ESCUETAMENTE…

 

  • Aún la muerte con su carga de infinita desolación, tiene ella algo de sagrado y necesario. Todo ser, un día tendrá que descansar con su última muerte. Ese último sueño sin sueños (como diría Herman Hesse).
  • Aún la fuerza del dolor o del amor cuando no se esperan y se asoman con sus guiños llenos de clamores y promesas de eternidad, para luego desvanecerse en un segundo, nos está hablando de lo fugaz de cada instante y de la partida inevitable. Cuando alguien se va, pueda que no lo volvamos a ver nunca más, por eso cada segundo del presente cuenta, y debe contar con el dulce apremio de lo que dura poco.
  • Nada ocurre para mal…, ni siquiera la suerte desmedida del asombro de un reconocimiento humano… olvidado; del amor que no esperabas de un hermano, de un hijo, de tu propia compañera cómplice de tantos crímenes inescrutables, ni siquiera el haber estado una temporada en el INFIERNO.
  • Hoy me han dado la terrible noticia de que ha muerto la señora y amiga Carmen Mora, de la familia de los Mora, de la aldea La Coromoto de Canaguá. Hija del sabio señor Corsino Mora. A la vez, cómo duele saber que no la volveremos a ver. Recuerdo la última vez que la vi con su hijo Óscar, envuelta en aquella sencillez y humildad extraordinaria, en aquella comprensión callada y sabia, un don de nobleza en sus palabras, en su silencio celeste, de mar y cielo infinito y agradecido.
  • Entonces, disculpen (los tontos), leo a Nietzsche sobre ese algo oculto e imperioso para el cual no tenemos ni mucho menos un nombre, hasta que finalmente demuestra ser nuestra misión. Una misión que alguien podría catalogar de tirana, y que no podremos rehuir o evitar.
  • Decía Nietzsche que lo que más caro que pagamos son nuestros alivios. Que cuando queremos recuperar la salud, si lo logramos tendremos luego que cargar con un peso mayor que el que teníamos cuando estábamos sanos.
  • Tampoco las mejores derrotas ocurren para mal cuando nos sorprenden en medios de las batallas que estamos decididos a dar hasta la muerte.
  • ¿Qué de malo puede haber en este mundo al que venimos sin pedirlo, y en el que todo nos lo han regalado entregado sin pedir nada a cambio?
  • Ni todas esas soledades eternas que nos embriagan pueden ser malo.

Ni las angustias que se asoman con sus vacilaciones victoriosas y que traen sus pavorosos desengaños.

Nada, nada, ocurre para mal, ni siquiera el viaje extraño que esperábamos como de vida o muerte y de pronto se presenta irrealizable.

Ni siquiera la fortuna que nunca llegó con sus trajes de gloria y sus silencios inoportunos.

Ni el abrazo del suicidio frustrado, en la dorada oscuridad cuando llueve y aspirabas a un último destello de comprensión en los demás…

Nada ocurre para mal ni aún aquel sueño sublime de que serías reconocido como apenas un fantasma de aromas fugitivos.

Ese reconocerse a uno mismo, que en sí es ya una condena.

Porque qué chasco haberse encumbrado sin conocer los demonios en las alturas, ni el vértigo brutal de las caídas.

Solo se van uniendo los pedazos de los fracasos para formar la gran despedida.

El abismo.

Y acomodándonos siempre para zarpar hacia la nada.

Nada ocurre por azar ni para mal, digo.

 

 

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