Sepan quién es este viejito malévolo y bandido de Enrique Aristeguieta Gramcko

 

En esta nota voy a relatar la gran catadura de guarimbero eterno de este señor Enrique Aristeguieta Gramcko, quien desde muy jovencito, atacó acerbamente, con odio retinto y criminal al gobierno de Rómulo Gallegos. El pobre Gallegos apenas gobernó nueve meses, y durante ellos estuvo este lechuguino marchando al lado de la oligarquía, desde su colegio La Salle, para derrocar al “comunista”, al genial creador de la obra “Doña Bárbara”. En su fuero interno, este imberbe mequetrefe habría sido capaz de quemar a unos cuantos negros si éstos se le hubiesen atravesado en aquellas delirantes marchas contra el gobierno, pero aún los negros, muchos mulatos. Zambos e indios no figuraban en el ámbito de las luchas sociales.

De entrada les indico que el ultra-derechista Carlos Capriles Ayala, en su libro “Pérez Jiménez y su tiempo” (Consorcio de Ediciones Capriles C.A., Ediciones Bexeller, 1985, Caracas (Venezuela), página 48), refiere, que Enrique Aristiguieta Gramcko, en 1948, siendo entonces un joven de apenas 15 años, le refirió el inmenso placer que sintió con el derrocamiento de Rómulo Gallegos. Es decir, que este señor Enrique Aristeguieta Gramcko es un compulsivo conspirador, que desde chamo ha sentido un furor desalmado por las dictaduras militares, por las conspiraciones asesinas y monstruosas de la derecha. Textualmente, dice Carlos Capriles Ayala: “Entre mis recuerdos personales de esa época está haber presenciado escenas callejeras de regocijo de encopetadas damas de la sociedad caraqueña manifestando su alegría con frases tales como por fin se acabó la alpargatocracia…  Enrique Aristiguieta Gramcko, ex viceministro de Relaciones Interiores, entonces un joven de unos 15 años, me refirió su entusiasmo compartido con otros muchos jóvenes de su edad, cuando trascendió que habían tumbado a Rómulo Gallegos”. Imagínense pues, que fue viceministro de Relaciones Interiores en el gobierno de Luis Herrera Campins, en la época de la masacre de Cantaura, y de ahí le viene su íntima relación con la otra ultra copeyana Nitu Pérez Osuna hija de aquel otro ultra-copeyano José Antonio Pérez Díaz (ex presidente del Congreso de la República).

No es pues, para nada, ningún santico, este señor anciano que ha venido suspirando, desde que Chávez tomó el poder, porque los gringos nos ahoguen en sangre. Y su odio al pueblo es de clase (aparte), claro, le viene por sus apellidos, de esa misma banda oligárquica muy bien enraizada con la tiranía de Juan Vicente Gómez y que desde tiempos inmemoriales también ha ensangrentado los campos, las calles y universidades de nuestro pueblo. Y vemos otra vez cómo su sangre ahíta de escorias es tal que apenas cuando tenía quince años ya se comportaba como un vil bellaco de los godos. Nunca maduraría, incapacitado como estaba para ser joven, sino que vino podrido a este mundo. Tan dañado, que andaba a los quince marchando como los más recientes guarimberos de Altamira, pidiendo la muerte de Rómulo Gallegos; ya en 1948, Enrique Aristiguieta Gramcko era bien, pero bien COPEYANO.

Eso de decir “mientras no haya sangre no va a pasar nada”, bella expresión en boca de este vil malandro, que claro, le ha provocado una vez más orgasmos demenciales a Rex Tillerson, a Rajoy y a Almagro, al cartel de Lima, al narco Uribe Vélez, a la malandrera toda de Miami…  No se diga, a Nitu Pérez Osuna.

Pues bien, Enrique Aristiguieta Gramcko fue miembro de las “Juventudes Revolucionarias Copeyanas” y llevaba en el pecho, ya para 1948, al igual que Rafael Caldera, imágenes de la Virgen de los Siete Puñales y del generalísimo Francisco Franco.

El concepto que ha entendido toda la vida este carcamán de Enrique Aristiguieta Gramcko es que el pueblo debe renunciar a la libertad política, que era un concepto que manejaba con harta liberalidad en todas las discusiones desde su tiempo de estudiante en el colegio La Salle, en Caracas. Su primera experiencia fue unirse a la falange de los miembros de los requetés del partido COPEI, que en principios se enfrentaban bestialmente contra las fuerzas de Acción Democrática. Era una aversión que enervaba a su familia desde que en 1946, la Iglesia decidió hacerle la guerra al gobierno de Rómulo Betancourt, por lo de la promulgación del Decreto 321. Éste era un Decreto que trataba de una normativa que se estaba aplicando en todos los Estados modernos e incluso con mucho más rigor de lo que pretendía hacer el gobierno de los adecos. La intención era imponer un cierto control sobre la educación privada por medio de una reforma del sistema para evaluar exámenes. Así, mientras en la educación primaria se establecía que en los colegios públicos se considerara el 60% del trabajo y rendimiento anual de los estudiantes y un 40% se tomaba del examen final, para los colegios privados se exigía ahora, con el Decreto 321, se asignaba un 20% para el rendimiento anual y un 80% al examen final con un jurado que sería designado por el Ministerio de Educación.

Esto indignó sobre manera a los oligarcas que tenían a sus hijitos queridos y mimados en colegios privados. Las hordas de La Salle salieron a pegar el grito en el cielo, y allí estaba de primerito el imberbe de Enrique Aristiguieta Gramcko.

En muy poco tiempo la Iglesia iba a lograr que el referido Decreto se considerara como algo tenebroso, demoníaco y depravante de los muchachos decentes. Los clérigos sacaron a marchar por las calles con sus uniformes a niños y adolescentes (que nada sabían del Decreto, ni lo entendían); eran todos hijos de familias acomodadas, «educados», de modales y gustos refinados y que se expresaban bien. Sesudos memorandos, informes y panfletos, eran llevados hasta Miraflores en plan francamente desafiante. La Junta Revolucionaria prácticamente se concentró a atender todas estas peticiones. La derecha convirtió a este Decreto en la maldición más grande que le caía al país.

Extenuantes reuniones, copiosas citas sobre el tema de la educación desde los griegos, se sacaron a relucir hasta las sentencias de los sabios más eminentes del enciclopedismo, de los Concilios Ecuménicos, Decretos Conciliares, alocuciones papales, la Declaración Gravissimum educationis momentum, del sentido del mandato evangélico: «Id y enseñad a todas las gentes» (Mt. 28, 18-20), al tiempo que se amenazaba con horribles excomuniones. Realmente que estas histéricas griterías comenzaron a hacer recular al gobierno. Lo que hizo finalmente, que el gobierno se retractó y se expidió un nuevo Decreto, el 344, que suspendía la aplicación del anterior.

Pero ya el gobierno había quedado marcado como un antro inspirado en crímenes comunistas, en demonios y los mismos espíritus malvados que habían crucificado a nuestro Señor.

Enriquito Aristiguieta Gramcko cuando supo que el gobierno estaba retrocediendo, en su incipiente y pérfida estupidez gritaba en La Salle que ya que había “rectificado” era ahora necesario que se fuera. Que cayera ese gobierno infame y delincuente.

Cuando a la derecha se le cede un milímetro cuadrado de especio de inmediato da el zarpazo para cogérselo todo.  De ahí en adelante Rómulo Betancourt comenzó a andar con el rabo entre las piernas y buscando el método para ver de qué manera podía entenderse con la oligarquía al tiempo que engañaba a toda su militancia adeca diciéndole que todavía luchaban desde la ideología de izquierda.

Se realizaron multitudinarias manifestaciones que voceaban: «Ni un paso atrás», «Abajo el comunismo». La Iglesia pronto comenzó a tocar puntos sensibles de las Fuerzas Armadas, cuyos altos oficiales tenían a sus hijos estudiando en colegios católicos.

Aquel recule de la Junta fue sumamente grave, porque la obligó no sólo a suspender el 321, sino que además solicitó la renuncia del ministro de Educación, el doctor Humberto García Arocha.

Betancourt llegó a temblar tanto por las presiones que comenzaban a llegar del Norte, que llegará a decir: «Ese decreto fue producto de una maquinación desleal de un grupo enquistado en el Ministerio de Educación Nacional (MEN)».

Ese año Enriquito Aristiguieta Gramcko se negó a presentar los exámenes finales. La derecha estaba recurriendo a una típica manera de hacer terrorismo. Desafiando al estado y demostrando que podían hacer con las leyes lo que le daba la gana los grupos de la derecha con el mayor desparpajo le dijeron a sus hijos que no fueran a presentar los exámenes finales.

Poco después se encargó de este ministerio el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien intentó nuevamente poner en práctica el 321.

Con aquel hereje de los mil demonios en el MEN, declaradamente ateo, los obispos comenzaron a sacar sus arsenales de odio más biliosos y recalcitrantes. A finales de agosto de 1947, realizaron una Conferencia que produjo varios enérgicos memorandos, exigiéndole a Betancourt que aclarara una vez por todas si quería o no guerra.

Betancourt no encontraba qué hacer para mantenerse del alfo de la oligarquía y aparentar que el golpe dado a Medina Angarita era una revolución de izquierda. Optó por hacerse el loco, pero las terribles filípicas de los obispos amenazaban con desatar una guerra civil pero que la que se había vivido en España. No hay que olvidar que la iglesia es experta en promover guerras civiles y es una de las cosas que más le apasiona.

Fue cuando la revista SIC sacó sus primero tanques de guerra diciendo: “…el gobierno fría y estoicamente contempla las reclamaciones… las 40.000 firmas de venezolanos dadas en tres días, los numerosos memorándums,… el éxodo de centenares de estudiantes… la pérdida del curso de alumnos… ni los méritos contraídos por sacrificados educadores, la voz autorizada de los padres de familia… el clamor unánime del Episcopado… con el cual ni siquiera se ha tenido la elemental cortesía de darle una contestación […] ¿Qué pensar de este desprecio de los Poderes Públicos a la más alta representación oficial de la Iglesia? (364 SIC, Año 9, Tomo IX, Nº 83, marzo de 1946, p. 114.).

En febrero de 1947, SIC volvió a arremeter contra el gobierno y publicó: «¿En qué se diferencia este totalitarismo del Estado en la enseñanza del practicado por Mussolini, Hitler y Stalin?»

De algo se iba a empapar muy bien Enriquito Aristiguieta Gramcko desde chiquito, y que lo llevaría entre pecho y espaldas toda su vida, y es que hay una cosa que en toda la historia se ha visto de manera brutal y estremecedora: la Iglesia nunca retrocede, que en esto se parece mucho al imperialismo euro-gringo. La Iglesia, pese a los modos disuasorios que trataba de emplear el gobierno para aminorar la tensión, recrudecía más bien con saña su beligerancia, solicitando la inmediata eliminación del Decreto 321. Su encarnizado enfrentamiento con el gobierno, al fin consiguió que éste se resquebrajara; y las consecuencias de su furia desatada, también arrastraría hacia el desastre al gobierno de Rómulo Gallegos. La Iglesia no iba a frenar sus ataques viendo los excelentes dividendos que le estaba reportando, con un Betancourt ya acobardado y habiendo creado una crisis en el Gabinete, soliviantado a las Fuerzas Armadas y generando todo un ambiente de grave inestabilidad social.

Algunas de las patrañas que la Iglesia hizo correr por los medios de comunicación y sobre todo desde los púlpitos, se referían a que se iba acabar con la religión cristiana, que esto casi enloqueció a Enriquito Aristiguieta Gramcko, de modo que hubo de ser internado en una clínica; lloraba todo el día el pequeño porque por todos lados escuchaba que se iban a eliminar los templos, que en escuelas y hasta de las casas se prohibiría la exposición de imágenes de Cristo y de la Virgen María; que no se iba a poder rezar más, que el nuevo dios de Venezuela sería Satanás. Imagínese el lector cómo calarían estas invectivas en aquel carajito de Enriquito Aristiguieta Gramcko y en general en aquella Venezuela casi colonial, hundida en un analfabetismo brutal y severa debilidad moral, en una región sometida por más de 450 años a servidumbres y miserias de toda clase.

Los oficiales que querían salir de Gallegos encontraron pues la mesa servida con el terror impuesto por la Iglesia; se habían creado las condiciones ideales para hacer otras contundentes peticiones al gobierno, que de hecho constituían un formal golpe de Estado: 1) Que Betancourt debía salir del país; 2) Que las milicias fuesen desarmadas; 3) Que en definitiva del gabinete fueran expulsados todos los adecos.

Es increíble cómo Betancourt por cobarde dilapidó todo el apoyo popular con el que llegó a contar el gobierno del maestro Gallegos. Estados Unidos comenzó a pedir explicaciones a Gallegos de los cambios que se estaban haciendo y que molestaban a la burguesía. Betancourt no encontraba que decir y la estructura del gobierno comenzó a venirse a pique. La base de apoyo popular comenzó a disolverse y fue dócilmente influida por esas élites dominantes a la hora del derrocamiento. Los disgustados ya no fueron solamente los estamentos militar y el empresarial… habían despertado la suspicacia de otros sectores nacionales influyentes, tales como el clero, los jóvenes educados en colegios privados y muchas amas de casa celosas de la defensa del núcleo familiar, al que veían amenazado por las ideas laicizantes manifestadas por muchos personeros del régimen.

No había sido sólo el Decreto 321 que “arbitrariamente” situaba a los colegios privados en situación desventajosa con respecto a los públicos, con algunas acciones tales como el “horror” de hacer retirar las imágenes religiosas de las escuelas del Estado o el proyecto para eliminar la mención de Dios de la nueva Constitución.

Las encopetadas de la damas con los guarimberos de entonces salían todos los días a protestar y entre ellas estaba Enriquito Aristiguieta Gramcko. Aquellas damas gritaban: ¡Fuera los negros!, “Fuera los comunistas”, “¡Fuera los demonios del gobierno!”, “¡Abajo la alpargatocracia!”…

Finalmente, el 24 de noviembre se produjo el primer orgasmo en la vida de Enriquito Aristiguieta Gramcko: se produce el cuartelazo que expulsa a Gallegos de la presidencia, acontecimiento que celebra aturdidamente sus padres y toda la clase alta. La euforia mayúscula, claro, provino de los colegios privados y de la propia Iglesia, habituada a trabajar con regímenes dictatoriales, que para nada tuviesen que contar con el concurso del pueblo. Con cuánta alegría leyó Enriquito Aristiguieta Gramcko lo que los jesuitas publicaron en la revista SIC (Nº 110, diciembre, 1948): “La intervención divina se hace evidente en su contenido: Y Dios nos salvó. ¡Qué grande es Dios! […] Fueron tres largos años de postrada gravedad. Pero la fe no había desfallecido. Y en línea paralela con la actividad tesonera, prudente y mesurada de quienes por misión y por deber tenían que hacerle frente al caos que nos devoraba: había otra actividad más callada y oculta pero de un valor positivo insoslayable: era la actividad de quienes sufrían, se sacrificaban y oraban incesantemente, y esperaban firmes en su fe, que el Dios de nuestros padres metería su mano y nos salvaría”.

En todo este extraño y escabroso drama se desarrolló en las altas esferas del poder un combate por ganarse el aprecio y la atención del Departamento de Estado (que en definitiva tenía la última palabra sobre quién debía estar al mando del gobierno). El nuevo embajador encargado de Estados Unidos (desde el 11 de junio de 1947), Walter J. Donnelly, también mantenía largas y sustantivas reuniones con Betancourt y Gallegos. Había visitado a los dirigentes empresariales, a los cuarteles y a los campos petroleros, todo para definir una estrategia conjunta con su gobierno con el fin de contener la influencia comunista en la población, sobre todo en los sindicatos. Estaba claro Donnelly que Betancourt le era fiel y seguro en esta lucha, pero dentro de su partido había focos peligrosos con capacidad para tornarse incontrolables por los fundamentos ideológicos del propio programa de AD, y que el Departamento de Estado tales inconsistencias no las podía tolerar.

El ataque que los colegios católicos ejercieron en contra de Gallegos fue tan cruento, persistente y violento, que dejaría de tal manera traumatizado a Rómulo Betancourt para que nunca más intentara, ni del modo más delicado, meterse con la Iglesia. Cuando en 1967 se debata en AD quién podrá ser el candidato presidencial, Betancourt se aterrará ante la posibilidad que lo sea Prieto Figueroa, por su conocida posición anticlerical, y por haber sido el artífice de una Ley de Instrucción Pública que pregonaba el Estado Docente. Betancourt en 1967, estaba convencido que si Prieto resultaba electo, la guerra de los colegios católicos acabaría con el país, pudiéndose incluso entrar en un estado de guerra civil como ocurrió en España, cuando en 1933, la república española presionó por una ley de congregaciones que completara algunas cláusulas constitucionales prohibiendo a las órdenes religiosas dedicarse al comercio, la industria y la enseñanza.

Esta presión fue realmente parte del inicio de la hecatombe, porque enfureció a la Iglesia, que prefirió inundar de sangre a España antes que perder sus privilegios y su poder.

  • (Con extractos de mi obra “El Procónsul”).
  • @jsantroz

 

 

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