esos avisos y vendrían con mucha más razón a tratar de confirmar las respuestas que haya colocado. Lo mejor será meterles mentiras y decirles: Yo tengo veinticinco años. Cuando me pregunten cuántos años tengo, les responderé que yo no me he guardado ningún año, que estoy contento… Ay, Dios mío, yo tengo también que divertirme un poco, tengo que atenderlos para distraerme de la aburrición que la gente misma produce. Y diciembre lo pasé así, sentado: a ratos en la sombra y a ratos en el sol. Todo lo más en el sol, aburrido. Pero me gusta que entre la gente porque me distraigo, conversando, aunque pregunten cosas que ni les interesa ni les incumbe.

 -¿Aquí te sientes mejor que en la casa de Epifania?

 – Claro, aquí hay más extensión para uno. Puedo andar por los pasillos, y allá abajo es muy reducidita la casa.

– ¿Y además Juan Félix tienes a los muertos muy cerca? –porque al lado de la casa de Epifania queda el cementerio.

 -¿Entonces tú no te esperaste hasta la media noche para recibir la llegada del año nuevo?

 -¿Para qué? Aquí no hay pesebre. A dormir como siempre bien temprano, para madrugar y tomar café y ver los luceritos tempraneros. Cuando muchacho yo sí lo celebraba la llegada del año nuevo: iba de casa en casa cantando, bailando y abrazando a los amigos y familiares, pero ahora cómo hace uno con tantos años encima. Me gustaban las fiestecitas, las bullarangas, las paraduras, todo. Yo bailaba bailes que se llamaban figuriaos; valses, de los viejos. Ya pa´qué más.

Luego dirigimos nuestra atención hacia el perro llamado Prometido, quien estaba echado, plácidamente en el patio, llevando sol; Juan Félix comenzó a llamar al perro pero no le hacía caso; entonces dijo que Prometido era muy despreocupado, y que así son todos los animales, afortunadamente por     que si no, quién los aguantaba. Quedamos en silencio; veíamos al loro que sobre una enorme raíz seca y rugosa, se picoteaba las patas. El tronco o raíz de un gran árbol, tenía una forma bien rara, y lo tenía en uno de los cuartos, el artista William Cariú, quien lo trajo de una quebrada de Ejido.

Y agregó el Viejo:

– Lo trajo por curiosidad y lo dejó botado. Y aquí lo iban a rajar pa´leña, y les dije que cómo iban a hacer eso. Como es muy feo, por eso lo puse allí.

 -Ese palo – agregó -, da entender lo que es la naturaleza, porque es una raíz que se oprimió y no pudo crecer. Por eso la tengo, por lo fea. Es una escultura natural. Allí está lo que puede hacer la naturaleza.

 – ¡Claro que sí! ¿Quién puede hacer algo tan feo? Nadie- terció María.

 –  De la gente que te visita, ¿quién aprecia esa obra tan rara?

 – Bueno, imagínese quién puede fijarse en un simple palo, que hemos salvado de que con él hicieran candela y ahora le hemos buscado un lugar tan bonito en ese altar.

Los niños de cruz golpeaban el piso con una piedra; más allá la hija de Teresa llevaba agua a la cocina. Una gallina con sus polluelos paseaba libremente por el pasillo. Más arriba un cielo espléndido que permitía apreciar la inmensa soledad de los páramos.

Juan Félix me preguntó que si la prensa no había dicho nada sobre su situación; yo le contesté:

 – Pero qué puede ahora decir la prensa si tú estás disfrutando una situación muy buena. La prensa no se ocupa de lo bueno. Ya tú dejaste de ser noticia.

 – De todos modos – agregó rápidamente él-: el periodista debería venir por aquí a investigar lo que muy pocos ven.

Entonces le comenté:

 – El 12 de noviembre, hace dos meses, apareció en El Universal, aquella carta que le escribí a Rondón Nucete que yo te leí aquí; luego un conocido escritor de Caracas llamado José Ignacio Cabrujas, la comentó en el diario “El Nacional”. ¿No te enteraste?

 – No. Nada.

 – ¿Desde cuándo no ves a la señora Gloria de Gutiérrez?

 – Ella no viene desde principios de diciembre.

 – Yo la encontré a ella en el Banco de Venezuela y me dijo: «No te preocupes Sant Roz, que yo le llevo esos recortes a Juan Félix, esta misma semana»; eso me aseguró el 21 de noviembre, porque lo escribí en mi diario.

 – Pues, nada he sabido de esos comentarios – contestó el Viejo.

Contó además Juan Félix que él tiene una colección de periódicos que han comentado su trabajo y su obra, pero un día de estos envuelven papas con ellos. Dijo que el primer artículo sobre él lo escribió Charles Brewer Carias. Y volviendo sobre la conducta del gobernador de Mérida (Rondón Nucete), que ha sido uno de los motivos más comentados por la prensa, añadió:

 – «Don Ron» digamos, no Rondón, le comenté al doctor Caracciolo que estuvo por aquí con unos estudiantes. Nada más. La última vez que apareció el gobernador sólo se paró allí en la entrada; yo estaba en un cuarto, pero él no entró ni vino a saludarme. Manuel de La Fuente tampoco apareció más. Desde que «don Ron» y Manuel de La Fuente aparecieron con la promesa de devolverme la casa, no volvieron más. Y estoy sentido con Manuel de La Fuente porque dijo que yo no necesitaba de casa; que si yo era millonario, pero supóngalo, yo necesito más de una casa que de millones. Claro que sí. Pero dígame, dónde iba yo a vivir con millones que nadie sabe dónde están; ¿me arroparía acaso con millones? Imposible: necesito más de mi casa que de millones. Pero él dijo que yo no necesitaba de casa porque tenía millones en el banco, ¿qué le parece?

A mi derecha se encuentra lo que se ha dado en llamar «una gruta de la Virgen de Coromoto», hecha de piedra, con varias figuritas de mar y lajas con formas de Virgen; en la cúspide de altarcito se encuentra una estrella de mar. Esta «gruta» fue terminada en octubre del año pasado.

 -Eso lo hizo un muchacho, que se llama  – se queda pensativo el Viejo, sacude la cabeza y mira al cielo: – ¡ah vaina!, ¿cómo es el nombre de este jovencito?… ¡ Ahh, Cupertino Gil! No conseguía quién lo hiciera; me vino a la memoria él: venía los sábados. Todos los sábados se pegaba a armar el altarcito. Esa estrellita de mar, junto con los caracolitos me los mandó una muchacha de Margarita. La Virgen de Coromoto, la más grande, la que está en el centro, me la trajo una familia de Maracay, uno amigos de apellido Canache. Luzardo Canache (médico) y Escarlet de Canache, y no me quisieron cobrar sino que me la regalaron.

 – ¿Los mismos que te trajeron el busto del Padre Alcántara?

 – Ajá. Los mismos. Qué buena memoria la tuya.

 – A mí, Juan Félix, me gusta más la raíz aquella, secreta y meditabunda, que esta «gruta».

 – Claro –respondió él-: La raíz dice mucho. Sí, esta «gruta» es artificial. La puede hacer cualquiera. Pero aquello no.

 – Pero no la elogies demasiado, no sea que te la lleven.

 – Eso si no. Déjenmela quieta. No permita Dios, que me la lleven. No, por favor.

Gente, gente que pasa. Se asoma un turista con una poderosa cámara. Se va acercando poco a poco y toma varias fotos a Juan Félix; la señora Teresa que está en la cocina le ordena al fotógrafo que siga en sus pesquisas y que si quiere saber algo que le hable fuerte a Juan Félix porque esta sordo, y comienza el turista a dar lecos a pocos centímetros de la oreja del viejo; Juan Félix mientras más alto le hablan, más cosas raras responde. Luego el turista solicita que alguien le tome una foto con su compañera al lado del viejo. Las poses son diversas y cómicas.

Gente, gente, mucha gente.

 – Sí  -dijo el viejo -. Pero la gente, siendo muy buenas y las quiero a todas, lo que está es por agarrar cositas de recuerdos. Para eso están en el mundo, para ver de qué manera se llevan algo para de recuerdo para sus casas, pero esos recuerdos pronto se olvidan y se pierden. Dígame usted, le sacan una piedra a la capilla, se la llevan a su casa de Valencia o Maracay, y la dejan por ahí, cualquiera la ve y no sabe de qué se trata y la bota, y hasta allí, pero dañan la estructura de la capilla. Pareciera que no se dan cuenta.

 – ¿Tú quisieras que el mundo tuviera otra cosa que no fuera gente?

 – ¿Pero qué más se puede haber? Entonces usted no existiría tampoco. Imposible. Entonces se queda uno sin conocer nada.

 – Mejor.

 – Desde que el mundo es mundo la gente es aburrida. Unos de una manera, otros de otra, y así se forma una cadena infinita.

 – Con un aburrido que aburrido que tuviéramos sería suficiente. Pero lo malo es que el mundo está lleno de seres idénticos, que hablan y cuentan lo mismo. Uno se sabe todos los cuentos.

Nos cambiamos de lugar y nos colocamos al lado de la raíz, cerca del loro. Por allí estaba un perrito negro, que por primera vez veíamos. Le pregunté a Juan Félix si el loro era mudo, pues nunca lo había oído hablar.

 – No; de tarde en tarde se pone a hablar solo.

 – Es muy prudente, entonces. Vaya Dios si repitiera todo lo que oye.

 – Así es. Prudente. A ese perrito lo llaman Frijolito, y el loro le dice: » -Haga caso Frijolito».

 – Se nota entonces, por el sólo hecho de haber tenido la delicadeza de cuidar y traer desde Ejido esta raíz, que William no es ningún tonto.

 – Sí, él procura echar pa’ lante. Pero sí, es inteligente; él viene a veces, pero está cuidando una exposición que tiene en Mérida.

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