AUTOR: Pedro Pablo Pereira Márquez
“Un hombre que oculta lo que piensa,
o no se atreve a decir lo que piensa
no es un hombre honrado”.
José Martí
“Ay de mí si no Evangelizo”.
San Pablo.
“No me duelen los actos de la gente mala,
me duele la indiferencia de la gente buena”.
Martin Luther Kimg.
Introducción
Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro.
Confucio.
Hace algún tiempo me llegó esta advertencia: “No te conviene relación alguna con Sant Roz, porque te quedarás aislado como él, y tú Pedro Pablo eres un poeta, un hombre bueno, los poetas deben frecuentar ambientes serenos, los poetas son cándidos y apacibles, trátalo pero sólo de lejito…”. Me vino a la memoria aquello del espinito, de Alberto Arvelo Torrealba,… que da aroma al que pasa y que espina al que lo menea.
No reparé mucho en aquel consejo, que no sólo este buen amigo trataba de darme, sino también me lo mentaban muchas otras personas con las que traté en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andres, profesores, bedeles, estudiantes, vigilantes, … Caramba, qué mala fama, que de cuentos y chismes, injurias, barbaridades, rodeaban la personalidad y cuanto trataba José Sant Roz. A la vez estos misterios sobre su persona le atrajeron el odio, era una especie de maldito dentro de aquella universidad. Llegué a oír tantas historias insólitas de él que me llegaba a reír para mis adentros y me maravilla de la capacidad de tejer inventos y locuras de la gente. Un día alguien me dijo que a Sant Roz era tan violento que en sus años mozos había agredido a su propia madre en San Juan de los Morros; entre otros cuentos que se hicieron ciertos y constantes estaba el de que era un borracho consumado y hasta drogadicto. Otros inventos llegaron a publicarse por la prensa a nivel nacional (por el semanario La Razón y algunos sitios web): que practicaba la llamada “operación colchón” con sus alumnas, que había estado preso en Cotiza por zagaletón. Esto último me llamó mucho la atención, y pude enterarme luego que sí, que estuvo preso en la Comandancia de Cotiza pero más bien por un hecho que le honraba: a un amigo con el que andaba lo quisieron detener durante una requisa en el barrio Pedro Camejo y él entonces pidió que lo enchirolaran también.
Yo que llevo conociéndolo muy de cerca desde hace más de veinte años y en base a ese acercamiento tan estrecho, creo que puedo hablar con propiedad de él. Pero más que el puerco espín o el espinito, Sant Roz es el sagitario que lanza sus sagitas ígneas (saetas incandescentes), permítanme la expresión, contra los farsantes, los corruptos, los poderosos que siempre andan en plan de andar aplastando al débil, y en fin contra muchos que en este país han querido hacer con él lo que les da la gana, para pisotearlo y robarlo. Los de esta clase son los que realmente le temen, le rehúyen, los que cambian de acera para no topárselo, los que lo ven como una amenaza y un estorbo en sus caminos. Por supuesto que entre los que le evitan están sin duda los eternos güabinoso, los que ni huelen ni hieden, y que tanto mal le han hecho a nuestra patria.
Pues bien, ¿por qué esa recomendación de no acercarse a él, de tenerle cuidado, de tocar la campanita cuando se le ve a cierta distancia para no topárselo como a los leprosos en la antigüedad judía, y apenas si saludarlo y cuidado con entrar en conversación? Esto es todo un caso, saber de tanta gente que tuvo buenos tratos con él pero que in día, de la noche a la mañana desaparecieron de su lado y no lo volvieron más nunca a tratar. ¿Por qué se marcharon? ¿Cuál fue el temor que les despertó? ¿Acaso sería que él los sorprendió en su interior y se espantaron despavoridos? ¿No soportaron sus verdades y su propósito de ir cada vez más lejos en sus terribles desafíos? ¿Los pondría al desnudo con su propia manera de ser y de actuar?
Para un estudio más profundo que este sencillo escrito, habría que verlo desde tres puntos de vista: a) a lo largo de su niñez y juventud, en el deambular por esos llanos guariqueños, batallar con las miserias de aquellos ambientes de su época, con pocas posibilidades de salir adelante, en medio de su ánimo y la decisión de comprender, a pesar de la ingente pobreza, b) en su vida adulta en busca de la verdad, hasta doctorarse como matemático, luego llegar a ser profesor titular de la Universidad de Los Andes (función en la que se desempeñó como docente universitario, investigador de artículos científicos en el campo de las Matemáticas para revistas internacionales); como profesor de aula, cuyos juicios de sus alumnos podrían ser el mejor testimonio de su seriedad, de su capacidad y eficiencia en la enseñanza de esta compleja ciencia; c) como escritor investigador en el campo de la historia, especialmente estudioso del Padre de la Patria Simón Bolívar, de la vida y obra de Antonio José de Sucre y de quien lo asesino José María Obando; estudioso de la vida del gran traidor de América Latina Francisco de Paula Santander. Por cierto, pone al descubierto de Santander cosas que la historia colombiana y venezolana jamás han referido, sino que más las ocultan o siguen callando.
Como humano y a pesar de sus muchas cualidades, tendrá también defectos, desaciertos en sus juicios, equivocaciones en el trato con ciertas personas, situaciones que no tolera; con algún aspecto conflictivo de su personalidad, que no atrae, que lo puede hacer nada simpático; un lado aparentemente negativo para algunos pero que visto desde mi punto de vista no hace sino resaltar cualidades o complejidades dignas de ser analizadas, que lo hemos dicho, pues que de estas personas como Sant Roz se esperan “milagros”, la gente espera ver siempre un lado quizá sobrehumano y se olvidan o no aceptan inconscientemente que sea como ellos, creen; esperan que nunca pueda o no deba equivocarse precisamente porque están a la caza de que fracase o se hunda, que lo condenen y despedacen.
Por eso, ante el menor traspiés de su parte, por pequeño que sea, hacen de él un escándalo.
En su estilo –único hasta ahora- que ha sido la denuncia escueta, sin flores ni adornos, cruda, cortante y dolorosa hay que apreciar su amor por el país, por la historia y sus valores más elevados; es a la vez como el servicio y el deber de su vocación de escritor, porque el bisturí con el corta es para dar salud, luz y fuerza a la patria. La denuncia es una consecuencia del amor al bien. La denuncia en su caso es una exigencia de amor, es algo a lo que el escritor no puede sustraerse ni replegarse, algo a lo que él se siente comprometido aunque en ello implique la soledad, el aislamiento y los peligros más arteros.
El amor reside en sus actos como el motor que lo anima y empuja y le hace desatar la denuncia y ésta lleva implícita hacer el bien que es el fin que se persigue, pues no se denuncia por denunciar, sino por promover e impulsar los cambios necesarios para hacer fuerte y creativa nuestras luchas, una denuncia de alto vuelo poético para desamarrar a tantos esclavos y sobre todo para vencer esa cobardía que dejaron en nosotros los estragos coloniales.
En todo caso, el escritor denunciante se tiene que acostumbrar a la soledad, a los desprecios, a las incomprensiones. Esto me recuerda a un pasaje del evangelio: Jesús había multiplicado los panes y los peces para saciar a una muchedumbre hambrienta, luego cuando él se va a otra ciudad, esta misma gente se le había adelantado y lo estaba esperando tras los muros del pequeño poblado creyendo que les daría la cena, pero en lugar de comida, les habló de exigencias, de cambios de vida, de los riesgos y renuncias que exigen el camino angosto, y todos se fueron marchando diciendo que esas palabras eran duras y difíciles de entender y aceptar. Jesús mira a sus discípulos allegados y les dice que si ellos quieren marcharse que lo hagan ahora mismo, porque preferiría estar solo a estar rodeado de un grupo de indolentes, débiles, mantenidos, oportunistas, aprovechados, flojos y traidores, acostumbrados sólo a los milagros.
La vocación a la escritura es un largo y duro camino hacia la aceptación del dolor; es un ensayar y un errar y alguien tiene que orientar a ese caminante, señalarle las rutas, el punto de partida, los obstáculos con los que ha de tropezar, las dificultades que ha de enfrentar. Se necesita entonces un baquiano, un experimentado que haya trasegado esos difíciles camino también. En la antigüedad los pueblos tenían estos personajes guías de la vida normal y diaria, eran como los pastores de rebaños y como tales, exigentes hasta la crueldad; también éstos eran despreciados, odiados y perseguidos por los que tenían el poder. Así Israel tenía sus profetas que luego terminaban en las mazmorras o en el suplicio.
Pienso que se nace con la vocación de escritor aunque se descubra y se desarrolle tardíamente; este arte no se aprende en institutos ni universidades, las pruebas están ahí: eminentes catedráticos, científicos, sabios que están totalmente imposibilitados de escribir algo que valga la pena. Algunos tienen la dicha o la desdicha de nacer con esta vocación aunque después tendrán que pagarlo bien caro, aunque después se hagan esclavos del tormento de las ideas y pensamientos, de sus visiones y presentimientos. Una vez que se descubre esa vocación y se pone en práctica, la persona deja de ser ella misma para convertirse en otros seres, en muchos otros atormentados y desahuciados de la vida cómoda; como el apóstol, el escritor carga con los pecados ajenos, con las culpas y las desgracias de tantos, es la voz de los demás, se convierte en el terrible anunciador y ogro de la tea encendida. Qué apostolado más difícil; mientras otros van indolentes por la vida, la condena del escritor será sufrir y luchar con sus demonios todo el tiempo.
Ya él no tendrá derecho a sustraerse a ese llamado de la vida,. Como el soldado en la guerra tendrá que avanzar siempre hacia el peligro, sorteando todo tipo de dificultades. No ha de tener reposo ni tregua, la pluma y el papel serán sus compañeros de insomnio. Porque el escritor se verá siempre sólo acompañado de libros y folios de papel, de fantasmas, duendes o dulcineas.
Como Jeremía, el legendario profeta del Antiguo Testamento, gritará con lágrimas los pecados de un pueblo o de sus dirigentes y como el Cristo en el Calvario agonizará solo y abandonado, redimiendo a los demás, sin que a él nadie pueda redimirlo, salvando a otros sin que a él nadie pueda salvarlo. Sobre el que hace el bien cae la maldición de los que disfrutan haciendo el mal.
La escritura es un demonio desatado sin compón ni descanso en esta vida: condenado a gritar las tragedias de otros que lleva a cuestas, sin poder gritar las suyas que ha de tragárselas y que, como un maligno y oculto cáncer, le conducirá al sepulcro. Esta vocación es malagradecida, injusta sobremanera. “Pero es lo único que vale la pena…”, le dijo el escritor Ramón J. Sender a Sant Roz.
La vocación de escritor es afín con la vocación de profeta. Se diría que el escritor es el profeta moderno. El profeta no adivinaba el futuro, lo analizaba en base a la situación política, económica, social y religiosa de su época; otro tanto hace el escritor y lo anuncia con sus obras. Estos anuncios suelen traer terribles consecuencias tanto al profeta como al escritor. La gritería del profeta Jeremías en las esquinas de las calles, en las plazas y en el atrio del templo de Jerusalén lanzando anatemas, le trajo como resultado que el monarca de turno, el rey Josías, lo echara en una cisterna de lodo ubicada en su propio calabozo para silenciarlo, pues al rey no le gustaban que esas denuncias le pusieran al descubierto. Sus osadas denuncias le costaron la vida en una cruz al Cristo.
Los escritores tendrán que pagar con inmensos agobios el don que se le dio; unos mueren luchando ferozmente con sus terrores a fuerza de alcohol, otros en los tormentos del abandono y echados a la miseria. Argenis Rodríguez, después de escribir fabulosas novelas y ser adulado por altos personeros del Estado, acabó deambulando en la miseria por las calles de Caracas o de San Juan de Los Morros. Algunos lo confundieron con un recogelatas, con un indigente. No podía ser de otra manera después de desafiar a los poderosos, a los fariseos. De manera que, Ramón Sender tenía razón al aconsejar a José a seguir el camino de la escritura pero que supiera lo que le iba a sobrevenir, que supiera lo de infernal de su camino, de las celadas y las decepciones.
Así, que muchos me aconsejaban en la Facultad de Ciencias de la ULA, “Téngale cuidado, es peligroso, te traerá problemas, salúdalo sólo de lejos”.
Pero así como Sender no pudo dar la espalda a su propia vocación, Sant Roz tampoco podría hacerlo. Es que un escritor, o dice lo que siente, echando para afuera ese mundo alborotado de ideas que lleva por dentro, o revienta a la manera de las cigarras. No hay opción. Lo trágico es que en esa decisión, el escritor deja de ser él mismo, se convierte en alguien que recibe mensaje de los ángeles o de los demonios. “Ay de mí, estoy perdido”, exclamaba el bíblico Jeremías, porque tenía que denunciar muy a pesar suyo, enfrentarse con la crema y nata de esa sociedad judía corrompida, malvada y asesina como la que le tocó enfrentar, empezando por el mismo rey. Sabía lo que le esperaba, sabía que el rey y sus poderosos funcionarios no tendrían piedad de él, la cisterna casi llena de lodo estaba allí, esperándole, sólo bastaba la orden, en cualquier momento pararía en ella y moriría con el barro hasta la garganta, pero él ya sabía que no cambiaría, que su vocación era superior a su voluntad.
Sant Roz, como lo veremos más adelante, se tuvo que enfrentar a una sociedad no menos sucia y corrupta como aquella de la antigüedad y la de todos los tiempos.
Pero Sant Roz es también un incansable defensor de la causa bolivariana, como lo veremos en su propio diario. Estudiándolo, leyendo sus libros, escuchando sus conferencias, descubrimos inmediatamente su profundo amor por el Padre de la Patria. Lo manifiesta condenando las conductas diabólicas y criminales que muchos de sus allegados mostraron contra él públicamente o escondiendo el puñal bajo la manga, todos ellos dirigidos por uno de los peores demonios: Francisco de Paula Santander.
Ramón J. Sender fue un gran escritor que vivió en carne propia la guerra civil española, que padeció la persecución, la miseria y el hambre como muchos de sus paisanos lejos de su tierra. Sin familiares ni amigos, sin patria, en un país hostil, babilónico, hedonista, carente de moral y de valores como los Estados Unidos, viviría en la réplica de la corrompida desolación del capitalismo.
Asumí esta tarea nada fácil, nadie me la encomendó, yo mismo me comprometí y voy a asumir esta responsabilidad conmigo mismo, la de exponer, discutir y difundir las memorias de Sant Roz. Lo hago con la sola intención de rescatar esta parte de la historia que desconocemos y que sería realmente un crimen dejarla perder en las tablas de una biblioteca o en los archivos de una computadora.
¿Cómo lo conocí? Yo había quemados la naves como sacerdote de la iglesia católica; ya no era un labriego como lo fui durante mi infancia y mi juventud en esa hermosa aldea de Quirorá en los Pueblos del Sur. Y un día me puse a escribir poemas para ver que salía de mi mismo, y en unos cuaderos marca Alpes, de aquellos tan baratos, sujetados con grapas, pergañé locuras, tristezas, recuerdos, y un día salí con ellos a la ciudad de Mérida a ver quién me las publicaba. Me metí en el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes, y pregunté por su director, y me interné por unos pasillos oscuros, llegué a una oficina y conocí al profesor Eduardo Zuleta. El vio con cierto desgano mis poemitas, y luego me dijo que estaban interesantes, pero que la situación en la Universidad estaba muy crítica, sin fondos ni medios para publicarle a nadie, pero que había en la Facultad de Ciencias un profesor que no sabía por qué medio tenía el milagro de publicar, y que dirigía una editorial llamada Kariña.
- Vaya y visítelo y dígale que va de mi parte.
Allá me fui con mis cuadernos en mi morral de fique, y pregunté por él y me llamaba la atención que siendo tan conocido nadie supiera en qué lugar trabajaba. Ya comencé a darme cuenta de que este señor era de por sí un muy extraño personaje. Y me dije, no voy a preguntar más por él que lo voy a buscar y de seguro que al verle sabré quién es él. Asi fue. Lo encontré en el patio departiendo con un grupo de jóvenes que después serían mis grandes camaradas en esta vida. Le dije que quería publicar unos trabajitos, él me miró un poco asombrado, tomó los cuadernos y me dijo de entrada que si yo querían trabajar en el Taller de Literatura de la Facultad que se reunía todos los días jueves. Trabajar significaba para mí que podía ganarme algo, y me alegré porque estaba pasando las de Caín. Y con toda la confianza me delegó una serie de responsabilidades que incluían pasar trabajos a máquina o por computadora, corregir textos, llevar el programa de las reuniones del Taller de Literatura, redactar cartas y oficios, entre otras muchas otras tareas. Él me pagaría de su sueldo en la universidad, y me daría el almuerzo. Llegaría a mantenerme en ese trabajo veinte años.
Una tarde cualquiera fui a su casa a pedirle prestados unos libros para investigar sobre la Guerra Federal, sobre ese raro personaje llamado El Agachao que está hoy enterrado en el Panteón Nacional. “Búscalos allí en la biblioteca”, me dijo. Hurgando y rebuscando en aquellos estantes repletos de libros en sus dos salas que no había donde pisar, llenos de revistas y libros. Sobre una caja encontré el presente diario fruto de un largo y tesonero trabajo de muchos años, !REMINISCENCIA DE UN CONDENADO! “-Me gustaría leerlo”, le dije.
Empezamos a hablar de otras cosas sin importancia pero teniendo el disquete con este diario, me llevó a olvidarme del montón de carpetas y, así pasaron unos cuantos meses y cuando me lo encontré en la Plaza Bolívar en una de estas manifestaciones socialistas, en donde normalmente me lo encontraba, le hablé de nuevo de este diario.
-Haz lo que quieras con él – me dijo.
No son unas simples Memorias; es la historia de mil historias de los llanos, de Caracas, su vida en Estados Unidos…; es la historia anónima que otros no se atreven a contar. Es la historia sembrada en un hombre de mil caminos enfrentado a mil batallas, desafiando peligros insólitos.
Estas memorias deberían llamarse “Las agonías de un fugitivo”. Porque, al transcurrir de los meses, de los años, se va apreciando ese batallar con tantos molinos de viento. Se trata ante todo, de la denuncia cruda, lacerante, señalando con su índice a unos personajes que habíamos endiosado, que los teníamos por guías y maestros de la ética, de la moral, de la sinceridad, de la honestidad; los tomábamos como nuestros líderes espirituales, preceptores de la más alta valoración humana, que venerábamos siendo ídolos hechos de estiércol, a fuerza del vil metal. Y resulta que se apareció Sant Roz y nos quitó la venda, nos los puso al descubierto.
Y nos los señaló con nombres y apellidos, cosa que aquí casi nadie se atreve.
Basta leer cualesquiera de sus libros y nos convenceremos de la tremenda realidad oscura y negra que nos han ocultado.
Cuando Sant Roz escribe, su lenguaje se transforma, cambia totalmente; cada palabra se convierte en saeta, en punta de lanza, en poderoso misil que implacable se dirige hacia su blanco. De poeta, se convierte en profeta del Antiguo Testamento, cuyo dedo acusador señala a los poderosos y violadores de los derechos humanos, y de las leyes, y contra ellos lanza sus punzantes plumazos.
Sus libros y artículos de prensa, señalan con nombre y apellido, insistimos, a los denunciados para que sean conocidos y expuestos a la picota pública. Doctores, abogados, obispos, gobernadores, presidentes de la república, militares, alcaldes, decanos, rectores, estudiantes, etc., han caído fulminados en medio del cuadrilátero, noqueados por los duros golpes de sus libros y certeros artículos. Podría decir que estamos en presencia de otro Juan Vicente González, más descarnado y furibundo…