Para que vean, a lo que añoran a aquel tremendo irresponsable llamado Carlos Andrés Pérez…

Y no se crea que aquella Venezuela del segundo mandato de CAP no contaba en la dirección de los ministerios claves con toda una pléyade de augustas genialidades, lo más preparado y exquisito de la profesionalidad del país. La crema de la crema universitaria que jamás había parido Venezuela: Miguel Rodríguez (ex militante del Movimiento al Socialismo (MAS)) graduado en la Universidad de Yale (por cierto la que produce más agentes de la Central Intelligence Agency (CIA) en todo Estados Unidos) iba a coger el toro de las finanzas del país; Moisés Naim (con un doctorado en el Massachusset Institute of Tecnology (MIT)) asumía el cargo de la apertura comercial; Beatrice Rangel (con postgrado en las Universidades de Boston y Harvard); Eduardo Quintero (con un postgrado en Harvard) tomaba la dirección que iba a reestructurar las empresas públicas; Gustavo Roosen (con maestría en la Universidad de Nueva York) se encargaría de reformar el sistema educativo; Carlos Blanco (L’enfant terrible de la izquierda universitaria de los sesenta, economista summa cum laude y Ph.D de la universidad Central de Venezuela) se aprestaba a destrancar la burocracia estatal; Gabriela Febres Cordero (cum laude en la Universidad de San Francisco) decidida a destrabar el asunto de las exportaciones no tradicionales. Todos ellos, entre otros muchos brillantes tecnólogos y científicos curtidos en las supremas artes del conocimiento que llega de Europa y Estados Unidos, tales como: Reinaldo Figueredo (graduado en Ciencias Políticas de la Universidad de París y en Economía de la Universidad de Bruselas, personaje clave del equipo de CAP); Armando Durán (de origen cubano, periodista y doctor graduado en Filosofía de la Universidad de Barcelona, España); Gerver Torres (con un Senior Scientist at Gallup and Market Research Consultant)…

Esa era parte de la cosecha que CAP recogía del programa de becas Gran Mariscal de Ayacucho que él había implementado durante su primer mandato. Pero casi todos esos jóvenes brillantes, que fueron a sacar sus títulos al exterior, venían con un cerebro horriblemente supeditado a los proyectos de investigación, a la cultura y al desarrollo de Europa y Estados Unidos, y Venezuela les olía muy feo. Muchos comenzaron a sentirse avergonzados de su país, lo trataban con desprecio. Entonces se dedicaron a investigar para ver publicados sus trabajos en revistas “indexadas”, importantes, que diesen mucho caché. Eso era básicamente lo que les interesaba. Se desató en las universidades un narcisismo académico espantoso, y se puede constatar que esa gente estudiosa casi nada aportó al país y quienes realmente aprovecharon su talento fueron los países en los que ellos hicieron sus doctorados. Cachicamo trabajando para lapa. Y por eso hoy esas universidades están como están, pidiendo plata y más plata para seguir produciendo investigación para afuera, y manteniendo el mayor desprecio por lo nuestro.

Miguel Rodríguez se sentía demasiado sobrado en el gabinete de CAP. Había aceptado ser ministro de CAP casi por lástima porque tenía muchas ofertas en el mundo para desempeñarse como asesor de grandes empresas o como profesor de prestigiosas universidades. Había ganado un concurso internacional en el que participaron más de trescientos economistas del mundo. Llegó a ser Miguel Rodríguez asistente de James Tobin, Premio Nobel de Economía de 1981, furibundo keynesiano a favor de la intervención del Estado en la economía.

CAP se sentía supremamente orgulloso con su equipo de trabajo. Nunca América Latina había contado con un grupo de profesionales más brillantes, y todos estaban decididos a defender la tesis de que ya era hora de que los partidos les dejasen dirigir la economía. Que la economía no era asunto que se pudiese dejar en manos de los partidos sino de los “expertos”.

Con aquellos expertos había que sacar al país de la debacle en la que lo había dejado Lusinchi. Este no iba a ser tan zoquete, así pensaban aquellos políticos, para dejarle al sucesor un camino de rosas. Lusinchi gastó hasta la última locha del Tesoro Nacional, quedaban en reserva solo trescientos millones de dólares y no había con qué pagarle a los empleados de la Administración el primer mes del mandato de CAP. Los ministros de economía advirtieron a CAP que solo había plata para un mes de importaciones y quedaba pendiente el reconocimiento de una serie de cartas de crédito vencidas que se les otorgaron a los empresarios para que importasen con dólares preferenciales. También había que pagar los intereses de la deuda externa que había sido refinanciada, cancelar pagarés millonarios por la adquisición de implementos militares adquiridos a raíz del conflicto con Colombia por lo de la corbeta Caldas en 1987. Lo que estaba claro era que Venezuela económicamente estaba en las últimas; hundida en un piélago de improvisaciones y, como dicen los expertos, en terribles problemas estructurales; era Venezuela el único país de América Latina donde no existía gravamen del Impuesto al Valor Agregado (IVA), por ejemplo, y todos los partidos de entonces estaban renuentes a aplicar una política tributaria.

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