Esta es la charca de asesinatos en la que vive Colombia…

A los 15 años, Juan Carlos Sánchez cambió el colegio por el fusil. En Medellín fue sicario, guerrillero, paramilitar… Hasta que, harto de tanta sangre, pidió dejar las armas.

Ahora trabaja por la paz con un equipo de fútbol su barrio, La Sierra, donde entrena hasta al hijo de una de sus víctimas

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Cuando Juan Carlos Sánchez era un niño, ir a la escuela era la única excusa para salir de La Sierra, su barrio de Medellín. La otra opción era empuñar un fusil para defenderlo. Y era mucho más seguro ir armado que llevar un libro.

El vecindario sólo tiene una calle que baja hacia la ciudad. Si alguien pasaba por ahí, todos le veían. Las bandas rivales controlaban hasta el servicio de autobús.

Salir de La Sierra era muy sospechoso, aunque fuera para ir a la escuela. «Al que subía o bajaba por la calle le decían que era un sapo (un chivato) y entonces le podían matar», rememora Sánchez sobre su infancia.

El barrio, en lo alto de la ciudad colombiana, se derrama como una favela en un laberinto de casas que mira desde lo alto a la urbe. Y termina en el monte: «Si uno quería salir sin ser visto tenía que subir por ahí y caminar dos horas».

Pero, a los 15 años, Juan Carlos decidió no arriesgarse más y dejó el colegio. Cambió los libros por un fusil y, como sicario, acabó con la vida de 13 personas. Hoy, tras pasar 22 años sin abandonar el barrio, ha dejado la violencia. Ahora se defiende con una pelota de fútbol con la que evita que más niños se conviertan en asesinos. Entre medias, las balas guiaron su vida: «Los amigos me dieron un arma y me dijeron que me enfrentara a los que me buscaban para matarme».

En Medellín, en los 90, cada barrio tenía su frontera y un combo -una pandilla- que peleaba por defenderla. Los habitantes de Tres Esquinas, La Cañada o Villatina eran los enemigos. Incluso la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) tenía sus propias milicias urbanas.

Medellín era uno de los centros del narcotráfico. Había muchas armas, mucho dinero en juego y muchos hombres dispuestos a morir. Pablo Escobarretaba al Estado y los otros grupos armados, como las guerrillas de izquierdas, se defendían de las Autodefensas, paramilitares de derecha.

El Patrón murió en 1993, acorralado por el Bloque de Búsqueda, una unidad militar que le persiguió durante meses. Aun así, nada se calmó: en las calles y los montes había narcos, paramilitares, guerrillas, ejército y otros ladrones corrientes. Y, como en su barrio no se podía elegir, Sánchez se inició como pistolero en el ELN.

Los primeros a los que apuntó eran delincuentes comunes. «En muchos vecindarios había gente que se dedicaba a robar, matar y violar y nosotros nos proclamamos Milicias a limpiar», explica. «Hubo mucho derramamiento de sangre: todos los días morían siete y ocho personas» en La Sierra, «un pueblito» de unas 12.000 personas.

Pero hubo una primera vez, un bautismo con pólvora en el que Sánchez dejó atrás el libro por el poder del fusil. «Dicen que es duro para muchos. Para mí, no: no me costójalar [apretar] el gatillo». Un amigo había sido asesinado por el combo contrario. Alguien le había vendido y Sánchez sabía quién era: «Le di varios [tiros] y donde otro pudiera pensar en la mamá de ese chico, yo creía que él se lo había ganado».

O el cementario o la cárcel

Su nueva vida le obligó a su madre y a él a mudarse a otro casa, lejos de los fusiles de la banda rival. A ella no le gustó la forma en la que su hijo se buscaba la vida. Por eso, nunca preguntaba a dónde iba por las noches. Su manera de protegerle fue coserle un pasamontañas.

Sánchez pasó cuatro años al servicio de la guerrilla. En ese tiempo, las balas precipitaron una dinámica de venganzas que nadie sabía parar. Los familiares de las personas que asesinaban buscaban resarcirse. «En Medellín, cada uno peleaba por su vida», narra.

Así, cayeron los comandantes de las guerrillas del ELN donde estaba encuadrada la pandilla de Sánchez, pero el combo no se disolvió. Eran, unas 50 personas entrenadas para la violencia, el único trabajo que conocían. Entonces, un grupo de paramilitares decidió patrocinarles: «En Medellín el que llega con más plata, más patrocinio, maneja el poder. Llegas hablando y convenciendo y así se toma un barrio. No siempre a fuerza o bala».

Por eso, Sánchez y sus compañeros se volvieron paramilitares de extrema derecha bajo el nombre del Bloque Metro. Con 19 años, ya había luchado en dos bandos: los revolucionarios y los contraguerrilleros.

Pero el barrio era siempre el mismo.

Su combo estaba dirigido por Carlos Mauricio García, un antiguo oficial del ejército que usaba el alias Doble Cero. Este grupo estaba en contra de las drogas y de las vacunas. Por eso, eran rivales de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), otra milicia de extrema derecha, financiada por los narcos.

«Mataron a muchos amigos, acabaron con casi todo el combo», señala. «Por eso, me fui a pagar [cumplir] el servicio militar. Y fui entonces guerrilla, paraco y ejército colombiano», resume de manera irónica Sánchez.

Él sólo era un fusil que cumplía órdenes. «Era duro, porque en este barrio todo el mundo se conoce», dice. Por eso cuando tocaba matar a alguien cercano, Sánchez buscaba a alguien que le sustituyera. Pero una vez tuvo que cumplir la orden: «Un amigo del ejército llegó acá, al barrio, y yo sin tener conocimiento. Me tocó darle. Fue duro pero había que cumplir… De mis amigos solo quedamos tres con vida. En libertad solo estoy yo; los otros dos están presos. Los demás fueron asesinados».

Tras 10 años en el combo, Sánchez decidió retirarse. Y dejó el fusil que le había dado «gozo, a las chicas del barrio, las fiestas, el respeto». Pero también la persecución de la policía y el miedo a la traición de sus compañeros. Además, ya no estaba solo: tenía un hijo recién nacido: «Yo no podía entrar con tranquilidad a la casa de mi mamá para ver a mi niño».

Para salir de La Sierra, él solo veía dos rutas: «O el cementerio o la cárcel». Por eso, hizo algo tan sencillo como arriesgado: hablar con su comandante. «Subí y le dije: bueno hasta acá llego, quiero dedicarme a mi familia». Ni siquiera se planteó huir de La Sierra. Llevaba años sin salir, igual que muchos de sus compañeros de la pandilla.

Sánchez logró su libertad: el jefe le dio permiso para dejar las armas. Sabían que había cumplido y, como quería quedarse en el barrio, no le veían como a un torcido, un chivato. Para empezar de nuevo, en cambio, tenía que mostrar al vecindario esa renuncia. No valía solo con no llevar el fusil al hombro y con la pistola enfundada. “Yo había hecho mucho daño acá; no era un cualquiera que luego se arrepiente. Tenía robos, homicidios…», reflexiona. Y tuvo que pedir perdón: «A algunas mamás a las que les maté a los hijos, a mi mujer y a mi familia. Aunque hay que ser prudentes porque todavía hay corazones heridos que no pueden perdonar y es mejor no hurgar ahí».

Ya no era Carlitos el sicario.

Balas por balones

Encontró ayuda «en Dios y en el fútbol», señala. Ahí la transformación fue drástica: «Yo sabía que si no se hacía algo por el barrio mis hijos (en ese periodo tuvo una niña) iban a correr el mismo destino que yo», comenta. El apoyo divino le llegó en una iglesia donde sus compañeros le animaron a reflexionar sobre su futuro.

Para convencer a La Sierra de su cambio, cogió una pelota, organizó un torneo de fútbol y convenció a algunos chavales para jugar. Después hacía pequeños gestos para normalizar la vida en el barrio, acciones que no entraban en la lógica del combo, como coger el autobús y cruzar la frontera invisible entre territorios. Además, iba a las casas de los jóvenes y hablaba con las madres: «En la generación de ahora hay muchos sin papás por todos los homicidios de mi época».

Sin un referente paterno, era más fácil para los niños ver en el combo a la parte de la familia que faltaba. Ocupaban los puestos libres en la organización. «Cuando les pedía permiso a las madres para entrenar a sus hijos muchas me decían que no», explica Sánchez. «Tenían miedo de que cruzaran en el colectivo [autobús] al campo de fútbol, que está en otro vecindario, y hubiera un enfrentamiento». Y finalmente los niños lo replicaban: «Se hacían grandes pensando que la gente de abajo eran los enemigos; y los del otro barrio lo decían de nosotros, era una cultura de violencia».

Hace 12 años que Juan Carlos Sánchez dejó las armas. Ahora tiene 37 y resiste, con un balón de por medio, en su barrio de siempre. La parte visible de su nueva vida es un equipo de fútbol en La Sierra. Ahí entrena a 60 niños. Y, a la vez, controla que no les atraigan más las armas que la pelota. «El deporte es un gancho», argumenta. «Pero queremos enseñarles a que construyan un proyecto de vida, que sueñen con tener trabajos normales». Les marca con disciplina y le funciona: el único requisito para saltar al campo es que mantengan el rendimiento académico.

Una vez, la pandilla volvió a aparecer en su vida: quería reclutar como pistoleros a sus futbolistas. Y Sánchez se encontraba con sus antiguos compañeros; ahora, sin fusil y con una pelota: «Hablaba con los chavales, les decía: ‘Eso no te conviene porque el destino es la cárcel o una muerte segura’. Era lo mismo con las niñas, ellas no se valoraban y se entregaban a los muchachos».

El combo le veía como a un enemigo, alguien en contra de su negocio. Hasta que se acercaron al campo -toda una declaración de intenciones- y vieron que sus propios hijos entrenaban con él. «Les cambió la visión», concluye Sánchez.

Otra vez fue a entrenar por primera vez un chico. «Y habíamos asesinado a sus padres», cuenta. «Me tocó pedir perdón primero para luego pagar mi culpa ayudando al chaval a levantarse de nuevo».

Con el fútbol, el colombiano ha creado un espacio de confianza. Y algo, aunque sea en los detalles, ha cambiado en esta barriada de callejones y casas bajas de chapa. Se ve al recorrerla: los vecinos (ancianos, madres y jóvenes) paran al entrenador para saludarle. La Sierra ha mejorado un «80 o un 90%: entró el progreso, el metro, los almacenes, los niños estudian…».

Aunque el combo sigue activo, recluta menos chicos. En diciembre se produjeron enfrentamientos entre las fuerzas del orden y los pandilleros. «La orden es acabar con todos pero los muchachos les recibieron con bala. Este barrio es muy distinto a otros de Medellín, aquí los tiroteos podían durar dos o tres horas de puro fusil y granadas; en otros sitios eran 15 minutos», argumenta Sánchez.

El vecindario es una posición estratégica. Es fácil dominar cualquier entrada de hombres armados: «Se espera un allanamiento masivo. Por ahora están acumulando información; vemos pasar un dron que se fija en los callejones».

Por eso, los habitantes de La Sierra todavía cargan con cierto estigma. Hay taxistas que no quieren subir al barrio, tienen más difícil encontrar trabajo si dan su verdadera dirección… A pesar de esto, Sánchez sigue en su barrio de siempre, con su equipo de fútbol y sus chavales, a los que les enseña que ni siquiera el más grande, Pablo Escobar, ése al que en Medellín se venera: «Pudo disfrutar de su imperio, de su lujo y su plata. Se reía de la ley, huyó tantas veces… Pero este camino es de perdición, corto. Y, tarde o temprano, se cae».

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