Carta de unos tristes emigrados…

 

No dejamos de llorar, amá y apá, aunque esto por aquí es muy bello y quisiéramos que ustedes estuvieran con nosotros; que también estuviera con nosotros la sirvienta Anastasia y el perrito Sócrates. Que se hubiera venido toda la pandilla de la cuadra: Robert, Jackson, Giancarlo, El Puerco, La Zorra, Trucutú, Pellejito, Esqueleman, Chita  y Jennifer. Que pudiéramos comer arepas todos los días con natilla y caraotas refritas, y meternos unas chuletas ahumadas y el quesito fundido, el diablito y el juguito de guanábana o de guayaba. Aquí todo es perfecto, amá y apá, y realmente nos hacen falta nuestros locos. Nos hace falta amanecer conversando nuestras pendejadas, chismear y brujear, bucear y chulear, chancear y darle a la huesera con una batidora para raperos. Y coger para la playa con esa cuerda de locos y montar la olla, y echarnos unos tragos con cocuy o con ron, con las cervecitas bien culitos de foca, mami y papi. Y fumarnos nuestros chicotes sin pararle a nada. Y saber que todos estamos para uno y uno para todos, mami and papi. Pero esto, por aquí es rudo, el idioma, las normas, el silencio inmenso y pavoroso, el frío o el calor intenso, la soledad o la desolación, la tristeza en todo eso que dice bello. En la neutralidad de los sexos o de los rostros, que de nada te vale ser atractiva o fea, chulo o galante. Es la vejez perfecta que se parece tanto la muerte. Aquí pareciera que nadie llora o nadie ríe o todos van con un chuzo en las entrañas. No se escucha la música de nuestros locos, la rumba, el perreo, la salsa, el merenguito. La sal de la vida que ni se siente en lo que comes, sientes o miras. El otro día masqué un trozo de queso y me lo tragué enterito porque parecía chile A todo el mundo le da igual lo que tú seas. ¿Para qué se querrá vivir así, mami y papi? ¿Para qué? ¿Y para qué nos habremos venido nosotros para acá? ¿Qué será en verdad lo que queremos o buscamos, que pareciera que nos estamos perdiendo el gran desastre, las porfías burdas o geniales de nuestros brujas y brujas; las arrecheras tortilleras o los eufóricos gozos que se pueden formar en cualquier plaza o mercado, debajo una escalera oscura, en el bufete de un gran carajo que de leyes sabe lo que su madre de baile con parihuelas; o cachicameando en un jardín o un parque? ¿Saben una cosa, mami and papi?, que la vida es muy corta y que no se está para andar perdiendo el tiempo en esta soledad y silencio entumecidos. Si nos regresamos dirán que fracasamos, y no saben que si triunfamos por aquí quizá nos habremos muerto para lo que nacimos. Qué peo.

Y lo peor, viejos, es que muchas de las cosas que podamos aprender por aquí no nos servirán para aplicarlas o usarlas por allá. Es que si quisiéramos vivir allá como esta gente necesitaríamos sus aparatos, sus herramientas y sus prácticas que en verdad no las tenemos, y todo ese vergajal de vainas acabarían entorpeciendo nuestras cosas y nuestro sentido de la vida. Somos otra cosa, tenemos nuestras mañas y piquiñas, nuestro paso y modo de andar; eso, como ustedes siempre dicen, nuestro modo de matar pulgas y unas necesidades muy diferentes a la de esta gente que pareciera que en sus modelos ya lo hicieron y lo alcanzaron todo. Eso que la gente dice que es la DECADENCIA pura se ve por todas partes, mientras que allá todo está por hacerse y en formación, querida familia. Pero cómo lo explicamos. Sería muy grave para todos los que están saliendo del país que al volver a su tierra lo hicieran con el deseo de querer aplicar lo que la gente hace por aquí. Sería catastrófico, porque es como seguir a las patas de todo lo que ellos hacen y producen, y copiando sus modelos para los que no nacimos. Nosotros tenemos que vivir, como decía un sabio, nuestra propia Edad Media, con todos sus traumas y locuras. Yo recuerdo, apá, cuando tú nos decías que fuiste de los “afortunados” del gobierno de Carlos Andrés Pérez por irte al exterior con una beca del programa Gran Mariscal de Ayacucho, y que volviste a Venezuela con un conocimiento y una profesión que no se adaptaba para nada al país. Hiciste un doctorado en sismos telúricos y dominaste aparatos que nunca en Venezuela existieron y terminaste luego dedicándote a dar clases de inglés para poderte medio ganar la vida. Ahora es cuando vengo a descubrir esas cosas, viejo. Ojalá nuestros compatriotas lo entendieran, que no vayan a salir para desarraigarse, que es lo peor que les puede pasar. Quedas sin piso ni techo y colgando de una viga ajena.

Una anecdotita: ayer un catirazo de aquí me preguntó en un español perfecto que si yo era india, y le repliqué: ¿india de la India?, y el tipo agregó: indio, indio con plumas en la cabeza. Entonces le dije: “-Tú acaso me vez el guayuco”, y el gran carajo me contestó: “Sí, claro que lo veo, lo llevas en la cabeza”, y me he reído un montón con todo lo que no le entendí a ese pendejo. Porque además no puedes arrecharte como lo haces en tu tierra y con tu gente, y por eso muchos por aquí quieren aprovecharse y hasta tocarte el culo… la pinga…

Les queremos a mares de mocos, amá y apá, como nunca antes les quisimos. Así son las vainas por las que uno tiene que pasar para entender y saber lo que tenemos y lo que aún nos queda.

Besos, camiones y gandolas, montañas y océanos de besos, no nos olviden ni un segundo, que el amor también loco de ustedes, eso, es lo que verdaderamente nos queda.

Un recontraabrazo para toda la pandilla y que se sigan portando mal como siempre, y también para la ratita de Francis y que siga coleccionando novios y ratadas por montones, y sobre todo un puñado de apuñamientos para mi querido Sócrates…

Chao, chaín, chaón, que las lágrimas tienen su sazón…

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