Clarac de Briceño, Jacqueline: se pasea por la universidad de Los Andes como investigadora de alto nivel científico. A primera vista inspira respeto: viste de manera sencilla, es delgada y su pelo es enteramente blanco; usa gafas para miope y cojea de una pierna. Tiene hablar pausado y sereno. La reciben los Consejos de Facultad, sus informes son piezas magistrales para el Consejo Universitario y la estela que deja su presencia conmueve a sesudos científicos de todos los continentes. Su obra tiene sabor a cuentos tiernos de eras retrogradadas, a resaca caribeña con efluvios hoollywoodense. Esta señora elaboró todo un tinglado científico bajo los auspicios de centros como la Gobernación de Mérida (de la década de los ochenta), el CONAC y algunas dependencias culturales que viven cuadrando información para aderezar presupuestos e inflar “preclaras” figuras. A falta de una obra seria hay que forjarse un nombre aunque sea apoyado en la ignorancia de los burócratas, palangrines de las letras y políticos de partido. El que es burócrata y a la vez académico, como no le queda tiempo para prepararse, el modo de que no haga aguas su cargo es vivir a la caza de proyectos fenomenales que lo coloquen en el teleobjetivo de las televisoras y de los periódicos, y sobre todo de algún programa vistoso, de los que suelen montar los llamados equipos rectorales. En marzo de 1987, el personal del Museo Arqueológico Gonzalo Rincón Gutiérrez» de la ULA, realizó un espectacular «hallazgo» en un sitio de la Pedregosa Alta, en el cual fueron desvelados «sitios habitacionales, terrazas de cultivo, canales de riego (acequias) y cámaras funerarias (mintoyes) en el sector conocido como Loma de La Virgen». La audacia del descubrimiento que implicó uno de los sismos arqueológicos más violentos de los últimos tiempos, en el país, puso al descubierto la preparación intelectual y la calidad humana, no sólo de los descubridores sino también del universo de seres aletargados y anodinos que conforman nuestro mundo universitario. Inmediatamente al fenomenal hallazgo, los distinguidos investigadores del Museo Arqueológico que habían dado con aquel tesoro, pusiéronse a ordenar sus resultados científicos. El tesoro era real pues su revelación se encontraba en las arcas de la Nación que podía sufragar toda clase de eventos, viáticos, ponencias en la ASOVAC (1987), tesis de licenciatura en la Escuela de Geografía, proyectos de investigación, que incluían conferencias y viajes al exterior, etc.
Clarac de Briceño, Jacqueline: entendió prontamente que se encontraba en un país de los del “Tercer Mundo” porque tomó el toro por los cuernos y se adelantó con su batallón de estudiantes, de su Museo, y sin permiso alguno, adentrándose en el corazón del supuesto ombligo chibcha. Iba a explorar, a estudiar y a excavar cuantos yacimientos arqueológicos hubiese en el lugar. Los peligros en estos casos son considerables si no se actúa a tiempo con un muy bien remunerado batallón de funcionarios. Por otro lado, se sabe que la investigación es una zona minada por la mezquindad, la envidia y si alguno más descarado se adelanta te roba el timo, esto es, la “idea”, la trácala; la envidia y el recelo adquieren dimensiones verdaderamente demenciales. No se detuvo a considerar si existía una legislación en estos casos por lo cual empezó su tarea violando el artículo 15 de la ley de Protección y Conservación de antigüedades y Obras Artísticas de la Nación. Este primer paso la internó en una guerra personal y sin cuartel contra los dueños del terreno donde se encontraba el fulano “hallazgo”, propiedad del señor Rodulfo Ruiz Terán.
Corrió a los medios de comunicación para patentar con una cerca de púas burocráticas su “hallazgo”. Sobre la marcha emprendió una campaña de denuncias contra el dueño del lugar para salvaguardar nuestro patrimonio artístico y cultural. Como en Mérida algunos meritorios conocedores del medio no reaccionaban a la velocidad que ella deseaba, desató una lluvia de misivas implorantes a la Dirección de Patrimonio del CONAC, a la Gobernación, al Vicerrectorado Académico de la ULA y a distintos entes culturales regionales y nacionales. El que esto escribe fue conmovedoramente invitado por ella a partir lanzas por una lucha que salvaguardará al ombligo de la civilización chibcha. Como soy ignorante de estos temas arqueológicos me mantuve a la distancia y renuente a colaborar, pero algunos figurones (que como el pimentón están en todas las recetas burocráticas) se prestaron para aparecer como denodados defensores de nuestra tradición, y se los tragó aquel escabroso caso. Debo decir que mi esposa, la profesora María Fuentes, siendo una adolescente, vio hacer los fulanos muros de aquella Civilización Chibcha porque en esa finca solía pasar sus vacaciones de verano. Téngase en cuenta que muchas personas cultas, nacionales y extranjeras, realizaron investigaciones de campo en esa finca El Maciegal, propiedad, como dije, de los Ruiz Terán. Allí estuvo muchas veces el padre Santiago López-Palacios[1], una de las mayores eminencias botánicas que se han establecido en Mérida, hombre de una seriedad y de un don de observación científica nada común, conocedor de la civilización Chibcha y prehispánica de nuestro continente americano, con una vasta y profunda preparación en el campo científico y humanista; pues, el padre Santiago se cansó de ver, durante años, el fulano ombligo de la civilización chibcha, que encontró la doctora Clarac, y jamás dijo nada. También fue el padre Santiago gran amigo del sabio botánico Luis Ruiz Terán (hermano de don Rodulfo); igualmente del más acucioso historiador merideño (también estudioso de las plantas), don Pedro Nicolás Tablante Garrido. El sabio Tablante Garrido jamás llegó en sus trabajos históricos, que registra en su columna del diario “Frontera”, a rozar ni de lejos el mágico paraje chibcha, en pleno corazón de La Pedregosa Alta. Y eso que durante mucho tiempo lo llegó a ver prácticamente todas las semanas.
El impresionante descubrimiento no lo había hecho, como se puede deducir, un personaje comparable al francés Juan Francisco Champollion, quien descifró el rosetón, o el famoso alemán Schlieman quien halló la ciudad perdida de Troya, cerca de Hissarlik, sino un simple estudiante auxiliar de investigación del Museo Arqueológico de nombre Carlos García. Apenas vio el joven unos pequeños montículos de piedra, corrió ante la doctora Jacqueline: “¡Un nuevo mundo, doctora! ¡Estaba allí, a nuestros pies y nadie lo había visto! ¡Yo, lo he encontrado!” Esos terrenos del Maciegal constituyen un paradisíaco lugar, que venían siendo codiciados por ricos merideños desde hacía mucho tiempo. Ofertas fabulosas se les habían hecho a los dueños. Un conocido potentado de Mérida le hacía periódicas visitas a don Luis Ruiz Terán, ofreciéndole fuertes sumas de dinero. Parecía que los Ruiz Terán no encontraban manera de convencer a estos millonarios de que no deseaban en absoluto vender sus propiedades. Fue entonces cuando comenzaron a aparecer en la finca del Maciegal, ganado muerto, perros guardianes, gallinas y conejos, envenenados. Por esto llamó profundamente la atención el que una de las primeras medidas que propuso la señora Jacqueline fuese la de declarar el sitio: PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO DE MERIDA, Y UNA ZONA DONDE DEBE INSTALARSE EL PARQUE ARQUEOLÓGICO. Refirió el investigador J. E. Ruiz Guevara (quien no tiene parentesco alguno con la familia Ruiz Terán), que cuando estalló la infernal trama ya se tenía parcelado el sector para una repartición de esas tierras.
Clarac de Briceño, Jacqueline: Con el descomunal agite de aquella farsa, nuestro pequeño aeropuerto se congestionó. A los del poderoso centro de investigación de Quíbor se les unieron nada menos que don Mario Sanoja (catedrático jubilado de la Escuela de Antropología de la UCV, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia) y doña Iraida Vargas, arqueólogos de la UCV. Es así como aquel hallazgo de la Pedregosa tuvo tal resonancia internacional, que en la Ciudad de Los Caballeros comenzó a sonar, para convertirse en sede del II Congreso Mundial de Arqueología, en 1990. Como los edecanes de este inmenso proyecto pretendían meterse en el lugar como Pedro por su casa, sin permiso de ningún tipo, el señor Rodulfo Ruiz Terán, dueño de esa parcela, se molestó y tuvo que sacar a aquel enjambre de exploradores con pantaloncitos cortos, sombreritos de lona y morrales con aparataje para medición y cálculos de todo tipo.
Porque ha de saberse que desfilaron por el sector de Joyo Caliente las siguientes eminencias: Dr. Peter Ucko, Jefe del Departamento de Arqueología de la Universidad de Southampton, Inglaterra. – Dr. Peter Stone, Departamento de Arqueología de la Universidad de Southampton. – Dr. Paul Crake, Departamento de Arqueología de la Universidad de Southampton. – Dra. Jane Hubert, Departamento de Arqueología de la Universidad de Southampton. – Dra. Jack Golson, jefe del Dpto. de Prehistoria de la Research School, Australian National University. – Dr. Clare de Golson, del Departamento de Prehistoria de la Research School, Australian National University. – Dr. Oswaldo García Goyco, Universidad Gardens de Puerto Rico. – Prof. Marisol Meléndez, Universidad Gardens de Puerto Rico. – Prof. Andrés Príncipe Jácome, Universidad Gardens de Puerto Rico. – Dr. Simon Philippe y Dra. Catherine Philippe, médicos franceses. – Dr. Ramón Paolini del CONAC. – Antropóloga Elvira Ramos, Beca de formación del CDCHT. – La Técnica en Restauración y Conservación, María Elena Henríquez, ULA. – El Técnico de laboratorio y trabajo de campo arqueológico, Antonio Niño, ULA. – El licenciado en Geografía, Andrés Puig, ULA. – Finalmente: los bachilleres José Luis Quintero, Luis Belisario, Carlos García y Ricardo Briceño, todos de la ULA. ¿Qué pensarán hoy día esos investigadores serios de aquellas fantásticas «ruinas chibchas»?
En enero de 1988 nuestra oronda científica viajó a París y recorrió los pasillos, sede de la UNESCO, y conversó mucho con los señores del equipe de Préhistoire de Andes, Mne. Daníele Lavallée y M. Jean-Francois Bouchart, especialistas en ciudades precolombinas. Vieron estos señores las diapositivas y quedaron anonadados. De regreso a su país, doña Jacqueline volvió a querellarse con el señor Rodulfo. Este señor volvió a insistirle en que las tales ruinas prehispánicas eran unos simples montículos que él había hecho junto con su hermano, el eminente botánico, Luis Ruiz Terán, hacía veintiún años. Estaba claro pues, que lo que retrasaba su lucha era la terquedad de un ignorante campesino dueño del lugar donde se encontraba el susodicho tesoro. Había que mover cielo y tierra contra este señor, y fue así como inició otro peregrinaje por las oficinas del vicerrector Académico, la Secretaría yde nuevoa la Dirección de Cultura de la ULA, como pasos previos al ataque que desplegaría desde El Nacional, y otros diarios importantes del país. Ocurrió un hecho insólito el 14 de marzo de 1988. Corrió como pólvora el anuncio de que ya todo estaba perdido pues el poder sobrehumano del señor Rodulfo Ruiz Terán había producido una catástrofe: su fuerza era tan descomunal que con una tala que había hecho, logró destruir varias estructuras de piedra; cosa que ni una explosión con dinamita habría conseguido. El escándalo fue pavoroso, volaron calzadas y terrazas, muros de piedra de varios metros de altura; habían desaparecido las habitaciones y canales de riego y las cámaras funerarias pletóricas de sonrientes calaveras. Sí, la fuerza hercúlea y demoníaca del señor Rodulfo Ruiz Terán fue tal que desquició a los mismísimos expertos en explosivos de la Guardia Nacional. Entonces se solicitaron entrevistas a los corresponsales extranjeros y El Nacional dedicó su mejor página de arte para reseñar aquel crimen. Fue por ello por lo que se solicitaron urgentes sesiones especiales en el Consejo Universitario y en la Asamblea Legislativa del Estado para considerar los daños y las ulteriores acciones judiciales por tomar.
El 3 de mayo de 1988, llegó la imponente comisión del CONAC constituida por el arquitecto Ramón Paolini y Luis Molina: todos los presentes en una reunión donde asistieron estos calificados señores de la arqueología nacional no podían entender el poder inaudito de don Rodulfo Ruiz Terán que había demolido las impresionantes terrazas de una ciudad que había resistido los embates destructores del conquistador español, y a las inclemencias de centenares de años de permanente erosión dictatorial y democrática de nuestros pervertidos criollos. El 22 de mayo de 1988, día infausto para Venezuela, fue comprobado por éstos y muchos otros expertos, lo de la devastación del lugar: las estructuras que formaban antaño avenidas, muros y sólidas habitaciones, terrazas y otras construcciones estaban abolladas; piedras de más de mil kilos habían sido sacadas de cuajo y esparcidas en todo el terreno o formando acumulaciones en total desorden. Fueron llevadas unas reveladoras fotografías a la prensa que mostraban unas ramitas en el suelo y abundante estiércol con el título de PRIMERA DESTRUCCIÓN, MEDIANTE TALA DE ÁRBOLES. Unos bejucos secos miserables que también fueron fotografiados llevaban la reseña: «Destrucción en mayo del 88. Colocaron ramas encima de las piedras que quedaron».
Clarac de Briceño, Jacqueline: Aquella dama, aparentemente extraviada, cuya mayor parte de su tiempo lo utilizaba para hacer antesalas a los entes burocráticos, solicitando reuniones con la Asamblea Legislativa, con los mayordomos de la cultura; pálida, coja, con su pelo abultado y hundida en las nebulosas de gafas culo de botella, que no daba paz a su pluma ni descanso a lengua; cada día un nuevo frente: seguía en su marcha a machaca martillo, y reuniendo un arsenal de fotos, y armándose de paciencia y de serenidad, al fin pudo estructurar un enjundioso artículo que sus amanuenses no tardaron en llevar al Correo de Los Andes. No se detuvo a considerar las consecuencias gravísimas que podía desencadenar aquel informe que incluía fotos tomadas de la famosa revista Geomundo. El 15 de agosto, el profesor J. E. Ruiz Guevara publica un artículo criticando el brutal y desmedido abuso de hacer públicas unas fotografías de una revista tan conocida como GEOMUNDO para procurar impresionar a los incautos; es entonces cuando la señora Jacqueline corre al CORREO DE LOS ANDESy entrega una aclaratoria sobre este bochornoso plagio, pero para el momento ya había pasado más de un mes y la evidencia del estropicio era demasiado elocuente para venir ahora con una disculpa.
Ante esta temeridad, el doctor J. E. Ruiz-Guevara se ve en la necesidad de enviar una carta a la directora de GEOMUNDO, donde le dice lo siguiente:
Me es grato enviar copias fotostáticas de dos recortes de prensa de los diarios CORREO DE LOS ANDESy FRONTERA, que circulan en esta ciudad.
En el CORREO DE LOS ANDES aparece un informe de la Sra. Jacqueline Clarac de Briceño en el que incluye unas fotografías publicadas en GEOMUNDO ilustrando un artículo titulado «Explorando las ruinas de la ciudad perdida en Colombia», pp. 362 a 383, vol. 4 N? 4/abril de 1980, sin citar la procedencia de las fotos tomadas, cosa que constituye a todas luces un flagrante plagio.
En FRONTERA
aparece un artículo mío titulado «UN CUESTIONABLE HALLAZGO ARQUEOLÓGICO,
en el que denuncio la indebida utilización de las fotografías mencionadas. Al
permitirme hacer de conocimiento suyo tal anomalía, me suscribo de usted.
Atentamente Hist. J. E. Ruiz-Guevara
Mérida -Venezuela.
[1] El padre Santiago López-Palacios nació en Medellín,
Colombia, pero lo mejor de su producción intelectual y de investigación lo dejó
en Venezuela. Fue botánico, autor de extraordinarios trabajos de literatura,
dominaba perfectamente latín, griego, inglés, francés, portugués, alemán, italiano,
hebreo; y conocía el vasco y estudió la lengua árabe. Nunca hizo alarde de su
vasto saber, y más bien parecía un agricultor. Su obra Verbenacea de
Venezuela, exigió de él una dedicación suprema, y conocimientos nada
comunes en el área de la botánica y el latín. Sólo un monje como él podía
emprender tan formidable empresa. Había leído, por ejemplo, en sus lenguas
originales El Capital de Carlos Marx, las obras de Shakespeare, las de
Schopenhauer y Kant; poseía memoria prodigiosa.
Extraordinariamente
generoso, jamás evitaba el trabajo, y como satisfacía a su cuerpo con apenas
dos o tres hora de sueño, lo demás lo dedicaba a leer, estudiar, sembrar,
investigar. Conocía algo de carpintería; llegó a manejar avionetas, fue
alcalde, y recorrió casi toda Europa, parte de China y América.
Entre
sus obras más notables se encuentran además de su monumental obra de la
“Verbenacea” ya mencionada, Apuntes idiomáticos, Dos ensayos sobre el
Quijote y un inventario, Usos médicos de Plantas Comunes, Catálogo
para una Flora Apícola venezolana, Nombres (origen y significado) y
tradujo del alemán Y ellos no se avergonzaban (relato de 2.000 años), de
Joachim Fernau y publicada por Kariña Editores.