1 de Febrero.
“Suspendido Clarin por tiempo indefinido”. El comunicado del MRI dice que por la “exaltación de grupos extremistas armados”, etc.
Releo “El Tumulto” y pienso que lo que digo ahí, con relación al pensamiento de Raúl, era lo conveniente, el análisis correcto, decía allí: “El Actual Gobierno ha amenazado con ilegalizar al P.C. pero aún así, a pesar de las declaraciones del secretario de Propaganda (Pompeyo) de que iríamos a la guerra civil, cree (Raúl) que mientras permanezca el mismo Presidente representaría un peso en la masa campesina que fue quien lo llevó (eligió)” con todo lo mal escrito, es lo cierto.
Si la historia me hace justicia, no me olvidará. No olvidará. “El Tumulto”.
Veo a Felipe Masiani que corre hacia “La República”. Me dice que va a visitar a Guillermo Sucre.
Se van Argimiro, Cruz y Gonzalo. Por la noche, Pablo me llama, voy y me siento en la hamaca que ocupa. Hablamos en susurros. (Esto lo anoté en mi diario de El Charal) Pablo está resentido. Me dice que Argimiro anda regando que es él (el mismo Argimiro) y no él (Pablo) el jefe de la zona. “He quemado todo”, me dice. Supongo que ahora debe sentirse a sus anchas, él, Pablo, porque la noticia de “Clarin” decía que él (Pablo) era el comandante general de la zona. No otro.
Sábado. 6 de la tarde.
El maestro se llama Manuel Figueroa y ahora recuerda que en la cárcel se había reunido con un hombre que había sido maestro suyo en Calabozo. Algo de lo que había sido antiguo respeto quedaba en él y no sabía cómo tratarlo, si de tú o de usted. La noche que trajeron al maestro él se encontraba acostado en su celda. Todos los demás presos habían salido a recibirlo. El desde su celda, oía la voz del maestro que se le antojaba parecida a la de su padre. El maestro hablaba de magulladuras, esposas y culetazos en los brazos. Ese otro día, pensando todavía en el trato que debía darle, lo saludó de manera impersonal, con un “qué tal” y golpes en los hombros. Al rato, cuando por fin creyó que debía romper ese hielo, le dijo:
- ¿Te acuerdas que fuiste maestro mío?”
- Sí-, le respondió el maestro-. Eras muy mal estudiante. Si -, agregó-, un perfecto vago que por las noches se la pasaba robando los útiles del Grupo Escolar.
El maestro volvió a responderle, atendiendo a otro que lo halaba por el brazo:
- Si, un perfecto bandido. Ese año lo tenías perdido de todos modos.
- Si, ¿te acuerdas que perdí ese año?- Pero ahora le hablaba con simpatía y pensaba que dentro de poco el maestro cambiaria de opinión.
Después se sentía halagado cuando, el maestro, hablándole a los demás presos, definiéndole a él, decía:
- Este fue alumno mío.
2 de Febrero.
Mi mamá, que está en cama, me dice que hoy cumple 29 años de casada. Mi papá anda vestido de blanco. Yo llego con mi cuñado Turupial. Ando con Clara. En casa está el mocho Ledezma. Aquel mocho que dispuso de la casa de Modesto Mamuitt, primo del capitán Mamuitt, el que comanda las guerrillas de Falcón con Douglas Bravo. Allanaron la casa y se lo llevaron con Alirio Ugarte Pelayos, Savely Maldonado y 4 más. El mocho, que se casó en la cárcel, no ha cambiado nada. Sigue siendo el mismo loco de siempre.
Pensando que hay gente, que por más culta que sea, tiene mentalidad sumisa, o colonial. O que no entiende las cosas. Recuerdo que cuando yo trabajaba en una librería veía mucho al profesor Domingo Miliani. Miliani se decía comunista. Para él no existía sino lo ruso. Decía que estaba contra el eclecticismo, etc. Un día hablando sobre música, decía como una gran cosa, para poner a los rusos por encima de los demás:
- Yo no sé, pero cuando le preguntaron a Casals quién era el mejor compositor español, respondió que Rimsky- Korsakov.
Esto reza también para los comunistas que se creen más comunistas que los demás. Los que confunden la magnesia con la gimnasia. Los Carlos Augusto León, etc, que no pueden tener su hijo porque le ponen un nombre ruso. Vladimir, etc. Pero no pueden oír que alguien le ponga un nombre yanqui a otro porque ya le están diciendo pitiyanqui. Ser claro, como dice el dicho, debe empezar por casa. Así se evitaría hacer el ridículo.
Si llego a publicar esto en vida, la gente se va a poner en guardia cuando me vea. O se va a dejar ver conmigo para ver si le hago su reseña. Así es “la flaca voluntad humana”, como dice una vieja sentencia humana. Aunque lo correcto sería anotar la condición humana, aquí, en esta página. El viejo Laureano Vallenilla Lanz se refiere a la voluntad como poder y yo a la voluntad como debilidad, a la simple y pura condición de humana, como titula dice Malraux.
Es domingo y me encuentro sentado en la sala de la casa donde vivo, en la casa de la familia de mi mujer. Estoy solo, encerrado. Llevo rato aquí. Escucho música. En este momento escuchó a Haydn. Symphony Nº 101. In D. (“Clock”) No leo a nadie. Soy un hombre nervioso, pienso mucho. Soy inestable. No tengo paciencia para nada. Todo lo quiero hacer a la carrera. Me creo inteligente. La gente que me conoce o me admira o me llama loco. No he visto término medio. La mayoría que me conoce me llama loco. Los que me conocen más, me admiran como a un ídolo. Márquez Salas, por detrás de mí, dice que no se me escapa nada. Ramón Bravo no conoce otro hombre como yo. Domingo Fuentes, como hombre, me cree un Napoleón. No quiere que tenga otros amigos. No cree que yo pueda tener otro amigo, salvo él. El abogado Heraclio Núñez Rincón siempre está diciendo: “esto lo aprendí yo de ti”. Muy halagador todo. Pero soy un hombre solitario. Mi obra será la del escritor, la del artista. Una de las grandes cosas que he descubierto es que el hombre es cobarde. Lo único que hará al hombre es el heroísmo o su instinto. Son los 7 de la noche.
3 de Febrero. Lunes.
Preparando clases. Pensando en los epígrafes que debo poner en los cuentos de “Es tiempo aún de combatir”. Darío, Juan Ramón, Eliot, Rilke.
Uno que me dice que la tesis conciliatoria dentro de PCV es la de los intelectuales. Los intelectuales dentro del PCV son el plato de sopa: pequeños burgueses, conciliadores, cobardes. ¡Qué decir de esos militantes que viven del chisme y el cuento, ¿también son intelectuales? Prostitución. Emputecimiento, como dice Faulkner. García Ponce, los apartamentos y la mujer que era su amante y que los consiguieron cuando allanaron la librería Wuica y el sitio donde estaba C.
Evocación de Jhon Faulkner sobre su hermano William, Bill, el Dios.
4 de Febrero.
El último número del periódico clandestino “Pueblo y Revolución”, del 15 de Enero, trae la noticia de la expulsión del Faln de Rómulo Niño alias Pototo, excomandante y cabecilla del reencuentro del “Anzoátegui”. También se habla de la expulsión de Vladimir Molina, hijo del Periodista Manuel Isidro Molina. Dice el periódico que por vulgares delatores”. Por fuera se corre el rumor de que Niño, después del secuestro del “Anzoategui” había estado en Cuba, donde se entrevistó con el Ché Guevara. Pidió dinero y armas. De regreso empezó a trabajar por su cuenta y dio varios golpes, entre ellos el de la Casa de cambio, Italcambio, de la esquina de Veroes. Fue capturado poco después. Ahora lo acusan de delator. Está recluido en La Modelo. Me figuro lo que estará contando.
5 de Febrero.
Juan Bautista Fuenmayor me dice que en Bogotá llamaban a Gustavo Machado el Pecos Bill, porque cargaba pistolas por todas partes. Hace un gesto y me indica que en la cintura y el bolsillo del corazón.
Le entrego a García Morales el relato “A través de la fría desolación oscura”. Para la revista Nacional de Cultura. Me dice que le parece muy corto. De todos modos, como trata de las guerrillas, espero que no lo publiquen.
Compro “Diez días que estremecieron al mundo, Facundo”, una biografía de Anzoátegui y una biografía de Rubén Darío por Arturo Torres Rioseco. Por la noche leo el Diario de Rioseco. Leo, por recordar a Santiago, los días de Darío en Chile. Aquí se dice que fueron amargos. Yo, por mi parte, recuerdo que el día que llegué a Chile me puse a caminar por la calle Ahumada. Llovía. Estaba solo, me sentía solo, no conocía a nadie, el abrigo me quedaba demasiado grande. En una cafetería tumbé la taza de café con la manga del abrigo. Cuando iba a pagar, la mujer que atendía a la caja, me dijo: “¿de dónde es usted?” le dije de dónde y que acababa de llegar. “¡Cómo se le ocurre, me dijo, ¿qué va a hacer usted aquí?” me lo dijo con dolor. Yo pensé y todavía pienso que le di lástima.
Esa primera noche de Santiago fue cuando me creí más próximo al suicidio. No conocía a nadie. Me aceptaron a duras penas en una pensión de la calle “Centro” y allí me cayó una basura en un ojo que me impidió ver bien en el resto del día. En el patio de la casa se oía la vocecita de una niña: “por culpa del Hada Madrina”. Yo recordaba las montañas de Portuguesa, a Pablo; me creían un desertor. Recordaba a Julieta y a Clara; tal vez no las vería más; no tenía dinero. El baño era inmundo. Estaba obstruido, las porquerías nadaban a flor de la poceta, el frío me taladraba es pies. Oía el pito de un tren. Salí a caminar y a ojear los titulares de prensa. Regresé por la noche, cerca de las 9 me sirvieron un plato de arroz frío. No pude comer. Me acosté vestido. En la pieza de al lado dos hombres hablaban con voces femeninas. Después empezó a sonar una guitarra. Yo estaba petrificado, solo, entregado, evitando recordar. Ya no me ayudaban aquellos versos de Eliot. “Todo horror puede definirse, toda pena conoce algún fin, en la vida no hay tiempo que consagrar a grandes pesares”. Tal vez no volvería más a Venezuela. Sólo atinaba a decirme: “Espere el mañana, el día. Si logró dormirme posiblemente me salve”. Me imaginaba a mi pobre cuerpo allí, solo, abandonado, lejos de casa. El cadáver que echarían en cualquier parte. “Debe amanecer”. “Si logro dormir” “Debo lograr dormir”.
6 de Febrero.
Leo en número 50 de Tribuna Popular. “Heroica resistencia guerrillera”. Foto de Fabricio en la portada. Lo señalan como el jefe de las guerrillas. Artículos de un tal Luis Vélez: “Ante la detención de Pompeyo, contra la conciliación”, también contra la conciliación que penetra al mismo P.C.V.
Márquez Salas me invita a comer. Pido un lomo en coco con arroz. Él toma té con limón. Me dice que se ha casado tres veces. Cuando estudiaba, con una sueca, de 35 años; vivían en El Silencio. La sueca trabajaba, él no. A la mujer le entró nostalgia por su país, se divorciaron y se fue. Después, siendo todavía estudiante, se casó con una andina de la que se separó a los 3 meses. Era muy sucia, tanta, hedionda, le dio una cueriza. Por tercera vez se casó con la que sigue siendo su señora. Lleva 16 años casado con ella. Estudiaban juntos. Tiene 8 hijos con ella; dice ella. Salimos del restaurant. El diario La Tarde dice que Leoni está enfermo.
Que buena vaina seria si Leoní se muriera, dice.
Edmundo Aray que va corriendo por las escalinatas del centro Bolívar. Lo detengo, le preguntó por su libro.
- ¿No lo has visto?
- Sí, claro, pero no lo he comprado.
Anda por la Universidad, el piso 11. Pasa por allá y te doy 20. Vendes unos cuentos y te quedas con la plata.
- Bien, mañana.
- No-, me dice detenerse-, mañana salgo para México. Para dentro de una semana.
Compro dos libros de Renán: “San Pablo” y “Los Apóstoles”.
Por la noche, lectura de la Biografía de Darío, de A. T. Bioscco.
7 Febrero. Viernes.
Alfredo Chacón, con perilla y sus bigotes alrededores de la boca, abriendo mucho los ojos como un beduino o una mujer en éxtasis, o como Valentino en esas películas de Valentino, vestido de pana, pantalón verdes apretados y chaqueta, alto, alto, delgado, moreno, pelo malo. Voy con Julieta al Hospital Universidad. Rio. La dejo para que se haga el chequeo. En la plaza del Rectorado está Alfredo Chacón en Compañía de José Ramón Medina y el rector J. M. Bianco. Cuando va a abordar una camioneta., Chacón me ve y me llama. Me dice que van a sacar una revista, que si quiero asistir a las reuniones, se reúnen en la oficina de Arcay. La camioneta arranca y se lo lleva.
Desde la oficina de Márquez Salas, llamo a Fuentes. Todo ha pasado. Quedamos en encontrarnos en “Los Caracoles”. Llego primero, a comer camarones fritos. Llega a la una. Me saluda con efusión. Ha peleado con Mateo Manaure; Esperanza ha abortado; me muestra unos cuadernos donde tiene anotados unos cuantos proyectos. Proyectos de revistas. Pienso que tiene muchos proyectos, demasiados.
Efraín Sbeco me regala un libro “Todavía la noche”.
Leo la primera parte de un relato sobre Bolívar del novelista John Masters que aparece en la revista Life. Me gusta y lo releo.
Recordando el Diario de Bucaramanga, de Delacroix, que debía leerlo de nuevo. Idea de un relato sobre Bolívar. Inspiración de Masters.
8 de Febrero. Sábado.
“Bola de fuego en el cielo de Caracas”. “Tembló en Caracas”. La prensa habla de un temblor en Caracas.
Me estoy tomando una cerveza en el Bar “Chipen” y entra un negro ofreciendo condones. Guantes de Boxeo, dice y los muestra.
Edecio me acompaña a la Casa y jugamos Ping Pong en casa de mi cuñada Olga.
Registrando unos papeles viejos me encuentro con una especie de autobiografía que escribí en Maracay a mi regreso de Chile. Allí dice: “El incesante ruido”. (Título)
Yo llegué a Caracas en 1954 y tenía para ese entonces 17 años. Puedo decir que a partir de esa fecha empieza mi experiencia en la literatura. Había abandonado mis estudios del bachillerato y había leído de manera desordenada a Dostoievski, Rubén Darío, Tolstoi, Vargas Vila, y Gallegos, Shakespeare, Balzac. Claro que todo lo que caía en mis manos, como dice Mallea. Pero los autores que más influyeron en mí en ese comienzo fueron Darío y Dostoievski. Quería escribir como Darío y pretendía pensar como Dostoievski, soportándolo todo con estoicismo. “La piel de zapa”, que leí en “Las Mercedes del Llano” me entusiasmó mucho. Siempre he querido escribir sobre los libros y los autores que más me han impresionado, impresionado es la palabra, no influido, porque en una u otra forma son las obras o sus autores los que me han ayudado. Bien sea porque quisiera imitar la manera de escribir o la manera de vivir de ellos. Pero, en suma, de quienes he recibido más impresiones ha sido de los personajes. No puedo olvidar a Julián Sorel, Raskolnikov, Horstwod, Harry Morgan, etc. Para mí estos personajes son muy superiores a sus autores, están más vivos y vivirán siempre. Trabajaba en un taller mecánico y dormía sobre unos fardos en un pequeño cuarto y apenas llegaba la noche me encerraba a leer. Leí con avidez a Kafka, Mallea, Gómez de la Serna, Hesse, Lorca, Azorín, Tolstoi, Dostoievski, Baroja, Gide, Huxley. La lista sería interminable, pero me gustaría mucho hablar de estos escritores en relación con mi vida y de esa profunda impresión que dejaron en mí. Como dije, tenía 17 años y a quienes sentía más era a Tolstoi y a Dostoievski, tal vez por un algo romántico que encontraba en ellos. Pero a pesar de esto, aunque no entendía muy bien a los otros autores, a Huxley, o a Joyce, por ejemplo, quería escribir como estos últimos, porque presentía que eran los modernos, estaban con la época.
Mi preocupación por la literatura nació en San Juan de los Morros a mediados de 1953. Yo recuerdo claramente lo que me dije un día… En casa el único que leía y sentía esa preocupación desde pequeño era mi hermano Adolfo. El hablaba en los actos culturales del Liceo, leía largos poemas, que anunciaba de mi propia cosecha.
Tal vez todo empezó cuando un muchacho llamando Ángel Hernández me preguntó que si deseaba ingresar en el Partido Comunista. Yo lo miré con recelo. Me asustaba todavía esa palabra y en algunas discusiones hasta me ponía de parte de Mc Arthur y me preguntaba el por qué EE. UU no le declaraban la guerra a Rusia.
Ángel (le llamábamos Angelito) estaba sentado en un banco de la Plaza Bolívar. Yo venía del Liceo e iba hacia mi casa. Me preguntó que qué había decidido y le contesté que estaba conforme. Después me ofreció unos libros y ese otro día, en el mismo sitio, me esperaba con “Humillados y ofendidos”, “Indomables”, de Gorbatov y una biografía de Lenin. Durante las horas de clase leí “Indomables” y parte de la biografía de Lenin y la primera cosa que escribí fue un trabajo para el periódico mensual que titulé el “El Coloquio de los Martillos”, una especie de diálogos entre Lenin y Stalin. Mi hermano Adolfo seguía descollando entre los poetas del liceo. Yo pensaba que él era el mejor y me dije que iba a ser como él, iba a leer y a escribir, imaginándome desde ese instante, hablando ante los demás alumnos en uno de esos actos culturales. Y en el transcurso de ese mismo año (1953) leí “María”, de Jorge Isaac, “Peonia”, de Romero García, “Dalia o las Violetas”, de Vargas Vila, Hamlet, y los poemas de Poe y Pérez Bonalde.
Imitando a Jorge Isaac, escribí varios relatos autobiográficos. Por las noches pensaba acerca de lo que iba a escribir, recordando con gran constancia mi infancia en las Mercedes del Llano.
Aquí termine el manuscrito.
Escribo otro relato que trata de las guerrillas. Pienso que van 7 sobre el mismo tema y que podría editar un libro que se titule. “Los hombres en el monte”.
Ángel Hernández me pregunta que si no quiero colaborar con el FALR ¿cómo? le pregunto. Alquilando una casa, me dice, para unos tipos que la van a utilizar. No hay inconveniente, cualquier ayuda, le digo.
9 de Febrero. Domingo.
El carro que nos llevaba hacia Guanare para internarnos en las montañas del Charal, aquel 11 de febrero de 1962, era conducido por César Augusto Ríos.
Ríos, delgado, alto, pelo ensortijado corto,, profesor de economía en la UCV, le iba diciendo a los otros muchachos que fueran matando iguanas y guardando los huevos para cuando él llegara. A mí me decía que vendría a hacernos compañía esa próxima semana. Pero no lo enviaron a nuestra base, sino a la de Humocaro, donde murió fusilado a los pocos días, a manos del ejército.
Al abrir el suplemento dominical de El Nacional me encuentro con una breve nota que habla de mí; que tengo en preparación una nueva novela y un libro de relatos ya terminado.
Aquel domingo 11 de febrero de 1962, habíamos empezado a reunirnos a las 8 de la mañana en la Plaza Venezuela. Cuando yo llegué (como escribí en mi relato “Con la mirada puesta”) ya la gente se encontraba en los automóviles. Perales (a quien GGP llamaba teniente) le daba instrucciones a 4 de los muchachos que viajaban conmigo: un español y tres morenos del barrio El Cementerio. César Augusto leía el periódico sentado al volante de un Buick. Torres, alto, gordo, ojos claros, le hablaba por la ventanilla. Antes de salir pasamos por casa de mi mamá donde estaba Julieta. A mi mamá le dije que me iba para Cuba. A Julieta no tuve necesidad de decirle nada. Ella lloraba con Clara, que contaba un año, en los brazos. Llegamos a eso de las 3 a Acarigua. En vano solicitamos a Rigotes en diferentes lugares. “Ustedes son testigos de que el contacto no estaba aquí. Le voy a hacer llamar la atención. Vamos a seguir. Si me detienen en la alcabala. ¡Oh! ¡Yo no sé qué va a pasar! Decía Torres. Después, por las alcabalas pasaba con un pañuelo en la cara, fingiendo estornudar. En Guanare nos recluyeron en una casita que estaba cerca del estadio. Un joven con la cabeza vendada, a quien llamaban Ramón, acomodaba las cosas; otro, Patricio, me dibujaba un croquis de la zona. A las 2 de la misma noche un jeep, manejado por un gordo de sombrero blanco, nos dejaba en un puente de la carretera que iba hacia Boconó. El guía, bajo, delgado, pálido, se puso adelante y descendió a una quebrada. En la madrugada, se me llenaban los oídos de aire, marchábamos a tientas, frente a casas de donde partían alaridos de perros o pasábamos al lado de figuras vestidas de blanco que desviaban las luces de sus linternas y que saludaban con un seco “salud”. Vivo el río y el pez muerto que narré en el relato “Con la mirada puesta” y al final, al cabo de 8 horas, el desolado campamento.
10 de Febrero.
Y tal día hace dos años como hoy partí para el lugar de cual creía que no iba a volver. Con la diferencia de que hoy es lunes y aquel era domingo, como ayer.
Crescencio tenía 19 años y Crisanto 22. Crisanto nos recibió con una Thompson. Yo lo vi de sopetón y le pregunté por Pablo. “No está aquí”, me dijo con una voz seca y agresiva. Y pensé que en el futuro me las iba a llevar mal con ese hombre. Al cabo de un rato lo vi cuando yo estaba sentado en una pequeña troja de bambúes. Yo sacaba unos libros del saco que acababa de quitarme de las espaldas. Se me quedó mirando y me pidió uno de los libros. Pavese, “allá en tu aldea”.
- ¿Conoces a Pavese?
No, me respondió.
Le di el libro.
Dos horas más tarde bajé al río y cuando me inclinaba para beber oí una voz ronca, seca, que me llamaba. Me volví y contemplé a dos hombres, fusiles en bandolera, barbas, gorras verdes.
- ¡Tú, por casualidad, eres hermano de Blanca Dalia?- Me había dirigido al más joven.
Se me quedo mirando y no me respondió de momento. Yo continué:
- A mí me parece haberte visto.
Voz ronca, seca, nada comunicativa, me respondió:
- Puede ser.
- Yo conocí a Blanca Dalia. Conozco también a tu hermano Oswaldo.
- ¡Cómo fue la muerte de mi hermana? Eso me tiene atormentado-, dijo, al fin. Le contesté lo que sabía: que de parte de su cuñado, mientras almorzaban, había recibido, accidentalmente un balazo en el cuello.
Crescencio tenía 19 años y Crisanto, que lo había inscrito en la juventud, tenía 22 años. Crescencio era el jefe de la escuadra donde estaba Crisanto. Había cierto roce entre ellos. Crescencio se quedaba mirándose en el pozo de la quebrada y le decía a Crisanto, que me contaba esto, me decía que se creía parecido a Fidel Castro. “Y en verdad se parecía”, me decía Crisanto.
Crescencio era despótico, nunca se reía. A pesar de que Luis se encontraba con una pierna hinchada debido a una espina que se le había enterrado en el talón, lo obligaba a hacer los ejercicios de rigor. Luis se quejaba y Crescencio, con su manera seca, autoritaria, le decía:
- Bueno, haz los ejercicios sentado.
Crisanto más comunicativo, amargado, siempre recordaba un viaje que había hecho a ciudad Bolívar. En el autobús conoció a una enfermera con la que bailó en el camino. Me contaba la forma de cómo la había tocado, sensual, los pechos. Era muy joven y supongo que esa fue la primera vez que pudo tocar a una mujer.
Ambos estudiaban en la Escuela Técnica Industrial. Fueron los primeros en llegar a hacerle compañía a Pablo. Ya Crescencio había actuado con Pablo. Pablo me contó de un asalto a un estacionamiento y de un muerto en una carretera del Guárico. “Tenían el dato” de que un Digepol o un policía hacia traslado de dinero de San Juan de los Morros a Valle de la Pascua. Lo persiguieron y Crescencio le ordenó que detuviera el jeep. Los autos corrían parejos. El hombre no quiso detener el jeep y veía con estupor la pistola que lo apuntaba. Crescencio disparó y el jeep se salió de la carretera y se volcó. El hombre murió en los brazos de Crescencio, mirándole, con los ojos muy abiertos; así lo recordaba siempre Crescencio, me contaba Pablo. No encontramos dinero, nada, el dato había resultado falso.
Pablo llegó a las montañas del Charal en noviembre del 61, solo. En diciembre llego el primer “Lote” de gente: Crescencio, Crisanto y Ruíz…
Crescencio murió en febrero. Tenía 19 años. Era duro, hosco, seco. Lo ametrallaron. Era uno de los que decía que iba a salir vivo de allí. Pablo lo había mandado a buscar un cargamento a un caney; una gasolina y unos bastimentos. Crescencio salió con su escuadra compuesta por Crisanto, un campesino y un muchacho alto, joven, fuerte, recién llegado al monte. Partieron por la tarde para regresar por la mañana del día siguiente. Según parece el nuevo, el recién llegado, que estaba de guardia, divisó a unos hombres uniformados en la casa de un latifundista de la zona, enemigo de las guerrillas, y vino a dar la noticia, no le creyeron; eran los nervios; esos hombres debían ser obreros; eran los nervios. Y se fueron a dormir. “Crescencio no ordenó hacer guardia y por la noche, seguramente para no tener que hacer su parte”, me contaba Crisanto. Al amanecer, muy de mañana, salieron con las cargas y empezaron a ascender hacia la pica. Crescencio iba adelante seguido por el campesino. Crisanto y el nuevo, detrás. Al cabo de unos minutos se oyeron los disparos, una ráfaga. Crisanto se quedó pasmado. Después le dijo al nuevo que subiera para observar y tener qué informar en la base. Al llegar a la pica Crisanto oyó a sus espaldas una voz que le ordenaba detenerse, se lanzó al suelo y descargo dos ráfagas de la Thompson. Dice que vio caer a dos hombres. Echó al nuevo por delante y corrieron por la pica. Al día siguiente fue cuando pudieron llegar al campamento. Me dice Crisanto que Pablo estaba echando chispas: “coño, le dije a Crescencio que no disparara”. Todavía no se sabía nada de la suerte corrida por Crescencio. 20 días después, una patrulla al mando de Dakota que pasó por el caney, encontró el cadáver. Estaba cocido a balazos. La quijada volada y desde la cara hasta la cintura, agujeros como botones. A su lado el tamborcillo de gasolina que había ido a buscar. Me contó Dakota que había rociado el cuerpo con gasolina para preservarlo de los animales.
11 de Febrero. Martes.
Y tal día como hoy, pero lunes, llego a la base… y es el recuerdo de alguien que en días pasados me toma por el brazo y me dice que Crisanto murió, que a Crisanto lo mataron en Falcón.
Después que regresó conmigo no quiso volver al Charal. Me decía que se iba a Falcón. Conocía a Caraquita y viajaba con él. Cuando yo estaba en Chile recibí dos cartas suyas. No sabía que yo me había ido y vino una vez a visitarme. Me cuenta Julieta que se entretuvo tocando el piano. Le gustaba cantar y admiraba a Héctor Cabrera. Julieta le dio mi dirección. En las cartas me decía que estudiaba en la Técnica de Maracaibo. Estuvo en ciudad Bolívar con su familia. Recordaba mucho a su padre, que había muerto a quien días antes de morir acompañó en un largo viaje de vacaciones, a Margarita. Ahora alguien me ha dicho que ha muerto, que Crisanto ha muerto. También.
“Los Guerrilleros”
“Es Tiempo aún de combatir”.
“Afuera el Resplandor” (título del último Cuento)
“La Llama Limpia”
“A través de la fría desolación oscura”.
“El sol bajo”
“Aquí, Aquí, entre las breñas”
“Con la mirada puesta”
“Del Diario de un escritor” (apéndice 1)
“Del Diario de un escritor” (apéndice 2)
12 de Febrero. Miércoles.
“Vuestros nombres no irán nunca a perderse en el olvido”. Simón Bolívar.
Por fin dejo listo el libro de relatos. Titulo definitivo: “¡es tiempo aún de combatir!” con el epígrafe de Lazo Martí. También epígrafes, en varios cuentos, de Eliot, Rilke y Bolívar. Seis relatos y un epílogo o apéndice algo largo. Apéndice que viene a ser un relato también, pero una especie de historia de los cuentos también.
Márquez Salas se quedó con una copia para trabajar en el prólogo “deja esa carpeta ahí”, me dijo.
13 de Febrero.
Durante todo el día en el colegio. Exámenes semestrales. Compro una novela de García Hortelano: “nueva amistades”. Cuando salió por ahí, a finales de 1961 y comienzos de 1962, traté de leerla y no pude. Fue cuando sentí mi primera gran crisis. Había roto con los grupos y vivía en casa de mi mamá, en una casa horrible, llena de ruidos diurnos y nocturnos. No podía leer y trataba de leer esa novela que me parecía pesada y vacía. Ahora la compro en un remate; la dejaré en un rincón hasta que me decida a leerla. O la cambie o la venda.
16 de Febrero.
Tres días sin poder anotar nada. La cuestión del libro, los exámenes que tengo que hacer, las clases que tengo que preparar…ayer había hecho la nota correspondiente al día 14. Pero no la encontré. La escribí en máquina, en la oficina de Antonio. No pienso volver a escribirla. Si la encuentro la anexo, eso es todo. He comprado no menos de 80 libros de ocasión entra el 13 y el 15. Leo el Génesis, Salomón, El Eclesiastés. Leo una simple novela de Cela: “Pabellón de Reposo”, esto último es lo que yo necesito: reposo. Hoy me tomé unas cervezas, dormí a mediodía y soñé que dictaba clases.
19 de Febrero.
Encuentro con Julio César Cacique en la librería Letras. Dirigente Sindical del MIR. Calvo, nariz aguileña, boca fina, pequeña, bajo, gordo: una especie de Napoleón maduro en el físico. Caminamos y me dice que está en la dirección del MIR, que la cosa dentro del PCV está fea: dos tendencias: una de pacificación, otra de lucha armada. Le pregunto que si Carlos Augusto León encabeza la lista de la pacificación. No sabe, me responde, “pero te digo, dice, que la cosa dentro del PCV está fea. No digas que yo te dije nada”.
21 de Febrero.
Renato Rodríguez me visita en el bufete de Márquez Salas. Como siempre, me habla de Tosta García y de “Don Secundino en Paris”. Me dice que tiene una novela que piensa editar en inglés. Se va a los EE UU, la novela trata de un hombre que está viendo una película y ve al actor principal tomándose un yogurt en un famoso café de Paris. Me cuenta todo y me dice que el hombre de la novela se queda con la obsesión de tomarse un yogurt en ese famoso café de Paris, trabaja como un condenado para conseguir dinero e irse a Paris a tomarse ese café. No consigue el dinero, pero, terco el hombre, se va como puede. En el aeropuerto se encuentra con un viejo amigo y le dice que lo lleve enseguida al famoso café. El amigo lo lleva. La ilusión del hombre se va a cumplir y como el actor de la película pide un yogurt, pero el dependiente le dice que en ese café no venden yogurt. Aquí termina la novela.
En la puerta del teatro Palace está Pedro Beroes. Bajo, maletín negro en el pecho, está impaciente. Hablamos un rato: “-¿Cómo ve la cosa”, le pregunto. “Mal, muy mal”, me contesta. Me dice que dentro del PCV hay una gran discusión. “Un grupito de aventureros se ha adueñado de la dirección del Partido me dice, pero nosotros lo que queremos es que se discuta adentro, no que se divida”. Me dice que él, Federico Brito y Rodolfo Quintero están por una rectificación. Él, especialmente, he enviado un detenido estudio de lo que piensa a casa de la actual línea del P.C.
Lo veo impaciente, ve el reloj y aprieta contra su pecho el maletín. No son fundadas mis observaciones, puesto que veo que una mujer de lentes oscuros, más alta que él, se acerca y lo saluda. Ella dice: “¿Llegué a la hora?”
Él ve el reloj y dice que sí. Yo me despido y veo que entran al cine.
28 de Febrero. Viernes.
Doy un gran paso. Hago un arreglo con Fuentes. Le adelanto Bs 400 para que imprima el libro; el resto se lo daré con la renta. Lo acompaño a Pro-Venezuela. Allí está Orlando Araujo. Orlando ya no trabaja aquí, pero no deja de venir. Eso parece. Está rentado en la oficina del Director, otro hombre de apellido Fuentes. Orlando ha envejecido, lo veo flaco, demacrado, se le nota mucho una cicatriz que tiene en la mejilla izquierda y que se ocasionó en un accidente automovilístico; las canas le han invadido las sienes se me parece a Vera Fortique, se lo digo, pero no me oye y no se lo repito.
Tiene muchos proyectos. Habla con Domingo Fuentes que es el campeón de los proyectos. Orlando habla mucho de la Revista “Que pasa en Venezuela”, de la que forma parte en el Comité de Redacción. Dice que está mal, que sólo vive de las clases que da en la Universidad. Yo recuerdo a Orlando cuando trabajaba en Pro-Venezuela y gastaba hasta Bs. 300 en un almuerzo; recuerdo que tenía un chalet en El Tamanaco; recuerdo que siempre andaba con mujeres o siempre era solicitado por mujeres una de ellas se llamaba Vilma Vargas. Una vez solicitando un revólver para defenderse de un marido celoso. Estaba separado de su mujer y enamoraba a la llamada Vilma. Vilma estudia Letras en la Universidad. Orlando se inclina y le dice a Fuentes que se reconcilió con su mujer, después de 4 años de separación. Fuentes lo felicita. Orlando le dice a Fuentes que el gasto más grande que se ha dado en su vida se lo dio el día que lo despidieron de Pro-Venezuela. Lo agasajaron con un banquete. Y se dio el lujo de insultar a la oligarquía en su casa, dice, en el discurso que pronunció dijo, más o menos lo siguiente. “Aquí hay dos Pro-Venezuela: la patriótica la nacionalista, la de hombres como Alejandro Hernández, y la otra, la de los que quieren entregar el país atado y amordazado…”. Dice que no citó a estos últimos pero que era fácil adivinarlos.
Yo pensé en aquel presidente de Ecuador que tuvo que emborracharse para decirle a los americanos lo que realmente sentía, después de esto el presidente del Ecuador se vomitó en el banquete y se retiró emputado. Esa misma noche lo instalaron en un avión que lo depositó en Panamá. Pienso en todo cuanto oigo a Orlando Araujo, pero por supuesto, no digo nada. Me lo trago.
Orlando ha envejecido. Supongo que perdió la fuerza de los 26 años, cuando publicó su libro sobre Gallegos.
Orlando se quita los años, me dice Fuentes. Ya lo voy alcanzar.