Dijo el comunista Betancourt en 1932: “Yo mandé a la mierda la sensiblería […], ya no me afecta el ataque…”

JOSÉ SANT ROZ

Era Betancourt considerado, en aquella pacífica y somnolencia Costa Rica, un revolucionario con experiencia internacional, un hombre leído, bastante erudito. Quizá fuese él, el comunista mejor informado (y formado) de este país. Se estaba entrenando en ese estilo panfletario procaz, sumamente agresivo y provocador, que había de causar sensación a mediados de la década de los cuarenta en Venezuela. El 8 de octubre de 1932, escribe un estremecedor artículo sobre el problema colombiano en Repertorio Americano, en el que plantea: “Y para ser leal a Colombia-pueblo, a Colombia-masa —a la cual tan hondamente vinculados nos sentimos todos los venezolanos de la oposición—, es necesario decirles en estos momentos, arrostrando las iras patrioteras: Mentira que el enemigo está más allá de las fronteras. Mentira que su deber es irse a despedazar con los vecinos peruanos. Mentira que el decoro de Colombia está en entredicho, porque los agentes provocadores de un déspota hayan ocupado el lejano puerto amazónico de Leticia. Mentira todo esto. Lo cierto, lo rigurosamente cierto, es que tus enemigos son los hipotecadores y traficantes de las reservas de riqueza nacionales, los que se benefician con tu situación permanente de miseria, los gamonales nativos y los imperialistas de fuera”.

Betancourt grita, panfletea y provoca al dictador venezolano adonde su mano no llega. No quiere ir a meterse en las entrañas de la lucha clandestina, ni mucho menos regresar a Venezuela para no volverse centauro de pacotillas. Se permite atacar con ira al mejicano «revolucionario» Vicente Lombardo Toledano, porque se parece mucho a él, al Rómulo Betancourt de la década de los cuarenta.

Con motivo del II Congreso de la Confederación Ibero-Americana de Estudiantes, la Ciade, que se llevó a cabo en mayo de 1933, en San José de Costa Rica, y en la cual participó Rómulo, se llamó a Lombardo «charlatán al servicio del imperialismo». La delegada de Estados Unidos, Dora Zucker, le tildó de cobarde y de antiimperialista de pico.

En realidad, Vicente Lombardo Toledano, representaba el típico sindicalista latinoamericano: un hombre que salía de abajo, que en un principio creyó en una revolución proletaria, que se esforzó solidariamente por una justicia social para todos sus compañeros de trabajo, que conoció la política, no en una universidad sino en las luchas callejeras, en la cárcel. Apenas comienza a tener figuración, a recibir viáticos para viajar por el mundo, a dialogar en mesas de discusiones en las que se debe llegar a un acuerdo para firmar contratos «justos» con patrones y empresarios, este hombre (débil de conciencia), comienza a comprender que los de arriba no son tan malos; que también hay otro mundo que él por su intransigencia no había conseguido comprender. Empieza a considerar que con la violencia callejera y con la amenaza de establecer la dictadura del proletariado, no se llega a ninguna parte. Que hay que buscar fórmulas pacíficas y de carácter evolutivo para alcanzar el progreso. Que lo del comunismo no es la vía correcta. Que en Latinoamérica somos diferentes y debemos plantearnos un cambio acorde con nuestros valores históricos.

Téngase además en cuenta que Vicente Lombardo habría de ser presidente de la Confederación de Trabajadores de América Latina desde 1938 hasta 1964, una práctica aberrante en casi toda América Latina, donde las cúpulas sindicalistas se atornillan en sus altos cargos burocráticos de por vida.

Al mismo tiempo que se llega a este grado de conciencia, estos tipos de tartufos redoblarán su disimulo revolucionario. Para ello se venderán a escondidas a los poderosos, al tiempo que les advertirán que no se les malinterprete, cuando se dirijan con verbo encendido a los de su clase, utilizando expresiones como antiimperialismo, expropiación, anticapitalismo o socialismo. Es lo que siempre deben decirle a sus congéneres, para luego engañarlos y estafarlos mejor. Betancourt arremeterá contra Vicente Lombardo y contra Augusto César Sandino, siempre escudándose con seudónimos o con anónimos; a este último lo llama traidor. Moteja a Sandino irónicamente de Héroe de Las Segovias. Le echa en cara al famoso guerrillero nicaragüense que su lucha no se hubiese sostenido con un carácter anticapitalista, antiimperialista; que se hubiese negado a formar parte del frente latinoamericano pro-comunista.

Cuando no tiene a quien atacar se desquita un poco escribiéndole a su amigo Raúl Leoni, quien se encuentra en Barranquilla, le escribe cosas como esta:

—No seas carajo, calvito, te escribo y no contestas.

Por lo que más quieras, no le apliques a esto tu clásica pereza, ya sabes que soy susceptible a los derrames de bilis.

En otra ocasión le dirá:

  • Yo mandé a la mierda la sensiblería […], ya no me afecta el ataque […]

El izquierdista Arnoldo Ferreto, compañero de Betancourt durante las deliberaciones de la Ciade, dirá en 1941: “La trayectoria seguida por Rómulo es genuinamente la seguida por todos los modernos traidores del movimiento revolucionario. Durante los años en que militó en nuestro Partido en Costa Rica, representó la tendencia más intransigente y la más sectaria. Las diatribas más fuertes lanzadas desde las columnas de Trabajo contra todos aquellos que no fueran nuestros camaradas, aunque tuvieran una actitud progresista frente a los importantes problemas nacionales, fueron escritas por él. Nadie como él fulminó contra toda posible colaboración con otros partidos o tendencias de izquierda moderada. Su lema era: La revolución no se hace con cuentagotas. El período de su militancia en nuestro partido fue aquel en que se insultó con los adjetivos más hirientes, desde las columnas de Trabajo, a tirios y troyanos. ¿Quién no recuerda la actitud de Rómulo en el Congreso de la Ciade? ¿Quién no recuerda el emplazamiento a Lombardo Toledano, formulado por Betancourt, para que se definiera respecto del marxismo y la violenta polémica que ambos sostuvieron en el Edificio Metálico? Rómulo defendía el marxismo-leninismo y se llenaba la boca llamándose a sí mismo «bolchevique». En esa época Lombardo era para Rómulo un «puerco oportunista» y los delegados republicanos españoles unos señores burgueses que no conocían a Marx”.

Sin embargo, Betancourt descubrirá diez años más tarde, cuán injusto había sido con Toledano. Procurará por todos los medios hacerle ver cuán estúpido y equivocado estuvo cuando lo atacó en Costa Rica, todo producto de su inmadurez política. Le hará después honores y reconocimientos por la prensa adeca, cuando Vicente Lombardo Toledano visite Venezuela en 1944.

El 22 de mayo de 1933, ocurre un fenómeno bien extraño: el gobierno de Costa Rica, presidido por don Ricardo Jiménez Oreamanuo, emite un decreto contra los extranjeros sindicados de comunistas. Se ven envueltos en esta medida los venezolanos Rómulo Betancourt y Juan José Palacios. Esta orden la inspira un alboroto que protagonizaron unos desocupados en el centro de la ciudad. El Decreto, reza: “El Presidente de la República. Con vista de la participación de los extranjeros que en esta resolución se indican, en actos subversivos, y de la información comprobatoria de esos hechos y, CONSIDERANDO: Que la tranquilidad pública exige que no se dé asilo a elementos indeseables, que constituyan un peligro para la seguridad del Estado. Por tanto: De conformidad con los artículos 1º y 3º de la Ley de junio de 1894 y del artículo 1º inciso 3º, y artículo 6º de la ley de 24 de noviembre de 1905,

DECRETA: Expúlsanse del territorio de la República a Rómulo Betancourt, Adolfo Braña, Carlos Herrera, Juan José Palacios y Francisco Blandón, a quienes se les notificará por medio del Director de Detectives la orden de expulsión.

Dado en la Casa Presidencial, San José, a los veintidós días del mes de mayo de 1933”.

Pese a esto, Betancourt se quedará tranquilo, seguro y muy bien atendido en Costa Rica hasta 1936, cuando ya se sepa que ha muerto Juan Vicente Gómez. Había sido un error, es decir, el gobierno de Costa Rica se enterará tarde, después que se haya emitido el Decreto, que tanto Rómulo Betancourt como Juan José Palacios trabajaban para el Departamento de Estado americano.

No sucedió lo mismo con Rafael Simón Urbina, quien al llegar ese mismo año a Costa Rica da unas declaraciones contra Gómez, y es inmediatamente expulsado del país. Betancourt escribía y decía cuanto le daba la gana contra Gómez y a favor del comunismo y nunca le molestaron. Igualmente, cuando Adolfo Braña fue expulsado por considerársele agitador. Luego los adecos de todos los tiempos comenzaron a inventar que con «innegable astucia salvó de caer en manos de la policía y que después de ese hecho su casa permaneció ocupada durante varios días por la policía».

La historia que se armó y que traen reseñadas algunos libros es la de otro converso, Manuel Mora. Cuenta éste: «Cuando la policía llegó a la casa donde vivían Betancourt y Palacios, atendió este último, Betancourt se dio cuenta de la situación y mientras Palacios hablaba con los policías, salió por el fondo de la casa y logró llegar hasta donde Luisa González. Allí lo localizó (sic) también la policía, pero como no lo conocían personalmente, cuando los funcionarios preguntan por Betancourt, él mismo les dice: «Un momento ya viene». Inmediatamente pasó por atrás a la casa de la escritora salvadoreña Claudia Lars […] De allí lo sacaron escondido en la maleta de un carro y fue llevado a un lugar donde Mora lo recibió […]»

¿Qué pasó con Juan José Palacios, el íntimo amigo de Betancourt? Veamos, comenta la escritora Carmen Lyra lo siguiente: «Dicen que ahora hablar del no comunismo de Juan José Palacios es ir contra uno de los artículos de la fe del gobierno. Y sin embargo, sigo afirmando que no es comunista. A los pícaros que tienen interés en creer lo contrario ¿cómo convencerlos? […] Sí, Juan José Palacios no es comunista. Si lo hubiera sido no lo niega porque es muy hombre. No es comunista porque para serlo en estos momentos se necesita un espíritu de lucha que él no tiene […]»

Resulta que el tal Juan José era agente principal de policía en la municipalidad de San José, por tanto, es dudoso que una persona de quien se ha ordenado su detención y que vive precisamente con un policía, consiga huir mediante una espectacular jugarreta. Habría que investigar profundamente en los documentos de aquella época en Costa Rica, pues Carmen Lyra añade: — ¿Y sabe usted cuál fue la actitud de Palacios cuando actuó como agente de policía municipal? Pues cumplir con su deber, cobrar las patentes que debía cobrar […]»

No obstante, lo sorprendente es que Braña y Palacios sí fueron expulsados el 24 de mayo de 1933 con destino a Panamá, mientras que Rómulo «huyó a las montañas de San Gabriel de Aserrí y se puso a vivir como ermitaño». Pues, bien, el Decreto nunca fue derogado. El sainete es como para coger palco, porque realmente Rómulo paseaba con su novia, de lo más fresco por San José, al tiempo que el periódico La Hora, subtitulaba: Betancourt continúa siendo la incógnita del momento […] la captura de Betancourt es cuestión de horas.

El diario Costa Rica por su parte informaba que «Betancourt, sin anteojos y disfrazado ha sido visto en las calles de San José». El jefe del cuerpo de detectives aparece declarando en el mismo diario «se espera poder culminar en breve gestiones que den con la detención del estudiante Betancourt». Rómulo siempre gozó de buena prensa para que sus leyendas cogieran cuerpo e hicieran de él un corajudo revolucionario, pues lo más sorprendente de aquella comedia es que él continuaba de lo más tranquilo con sus tareas habituales en las páginas de Trabajo.

De modo pues que este era el perseguido más libre del planeta. Betancourt se inflaba, dándose él mismo bomba y recreando otra leyenda para que los protoadecos de Barranquilla la difundiesen por Venezuela. Les escribe: «Olvidaba decirles que de nuevo me persigue la policía. Esta tarde por poco me pescan. He tenido una gran suerte para sortear el esbirraje de don Ricardo. Me salvó hoy una camarada que con la lengua afuera estuvo zanqueándome por la calle para trasmitirme la noticia de la nueva orden de captura». Añade lo siguiente, invadido de una curiosa confusión: «Tenemos ciertas conexiones dentro de ellos mismos que en el caso mío han servido magníficamente para evitarme una reedición del viaje aéreo de Juancho».

Pero lo más sorprendente, es que esta nueva versión de Jan Valtín (el personaje de La noche quedó atrás), aburrido de jugar a la candelita, y temiendo que algunas personas importantes lo pudieran tomar en serio, envía una carta al diario La Hora en la que procura hablar con franqueza.

Escribe el 25 de septiembre de 1933, lo siguiente:

“Señor Director de La Hora

Ciudad

“Desde la cama donde permanezco recluido por enfermedad, le dicto a un amigo estas líneas, fastidiado ya de las fantasías que se han venido tejiendo en los periódicos alrededor de mi persona y en conexión con la huelga del Atlántico:

“l. Es falso que el Gobierno me haya notificado que hay orden de expulsión contra mí. Es falso que yo haya manifestado deseo de irme para Francia. Es falso que se haya pensado, como dice el «Diario de Costa Rica», en ayudarme económicamente para que mi salida del país no me cause perjuicios, porque hombres de mi temperamento y convicciones no aceptan ese género de «ayudas» “2. No soy «director intelectual del comunismo en Costa Rica». El Partido Comunista tiene su dirección colectiva, el Comité Central, del cual no formo parte. Eso no significa que niegue mi filiación comunista. Soy y seré comunista. Pero no tomo una participación activa en las luchas políticas de Costa Rica.

“Me intereso por su política como me intereso por la de la China o la de la India. Le agradeceré la publicación de estas líneas.

“Atentamente,

Rómulo Betancourt”

Los historiadores que tratan este punto dicen que es muy raro que a un prófugo se le publique una declaración en la que niegue que exista orden de expulsión en su contra, y que el gobierno en absoluto se moleste en responderle. También se ve, que eso de su papel como terrible comunista fue una historia recreada por él mismo.

No obstante, Betancourt seguirá apareciendo en la prensa como unos de los principales instigadores de unos incidentes que se presentan en la barra del Congreso. Durante todo ese tiempo no hay un solo artículo suyo que aparezca firmado con su nombre y apellido.

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